Capítulo 4
V ivianne sale del edificio a las seis en punto de la tarde.
Aunque tiene trabajo pendiente, se ha negado a quedarse un minuto más del necesario en el despacho, porque desde que Juliette Baxter ha irrumpido en él con ese aire soberbio y la intención clara de demostrarle quién manda, no ha podido sacudirse el malhumor del cuerpo ni tampoco el nerviosismo excesivo que se ha apoderado de ella, haciendo que destrozara por completo la parte superior del bolígrafo y estuviera a punto de morder el tubo de tinta.
Para postre, no ha podido desahogarse con su hermana, porque en días como este la hace llamar y Sloane se sienta frente a ella y la escucha mientras tamborilea los dedos sobre su pierna para contener las ganas de levantarse y ordenarle la mesa, pero su hermana hoy ha estado todo el día fuera porque ella y Jenna han acudido a una reunión con Crest Bank para hacer demostraciones de todas las funciones del proyecto para dar los últimos retoques antes de entregarlo.
Empieza a caminar a pasos rápidos por la acera y, cuando llega a la boca del metro, duda entre entrar a la estación y dirigirse a la parada más cercana al Billi’s o seguir caminando hasta el apartamento de su hermana.
Al final, sigue caminando, no porque no le apetezca pasar por el bar y beberse un par de copas para relajarse, sino para no tener que meterse en un vagón con cientos de personas que se pegarán a su cuerpo y la harán sentir acorralada, cosa que hoy no puede soportar.
Llega a la puerta del edificio con los pies destrozados por los tacones, pero, al menos, la caminata le ha servido para calmar una parte de esa energía furiosa que la ejecutiva de traje masculino le ha dejado en el cuerpo.
—Hola —dice Jenna cuando Vivianne abre la puerta.
Está sentada en el brazo del sofá, con el bolso colgado al hombro y el móvil entre las manos.
—Hola, Jenna. ¿Y mi hermana?
—En el baño. Hemos vuelto hace un rato de la reunión y la he convencido para ir al cine.
Vivianne arquea una ceja.
—Suerte cuando empiece a buscar palomitas entre los asientos antes de sentarse.
Jenna suelta una carcajada, y Sloane, que acaba de salir del baño, se cruza de brazos en la entrada del pasillo.
—Yo no busco palomitas, lo único que pido es poder sentarme sin llenarme el pantalón con las babas de alguien.
—Claro —dice Vivianne, dejando caer el bolso sobre una silla con tan poco cuidado que se cae al suelo.
—Joder, Viv —se queja su hermana cuando Vivianne pasa de largo para abrir el mueble bar y sacar una botella de whisky y un vaso—. Al menos podrías recogerlo —murmura, agachándose para hacerlo ella.
—Iba a hacerlo ahora, pero te has adelantado —contesta sin mirarla.
Jenna las mira a las dos y deja su bolso en el sofá cuando Sloane se sienta en una de las sillas, con los ojos fijos en su hermana mientras vierte un chorro generoso en el vaso.
—¿Queréis? —pregunta, mirándolas de soslayo.
—No, gracias —dice Jenna, intentando recoger en una coleta todos los mechones despeinados que le caen sobre la cara.
—¿Quieres unas horquillas? —pregunta Sloane, dispuesta a ordenar esa cabeza enmarañada.
—No, ya está bien así —dice Jenna, y Vivianne mira automáticamente a su hermana para ver cómo se controla para no peinarla ella misma.
—¿Tú quieres, Sloane? —insiste Vivianne, acercándose el vaso a los labios para beber casi la mitad de un solo trago.
—No, yo tampoco. No quiero ver la película borrosa. ¿Qué te pasa?
Vivianne la mira y da otro sorbo antes de contestar.
—Nada. ¿No tenéis que ir al cine?
Sloane mira su reloj y de inmediato a Jenna, porque apenas falta media hora para el inicio de la película y sabe que, si no salen ya, no llegarán a tiempo.
—Podemos ir a la siguiente sesión, no te preocupes —dice Jenna, y Sloane le sonríe.
—¿Entonces? —pregunta Sloane, mirando a su hermana.
Vivianne se vierte un chorro más y coge el vaso para ir hasta el sofá, lanzando un cojín hacia el sillón —a propósito— que aterriza torcido y hace que a Sloane le entre un tic en el ojo antes de acercarse, colocarlo bien y sentarse.
—Hoy he tenido una visita sorpresa en la oficina —explica Vivianne.
—¿Sorpresa? —dice su hermana.
—Juliette Baxter, no sé si sabéis quién.
—Claro que sí —responde Jenna como si estuvieran jugando a un juego de preguntas y respuestas—. Es la directora ejecutiva de Axis en Estados Unidos.
—¿La conoces? —pregunta Sloane ante su énfasis.
—No —Jenna sonríe—, pero está en el organigrama, ¿es que nunca lo miras?
—Sí, claro. Es que pensaba que tú no mirabas esas cosas.
Vivianne las mira y da un trago largo mientras piensa que no pueden ser más diferentes y, aun así, parecen encajar como si fueran dos piezas consecutivas en un rompecabezas.
—¿Para qué ha ido a verte? —pregunta Sloane.
—No se trata de para qué, sino de las formas —suelta Vivianne, con la imagen de esa mujer sentada frente a ella clavada en la mente.
—No te entiendo —dice su hermana.
—Ha entrado en mi despacho sin llamar y se ha sentado en la silla como si mi tiempo le perteneciera desde que ha puesto un pie en el edificio. No ha preguntado, ha ignorado a mi asistente y simplemente se ha dejado caer en la silla con ese aire de suficiencia que la envuelve.
Vivianne da otro trago y el vaso se queda vacío.
—Yo te lo lleno —se ofrece Jenna antes de que su jefa tenga tiempo de moverse.
—Gracias.
—¿Ha sido maleducada? ¿Eso es lo que dices? —intenta entender Sloane.
—Maleducada y grosera. Ha insinuado que no he hecho mi trabajo.
Sloane parpadea y, de repente, suelta una carcajada.
—No sé de qué coño te ríes —se ofende su hermana mayor—. Eres la primera que no soporta a la gente petulante.
—Cierto, pero me hubiera encantado verte sentada frente a ella, mordiéndote la lengua porque es tu superior y no podías mandarla a la mierda —Sloane se sigue riendo, y Vivianne ve que Jenna también lo hace cuando le entrega el vaso lleno de whisky casi hasta el borde.
—Dios mío, Jen, ¿quieres emborracharla? —pregunta Sloane, espantada.
—Está en casa, no ha de conducir, y parece necesitarlo —dice la programadora, sentándose al lado de Vivianne.
—Y lo peor es que viene para quedarse un mes por aquí. Me ha pedido que le prepare un despacho cerca del mío. Estoy por ponerle una mesa a mi lado —dice con sarcasmo—, porque estoy segura de que va a pasar más tiempo en el mío que en el suyo.
—¿Por qué va a estar un mes aquí? —se adelanta Jenna a la pregunta que Sloane tenía en la punta de la lengua.
—Quiere supervisar la lista del personal susceptible de ser despedido.
—La lista que todavía no has completado —dice Sloane.
Vivianne se deja caer hacia atrás y apoya la cabeza en el respaldo, mirando hacia el techo un momento.
—Esa lista simplemente no debería existir —murmura, casi para sí misma—. En nuestra oficina no vamos sobrados de personal precisamente, los despidos deberían realizarse en las sedes donde realmente sobra gente y no en todas en general.
—Eso no depende de ti, Viv. Tienes que hacer lo que te piden —dice Sloane.
—Lo sé, pero puedo hacerlo sin una niñera que se piensa que siempre tiene la razón.
Jenna y Sloane cruzan una mirada divertida, pero Sloane decide intentar cambiar de tema para que su hermana se despeje un poco.
—Deberías salir.
Vivianne la mira.
—Iba a ir al Billi’s, pero no tenía…
—No me refiero al Billi’s, me refiero, ya sabes.
Su hermana ladea la cabeza como un perro cuando no entiende una orden.
—Pues no, no sé —dice Vivianne.
—Creo que lo que tu hermana quiere decir es que necesitas echar un polvo. Eso seguro que te hace olvidarte de esa mujer.
Sloane la mira, al principio sorprendida por el atrevimiento de Jenna al hablarle así a Vivianne, porque a pesar de que se ven mucho en un contexto que no es laboral, sabe que su novia se siente muy intimidada por su hermana. Le guiña un ojo y se dirige hacia Vivianne, que se ha quedado pensativa.
—Justo a eso me refiero. Sal por ahí, conoce a algún tío y date una alegría.
—Lo último que me apetece ahora es estar con un hombre, Sloane.
—No digo que te cases con él, solo pásatelo bien una noche y después cada uno a lo suyo.
Vivianne no dice nada, porque lo primero que le ha venido a la mente ha sido ese porte masculino de Juliette Baxter, que, por alguna extraña razón, le ha parecido odiosamente sexy en esa mujer de ojos profundamente azules y melena tan rubia que parece platino.
—Ya veré —dice, zanjando una conversación que la está poniendo nerviosa.