Me prohíbo mirarte así (Romances de oficina 2) Capítulo 3
10%

Capítulo 3

J uliette cruza la avenida esquivando un gran charco de agua que por poco la salpica y le mancha el impoluto traje de color claro que ha elegido para hoy.

Odia Nueva York, no del todo, pero sí lo suficiente como para haber maldecido la ciudad en la que nació desde el segundo en que la alarma de las cinco de la mañana la ha despertado con el cielo aún oscuro.

Ha tenido que quedarse en casa de su madre, sí, lo sabe, al parecer es una especie de masoquista a la que le gusta sentir dolor real, pero el punto es que Juliette no tiene la riqueza que posee porque alguien se la ha regalado sin más.

Ha trabajado muy duro desde que era una adolescente y no ha despilfarrado lo que ha ganado jamás, menos ahora que tiene que encargarse por completo de su madre, y eso no solo incluye el Evergreen Medical Residence, sino el mantenimiento del hogar familiar.

Quedarse en un hotel le parece un gasto absurdo y una maniobra que la sacaría de sus casillas, porque estar en un sitio donde no puede hacerse ni siquiera una taza de café, además de escuchar día y noche el trajinar de otros huéspedes, la volvería loca.

—El hotel lo paga Axis, Juliette —le dijo Heather con esa paciencia que la caracteriza.

—Lo pago yo y luego Axis me lo reembolsa, no es lo mismo —contestó completamente convencida de tener la razón—.

Además, prefiero elegir un apartamento de esos que se alquilan por semanas.

Anoche estuve revisando el plan de recortes y dudo mucho que solo esté un mes en Nueva York; he calculado al menos dos.

La conversación murió ahí con su secretaria apretando los labios y seguramente haciendo todo el uso de su fuerza interior para no negar con la cabeza y poner los ojos en blanco.

Esa mañana ha tenido que esperar más de media hora por un taxi porque se ha negado a subirse al metro, aunque sabe que es lo más rápido en Nueva York, y mientras estaba en la calle, su vecina Charlotte ha salido —otra vez casualmente— y le ha mirado con rabia y desconfianza.

Juliette se ha ajustado las gafas de sol y ha seguido caminando.

Una razón más para abandonar la casa de su madre y, además, encontrar algo más cerca de la oficina.

—Señora —escucha Juliette a su espalda—. Señora, no puede pasar sin identificarse.

Juliette se detiene. Está acostumbrada a la oficina de Chicago, donde Axis no ocupa una triste planta, sino que tiene un edificio entero y todo el mundo la conoce. Aprieta el maletín y se dirige al mostrador de seguridad.

—Soy…

—Indique sus datos aquí… aquí… y aquí —una mujer con cara de no haberse despertado con buen pie le señala los puntos que debe rellenar mientras golpea la hoja con un bolígrafo azul.

Juliette la mira, pero la mujer simplemente la ignora. Suspira. Nueva York siempre hace que todos parezcan estar en su contra. Lo arrastra desde siempre y no soporta cómo el nudo se le instala en la garganta.

—No la pierda —la mujer deja sobre el mostrador una tarjeta blanca con el logo de Axis y unas palabras medio borrosas: «Visitante»—. Cuando deje el edificio, tiene que devolverla. No puede quedársela de recuerdo.

¿Quién coño quiere hacer eso? Juliette coge la manoseada tarjeta —puede ver con claridad que cientos de personas la han usado— y la cuelga de un extremo del maletín.

No se despide, no dice buenos días porque simplemente Juliette Baxter no hace cosas que no quiere —menos tener que ver a su madre, eso sí que lo sigue haciendo— y se dirige al ascensor. Pulsa la planta catorce y espera con las manos a los lados mientras el ascensor la impulsa hacia arriba.

No es la primera vez que Juliette está en la oficina de Axis Nueva York, aunque sí la primera en esta sede.

Sus comienzos en la compañía fueron en la ciudad, pero para entonces solo era un despacho con diez trabajadores.

Estuvo durante unos años y aprendió la base de todo lo que hoy sabe; entonces le ofrecieron un puesto en Chicago con frases como «si quieres crecer profesionalmente, este es tu sitio» y a ella le daba igual, solo quería huir de todo lo que la atormentaba y, aunque no lo ha logrado del todo, ha ganado mucho más que dinero.

—¿La oficina de Vivianne Fox? —pregunta Juliette cuando encuentra a un hombre saliendo de un pequeño despacho.

El tipo la mira durante un segundo y abre los ojos como si hubiera visto al mismísimo rey del pop en vez de a una mujer rubia vestida con un traje espectacular.

—Juliette Baxter —dice impresionado, y extiende una mano—. Soy Jason Park, un placer conocerla.

A ella no le suena ese nombre y, por supuesto, tampoco lo reconoce. Normalmente es así; por su cargo en la empresa, los empleados suelen saber quién es Juliette, nunca al revés.

Estrecha la mano del tal Jason, que la sigue mirando con ilusión y carraspea como un pequeño recordatorio de su pregunta.

—Le acompaño a la oficina de Vivianne —se ofrece Jason con entusiasmo.

—No hace falta —contesta de una manera tan fría que el hombre se detiene por completo—. Solo necesito que me diga dónde es; este sitio no es tan grande como para perderme.

Cada palabra es como un corte hecho con una navaja afilada, uno mínimo, pero bastante doloroso.

—Sí, claro —Jason no borra esa maldita sonrisa—. Al final de este pasillo, a la izquierda.

—Gracias —contesta Juliette, y ya se aleja de Jason sin volver a mirarlo.

Juliette ha aprendido muchas cosas a lo largo de su carrera, pero la más importante es a detectar al típico lamebotas que se pega como una garrapata solo para buscar algún beneficio. Gente demasiado amable que, sin conocerla, ya le está haciendo una ovación, alguien como Jason Park.

Juliette sigue caminando y nota cómo la gente va girando cabezas.

Algunos de forma disimulada, otros descaradamente.

Es habitual; pocas veces se ve a una ejecutiva vestida con un traje masculino a medida, entallado en un cuerpo delgado y bien trabajado, porque Juliette no quiere ser presumida, pero a sus cincuenta años, madrugar para ir al gimnasio, hacer pilates y jugar partidos nocturnos de tenis han mantenido sus músculos fuertes y su piel tan brillante como hace una década.

—¿En qué puedo ayudarla?

Juliette supone que esa es la asistente de Vivianne Fox. Una chica joven y al parecer bastante formal que la mira con una sonrisa amable sin parpadear.

Ella sigue caminando; está claro que hoy su educación se ha quedado guardada en el sótano de la casa de su madre.

La puerta de madera con el nombre de la mujer que ella busca está entornada y Juliette no titubea.

La empuja, no con fuerza; es un acompañamiento que hace que la puerta se abra por completo.

Hay varias cosas que pasan al mismo tiempo —Juliette no va a contar el leve estremecimiento en su sexo— cuando observa a Vivianne, que está sentada en su silla detrás del escritorio con el ceño fruncido, leyendo algo en una carpeta mientras destroza la punta de un bolígrafo con los dientes.

Lo primero es un olor a canela que se cuela en sus fosas nasales.

Lo segundo es el desorden que hay en esa oficina y, tercero, pero sin duda no menos importante, es la belleza que irradia Vivianne en persona, aún más impactante que en las fotos.

—Ahora no, Amber —murmura Vivianne sin levantar la vista.

Juliette no dice nada, sigue caminando hasta llegar a la pulida mesa y se sienta en una de las sillas.

Vivianne levanta la mirada, esta vez con una mezcla de enfado que desaparece en cuanto reconoce a la mujer que está sentada frente a ella.

Hay unos segundos en los que la jefa de la oficina de Axis en Nueva York busca el motivo por el cual la directora ejecutiva de la empresa está en su despacho.

Entonces sus ojos se estrechan ligeramente porque huele la trampa de inmediato.

Se suponía que le avisarían cuando alguien de la sede central viniera a la ciudad. Esto le parece una emboscada.

—Directora Baxter —dice Vivianne, con la voz seca mientras se endereza y apoya la espalda en su silla.

—Juliette —la corrige—. Directora suena a que dirijo un colegio para monjas.

Vivianne levanta imperceptiblemente una ceja, pero no se ríe ni hace ningún comentario al respecto.

—¿A qué debo el honor? —lo pregunta con un toque de ironía que no le pasa desapercibido a Juliette—. Nadie me ha avisado de su visita.

A Juliette le molesta el tono y se niega a reconocer que la excita también. Su reputación la precede y nadie le habla con ironía. Puede que a sus espaldas la gente diga que es una maldita tirana, pero de frente, la respetan.

—Como bien has dicho, Vivianne, soy la directora, no tengo por qué avisarte de que vengo a Nueva York —Juliette se deleita con el leve movimiento en la mandíbula de la mujer, evidenciando su molestia—. Estoy aquí para supervisar los recortes que la empresa está exigiendo.

—¿Cuánto tiempo? —pregunta Vivianne, porque necesita calcular cuánto tendrá que aguantar a esta mujer por sus pasillos.

Juliette se pasa la mano por la solapa de su chaqueta clara como si tuviera motas invisibles de polvo. Luego levanta la mirada y la clava en Vivianne.

—El necesario —suelta, y cruza una pierna—. Aunque espero que no sea más de un mes.

La directora ejecutiva sabe perfectamente que estará allí más tiempo, pero con estos detalles no le gusta ser demasiado precisa: el factor sorpresa siempre funciona —como es el caso de Vivianne, que ni se imaginaba que la mismísima Juliette Baxter se personaría en Nueva York— y que los empleados no sepan durante cuántos días deben comportarse como personas modélicas le ofrece una visión clara de a lo que se enfrenta.

—Trabajaremos en esa lista que no has entregado —Juliette continúa hablando y suelta ese comentario directo porque, en efecto, Vivianne no ha dado a conocer los nombres de los candidatos al despido—.

Veinte personas de las que examinaré el cumplimiento de objetivos y normas internas de Axis.

Actitudes conflictivas o agresivas, errores frecuentes o trabajo de baja calidad.

Sobre todo, esos puestos redundantes que en la empresa no necesitamos.

—¿Puestos redundantes? Créame, Juliette, en Axis Nueva York tenemos a los empleados necesarios para cada función.

—Eso ya lo veremos —responde, y saca su móvil del bolsillo interior de su chaqueta para pedirle a Heather varias cosas.

Vivianne aprovecha el momento para observar a Juliette.

La ha visto en fotos a lo largo de los años en las comunicaciones internas de la empresa según iba subiendo de rango en el organigrama, e incluso una vez de refilón cuando fue a Chicago a una de las reuniones anuales, pero así de cerca, nada tiene que ver con la mujer que ha visto a través de una pantalla.

El pelo rubio está cortado y peinado perfectamente, está ligeramente maquillada y viste un traje espectacular que solo a mujeres que realmente saben llevarlo —como ella— les queda bien.

Vivianne se ha reunido con muchas ejecutivas y todas visten igual, incluida ella misma, con chaqueta y falda larga o pantalón recto femenino, como si las hubieran llevado a la misma tienda para elegir el uniforme.

Juliette Baxter ha ido en contra de esa norma no escrita, luciendo impecable sin importarle lo que los demás puedan pensar.

—Necesito una oficina para poder trabajar —Juliette guarda el móvil y se pone de pie—. Una cerca de tu despacho, pasaremos mucho tiempo juntas.

—Me complace saberlo —Vivianne no ha podido frenar su lengua ni el tono sarcástico—. Le diré a Amber que haga las gestiones para que pueda instalarse lo antes posible.

Juliette podría decirle que tenga cuidado con esa boca, pero el pensamiento solo hace que se imagine esos labios donde no debe. Se maldice y aprieta la mandíbula para controlarse.

—Mañana a las ocho estaré aquí y espero tener el despacho listo —coge el maletín, lista para marcharse—. Y Vivianne, tutéame. Me gusta el respeto, pero detesto las formalidades cuando no tocan.

Vivianne quiere preguntarle a qué tipo de respeto se refiere, porque, por muy directora ejecutiva que sea, entrar a su despacho de esa manera, sentarse frente a ella como si alguien le hubiera otorgado el poder para controlar su existencia durante el próximo mes y hablarle de esa forma tan desagradable, constituyen todo lo que representa una falta de deferencia grandísima.

—Claro —carraspea Vivianne—. Hasta mañana, entonces.

Juliette atraviesa la puerta y desaparece sin emitir una sola palabra, y Vivianne Fox piensa en lo maleducada que es esa mujer.

Se lleva las manos a la cabeza porque presiente que su vida está a punto de cambiar.

Esa maldita lista que lleva meses generándole una ansiedad de la que no ha podido librarse porque, a pesar de que tiene varios nombres apuntados —que sin duda se merecen el despido— la mayoría de las opciones están sin rellenar.

La gente de su oficina es bastante trabajadora, su nivel de rendimiento es bueno y considera que no merecen irse a la calle solo porque Axis ha tenido un mal año y quiere deshacerse de gente buena.

Eso sumado con la búsqueda infructuosa de apartamentos y que su mejor amiga sigue a miles de millas lejos de ella, harán que Vivianne monte su campamento base en Billi’s para poder soportar todo lo que se le viene.