Me prohíbo mirarte así (Romances de oficina 2) Capítulo 1
3%
Me prohíbo mirarte así (Romances de oficina 2)

Me prohíbo mirarte así (Romances de oficina 2)

Por Eva Gonzay, Julia C. Brown

© inepub.com

Capítulo 1

Juliette Baxter aprieta la mandíbula con fuerza y tiene que esconder ambas manos detrás de su espalda para que no se note el temblor que le recorre los antebrazos hasta llegar a los dedos. Está de pie, justo al lado de la puerta, y la mirada fija en un cuadro colorido que decora la habitación.

—Siempre te has creído mejor que todos nosotros —señala la anciana desde su cama con los dedos torcidos y la voz ronca—. No tienes derecho a hacerme esto, soy tu madre y mira dónde me tienes —.

Juliette quisiera decirle que por una vez en la vida no se equivoca. Es cierto lo que dice, que es mucho mejor que ella y que cualquier miembro de la familia Baxter, si es que queda alguno con vida.

—Una hija siempre debería cuidar de su madre —sigue bramando Clarice, mientras tose como si estuviera a punto de morir—. No tenerla aquí en este nido de ratas.

Ese nido de ratas, como Clarice Baxter llama al Evergreen Medical Residence, cuesta más de nueve mil dólares que Juliette tiene que ingresar cada mes para que su cálida y amorosa madre tenga personal médico las veinticuatro horas del día, comida caliente, un fisioterapeuta y mejores vistas de las que cualquier ciudadano promedio se puede permitir en la ciudad de Nueva York.

Aunque no lo parezca, la mente de Clarice funciona perfectamente; es su cuerpo el que no va del todo bien o, en realidad, nada bien.

Tiene un problema grave de movilidad que ha ido empeorando con los años hasta el punto de que no puede valerse por sí misma.

Necesita ayuda profesional para absolutamente todo y Juliette, que ni siquiera vive en Nueva York desde hace más de veinte años, no puede dársela.

Primero, porque su trabajo no se lo permite; tiene que estar en la oficina, viajar o pasar horas en reuniones demasiado tediosas y, segundo, no sería capaz de pasar con su madre más de una hora en la misma habitación.

Es por eso por lo que paga esa cantidad desorbitante de dinero y, aunque su madre no haga más que quejarse y echarle en cara cualquier cosa que le pase por la cabeza, vive mejor incluso que ella misma.

—Nos vemos pronto, mamá —contesta Juliette, como si tuviera diez años y aún viviera bajo el yugo de Clarice.

—Eres una desagradecida, Juliette Baxter —dice, y ella cierra la puerta de la habitación con cuidado, pero no puede evitar escuchar las últimas palabras de su madre—. Por eso estás así de sola —.

«Sola».

La frase que se repite en bucle en la cabeza de Juliette porque, aunque le joda y sepa que su madre no tiene razón, lleva muchos años más sola de lo que nunca imaginó, y le duele admitirlo.

Juliette sale del pasillo y camina hacia la puerta de la misma forma de siempre, con la barbilla levantada, la mirada fija en algún punto frente a ella y con un paso firme que retumba a metros de distancia.

Esa es Juliette Baxter, directora ejecutiva de Axis Integration Group en los Estados Unidos, no la pequeña niña que estaba hace minutos en la habitación de su madre, vulnerable y con ese maldito mutismo al que la empuja su mente en momentos como esos y que la hace incapaz de hablar.

A sus cincuenta años, Juliette ha construido una carrera sólida que genera un respeto poco habitual a su alrededor en el campo en el que se mueve.

La mayoría de sus iguales son hombres a los que, por solo dar dos opiniones sacadas de alguna búsqueda rápida en internet, se les aplaude con intensidad, mientras que ella ha tenido que luchar para hacerse notar y vaya si lo ha logrado.

Juliette tiene una forma de vestir poco convencional; sus trajes tweed a medida hacen creer que ese tipo de vestimenta fue elaborado exclusivamente para ella cuando se creó el universo.

Su gesto siempre serio, sus tacones altos y la aguda habilidad para resolver problemas la han posicionado como una de las mujeres más deseadas de Chicago, la ciudad a la que se mudó cuando apenas tenía veinticinco años. Hace media vida.

—Señora Baxter —la llama Charlotte, una vecina que, casualmente, sale a la calle cuando Juliette va a entrar a la casa familiar.

Juliette se gira y se encuentra con esa desdeñosa mujer que siempre creyó estar por encima de los demás por estar casada con un magnate del petróleo, para terminar completamente sola criando a tres hijos porque su marido la dejó por su secretaria.

Es una buena amiga de su madre —Dios las cría y ellas se juntan— y cada vez que Juliette va a Nueva York, Charlotte inicia un interrogatorio que ella no tarda en cortar.

—¿Cómo está Clarice? —pregunta con gesto abatido—. Pobre mujer, allí sola en esa residencia.

Charlotte cierra los ojos y niega con la cabeza como si su madre estuviera en las pailas del infierno —donde sí debería estar— pagando terribles penitencias.

—Está bien, muy contenta —dice Juliette con su mismo gesto contraído de siempre, y Charlotte no está segura de lo que significa.

—No se puede estar bien lejos de casa y de la familia —contesta la vecina con los ojos muy abiertos—. Mi Jake vive aquí conmigo porque quiere cuidarme hasta que yo no tenga nada más que hacer en este mundo.

—Charlotte, Jake vive contigo porque es un vago y un inútil que prefiere aguantarte mientras lo mantengas con tal de no levantar el trasero del sofá —dice Juliette, y hace una pausa para mirarla con el mismo desprecio con el que Charlotte la observaba a ella cuando tenía diez años y se sentaba sola en el porche de su casa—.

Solo está esperando a que te mueras para quedarse con tu casa y con tu pensión.

Charlotte abre la boca con la piel de la cara enrojecida y la vena del cuello latiendo con fuerza, pero Juliette no le da tiempo a hablar. Se gira y sigue caminando hasta la puerta para entrar en esa casa que tanto odia.

Cuando atraviesa el umbral, el olor familiar la golpea y la traslada al pasado.

Su madre lleva varios años en la residencia y Juliette ha conservado esa casa —pagando religiosamente a una empresa de limpieza para que la mantenga impoluta— no precisamente porque le guste, sino porque Clarice se niega a vender y, según sus propias palabras, Juliette tendrá que esperar a que ella esté a seis metros bajo tierra para poder hacer algo con su propiedad.

El día que su madre entre en el horno —Juliette ha decidido la cremación a pesar del pánico de su madre por el fuego—, esa maldita casa estará vendida.

Revisa su móvil de pie en la cocina sin tocar nada; todavía se pregunta por qué demonios nunca se va a un hotel en vez de venir a este sitio, sobre todo porque Juliette solo se queda una noche, salvo que tenga que reunirse con algún cliente en la ciudad y alargue su estancia un día más.

Comprueba que su vuelo sigue en hora y decide sacar su ordenador para ponerse a revisar el último comunicado que ha mandado el presidente de Axis sobre la regulación que está llevando a cabo la empresa.

—Heather, ¿qué es lo que estoy viendo? —pregunta Juliette por videollamada a su asistente en Chicago.

—La lista depurada que el señor Long ha mandado esta mañana —explica Heather refiriéndose al presidente de Axis USA—.

Pide veinticinco personas en Nueva York.

Cinco, son las que se han elegido después del análisis, y veinte a criterio de — la chica hace una pausa mientras busca un nombre—, Vivianne Fox, directora de la oficina de Nueva York.

Juliette empieza a mover la pierna derecha sin darse cuenta.

Estaba informada de esto, incluso le dijeron que participaría personalmente en estos recortes de personal, pero pensar que tiene que estar en Nueva York, cerca de todo aquello que tanto detesta durante un mes o incluso más, la garganta se le cierra y las palabras no le salen.

—¿Juliette?

Heather la mira con el ceño fruncido; lleva siendo su asistente tres años y ha aprendido a distinguir los estados de ánimo de su jefa a la perfección, y también esos momentos en los que parece entrar en un letargo profundo del que le cuesta salir, como ahora.

—Envíame todo lo que tengas sobre Vivianne Fox —pide Juliette agradeciendo que las palabras salgan con fluidez—. Si tengo que lidiar con ella durante un mes, al menos tengo que saber cómo dirige su oficina.

—Te lo acabo de mandar a tu correo —contesta Heather, eficiente como siempre—. Si necesitas algo más, llámame —.

Juliette asiente y Heather cuelga sin esperar a que le agradezca nada porque su jefa no es de las que se comunica con facilidad y, en vez de un simple «gracias», a final de año, Heather tendrá un bono o unas pequeñas vacaciones pagadas por su buen trabajo.

Juliette no es la tirana que todo el mundo cree —un poco sí, porque estar a su lado es el equivalente a correr desnudo por el Polo Norte— es una mujer que ha necesitado crear una versión de ella con una armadura incrustada que la protege, pero que también es observadora y sabe recompensar a aquellos que le facilitan la vida.

Revisa el correo que le ha mandado Heather y, cuando da dos golpecitos al botón izquierdo del ratón, se abre un archivo llamado «Vivianne Fox_NY».

La punzada que atraviesa a Juliette le deja la boca completamente seca.

Una foto de medio cuerpo de una mujer de unos cuarenta años, pelo corto y ojos marrones, abarca la mitad de su pantalla.

No la reconoce; el organigrama de la empresa es inmenso y ella siempre lo tiene en una carpeta donde guarda todo lo que no le aporta, pero hay algo en esa mirada y en esa sonrisa que se ha quedado a medio camino, que el pulso de Juliette se dispara sin control.

Lo peor es que tendrá que estar al lado de esa mujer, trabajando codo a codo por más de treinta días y, si su cuerpo ha reaccionado así por una simple foto, verla en persona será un completo desastre.