Capítulo 8
—Viv, ¿no te levantas? —pregunta Sloane, asomándose a través de la puerta entornada de la habitación de su hermana.
Vivianne abre un ojo, desorientada; lo tiene como si estuviera lleno de arena.
—¿Qué hora es? ¿Adónde hay que ir? —pregunta con voz rasposa.
Sloane frunce el ceño, abre la puerta del todo y entra en la habitación, haciendo una mueca de asco cuando nota el olor a whisky: eso explica por qué su hermana parece no saber en qué día vive ni dónde se encuentra.
—Hay que ir a trabajar, ¿cuánto bebiste anoche? —pregunta, encendiendo la luz de la mesilla.
Vivianne se tapa los ojos con el antebrazo y los va abriendo muy despacio, adaptándose a la luz.
—Solo me tomé un par de copas en el Billi's.
—¿Un par? —Sloane se cruza de brazos, mirándola, y Vivianne resopla.
—A lo mejor me tomé tres.
Su hermana se ríe y niega con la cabeza.
—Ve a ducharte, haré café y te dejo una pastilla al lado de la taza. Nosotras nos vamos ya, no quiero llegar tarde.
La jefa de la oficina de Axis Nueva York asiente y se deja caer, sintiendo que todo está desordenado en su cabeza además de dolerle como si le hubieran dado con un martillo.
Se levanta y se tambalea un momento, mareada, y tras parpadear un par de veces, se va al baño y se mete bajo la ducha.
Pone el agua tibia, más bien tirando a fría, y eso la despeja lo suficiente como para que el día de ayer le venga de golpe a la cabeza.
Decide apartar de inmediato la visión de la impertinente de su jefa, porque está en la ducha, está desnuda y pensar en ella la pone nerviosa.
Se envuelve el pelo con una toalla y se seca el cuerpo con otra mientras paladea con asco el sabor a whisky rancio.
Se lava los dientes y se siente infinitamente mejor, pero le sigue doliendo la cabeza y está irritada porque no ha oído el despertador y ahora va a llegar tarde a la oficina, cosa que nunca hace.
El café que su hermana le ha preparado antes de irse está en el punto perfecto cuando Vivianne entra en la cocina, vestida con uno de sus trajes, peinada de forma impecable y maquillada algo más de la cuenta para tapar la palidez que le ha dejado la resaca y las marcas oscuras bajo sus ojos.
Toma un sorbo de la taza y suspira de placer; el líquido no quema, pero sí está en ese límite donde un grado más de calor haría que tuviera que apartar los labios de inmediato, está justo como le gusta.
Se lo toma con calma porque beber rápido no hará que llegue a tiempo, se toma la pastilla y coge una más para meterla en su bolso porque está segura de que le hará falta para soportar a su jefa.
Pide un taxi para ir a la oficina porque en su estado resacoso y con ese dolor punzante que le atraviesa las sienes con según qué movimientos, no se siente capaz de subir al metro.
El trayecto no la ayuda; el movimiento del vehículo le revuelve un poco el cuerpo y el resultado es que cuando se baja del coche se siente mareada como si acabara de tomarse la última copa.
Entra en el edificio con visión de túnel, saludando al de seguridad solo porque lo oye, no porque lo vea. En el ascensor, apoya la espalda en la pared del fondo y deja que el frío le atraviese la tela de la blazer, produciéndole un poco de alivio.
En cuanto las puertas se abren y sale al pasillo, mira su reloj: pasan cuarenta minutos de su hora habitual de llegada, lo que tampoco le parece tan grave teniendo en cuenta todas las veces que llega antes de tiempo porque está muy cargada de trabajo y necesita adelantar, pero entonces recuerda que Juliette le dijo que se reunirían a primera hora para seguir hablando de la lista, y el pulso se le acelera.
—Mierda —masculla para sí, haciendo que sus tacones repiqueteen por el suelo mientras camina a toda velocidad, o a la que le permite su resaca.
Saluda a Amber con la mano y avanza hasta su puerta, pero su asistente la detiene.
—Señora Baxter —dice, de nuevo levantándose de su silla.
Vivianne se detiene en seco y se gira. Quiere decirle que tiene prisa, pero recuerda que Amber intentó avisarla de que Juliette Baxter había colonizado su despacho —y se arrepintió de no haberle prestado atención—, porque al menos no se le habría quedado la cara de pasmo que se le quedó cuando la descubrió allí dentro, pero, sobre todo, no le habría dado el placer a esa perra de disfrutar de su desconcierto.
Así que, aunque necesita entrar en su despacho de inmediato, se toma un momento para atender a Amber.
—¿Qué pasa? No me digas que también duerme aquí —dice de pronto.
Amber abre la boca, sorprendida, pero enseguida se le pasa y se muerde ambos labios para no reírse.
—No es eso, bueno —duda—, no sabría decirle, ya estaba aquí cuando he llegado.
Vivianne levanta las cejas y mira un momento hacia la puerta.
No le sorprendería entrar y encontrar a esa mujer acostada en el suelo o durmiendo en un sofá que hubiera hecho traer sin su permiso.
De repente, se la imagina tumbada y despeinada, vulnerable, y a Vivianne se le seca la boca, aunque decide atribuirlo a la sed de la resaca.
—Entonces, ¿qué es? —pregunta impaciente.
—Las gafas —Amber se señala sus propios ojos.
Vivianne, que tiene la cabeza abotargada, no es capaz de comprender a la primera. Se queda mirando a su asistente sin entender de qué le habla, porque Amber no usa gafas.
—Las suyas, jefa, lleva puestas las gafas de sol.
Los ojos de Vivianne se abren de par en par y se lleva la mano a la cara: ahí está el motivo por el que todo el edificio le parecía tan oscuro.
—Joder —dice suspirando—. Gracias, Amber —se gira hacia la puerta y pone la mano en el pomo, pero se detiene antes de entrar—. ¿Puedes traerme un café muy cargado? Y una botella de agua —Amber asiente, divertida—, de las grandes.
—Por supuesto.
Vivianne abre la puerta y entra.
—Buenos días —dice, dejando su bolso con parsimonia, como si no pasara nada.
—Llegas tarde —la voz afilada de Juliette le atraviesa la columna.
Se gira: ahí está, sentada tras su mesa con los ojos azules fijos sobre Vivianne.
—Se me ha complicado la mañana, he tenido…
—No te estoy pidiendo explicaciones, no las necesito.
Lo que necesito es que seas responsable y estés aquí a tu hora.
Tienes el cargo más alto de esta oficina, y también el sueldo; debes dar ejemplo y demostrar que lo mereces, de lo contrario, a lo mejor es tu nombre el primero que deberíamos incluir en la lista.
Vivianne intenta procesar lo que acaba de escuchar, incrédula.
¿Cómo se atreve esta desquiciada a decirle todo eso si ni siquiera la conoce?
El bolso se le cae porque su resaca la tiene completamente torpe y no atina a colgarlo a la primera, pero no se molesta en recogerlo; lo que sí hace es caminar hasta la mesa de su jefa y apoyar las dos manos en la madera.
—Si me quieres incluir en la lista, no te cortes; al fin y al cabo, para eso estás aquí, ¿no?
Para hacer limpieza. Haz lo que debas, pero ni se te ocurra volver a insinuar que no estoy comprometida con este maldito trabajo.
Me quedo más horas que nadie y vengo antes de mi hora la mayoría de los días, así que antes de abrir esa boca y soltar tu lengua viperina, te sugiero que investigues un poco al personal antes de meterlo en esa lista de mierda que tanto te gusta.
Juliette podría decirle muchas cosas ahora mismo, porque en una situación así, a ella le da igual si la persona que tiene delante es la más rentable de la empresa.
Nadie le habla así, primero porque no se atreven y segundo porque si lo hacen, lo hacen solo una vez, pero Juliette está atragantada, agarrada con las dos manos a los reposabrazos de su silla porque al inclinarse hacia delante, la blusa de seda blanca de Vivianne cuelga ligeramente hacia abajo, y como la mujer tiene la mala costumbre de no abrocharse los botones superiores, el resultado es que Juliette Baxter tiene una visión perfecta del escote de Vivianne, y no es de piedra —aunque lo parezca— y solo puede pensar en cuánto le gustaría pasar la lengua entre sus sugerentes pechos.
—¿Me has escuchado? —ladra Vivianne, que siente que la cabeza le da vueltas, probablemente por la mezcla de la resaca con los nervios y la desesperación que le produce esta mujer.
—Perfectamente —reacciona Juliette—, y si te atreves a hablarme otra vez en ese tono…
La puerta se abre tras un par de golpes que ninguna ha atendido, y Amber entra con una bandeja en la que lleva una jarra de café recién hecho, dos tazas, azúcar, un cartón de leche y la botella de agua que Vivianne le ha pedido.
—Perdón por interrumpir —dice, haciendo malabares para sostener la bandeja sin que algo se le caiga—. ¿La dejo aquí? — pregunta la asistente mirando a su jefa, señalando la esquina de la mesa de Vivianne con la cabeza.
—Sí, Amber, ahí mismo. Gracias —dice Vivianne.
La chica asiente y abandona el despacho con rapidez, cerrando la puerta al salir.
—¿Ahora has convertido esto en un hotel? —lanza Juliette—. Amber está ahí para facilitarte el trabajo, no para que…
—No me agobies, joder —la corta Vivianne, y de inmediato se da cuenta de que se acaba de pasar, pero la cabeza la está matando y cada vez que Juliette Baxter le habla, siente un ligero temblor en el cerebro que le provoca descargas de dolor constante.
Juliette, impresionada e irritada a partes iguales, se levanta y rodea la mesa sin saber exactamente lo que va a decir, pero dispuesta a poner a esta mujer en su sitio y a dejarle claro que una insubordinación más y le pondrá la carta de despido delante en menos de una hora.