Me prohíbo mirarte así (Romances de oficina 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

J uliette se despierta tan sobresaltada que se lleva una mano al pecho.

El corazón le late con fuerza, veloz, y ella necesita unos segundos para entender dónde está.

Gira la cabeza de un lado a otro intentando centrarse, pero la oscuridad no la ayuda, así que tira un manotazo a su izquierda intentando buscar una mesilla, un interruptor, lo que sea.

Le da un golpe a algo, ¿un vaso? No lo sabe, pero hace un ruido seco y de repente se estrella contra el suelo.

Empieza a hiperventilar; la ansiedad empieza a asfixiarla y no encuentra manera de calmarse.

No sabe cómo, pero sus dedos rozan el móvil y la pantalla se ilumina.

Con los ojos entrecerrados observa que son las dos y media de la madrugada, pero sigue sin saber dónde está.

Levanta la mano y alumbra con el poco brillo que produce su teléfono; reconoce el sitio: es su habitación, en la casa de su madre.

La nueva información no la tranquiliza; todo lo contrario, la acelera más.

«No ves que puedo morirme, Juliette».

«Tu madre siempre es lo más importante, recuérdalo».

«No seas tonta, niña; ser agradecida es una debilidad».

La voz de Clarice Baxter resuena en su cabeza con una nitidez tan asombrosa que Juliette apunta su móvil hacia la puerta. No hay nadie; está sola. Ahora lo recuerda. Ha venido a Nueva York porque Axis está haciendo un recorte de personal y quieren que ella lo supervise personalmente.

Intenta moverse, pero no puede. Ese entumecimiento que la atrapa cuando sus nervios se disparan se ha hecho presente en el peor momento. Piensa en llamar a emergencias porque está aterrada, pero antes abre la boca y ocurre lo de siempre, lo que ya se temía: la voz no le sale.

Cierra los ojos y respira: inhala durante cuatro segundos, retiene el oxígeno y lo suelta poco a poco.

Parece una tontería, pero ningún terapeuta con sus novedosas técnicas pudo ayudarla; la que lo hizo fue una profesora de yoga monísima que conoció en un bar en Chicago y que acabó regalándole un orgasmo maravilloso.

Ella fue la que le enseñó que, a base de controlar las respiraciones, podría calmar su cuerpo y lograr relajar su mente.

—Vamos, cálmate —le ha salido la voz, y esa es la primera señal de que está empezando a recuperar el control.

Cuando sus músculos empiezan a destensarse y su mirada deja de estar ligeramente borrosa, Juliette encuentra con facilidad el interruptor en la pared y enciende la luz.

Sale con cuidado de la cama, esquivando los cristales rotos, y baja a la cocina a beberse un vaso de agua.

Cuando pasa frente al espejo que está al pie de la escalera, se queda un momento viendo su reflejo; así vestida con un pijama sencillo, descalza y el pelo alborotado, su mente evoca a la joven Juliette que aún vivía en esa casa, soñadora y harta de estar ahí al lado de una mujer que quería controlar toda su existencia, convirtiendo su vida en un papel de víctima eterno que tenía a Juliette completamente enferma.

Va encendiendo todas las luces mientras decide que empezará a buscar un apartamento.

No importa si se queda tres semanas o tres meses en Nueva York; Juliette no puede seguir durmiendo en este sitio.

No lo soporta, y se enfada consigo misma porque su cerebro —a veces demasiado complejo incluso para ella— la empuja a tomar decisiones absurdas en vez de eficientes y razonables, como estar lejos de aquí.

A las siete y media de la mañana está sentada frente al portátil, perfectamente vestida y peinada, con una taza de café en la mano.

—No te preocupes, antes del mediodía tendrás una lista actualizada —le dice Heather al otro lado de la pantalla—. ¿Quieres que llame a las inmobiliarias para descartar algunas y que solo te quedes con las interesantes?

Juliette mira a su asistente, que a esa hora está tan pulcra como ella misma, y piensa algo que nunca verbalizará: Heather le hace la vida infinitamente más fácil cada día.

—Sí, no me gustaría perder el tiempo con gente que no sabe hacer su trabajo —Heather asiente mientras toma algunas notas.

—¿Necesitas algo más?

—Asegúrate de que los apartamentos estén lo más cerca posible de Axis. Los taxis en esta ciudad son un caos y no me gustaría subirme al metro cada día.

—Lo tengo —contesta la chica—. Llámame si se te ocurre alguna cosa más.

Juliette asiente y Heather se despide con un educado «que tengas buen día», y la videollamada finaliza.

Se pone de pie, guarda su portátil y revisa la aplicación de coches en su móvil. Esta vez ha optado por eso en vez de llamar a un taxi, esperar fuera y no poder controlar el momento exacto en que tenga que poner un pie en la calle para evitar a la vieja chismosa de Charlotte.

El coche llega puntual esta vez. El conductor, un hombre con un turbante y una sonrisa amable, intenta darle conversación a Juliette. Ella lo mira solo una vez, y es lo único que necesita para que el hombre se concentre en conducir y cierre la boca.

Cuando llega al edificio donde Axis tiene su oficina, Juliette se acerca al mostrador, a la misma mujer que el día anterior la miró como si le diera exactamente igual quién era ella.

—Necesito una tarjeta que no sea de visitante hasta que mi oficina me entregue una que funcione aquí —la mujer levanta la mirada y se encuentra con el gesto frío de Juliette Baxter.

Hace un sonido odioso con la boca.

—Señora…

—¿Tengo que repetírselo? —la corta Juliette—. ¿O es que le resulta muy complicado hacer su trabajo?

La que Juliette supone es una agente de seguridad o algo parecido la mira con los ojos muy abiertos. Ya no tiene esa mueca desagradable en la cara; ahora parece incluso asustada. Rebusca en un cajón que tiene a su derecha y luego teclea algo en su ordenador.

—¿Es usted Juliette Baxter de Axis Integration Group? —pregunta la mujer con la voz contenida.

—Así es.

Vuelve a teclear y hace varios movimientos que Juliette no puede ver desde su posición. Un minuto después, la mujer coloca una tarjeta igual de desgastada que la primera, pero con las letras «Empleado» en color negro.

—Esta puede usarla hasta que le entreguen la definitiva. No tiene que devolverla al final del día.

Juliette hace lo mismo que la primera vez: coge la tarjeta y la cuelga en su bolso.

—Bien —es lo único que dice la directora ejecutiva de Axis.

Camina hacia el ascensor. Mientras espera, un tipo la mira de arriba abajo.

Juliette hoy lleva un traje de tres piezas color marfil, con un chaleco ceñido a sus pechos, tacones oscuros y el cabello recogido en una cola alta.

Ella le devuelve la mirada e imita el gesto, paseando sus ojos por el traje barato que lleva. El tipo decide subir por las escaleras.

Cuando llega a la planta catorce, va directamente a la oficina de Vivianne Fox; avanza sin detenerse, haciendo que su secretaria vuelva a tensarse.

—La directora no está —dice Amber con la voz estrangulada. Esta mujer la asusta.

Juliette eleva una ceja mientras la observa.

—Está en una reunión con un cliente —explica la asistente—. Volverá en unas dos horas.

—¿Mi oficina está lista? —Juliette a veces intenta modular su tono, pero sobre todo cuando está fuera de su zona de confort le cuesta muchísimo. Y sin duda Nueva York es zona hostil para ella.

—Claro, señora Baxter —Amber se pone de pie y Juliette quiere estrangular con sus propias manos a todos los que siguen llamándola señora—. Venga conmigo, por favor.

Juliette al menos está complacida porque una de sus peticiones se ha cumplido.

Amber apenas avanza unos metros y abre una puerta que está muy cerca de la oficina de Vivianne, pero Juliette tiene que apretar la mandíbula ante el sitio en el que debe trabajar durante el próximo mes.

Es un espacio minúsculo, con una ventana que parece la de un baño de un bar clandestino.

Apenas entra la luz y lo único que tiene en el centro es un escritorio en el que ella calcula que podrá poner su portátil y poca cosa más.

—Estaré en mi mesa por si necesita algo —Amber empieza a huir cuando la voz seca de Juliette Baxter la detiene.

—¿Quién ha elegido este despacho para mí?

Amber traga saliva y sus ojos se mueven nerviosos, pero Juliette la mira con esa expresión aterradora que le dice que, como no conteste de inmediato, estará despedida antes de que pueda tomar el desayuno.

—La directora Fox —confirma lo que Juliette se imaginaba—. Era el único sitio disponible que había, y…

Juliette la corta levantando su mano derecha.

—Que venga a verme cuando regrese —exige Juliette; da un paso dentro del agujero en el que supuestamente debe trabajar y le cierra la puerta en la cara a la pobre asistente.

Aprieta el asa de su maletín mientras sus ojos lo recorren todo de nuevo.

Vivianne Fox parece que quiere declararle la guerra, y eso, más allá de molestarla, hace que su vientre vibre con una fuerza que creía olvidada.

Muy poca gente le lleva la contraria o es capaz de intentar ningunearla; en cambio, Vivianne lo hace de forma natural: la reta, la mira con esos ojos marrones que desestabilizan a Juliette y le demuestra que no le tiene miedo.

Es lo más excitante que ha vivido desde… no lo recuerda.

—Contrólate —se dice en voz baja mientras se acerca a la mesa y saca el portátil.

Ella siempre ha sabido exactamente dónde meter las manos y ha tenido muy claro que cualquier tipo de acercamiento no profesional con alguien de su misma empresa es un error garrafal.

Juliette ha visto con sus propios ojos cómo directores y responsables de grandes cuentas —hombres casados, sobre todo— salían de Axis con la cabeza gacha después de que un tórrido romance con sus secretarias o compañeras saliera a la luz.

Ella no comete ese tipo de errores; ella es una mujer más inteligente que eso.

Abre el portátil y la pantalla negra le devuelve un reflejo de su rostro.

Nadie que pudiera verla ahora sabría que Juliette apenas ha dormido, que ha tenido uno de esos terrores nocturnos que a veces la azotan con tanta fuerza que le cuesta mucho recuperarse.

Nadie puede ver a la niña rota en ella; solo ven a la mujer adulta —a la señora— vestida con un traje hecho a medida, un rostro que no aparenta cincuenta años y una seguridad que muchas veces no siente.