Me prohíbo mirarte así (Romances de oficina 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

—Hija de puta —masculla Vivianne Fox dando un sonoro pisotón al suelo del ascensor.

Son casi las ocho de la noche y no es hasta esa hora que ha podido salir de la sede de Axis.

Juliette Baxter la ha tenido entretenida —por no decir esclavizada— desde el momento en que llegó a su despacho y tuvo que revisar esa maldita lista donde aparece su hermana, hasta que ha salido de la reunión que ella misma le ha exigido mover y la ha vuelto a sentar a su lado como si ya no hubiera tenido suficiente en todo el día.

Las puertas del aparato se abren y Vivianne avanza a paso rápido, sin mirar a los lados.

No tiene ganas de hablar con nadie, sobre todo con Kevin Richardson, el gerente de la empresa que tiene sus oficinas en la planta dieciocho y siempre encuentra la mágica manera de coincidir con ella cuando acaba su jornada.

Normalmente, Vivianne lo saluda con educación y rechaza cortésmente su burda insinuación de tomar una copa para luego llevársela a la cama, pero está segura de que, si se tropieza hoy con él, lo mandará a la mierda y le pedirá que él y su mal aliento dejen de insistir en algo que no ocurrirá.

Bufa porque se siente como una auténtica bruja, casi al mismo nivel que su jefa, pero no puede evitarlo.

Esa mujer le pone la piel de gallina de igual forma que la desquicia.

Lo que más le molesta no es solo que Juliette sea una tirana, sino que hay algo en su actitud y en la forma de clavar sus ojos azules en ella que hace que Vivianne se estremezca sin entender el motivo exacto.

—Que tenga buena noche, señora Fox —dice alguien a su lado, y Vivianne gira el cuello para encontrarse con la mirada amable de uno de los vigilantes nocturnos.

Intenta sonreírle, pero le sale una mueca que la hace parecer una vampira a punto de atacar. La cara de horror del pobre hombre lo dice todo, pero ella hoy no puede hacer mucho más.

Cuando pone un pie en la calle, de alguna manera, el ruido del tráfico la tranquiliza.

Ese bullicio familiar que tiene la ciudad de Nueva York que Vivianne ama y odia a partes iguales, pero que esa noche la hace anclarse a la tierra y sentir que no merece la pena ir a prisión por asfixiar a Juliette Baxter con sus propias manos y envolverla en bolsas de plástico negro de las que nadie echará de menos.

—Hablando del diablo —susurra Vivianne cuando sus ojos se encuentran con ese traje perfecto que le queda irritantemente bien a su jefa.

Juliette está de espaldas a la puerta, revisando el móvil que tiene en la mano derecha mientras aprieta el asa del maletín con la izquierda.

Vivianne aprovecha que la directora ejecutiva de Axis está distraída para observarla de manera descarada.

La mujer parece que acaba de salir de su casa porque, a pesar de la hora, sigue luciendo impoluta con la melena recogida sin una hebra de cabello fuera de lugar y ni una arruga en su vestimenta.

Vivianne piensa que jamás podría ponerse un traje masculino como ese, no porque le parezca feo, sino porque a ella le quedaría francamente espantoso.

Chasquea la lengua, enfadada consigo misma por pensar en cosas tan absurdas como lo bien que le queda esa chaqueta a la insoportable de Juliette Baxter.

Mira la hora en su reloj, sabe que Jenna está en casa con su hermana y Vivianne está harta de interrumpirlas porque esas dos están en la etapa de la relación en que un beso tonto se convierte en un polvo larguísimo y muy ruidoso.

—Lo siento, Vivianne —dijo Sloane, completamente roja y con los labios hinchados—. No nos habíamos dado cuenta de la hora.

Vivianne había llegado de ver un piso —este parecía una pequeña celda de torturas— y solo quería darse una ducha para luego sentarse a beber cantidades ilegales de whisky, pero lo que se encontró fue a Jenna Callahan completamente desnuda cabalgando sobre su hermana.

Por fortuna, Sloane estaba tumbada en el sofá y el respaldo la cubría por completo, porque si no se hubiera mudado a Júpiter esa misma noche.

Decide ir al Billi's porque necesita una copa, escuchar algo de música suave y relajarse. Si tuviera su propio piso, todo sería diferente, pero de momento tiene que aguantarse.

—Mira a quien tenemos de nuevo por aquí —saluda Bill Truman mientras coloca unos vasos en la estantería que tiene detrás de la barra—. Déjame servirte un whisky doble. Pareces necesitarlo.

Vivianne gruñe y se sienta en uno de esos taburetes que cojean, pero que hoy no le molestan. Pone un codo sobre la barra e inclina la cabeza sobre su mano. Está agotada física y mentalmente.

El hombre le sirve la bebida y, en cuanto abre la boca para preguntarle qué le pasa, la voz de Meryl, su camarera, lo interrumpe.

—Bill, te buscan —dice la mujer, y señala a dos hombres jóvenes con pinta de mafiosos.

Bill parece no reconocerlos, así que le hace una mueca a Vivianne y la deja con su bebida.

—Ahora vuelvo —dice, y desaparece tras la puerta lateral.

Una hora después, Bill no ha vuelto y ha sido Meryl la que le ha rellenado el vaso dos veces. Vivianne se siente mucho mejor, esa tensión que lleva dos días sintiendo en el cuello parece haberse disipado y la sonrisa empieza a salirle más fácil.

—Te invito una copa, dulzura —dice un hombre a su lado mientras le señala el vaso—. Lo tienes vacío.

El tipo le sonríe con lo que Vivianne supone que es su sonrisa seductora.

Lo mira durante un segundo: es delgado, con algo de barba, y viste un traje azul espantoso con una corbata de rombos más fea todavía.

Su mente la traiciona y evoca a Juliette Baxter, con su ropa entallada, la mirada de acero y su rostro cincelado.

Vivianne se sobresalta; la punzada en su entrepierna ha sido tan inesperada como inquietante, porque no existe relación alguna entre la jodida bruja de su jefa y el deseo sexual repentino que ha empezado a quemarla.

Suelta una carcajada que no ha podido frenar y el hombre frunce el ceño, descolocado. Vivianne sigue riendo y él decide alejarse de esa perturbada con la que solo quería pasar un buen rato.

—¿Estás bien? —Bill por fin vuelve y su mirada baila entre el rostro de Vivianne y el vaso de whisky vacío.

—Estoy genial, Bill —sonríe contenta—. ¿Por qué no me sirves otro?

El hombre la mira con desconfianza, pero igualmente coge el vaso de la barra.

—Siéntate en aquella mesa —le señala una que está en una esquina, la que habitualmente elige cuando va al bar—. Ahora te lo llevo.

Vivianne no pregunta, solo asiente y se baja del taburete. El mareo la golpea con tanta fuerza que tiene que aferrarse a la madera con las dos manos. Cierra los ojos un instante y coge su maletín para caminar hasta la mesa.

Unos minutos después, Bill se acerca a ella con el móvil en la mano y una botella de agua. Vivianne frunce el ceño; si quisiera agua se la hubiera pedido, pero antes de que pueda quejarse, el hombre le ofrece el teléfono.

—Es Vicky —le anuncia en voz baja—. Habla con ella, te vendrá bien.

A Vivianne se le humedecen los ojos y Bill le regala una sonrisa. Ella asiente, coge el aparato y se lo lleva a la oreja.

—Joder, cómo te echo de menos —es lo primero que dice, y Vicky suelta un bufido.

—Yo también, cielo, pero más echo de menos un buen coño. Necesito volver a casa ya —Vivianne suelta una carcajada que de inmediato la hace sentir mucho mejor—, pero ese tema lo dejamos para otro día. ¿Cómo estás? Bill me ha dicho que llevas días yendo y que hoy no se te ve especialmente bien.

Vivianne bufa. Son tantas cosas las que la asfixian últimamente que no sabría ni por dónde comenzar.

—La búsqueda de piso está siendo un infierno, hace unos días interrumpí a mi hermana con su novia mientras lo hacían en el sofá y mi jefa ha venido desde Chicago a hacer mi vida más miserable —Vivianne hace una pausa—. La detesto.

Vicky sonríe al otro lado de la línea; su amiga tiene un carácter de esos que no sabes cuándo te puede estallar en la cara, pero difícilmente odia a alguien.

—¿Qué te ha hecho? —pregunta Vicky—. Porque algo tuvo que orquestar para que acabaras emborrachándote sola en el Billi's.

Vivianne empieza a contarle a su mejor amiga desde el momento en que Juliette Baxter irrumpió en su despacho como si fuera la mismísima dueña de la empresa.

La forma en que le da órdenes sin ningún tipo de educación y cómo, tras el pequeño acto de venganza de Vivianne poniéndola en una oficina minúscula, la directora ejecutiva de Axis se ha instalado en su propio despacho.

—Joder, menuda perra —suelta Vicky al escuchar toda la historia—. ¿Cuánto tiempo se queda en la ciudad?

—En principio un mes, pero eso no es lo peor, Vicky —dice Vivianne, y su voz suena ahogada. Da un buen trago a la botella de agua—. Es que en la lista que trajo de Chicago figura Sloane.

Victoria Bob hace un sonido de terror, muy parecido a cuando alguien te asusta por la calle y terminas llevándote la mano al pecho.

—Pero si Sloane es de las más capacitadas que hay en tu oficina, Viv —dice Vicky con conocimiento, porque ha intentado reclutar a la hermana de su mejor amiga durante años—. En cualquier caso, no se va a quedar sin trabajo, eso te lo aseguro porque si Axis decide echarla, yo la contrato.

Vivianne niega con la cabeza y bebe más agua.

—No se trata de eso, Vicky. Ya conoces a Sloane, le cuesta adaptarse a los lugares y, después de algún tiempo, ha logrado sentirse cómoda en Axis —explica—.

Además, que su novia trabaje con ella parece que ha hecho que esté más relajada; no sé, la veo diferente.

No es justo que quieran prescindir de ella porque la empresa no ha ganado este año lo que habían pronosticado.

Vicky entiende perfectamente a Vivianne, pero siendo una de las socias mayoritarias de su propia empresa, sabe que hay decisiones que son más estratégicas que justas.

Se trata de dejar ir al personal prescindible y muchas veces al más costoso, como está muy segura de que es Sloane, porque tanto la experiencia que tiene como la formación académica hacen que le cueste a Axis un buen pico al año.

—¿Qué piensas hacer? —pregunta Vicky, sin querer darle su visión a Vivianne para no agobiarla más.

—Voy a hacer que Juliette Baxter me explique punto por punto los motivos por los que la han elegido a ella entre tantos empleados para ser despedida —Vivianne lo dice mientras va dando golpes secos a la mesa con su dedo índice—.

Además, no solo es Sloane, hay otras personas en esa lista que no se lo merecen.

Hablan durante unos minutos más hasta que Vicky tiene que despedirse; a pesar de que en Nueva York son las diez de la noche, en Tokio son las once de la mañana y ella tiene que entrar a una reunión.

—Te he llamado a un taxi —dice Bill, acercándose a la mesa unos minutos después de que Vivianne cortara la llamada.

—Muchas gracias, Bill —Vivianne le devuelve el teléfono con un gesto avergonzado—. Y siento todo esto.

El hombre posa una de sus manos rechonchas en el hombro de Vivianne y lo aprieta con cariño.

—Prefiero que vengas siempre aquí cuando te sientas así —le dice con el rostro muy serio—. En este bar estarás siempre segura.

Vivianne sonríe porque Bill es uno de esos hombres con los que haces un tipo de amistad diferente, alguien con el que nunca quedas o hablas por teléfono, pero que sabes que siempre estará ahí cuando lo necesites.

El taxi llega y Vivianne se medio tambalea cuando se levanta. Bill la acompaña y se asegura de que se suba en la parte trasera. Luego intercambia un par de palabras con el taxista y el coche arranca y se incorpora al tráfico de Nueva York.

Vivianne cierra los ojos, se siente todavía alterada por el alcohol, aunque un poco más ligera después de haber hablado con su mejor amiga. Tiene la mente nublada, pero con los ojos azules de esa inquisidora grabados en el pensamiento, Vivianne decide que mañana Juliette Baxter va a escucharla.