Me prohíbo mirarte así (Romances de oficina 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

J uliette camina a largas zancadas, con las dos manos en un puño y la barbilla levantada.

El corazón le late con tanta fuerza que le duele el pecho y no encuentra la forma de calmarse.

No sabe adónde ir y por un momento se detiene en medio del pasillo donde solo se oyen los tecleos y un eventual murmullo.

Mira de un lado a otro y decide caminar hasta el fondo; recuerda haber visto un baño y, si no lo encuentra, cualquier despacho le puede servir, incluso el que Vivianne le asignó como si ella fuera una becaria del departamento de Recursos Humanos.

Agradece su buena memoria porque cuando gira en la esquina, se encuentra de frente con la puerta de los servicios.

La empuja y observa una hilera de seis lavamanos y, frente a estos, unos cubículos.

El pensamiento es estúpido, pero Juliette Baxter lleva años sin entrar a uno de estos en Axis.

Su despacho tiene un baño privado y en todas las oficinas a las que van le asignan un despacho que incluye uno que solo ella pueda usar.

La única que se ha atrevido a denigrarla ha sido Vivianne Fox y eso va a pagarlo muy caro a pesar de… mierda.

Se encierra en uno de los pequeños cubículos y pega la espalda a la pared. Tiene calor, mucho, así que se afloja el nudo de la corbata y se desabotona el chaleco.

—Cálmate —susurra, y el mero hecho de escuchar su propia voz la tranquiliza; ha podido hablar y eso ya es buena señal.

Vivianne Fox, la directora de la oficina de la ciudad de Nueva York, esa morena imponente de rasgos finos y unos pechos que parecen un manjar, la ha besado.

No ha sido un beso cualquiera, un error, un tropiezo; no, ha sido con lengua, con dientes y unos cuantos jadeos incluidos.

El sexo le palpita y cuando levanta las manos las ve temblando tanto que tiene que sacudirlas para intentar estabilizarse.

Busca en su cabeza un solo motivo para que su traicionero cuerpo le haya devuelto el beso a esa mujer, porque Juliette Baxter no es de las que pierden el control por un par de tetas por muy espléndidas que parezcan.

Ella es una persona creada bajo el más estricto control, de las que saben detener cualquier situación, sobre todo de este calibre, y perderlo de esa manera la trastorna hasta hacerla sentir enferma.

Tiene que buscar la manera de enderezar esta situación, volver a tomar las riendas, y mientras lo analiza llega a una conclusión: a pesar de lo atractiva que le puede parecer Vivianne, Juliette reaccionó de esa manera porque su cuerpo lleva mucho tiempo sin sentir una piel caliente a su lado.

A ella no le cuesta encontrar compañeras para pasar un buen rato en la cama, pero últimamente no ha tenido tiempo ni ha estado especialmente entusiasmada, sin contar el fracaso rotundo de sus últimas dos citas.

Tiene que ser eso, claro que es eso: una mujer atractiva que la reta y luego la besa; cualquiera en su lugar habría actuado igual.

Sabe que tiene que recomponerse de alguna manera, así que saca su teléfono móvil y decide llamar a la única persona que la va a escuchar, no la juzgará y seguramente la zarandeará tan fuerte que Juliette entrará en razón.

—Tienes que estar metida en un problema muy gordo para que hayas decidido llamarme, Juliette Baxter —es lo primero que escucha cuando, después de dos tonos, su interlocutora contesta el teléfono.

Juliette cierra los ojos un segundo; quiere y odia a esa mujer, no a partes iguales porque tiene la sensación de detestarla más, pero de una u otra manera Elizabeth Thompson ha estado allí para ella desde que apenas era una joven de veinte años completamente perdida sin saber qué hacer con su vida.

—Dime que estás en Nueva York —le pide la directora ejecutiva de Axis.

—Veo que estás completamente jodida —resopla la mujer, y el aire frío de su voz le llega a Juliette de lleno—. Sí, estoy en casa. Pásate a la hora de la cena; te estaré esperando.

La llamada se corta y Juliette suspira y parte de ese agobio que empezaba a mermar su existencia se va serenando. Se toma unos minutos y, mientras recuerda a aquella exuberante instructora de yoga, repite los ejercicios que le enseñó hace ya algún tiempo.

Cuando la puerta del despacho de Vivianne Fox se abre de nuevo, la mujer que entra no es el manojo de nervios que ha salido hace minutos con una mano invisible estrangulándola con fuerza.

La que entra es la directora ejecutiva de Axis USA con la mirada encendida y el gesto afilado, sin mirar a la morena que está allí fingiendo estar concentrada trabajando.

Se sienta en su silla, desbloquea su portátil y teclea.

Al cabo de dos segundos la odiosa música que identifica una llamada entrante suena llenando el silencio que hasta ahora había.

—Buenos días, Juliette —saluda Heather cuando la pantalla se ilumina y aparece la asistente personal—. ¿Qué necesitas?

—Necesito que redactes un comunicado y lo tengas listo esta misma tarde —dice Juliette mientras Heather asiente—. La semana que viene tengo una de las reuniones quincenales para revisar el avance del plan de recortes.

Heather baja la mirada y apunta lo que su jefa le va diciendo.

—La directora de la oficina de Nueva York no ha entregado la lista que se le ha pedido, por lo que se me está haciendo difícil empezar a cumplir con los plazos —Juliette nota cómo Vivianne levanta la mirada, pero ella la ignora—.

No está siendo todo lo colaborativa que se esperaba, así que tomaré las riendas y seré yo quien elabore esa lista.

—Necesitarás el registro de todos los empleados de esa oficina —dice Heather mientras sigue escribiendo—. Espero poder enviártelo en una hora.

Vivianne siente que el suelo bajo sus pies se va abriendo y el calor quema porque debajo está el infierno y la reina del inframundo, frente a ella.

¿Juliette está tomando represalias poco profesionales por el beso?

No sabe qué pensar ni mucho menos qué hacer porque es la primera vez que está en una situación como esta.

—No olvides incluir a los empleados temporales —pide Juliette con tranquilidad, como si estuviera solicitando una taza de té.

—Me pongo a ello —anuncia la chica—. Llámame si necesitas algo más.

Juliette asiente y cuelga. De reojo, la figura tensa de Vivianne se pone de pie y enseguida sus tacones repiquetean hasta quedar frente a su mesa.

—Si lo que estás haciendo…

—Lo que estoy haciendo es mi trabajo —Juliette se pone de pie y se ajusta la corbata sin apartar los ojos de los de Vivianne—, algo que tú, por lo visto, ignoras por completo.

Vivianne da un paso hacia atrás; ese olor dulce con toque ácido le inunda las fosas nasales y la desestabiliza por un momento.

—Te sugiero que cuides esa boca, Vivianne —Juliette lo suelta, y sus ojos hacen una rápida bajada a sus labios; Vivianne siente el calor en el vientre—, te ocupes de tus asuntos y me dejes hacer lo que he venido a tramitar en esta oficina.

Y con esa última frase, Juliette vuelve a sentarse en su silla y se centra en su ordenador.

Vivianne vacila unos segundos sin saber qué hacer y entonces decide volver a su mesa porque la resaca aún está ahí y no siente que tenga la fuerza necesaria para enfrentarse a todo lo que está ocurriendo hoy.

A las seis de la tarde, Juliette se sube en un taxi con un suspiro cargado de alivio.

Le duele el cuello y los músculos de la espalda por la cantidad de horas que ha estado en tensión.

Tras ese breve intercambio con Vivianne, el despacho se ha mantenido en silencio durante un largo rato hasta que la morena se ha puesto de pie y le ha entregado la maldita lista que llevan pidiendo desde Chicago al menos dos meses.

Juliette ha tomado la decisión de revisarla ella primero y mañana la discutirá con Vivianne, porque hoy ha llegado a su límite y lo único que necesita es un buen vaso de whisky y relajarse.

Cuando el taxi entra al vecindario de Forest Hills Gardens, a la mente de Juliette vienen muchos recuerdos de golpe.

No puede contar las veces que estuvo allí, cómo soñaba vivir en un sitio como ese algún día y lo bien que la hizo sentir Elizabeth en esa época.

Juliette la conoció cuando tenía diecinueve años y trabajaba horas sueltas en una empresa de catering que pagaba bien y que podía compaginar con sus estudios.

Ya había tenido algunas experiencias con otras mujeres, incluso se había enamorado una vez, pero cuando Elizabeth le habló con ese tono bajo y firme, supo que estaba completamente perdida.

Durante un año tuvieron una tórrida aventura; Juliette recuerda noches enteras sin parar de follar con una mujer que, aunque veinte años mayor que ella, tenía una libido que la dejaba exhausta.

La relación jamás prosperó: Elizabeth se encargaba del millonario negocio familiar ante la prematura muerte de su padre, no había salido del armario ni tenía tiempo para embarcarse en un romance, y de alguna manera a Juliette no le importó porque surgió una amistad que hasta ahora perdura.

Elizabeth se convirtió en su mentora y con eso en la única persona que realmente conoce a Juliette.

—Agradécele a la vida esos buenos genes y que esa pinta horrible que tienes es temporal —es el saludo con el que la recibe Elizabeth—. Anda, pasa.

Juliette le besa la mejilla y sigue caminando. A sus setenta años, Elizabeth Thompson sigue siendo una mujer atractiva y condenadamente directa, pero que adora a Juliette por sobre todas las cosas.

—¿Dónde está Tina? —pregunta Juliette cuando se sienta en uno de los sofás y su amiga en una butaca frente a ella.

—Visitando a su nieto —Elizabeth mueve la mano como si estuviera espantando a una mosca.