Capítulo 6
—Hola, Amber —dice Vivianne, atravesando a paso rápido la antesala de su despacho.
—Espere, señora Fox —Amber se levanta como si quisiera saltarle encima.
Vivianne respira hondo; está teniendo una mañana de mierda, o mejor, una semana de mierda.
Ayer tuvo un pequeño encontronazo con Juliette Baxter cuando Amber le dijo que pasara por su despacho en cuanto regresó de su reunión.
Vivianne dejó sus cosas sobre la mesa de su asistente y avanzó con parsimonia hasta la puerta del despacho de la directora ejecutiva de Axis.
Se quedó frente a la puerta unos segundos, regocijándose en su propia satisfacción al pedirle a Amber que ordenara prepararle ese despacho en concreto.
Justo al lado, entre ese y el suyo, hay otro que está vacío.
Vivianne procura no asignárselo a nadie si puede evitarlo porque así logra que el sonido de la persona que lo ocupa no atraviese la pared y la desconcentre.
Podría haberle dado ese a Juliette Baxter; es casi tan grande como el suyo, con un ventanal de pared a pared y sol por todas partes, no ese cubículo con un ventanuco que se construyó pensado como pequeño almacén para los despachos de ese pasillo, pero decidió que una cura de humildad a lo mejor le venía bien a esa ególatra de trajes entallados y educación más bien escasa.
Vivianne llamó un par de veces con los nudillos, pero no esperó a que su jefa le diera paso —igual que hizo Juliette con ella— y, mientras se colaba en el habitáculo, una punzada de odio hacia sí misma le atravesó el pecho: era una hipócrita actuando del mismo modo solo por venganza.
Juliette estaba al teléfono cuando entró, girada hacia la pared, sentada en esa silla desgastada y algo coja que Vivianne se aseguró de que trajeran para ella del almacén donde acaba todo el material viejo de oficina.
La mujer se giró de repente, todavía con el móvil pegado a la oreja, y Vivianne contuvo la respiración cuando los ojos azules de la ejecutiva se clavaron en los suyos, se mantuvieron ahí una fracción de segundo, o eso le pareció a ella, y después bajaron por su cuerpo —desde su cara hasta sus pies— para volver a subir muy despacio de nuevo hasta sus ojos.
Una especie de corriente la atravesó, algo que no supo cómo explicar porque jamás había sentido nada parecido, pero se mantuvo serena y caminó hasta la silla al otro lado de la mesa que Juliette le señaló con un dedo de uñas cortas y pulcras que la dejó desconcentrada por un segundo.
—Dígale que pasaré a verla esta semana, no puedo concretar el día.
Juliette colgó sin despedirse y dejó su móvil sobre la mesa despacio antes de levantar la mirada hacia Vivianne, que ya se había sentado.
—¿Querías verme? —preguntó Vivianne.
Juliette tardó en contestar; solo la miraba como si su pregunta fuera estúpida o quisiera estrangularla. Vivianne no supo determinar cuál de las dos cosas era.
—¿Qué opinas de este despacho? —preguntó la directora.
Vivianne parpadeó para intentar distraer a su cerebro y que este no diera la orden de que sus labios se curvaran, pero le costó contenerse y su comisura izquierda tembló de ganas.
Juliette también se dio cuenta, porque enfocó su mirada azul como el cielo en la boca de Vivianne, y la jefa de oficina de Axis Nueva York habría jurado que la mirada de Juliette se oscureció cuando lo hizo.
—Es un despacho acorde para alguien que está de paso —espetó Vivianne—. Pediste estar cerca del mío, y este lo está.
Juliette se recostó contra la silla —por un momento olvidando dónde estaba sentada—, pero el respaldo emitió un chirrido que la hizo paralizarse un segundo temiendo que se partiera.
—A mí me parece un despacho acorde para un becario al que no sabes dónde colocar mientras decides si lo despides o lo dejas en plantilla.
—¿Tú crees? —Vivianne no fue capaz de controlar su lengua, ni tampoco el tono sarcástico.
Juliette arqueó una ceja y se inclinó hacia delante —la silla volvió a chirriar— apoyando los brazos en la mesa mientras tiraba de su corbata corta hacia su pecho como si quisiera mantenerla pegada a la camisa y no rozando el borde de la mesa.
—No juegues conmigo, Vivianne. Si me desafías, perderás.
No lo dijo en tono amenazante; tampoco mencionó su cargo —muy superior al de Vivianne—, pero no hizo falta. Vivianne sabía que le bastaba con chasquear los dedos para meterla en esa lista de personal a despedir sin tener que dar explicaciones.
—¿Eso es todo lo que querías? —preguntó, poniéndose de pie.
—Sí, quería compartir mi opinión contigo, pero no te he dado permiso para marcharte. Siéntate —ordenó, con un gesto de la cabeza.
Vivianne apretó la mandíbula y se sentó de nuevo en la silla, cruzando una pierna sobre otra mientras esperaba a que la perra de Juliette Baxter le continuara contando cuánto la irritaba estar en esa pocilga de despacho.
—Ya puedes irte —dijo de pronto, y Vivianne parpadeó, incrédula y rabiosa porque esa mujer de la coleta tan apretada y una mirada que le provocaba algo que le hacía vibrar el cuerpo le había dado una orden estúpida solo para hacer una demostración de poder.
Se levantó con ímpetu, empujando la silla hacia atrás con tanta fuerza que se volcó. Juliette levantó una de sus cejas perfectas y sonrió con petulancia.
—Deberías aprender a modular tus impulsos, Vivianne; solo te generan doble trabajo y no hacen nada para calmar tu mal humor. Recógela antes de salir, y cierra la puerta.
Vivianne cogió la silla para levantarla y tuvo que contener las ganas de ladear el cuerpo y lanzarla contra la mujer que la miraba con una sonrisa estúpida mientras ponía la silla en su sitio.
Salió del despacho sin despedirse y cerró de un portazo, y desde entonces tiene un malhumor instalado en el cuerpo que ni siquiera las dos copas de whisky que se sirvió cuando llegó a casa de su hermana lograron quitarle.
—Si no es urgente, déjalo para después, Amber; tengo otra reunión en diez minutos y necesito sentarme y no pensar en nada.
Vivianne se cambia de brazo la blazer que se ha quitado en la reunión y se abre otro botón de la camisa porque está sofocada.
—No es urgente, pero…
—Entonces después —zanja Vivianne, y se gira hacia la puerta de su despacho.
La abre sin mirar y la cierra en cuanto entra.
Está a punto de colgar la blazer cuando algo la deja congelada: primero la imagen que su cerebro tarda en procesar, y después el perfume, un olor dulce con un toque ácido.
Es muy sutil, y debe reconocer que le gusta; lo que no le gusta es saber a quién pertenece.
—Buenos días —dice Juliette cuando Vivianne se gira.
Lo que ve la deja más petrificada de lo que estaba, tanto que ni siquiera cuando la blazer se le escurre de la mano y cae al suelo se mueve para recogerla.
—¿Qué coño…? —dice desconcertada.
Frente a su mesa, dejando un espacio de apenas metro y medio, hay otra mesa exactamente igual que la suya, y Juliette está sentada al otro lado con su portátil y sus cosas —en una silla nueva que no cruje— mirándola con esa soberbia que parece tener reservada para ella.
—¿Qué haces aquí? —pregunta Vivianne cuando logra articular una frase completa.
—Este despacho es espacioso, tiene luz natural y me deja justo donde debo estar: cerca de ti, para no tener que llamarte cada vez que necesite algo —explica Juliette—. Simplemente he resuelto un tema que me irritaba. Espero que no te importe.
—No puedes instalarte aquí —resopla Vivianne, que está maldiciendo internamente a esa mujer de todas las formas que conoce.
—¿No? —la ceja izquierda de Juliette se arquea de un modo tan elegante que Vivianne se desconcentra unos segundos.
—No, claro que no, esto es…
—¿Qué es, Vivianne? —Juliette se levanta y a Vivianne se le corta el aliento.
La mujer parece que tiene el mismo calor que ella, porque lleva uno de sus pantalones entallados con una camisa blanca remangada, un botón más de lo razonable desabrochado y la corbata aflojada colgando hacia un lado.
Vivianne no puede pensar. Sus ojos permanecen fijos en el cuerpo de esa mujer insoportable y su pulso tan acelerado que se sobresalta cuando siente un par de latidos entre las piernas.
—Estoy esperando. ¿Tienes algo que decir o podemos ponernos a trabajar?
Vivianne quiere gritar de frustración, y también gritarle que salga de su despacho ahora mismo, pero sabe que no puede; que cuanto más provoque a esa mujer, más la joderá. Y parece que Juliette Baxter tiene recursos para ello; lo peor es que disfruta viendo la desesperación de Vivianne.
—Puedes trabajar en lo que quieras; yo tengo una reunión en dos minutos —dice, agachándose para recoger la blazer y salir corriendo antes de que le dé un ataque de nervios.
—Cancélala.
Vivianne se detiene en seco frente a la puerta, sin estar segura de haber oído bien.
—¿Perdón?
—Ya me has escuchado. Estoy en Nueva York para aclarar temas contigo; si no estás aquí, alargas mi estancia y me haces perder el tiempo. Cancélala si no es urgente, y si lo es, muévela.
Vivianne se queda quieta mientras la mira, pero comprende que su jefa —que al parecer está tan mal follada como ella— está hablando en serio.
Resignada y tratando de calmar sus nervios mientras reza para que ese mes pase lo más rápido posible, abre la puerta y mira a Amber, que la observa con expresión culpable: no había podido hacer nada cuando la directora ejecutiva le pidió esa mañana que instalaran todo lo necesario en el despacho de Vivianne para convertirlo también en el suyo.
—Y asegúrate de que tengo muebles decentes —se lo dijo con un tono tan helado que Amber supo de inmediato que su puesto de trabajo dependía del nivel de satisfacción que sintiera esa mujer al sentarse en su nueva silla.
—Cambia mi reunión a esta tarde —dice Vivianne.
—¿Ahora? —Amber abre mucho los ojos—. Pero si ya está todo preparado; la gente está esperando a que…
—Cámbiala, Amber.
Vivianne cierra la puerta dejando a su asistente descolocada y se gira hacia Juliette.
—¿Qué necesitas?
—Que traigas tu silla y tu portátil aquí —dice, señalando a su lado.
Vivianne camina hasta detrás de su mesa mientras los ojos de Juliette se recrean en su cuerpo, y se regaña a sí misma: no puede tener ese tipo de pensamientos con Vivianne Fox, pero no puede evitarlo: tiene un trasero que se muere por apretar, una cintura a la que desea agarrarse con firmeza y una lengua afilada que desea silenciar con su boca.
—Aquí me tienes —murmura Vivianne, sentándose a su lado.
Juliette siente un escalofrío por el torso que le baja hasta el vientre. Claro que quiere tenerla, pero no precisamente sentada a su lado; le gustaría tenerla sentada encima.
—Vamos a ponernos con la lista de candidatos. He revisado los pocos nombres que has propuesto, entre ellos el de Scarlett Bolt, a la que no sé por qué no has despedido antes.
Vivianne suspira y cierra los ojos un segundo, mordiéndose la lengua para no contestarle.
—Yo he añadido otros que quiero que repasemos juntas. Cinco personas más de las que podríamos prescindir si reubicamos a otras y trasladamos algún proyecto abierto a otra oficina con menos carga de trabajo que esta.
—¿Qué nombres? —pregunta Vivianne, girándose hacia el portátil de Juliette, que teclea su contraseña con esos dedos fuertes y a la vez elegantes.
Abre un archivo y gira un poco la pantalla hacia la mujer que tiene al lado.
Los diez primeros nombres de la lista están en negro y son los que ha propuesto ella; debajo hay otros cinco en color rojo seguidos de un interrogante cada uno.
Vivianne intenta leerlos todos, pero no lo consigue porque el corazón se le sube a la garganta cuando llega al segundo: Sloane Price.
—¿Qué opinas? —pregunta Juliette, pero las palabras le llegan a Vivianne como desde cincuenta metros de distancia.
Piensa en gritarle, en preguntarle si se ha vuelto loca o si simplemente es una venganza, pero entonces recuerda que su jefa no tiene ningún motivo para saber que Sloane es su hermana pequeña porque no comparten apellido, y porque duda mucho que esa mujer con el palo metido por el culo haya sido capaz de socializar con alguien de la oficina lo suficiente como para que se lo hayan contado.
—¿Me estás escuchando?
Vivianne levanta la mirada de la pantalla, y Juliette frunce el ceño porque los ojos marrones de Vivianne Fox parecen derretidos y su expresión es de completo desconcierto.
—¿Estás bien? —pregunta Juliette, realmente interesada.
—Sí —la palabra sale como un suspiro de los labios de Vivianne, que decide que por ahora no va a decir que Sloane es su hermana, porque lo sea o no, es una de las piezas clave que mantienen en pie esta oficina, y necesita demostrarlo sin que Juliette Baxter piense que lo que defiende es su parentesco con la jefa de proyecto de Crest Bank.