Me lo dice tu mirada Capítulo 49 #2
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Capítulo 49 #2

—Pues…, digamos que Víctor y Bruno me echaron una mano con el… plan.

—¿El plan? —pregunté, arqueando una ceja.

—El de la reconquista —añadió Bruno entre risas, haciendo comillas en el aire.

—¡Ah, fantástico! —dije con ironía—. Así que los tres formabais parte de la operación «Jon vuelve al ataque».

—Yo lo llamaría «misión rescate emocional». —Víctor alzó su copa, tan tranquilo.

—Está claro que aquí no te puedes fiar de nadie. No me esperaba este cambio de bando por tu parte, Víctor. Mira que aliarte con el enemigo… —saltó Lorena con fingida indignación.

Mi amigo iba a replicarle algo, pero Bruno se le adelantó.

—¿Lo dices por algo?

—No, no, tranquilo. Tú a lo tuyo.

Bruno suspiró y se llevó la copa a sus labios, dejando claro que no tenía intención de entrar en esa guerra verbal a la que mi amiga lo estaba invitando.

—A estos dos, ¿qué les pasa? —me preguntó Jon al oído.

—Lo poco que sé, es que tienen desavenencias irreconciliables.

El ambiente dentro del local seguía vibrando con música, risas y el murmullo constante de la gente disfrutando. Sin embargo, para mí, todo parecía haberse ralentizado.

Jon no me soltaba la mano desde que brindamos y, aunque seguíamos rodeados de amigos, sentía que estábamos en una pequeña burbuja que solo pertenecía a los dos. Él se inclinó hacia mí, acercando los labios a mi oído para que su voz se impusiera sobre la música.

—¿Quieres que nos vayamos? —susurró—. Solos tú y yo.

Lo miré. Tenía esa expresión que ya conocía: entre el nervio y la ternura, como si estuviera pidiendo permiso para respirar.

—Sí —respondí simplemente, y fue como si todo a mi alrededor se apagara.

Nos despedimos de los demás con abrazos y bromas, entre los comentarios de Lorena y Bruno que seguían con su peculiar tira y afloja. Víctor nos levantó la copa a modo de despedida.

—Venga, tortolitos, a disfrutar del post karaoke. Pero mañana quiero detalles —dijo guiñando un ojo.

—Ni lo sueñes —contesté riendo mientras Jon me tomaba suavemente de la mano para guiarme hacia la salida.

El aire fresco de la noche nos recibió con un golpe de realidad agradable. Después del calor, del ruido, de la intensidad de emociones, aquel silencio exterior se sintió como un bálsamo.

A lo lejos se escuchaba el rumor del tráfico y el eco lejano de la música que seguía sonando dentro.

No dimos más de dos pasos cuando distinguí dos figuras apoyadas en una de las columnas del exterior. Luis y Arantxa conversaban tranquilos, cada uno con una copa aún a medio terminar y, al vernos, sonrieron con una complicidad imposible de ocultar.

—Vaya, vaya… —dijo Luis con tono travieso—. Si son nuestros protagonistas principales.

—Ya era hora de que este momento llegara —añadió Arantxa con su elegancia natural, acercándose a mí para abrazarme—. Estás radiante, Mara.

—Gracias —respondí con una sonrisa—. Supongo que me hacía falta… cerrar círculos.

Luis se giró hacia Jon, dándole una palmada en el hombro.

—Bueno, sobrino, no te ha salido mal la jugada. Aunque has tardado tres años y unos cuantos sustos de más, ¿eh?

Jon soltó una carcajada nerviosa.

—Digamos que me costó aprender la lección.

—Más vale tarde que nunca —intervino Arantxa con un tono sereno—. Pero, eso sí, cuando uno tiene la oportunidad de volver a empezar, lo importante es hacerlo con los ojos bien abiertos.

—Y el corazón en el sitio correcto —añadió Luis—. Lo pasado, pasado está, pero no olvidéis lo que os trajo hasta aquí. Los errores no se borran, se transforman en recordatorios.

Asentí despacio, procesando sus palabras. Arantxa me tomó de las manos y, con esa mirada que parecía leer más allá de lo visible, me dijo:

—A veces, el amor no es solo quedarse. Es volver sabiendo quién eres y por qué eliges quedarte.

Sentí un nudo en la garganta. Jon me miró de reojo, como si esas palabras le pertenecieran también.

—Gracias —le dije a Arantxa—. Por todo.

—No me des las gracias, querida. Solo prométeme que, pase lo que pase, no te perderás a ti misma otra vez.

—Lo prometo.

Luis sonrió, satisfecho, y dio un ligero toque en el hombro de Jon.

—Y tú, muchacho, cuídala. Pero, sobre todo, cuidaos el uno al otro. Ningún amor dura si solo uno empuja el carro.

—Lo sé —respondió Jon con sinceridad, mirándome a los ojos—. Esta vez pienso hacerlo bien.

Luis y Arantxa intercambiaron una mirada cómplice, esa que solo comparten los que han vivido lo suficiente como para saber que, el amor, a veces duele…, pero también enseña. Luego, Arantxa alzó su copa.

—Brindemos, aunque sea con lo poco que queda. Por las segundas oportunidades.

—Y porque esta vez sean las buenas —añadió Luis, chocando suavemente su copa contra la de ella.

Jon entrelazó sus dedos con los míos, apretando con ternura.

—Por eso mismo —susurró junto a mi oído—. Porque contigo quiero todo, otra vez.

Sonreí, con esa sensación cálida y temblorosa de estar exactamente donde debía estar. Vi cómo Arantxa y Luis se marchaban juntos, charlando, cómplices. Y luego miré a Jon.

—¿Dónde vamos ahora? —pregunté.

Él me devolvió la sonrisa, esa mezcla entre seguridad y vulnerabilidad que tanto me gustaba.

—Donde tú quieras. Mientras sea contigo.

Nos alejamos caminando despacio por la acera, las luces de la ciudad reflejándose en los charcos de la noche.

Atrás quedaban las canciones, los miedos, los silencios, las heridas.

Delante, solo nosotros. Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que el futuro, ese que tanto me había asustado, empezaba a parecerme hermoso.