Me prohíbo mirarte así (Romances de oficina 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

V ivianne mira el informe que tiene en la pantalla y se frota los ojos, agotada.

Lleva con él prácticamente todo el día y las cifras siguen sin cuadrarle.

Veintitrés páginas de análisis financiero que deberían ser cristalinas como el agua y que, sin embargo, parecen estar escritas en arameo por alguien con un tremendo dolor de cabeza, porque lleva horas con él y todavía no sabe por dónde abordarlo.

—Joder —murmura agobiada, apartándose de la mesa y frotándose los ojos, que le pican de tanto mirar la pantalla.

Se acerca a la ventana y se asoma para intentar despejarse.

Lleva rato incómoda porque sabe que se le está olvidando algo y no logra identificarlo porque tiene la mente saturada por culpa de ese informe nefasto que mañana en la reunión que tiene programada piensa exponer —sin nombrar al autor, ya se dará por aludido— como ejemplo de lo que no se debe hacer jamás.

El móvil le suena y Vivianne vuelve a la mesa para cogerlo y, cuando ve el nombre de la pantalla: Oliver (agente), recuerda de golpe lo que se le estaba escapando. Se suponía que tenía que estar en una dirección para ver un apartamento a las seis, y son las seis y cuarto.

—¿Señora Fox? —dice el agente inmobiliario, con un tono demasiado alegre para alguien a quien han dejado colgado.

—Sí, Oliver, lo siento, se me ha ido el tiempo por completo. Si no tienes prisa, puedo estar ahí en veinte minutos, de lo contrario, tendremos que reprogramar la cita —contesta, y se muerde el labio con rabia porque si hay algo que no soporta, es llegar tarde a los sitios.

—No hay problema, señora Fox. La espero aquí, estoy seguro de que le va a encantar este apartamento. Dos dormitorios, cocina americana renovada, y la vista…

Vivianne se desconecta y cierra los ojos. Oliver es un hombre amable y agradable, pero todo lo que tiene de buena persona, lo tiene de pesado.

—Perfecto. Nos vemos allí —lo corta ella—. Gracias por esperarme.

Veinticinco minutos después, Vivianne está parada en el centro de lo que Oliver insiste en señalar como un espacio abierto y acogedor.

Ella lo definiría más bien como una caja de zapatos con ventana, porque la cocina americana ha resultado ser diminuta, con mármol de granito y electrodomésticos que parecen sacados de mil novecientos noventa y cinco.

La vista da a un callejón donde el edificio de enfrente está a apenas dos metros de distancia.

—Como puede ver —sigue Oliver, señalando el espacio con una sonrisa que Vivianne no puede comprender—, la luz natural es fantástica.

—¿Luz natural? —pregunta Vivianne, desconcertada.

Oliver sonríe con amplitud y levanta las cejas como si Vivianne no fuera capaz de ver lo mismo que él.

—Pasemos al segundo dormitorio —dice, señalando una de las puertas.

A Vivianne le entra una especie de tic en el ojo cuando ve ese espacio tan pequeño. Ella quiere tener un dormitorio de invitados en condiciones, pero esto no valdría ni para hacerse un pequeño despacho.

—¿Qué le parece? —pregunta Oliver.

Vivianne quiere decirle la verdad, que le parece una basura que no se ajusta en nada a lo que ha pedido y que no puede permitirse perder el tiempo en visitas así, pero está agotada, y Oliver la mira con sus mejillas sonrojadas que lo hacen parecer más bonachón de lo que probablemente es, y se siente incapaz de hablarle mal a este hombre.

—Es muy pequeño, quizá deberías tomar nota de nuevo de lo que busco exactamente.

Diez minutos después se despide de Oliver en la puerta del edificio y, por un momento, Vivianne se siente desorientada, como si no supiera a dónde ir.

Mira el reloj: todavía es temprano, así que decide ir a tomar una copa antes de marcharse al apartamento de Sloane, donde ocupa la habitación de invitados, que sí que es decente.

El taxi la deja en la puerta del Billi’s y Vivianne la empuja con ímpetu, como si en la calle se estuviera asfixiando y solo pudiera refugiarse en este bar para sobrevivir.

—Mira quién ha llegado —dice Bill, y Vivianne de repente se siente un poco más relajada.

Conoce a Bill Truman desde hace años, porque este es el lugar que ella y Vicky Bob eligieron como su refugio para desahogarse cuando necesitaban una copa.

Cuando su mejor amiga vivía en la ciudad, solían venir al menos dos veces a la semana después del trabajo y, aunque ahora ya no está, Vivianne no ha perdido la costumbre de venir y se pasa al menos una vez cada quince días.

—¿Whisky? —pregunta Bill mientras Vivianne se sienta en uno de los taburetes de la barra.

—Doble, por favor.

Bill sonríe y asiente mientras inclina la botella sobre el vaso con su mano rechoncha y su calva brillando.

El bar en sí mismo, no tiene nada de especial, es el típico con mesas altas de madera pegadas a la pared, algunas normales al fondo y taburetes que suelen cojear de una pata.

No es el tipo de lugar que hubieran elegido las dos amigas si se lo hubieran mostrado por catálogo, pero entraron una vez estando de paso por la zona, o más bien buscando refugio para una tormenta que las sorprendió sin paraguas, y lo que las dejó atrapadas y convertidas en clientas habituales fue la calidez de Bill.

—¿Un mal día? —pregunta Bill, desplazando un vaso generoso hacia ella.

Vivianne suspira y asiente mientras lo coge.

—Malo en la oficina y malo cuando he ido a ver un apartamento y me han enseñado una caja de zapatos.

Bill suelta una carcajada profunda y la barba larga y blanca de la que está tan orgulloso, vibra con su risa.

—No te preocupes, tu hermana es demasiado buena como para echarte de casa.

Vivianne sonríe y asiente tras dar un trago.

Sabe que podría quedarse el resto de su vida en casa de Sloane y ella jamás le diría que se fuera.

Hasta hace poco, Vivianne no tenía mucha prisa por mudarse, pretendía buscar apartamento con calma y marcharse cuando encontrara algo que realmente le gustara, pero Sloane ahora sale con Jenna, y Vivianne es muy consciente de los problemas de su hermana para habitar un espacio que no pueda controlar, así que, si quiere que Sloane tenga una intimidad tranquila con su chica, ella tiene que desaparecer cuanto antes.

—Seguro que no.

—¿Cómo está? Hace tiempo que no viene por aquí —dice Bill, sirviéndose un vaso de agua porque siempre tiene la sensación de tener la boca seca.

—Bien, ya la conoces, con sus manías y sus cosas, pero está mejor que nunca. Prometo hacer que me acompañe la próxima vez —dice Vivianne.

Aunque este bar es el refugio de ella y Vicky Bob, Sloane también suele venir de vez en cuando.

Vivianne está a punto de añadir que Sloane sale con alguien, porque sabe que Bill se alegrará, pero el estruendo de toda una vajilla contra el suelo hace que se sobresalte, y Bill suspira resignado y mira hacia la puerta de entrada de la cocina.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Vivianne.

—Meryl, eso ha pasado.

—¿Meryl?

—Es la nueva camarera, Andrea se marchó la semana pasada, y digamos que Meryl tiene ciertos problemas de torpeza, pero es una chica encantadora y me sabe mal echarla sin darle una oportunidad —explica Bill.

De repente, la puerta de la cocina se abre y una chica de unos treinta años, con el pelo rizado recogido en una cola alta y despeinada, aparece detrás de la barra con las mejillas tan rojas que parecen un sarpullido.

—Lo siento, Bill… —dice, mostrando sus manos en alto como si fueran las culpables del desastre—. Te lo pagaré, no me quejaré si me lo quitas de la paga semanal.

—No te preocupes, me basta con que lo recojas, pero no te cortes, ¿eh? —advierte mientras se da la vuelta y empieza a servir a otro cliente.

La tal Meryl se queda ahí, quieta durante unos segundos, con expresión desconcertada, como si lo normal para ella fuera que alguien le gritara y ahora no supiera qué hacer.

La chica mira un momento hacia Vivianne, que no puede apartar la vista de ella: algo en esa cola despeinada le recuerda a Jenna.

—Gracias, Bill. No volverá a pasar —dice al fin.

Él hace un gesto con la mano quitándole importancia y la chica se da la vuelta y regresa a la cocina.

—Pasará de nuevo antes de acabar la tarde —asegura Bill cuando pasa por delante de Vivianne.

Ella suelta una carcajada profunda y concluye que ha hecho muy bien en venir aquí, porque todo el malhumor del día se le ha pasado gracias a este hombre.

—¿Qué tal la visita al apartamento? —pregunta Sloane en cuanto Vivianne cruza la puerta al llegar.

—Mejor no hablemos de eso, que ahora estoy de buen humor —responde, dejando el bolso en el primer hueco que encuentra y dejándose caer en el sofá.

Sloane quiere reírse por el comentario de su hermana, pero no puede porque sus ojos se han clavado en el bolso y ahora no puede centrarse en nada que no sea levantarse para cogerlo y colgarlo en el perchero.

Vivianne la observa moverse y sonríe. Pensó que le costaría más adaptarse a las manías de su hermana pequeña en versión adulta —porque cuando eran pequeñas simplemente lo normalizó— pero es más fácil de lo que había pensado, y también más divertido, porque Vivianne se lo pasa bomba provocándola con su desorden.