Me prohíbo mirarte así (Romances de oficina 2) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Vivianne separa las manos de la mesa —donde todavía estaba apoyada— y, cuando se incorpora y se gira para ir hacia la suya y hacerse un café, un mareo repentino y muy poco oportuno la hace trastabillar y tropezar con sus propios pies.

El resultado es que se tambalea hacia un lado, el equilibrio perdido por completo, segura de que esto acaba con ella en el suelo para regocijo de la perra, que se deleitará observándola desmadejada sobre la moqueta en una pose de todo menos digna.

Eso lo piensa Vivianne en una fracción de segundo, pero la caída nunca llega a producirse porque una mano firme se cierra sobre su brazo izquierdo y tira con fuerza de ella hasta que impacta con el cuerpo de Juliette Baxter, que le pone la otra mano en la cintura para estabilizarla.

Vivianne no sabe cómo explicar lo que pasa cuando levanta la mirada y se encuentra con los ojos azules de Juliette frente a los suyos.

Por inercia y porque todavía no se siente muy segura de su propio cuerpo, ella se agarra con las dos manos a la cintura de la mujer, y los pulmones se le vacían en una exhalación que suena como un jadeo: Juliette le está mirando la boca.

Es Vivianne la que se mueve hacia delante —probablemente poseída por el embrujo de esta mujer o porque todavía hay demasiado alcohol en su cuerpo que no la deja pensar con claridad— y estrella sus labios contra los de su jefa, y Vivianne no puede responder a todas las preguntas desconcertantes que pasan por su cabeza mientras eso sucede: la primera, ¿por qué no se aparta?

Ha cometido un error, eso está claro, pero sus labios siguen pegados a la boca de Juliette, que al principio se ha quedado congelada un segundo, aunque ha reaccionado enseguida y su lengua se ha abierto paso entre los labios de Vivianne.

La segunda, y la que más le preocupa, es entender por qué tener la lengua de esa mujer dentro de su boca le está gustando tanto.

Vivianne tiene el abdomen apretado de pura tensión y siente un cosquilleo demasiado agradable entre las piernas mientras una de sus manos —que al parecer tampoco controla— se ha pegado a la nuca de Juliette para asegurarse de que el beso no se detiene.

A ella le gustan los hombres, Vivianne jamás ha pensado en una mujer de este modo, y eso que ha acompañado a Vicky Bob decenas de veces a locales de ambiente y se ha movido mucho en un entorno de mujeres lesbianas porque su hermana y su mejor amiga lo son.

La mano de Juliette en su cintura se aprieta y Vivianne siente una descarga eléctrica cuando la mujer jadea contra su boca.

Entonces suena el teléfono de su mesa, pero Vivianne está tan entregada a ese beso que jamás debería haberse producido que necesita que suene tres veces antes de reaccionar y apartarse.

Ninguna se mueve de inmediato y el aparato deja de sonar, dejando a Vivianne con un zumbido en los oídos y todo el cuerpo vibrando con una necesidad que reconoce muy bien y que no puede explicar.

Levanta la mirada al cabo de unos segundos y se encuentra a Juliette en el mismo sitio que la ha dejado, mirándola fijamente con una severidad que le aprieta la garganta.

—Te he besado —dice, como si necesitara confirmarlo porque todavía no se lo cree.

—Sí —responde Juliette.

A Vivianne le iría bien que esta mujer no fuera tan parca en palabras en este momento, que tomara las riendas de la situación y dijera cualquier cosa que acabara con esa incomodidad.

—No sé por qué lo he hecho, anoche salí y tengo la cabeza…

—Me da igual lo que hagas fuera de aquí —la corta Juliette—, pero sí me importa lo que haces aquí. No puedes ir por la oficina besando a la gente.

Los ojos de Vivianne, que hasta ahora permanecían medio entornados porque los párpados le pesan, se abren de golpe.

—Yo no voy por ahí besando a nadie…

—¿No? —pregunta Juliette, arqueando una ceja perfecta que convierte su expresión pétrea habitual en algo más relajado y provocador al mismo tiempo—. No es lo que me ha parecido.

—Tú también me has besado, me has… —Vivianne duda un segundo—. Me has devuelto el beso.

—Soy educada.

—¿Qué? —Vivianne piensa que esto tiene que ser una pesadilla.

—Escúchame bien —se acerca Juliette con ese tono que utiliza cuando quiere sonar amenazante—.

Me da igual que estés resacosa y que eso no te permita comportarte como una mujer adulta, aquí se viene a trabajar.

No vuelvas a llegar tarde, no vuelvas a venir en este estado y no vuelvas a besarme. ¿Lo has entendido?

Vivianne asiente, porque está tan desconcertada con lo que ha hecho que no puede detenerse a analizar el comportamiento extraño de esta mujer.

En algo sí que tiene que darle la razón: no puede venir a la oficina en este estado y desde luego no puede ir por ahí besando a la gente, y mucho menos a ella. ¿Qué coño le pasa?

—Lo siento —dice, mirándola a los ojos.

Juliette traga saliva y se mete las manos en los bolsillos de su pantalón entallado para esconder el temblor que esa mujer ha dejado en su cuerpo.

—Bebe café y despéjate, nos reuniremos más tarde para seguir con el trabajo pendiente.

Juliette coge su chaqueta y sale del despacho, dejando a Vivianne a solas con su desconcierto.

Piensa en llamar a Vicky Bob porque necesita contarle lo que acaba de pasar, pero recuerda el cambio horario y maldice a su mejor amiga por haberse marchado del país.

Decide ir a ver a Sloane y contárselo a ella, pero se lo piensa mejor y se sirve un café antes de sentarse en su silla.

Antes de hablar con nadie, debería descubrir por qué demonios ha sentido el impulso de besar a esa mujer, pero por más vueltas que le da, Vivianne no encuentra la respuesta, o no está preparada para asimilarla.