Me prohíbo mirarte así (Romances de oficina 2) Capítulo 9 #2
38%

Capítulo 9 #2

Después de pasarse media vida detrás de chicas bastante más jóvenes que ella, una muy heterosexual afroamericana de su misma edad atrapó por completo a Elizabeth en medio de la compra de un grupo empresarial que haría competencia al marido de Tina.

La mujer acabó rompiendo su matrimonio y yéndose a vivir su idilio lésbico, que después de dieciocho años sigue intacto.

Ahora pasa algunas tardes visitando a su nieto y Elizabeth se queda en casa; no es demasiado cercana a los niños.

—Pero cuéntame, ¿qué ha pasado? —Elizabeth señala el vaso de whisky perfectamente colocado sobre un recuadro de madera en la mesa baja—. No es habitual que me llames de esa manera. ¿Es Clarice?

Juliette niega con la cabeza y toma un sorbo de su bebida. Cierra los ojos un segundo y el ardor le baja despacio por la garganta.

—Mi madre está bien; sigue internada culpándome de todo lo que se le ocurre, pero bien.

—Esa vieja bruja no se morirá nunca —Elizabeth lo dice como si estuviera hablando de cualquier cosa menos de la madre de la mujer que está frente a ella.

Juliette sonríe porque su amiga siempre ha estado de su lado y, sobre todo, es la persona que más odia en el mundo a Clarice Baxter.

—Es algo del trabajo —lo suelta porque no puede seguir callándoselo—. He tenido un acercamiento… con alguien.

Elizabeth levanta una ceja y bebe de su agua con gas.

Hace dos años el médico le prohibió el alcohol y ella provocó un incendio en su patio trasero que afortunadamente solo acabó en una multa, y desde entonces compra el agua con gas más cara que se pueda permitir y la bebe con una rodaja de lima traída de Brasil.

—¿Un acercamiento significa que follaste con una empleada y ahora tienes miedo de que te denuncie por acoso? —pregunta, intrigada.

Juliette no había pensado en eso. Técnicamente fue Vivianne quien la besó, pero ella también lo hizo y, siendo su jefa, todo podría malinterpretarse.

Sin embargo, algo muy en el fondo le dice que Vivianne Fox no es de las que van haciendo falsas acusaciones para joder al resto.

Estuvo meses para entregar una lista de posibles empleados que serán despedidos como si, en vez de sacarlos de la empresa, fuera a ejecutarlos en un paredón y ella quisiera evitarlo.

Está segura de que Vivianne es de las buenas.

—Ella me besó y yo le devolví el beso. No pasó nada más. Pude controlar la situación.

—Hay algo que no me estás diciendo —Elizabeth cruza una pierna con elegancia—. Porque un simple beso no te traería hasta mi casa.

Juliette vuelve a beber otro sorbo, esta vez uno más largo, porque de alguna manera quiere arrancarse el sabor de la saliva de Vivianne de los labios.

—Ese es el problema, que no sé qué me pasa —suspira y echa la cabeza hacia atrás—. Ya sabes cómo me pongo cuando vengo a Nueva York, pero desde que la vi todo se siente… no sé, diferente.

Elizabeth frunce los labios, pero no dice nada; la escucha sin interrumpirla.

—Me lleva la contraria, me ha contestado varias veces e incluso hoy me gritó que no la agobiara —Juliette sacude la cabeza—. Es irritante y…

—Te gusta —la corta Elizabeth con una sonrisa casi macabra—. Eso es lo que te pasa, que esa mujer te atrae de una forma diferente. ¿No es así? ¿Hace cuánto nadie contradice a la gran Juliette Baxter?

Hay un duelo de miradas entre las dos mujeres.

Elizabeth la observa y le es inevitable no recordar a esa joven Juliette arrogante e indomable que juró no permitir que nadie más le pusiera un pie en el cuello.

Esa que también cerró su corazón a cualquier mujer y que a las pocas que dejó entrar las acababa aburriendo porque terminaban haciendo lo que ella quería.

Unas marionetas carentes de emoción, unas muñecas para calentar la cama, nada más.

—No me gusta —asegura Juliette—. Llevo mucho tiempo bajo presión, la empresa está haciendo recortes, además esta maldita ciudad…

—Juliette —vuelve a cortarla Elizabeth—. Nueva York es solo una ciudad y créeme, tú eres más grande que eso. Puedes estar en cualquier sitio; ese no es el problema.

—¿Y entonces qué es?

Elizabeth vuelve a sonreír, esta vez con un halo de misterio.

—No seré yo quien te lo diga, pero tienes cincuenta años, Jul —la llama por ese diminutivo que usaba cuando estaban juntas hace tres décadas—.

Ese tipo de soledad no es buena; has entregado tu vida a una empresa que no es tuya, a una madre que no lo merece y a cuerpos que ni siquiera recuerdas.

Creo que es momento de que empieces a madurar, ¿no lo crees?

Juliette levanta ambas cejas.

—¿Piensas que soy una inmadura? —pregunta y levanta el cuello como una cobra.

—En cierta manera, sí —afirma la mujer mayor—. Has dejado una parte de tu vida aparcada para completar otra que ya está más que lista desde hace mucho. Es momento de dejar de intentar demostrarle al mundo que estás hecha de acero y empezar a buscar el camino del que te desviaste hace tiempo.

La puerta se abre y Juliette gira la cabeza. Tina aparece en el comedor con una sonrisa radiante y entonces puede ver cómo a Elizabeth se le ilumina la mirada. Su amiga se pone de pie para besar a su mujer y ambas se quedan enganchadas durante unos segundos en un largo abrazo.

—Juliette, querida, tanto tiempo sin verte —ambas se acercan y se saludan con cariño—. Estás preciosa, como siempre.

Elizabeth le guiña el ojo y Juliette sonríe. A veces se lamenta no venir más a menudo a visitarlas cuando en ese sitio se siente tan bien.

—Vamos a la cocina; la cena está en el horno —dice Elizabeth, y las tres mujeres caminan en fila india.

La mente de Juliette se ha quedado en un estado que no sabría definir.

Piensa en lo que ha experimentado desde que llegó a Nueva York, en Clarice, en Axis y en Vivianne Fox.

En sus besos, en su respiración acelerada y esos ojos que dicen más de lo que seguramente ella estaría dispuesta a admitir, pero sobre todo en lo que le ha dicho Elizabeth y en todo ese tiempo que Juliette ha decidido mantener las distancias y cuidar ese corazón que tantas veces fue maltratado por su propia madre.

Se pregunta qué pasaría si dejara entrar a alguien, si dejara entrar a esa morena que ha puesto su cordura patas arriba en apenas unos días.