Me lo dice tu mirada Capítulo 49
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Capítulo 49

Todavía tenía las pulsaciones aceleradas cuando bajamos del escenario.

No sé si por los nervios o por la emoción del momento, pero necesitaba beber algo urgentemente.

Lorena se reía, eufórica, y Víctor hacía una reverencia exagerada como si acabáramos de ganar un Grammy.

Fue divertido, lo admito. Por un momento, conseguí no pensar en nada más que en cantar, reír y disfrutar.

Y después de tantas semanas con el corazón hecho un puzle, eso ya era un logro.

Nos abrimos paso entre la gente. El ambiente era un hervidero de voces, risas y música.

Las luces de colores se movían de un lado a otro del techo, tiñendo de tonos cálidos las caras conocidas de la redacción.

Arantxa bailaba con un grupo de diseñadores; Bruno hablaba animadamente con el equipo de producción; y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí parte de algo sencillo, sin peso, sin heridas abiertas.

Pedí al camarero tres copas —un vino blanco para mí, cerveza para Víctor y un cóctel para Lorena— y me apoyé en la barra mientras esperaba.

A mi alrededor, la gente comentaba las actuaciones anteriores, reía, gritaba el nombre de algún compañero que se preparaba para salir al escenario.

Me dejé contagiar un poco por esa energía, aunque dentro de mí aún existía una tensión latente, un hilo invisible que me tiraba hacia el lugar donde había imaginado verlo, algo que no sabía si quería o temía encontrar.

Cuando por fin el camarero dejó las copas sobre la barra, las cogí con cuidado, intentando no derramar ni una gota entre tanto empujón y carcajada.

Me giré para buscar a Lorena y a Víctor, que habían encontrado un hueco junto a una de las columnas.

En ese mismo instante, la voz del presentador resonó por los altavoces, cargada de ese entusiasmo impostado tan propio de los karaokes.

—Y ahora… —dijo, alargando el suspense con una sonrisa—, una canción que habla de amar sin condiciones, de esas historias que nos marcan para siempre. No diré el nombre del valiente que se atreve con ella, porque ha pedido que lo mantengamos en secreto… Pero atentos, porque promete emocionarnos.

Las conversaciones a mi alrededor se fueron apagando poco a poco, como si la sala entera contuviera el aliento. Alcé la vista hacia la pantalla del escenario, y allí apareció el título de la siguiente canción: Todo contigo, de Álvaro de Luna.

Acto seguido, bajé la mirada y lo vi. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Sentí cómo la copa temblaba entre mis dedos, cómo un escalofrío me recorría desde el cuello hasta los pies. «No, no puede ser…», pensé.

Allí estaba, de pie en el centro del escenario, con el micrófono entre sus manos agarrándolo bien para que no se cayese, las mangas de la camisa remangadas, y esa mirada intensa que recordaba demasiado bien.

El foco le iluminaba el rostro y, por un instante todo lo demás se volvió ruido de fondo.

El aire, las luces y las risas desaparecieron.

Solo él. Solo nosotros. Nadie más. No sabía si quería reír, llorar o salir corriendo.

Lorena y Víctor no tardaron ni tres segundos en ponerse a mi lado para quitarme las bebidas de la mano y para acompañarme en ese momento. Yo no pude decir nada. Las palabras se me atascaron en la garganta. Me limité a mirar, a sostenerme en pie como pudiese.

Jon carraspeó y se acercó al micrófono. Su voz, cuando habló, sonó más serena de lo que yo habría imaginado, aunque conocía demasiado bien esa serenidad fingida.

—Esta canción… —dijo, mirando al público, pero sin apartar la vista de donde yo estaba— …es para alguien a quien le debo mucho. Para alguien que me enseñó lo que significa amar con el alma, aunque a veces no supe estar a la altura.

El corazón me dio un vuelco. Noté la mirada de Lorena sobre mí, pero no quise girarme. No podía apartar los ojos de él.

Entonces empezó a cantar. Las primeras notas de Todo contigo llenaron la sala, y la letra me atravesó como un suspiro contenido demasiado tiempo.

Linda casualidad,

cuando te conocí.

Cómo es que olvidé

lo que era sentir

nervio y frenesí.

Cada palabra parecía dirigida a mí, cada verso era una confesión envuelta en música.

Y aunque mi mente me gritaba que no me dejara arrastrar por la emoción, mi corazón hacía justo lo contrario: el pulso se me aceleró, el calor de mi cuerpo comenzó a ascender de los nervios y mis ojos se abrieron todo lo que daban de sí.

Y aunque perdí la fe,

la recuperé,

ero esta vez:

tú me has devuelto las ganas,

yo quiero todo contigo.

Sentí cómo las lágrimas empezaron a amenazar con salir. No quería llorar frente a todos, no frente a él. Respiré hondo, intenté aferrarme al vaso como si pudiera anclarme al suelo, pero fue inútil. Esa voz, esa maldita voz tan bonita que tenía para cantar, tenía el poder de desarmarme como nadie.

De repente, mientras seguía cantando el estribillo, me miró con más intensidad si cabía y bajó del escenario.

En ese momento, mi corazón empezó a latir con tanta fuerza, que, si no fuese por el volumen de la canción, todos podrían oírlo.

A cada estrofa que cantaba, sin desafinar, manteniendo el tono y sin separar su mirada de mí, había que reconocerle el mérito, se iba acercando poco a poco más a mí.

Las piernas me temblaban, el suelo bajo mis pies parecía moverse.

La canción seguía diciendo «enamorarte».

Se estaba declarando delante de todos mis compañeros, mis amigos, su amigo, su tío incluso y yo no podía apartar la mirada de él.

Toda la vida entera,

como lo hizo cualquiera,

yo quiero darte mi amor.

Toda la vida,

toda la vida.

Jon estaba aprovechando cada parte de la letra de la canción para dejarme claras sus intenciones y yo seguí ahí inmóvil ante tal declaración.

La canción estaba llegando al final y casi lo tenía a menos de dos pasos de mí.

Mis ojos ya se habían revelado contra mi voluntad y las lágrimas se agolpaban.

En ese momento, ya lo tenía a un paso y, con un gesto lento, casi reverente, levantó la mano y me rozó la mejilla.

El roce fue suave, tembloroso. Sus dedos atraparon una lágrima que acababa de escapar sin mi permiso.

Te lo repito: que yo quiero todo contigo,

todo contigo,

todo contigo.

Y así, con la última estrofa de la canción, me cogió de la mano, apoyó su frente en la mía y la canción terminó.

Hubo un silencio sepulcral en el local. O por lo menos, eso me pareció a mí porque no oía a nadie.

Solo era consciente de mi respiración y la de Jon que iba igual de acelerada que la mía.

—¿Qué me dices?

Tragué saliva, me separé apenas unos centímetros, lo justo para poder mirarlo a los ojos. Durante un instante, el tiempo se detuvo.

Tenía ante mí al hombre que había cometido errores, que me había hecho daño, pero también al que había luchado, al que había intentado enmendarlo todo con gestos, con palabras, con valentía.

—Yo también quiero todo contigo —respondí con la voz quebrada y sin necesidad alguna de pensarlo.

Su expresión cambió por completo. Una mezcla de alivio, incredulidad y emoción lo cruzó de golpe. Y antes de que pudiera decir nada más, lo agarré con ambas manos del rostro y lo besé. Fue un beso lento, profundo, de esos que cierran heridas y abren promesas.

Escuché a la gente gritar, aplaudir, silbar, pero todo me daba igual. Solo existían sus labios, su piel, su olor y el calor que subía por mi cuerpo mientras sentía cómo me rodeaba la cintura con fuerza, sin miedo y sin reservas.

Cuando nos separamos, él apoyó su frente en la mía una vez más, y ambos reímos, medio temblando, medio incrédulos.

La sala entera se vino abajo en aplausos.

Víctor gritó algo que no logré entender, Lorena aplaudía con una sonrisa emocionada y, Arantxa, desde el fondo, nos miraba con una mezcla de orgullo y ternura.

No sabía si reír, llorar o pedirle a alguien que me pellizcara.

Todo el bar aplaudía, la música seguía sonando y Jon seguía frente a mí, con esa sonrisa que, maldita sea, tenía el poder de desarmarme cada vez.

Aún podía sentir el cosquilleo en los labios del beso que acabábamos de compartir.

Un beso que había sido público, sí, pero también inevitable.

Lorena fue la primera en abalanzarse sobre mí, copa en mano y una sonrisa que le llegaba a las orejas.

—¡Madre mía! ¡Ya era hora de que este drama tuviera un final feliz! —gritó mientras me abrazaba—. Más te vale no cagarla otra vez, porque no tienes tierra suficiente para correr —lo amenazó con el dedo a Jon.

—Más que final feliz, parece una telenovela —intervino Víctor, que se acercó brindando con su copa—. Pero, oye, bien producido. Buen guion, buenos actores, público entregado…, yo lo veo.

Todos reímos. Jon se pasó una mano por el pelo, todavía rojo de emoción.

—Enhorabuena, pareja, me alegro mucho por vosotros dos. —Bruno abrazaba a su amigo con energía.

—Gracias —dijo él, mirando a Víctor y Bruno —. De verdad, gracias por todo.

Víctor sonrió de medio lado, con esa mirada que siempre parecía tramar algo.

—Tranquilo, tío. Ya me cobraré la ayuda prestada —comentó, dándole una palmada en el hombro—. Una estancia gratis en el hotel, pensión completa, masajes, jacuzzi…, algo sencillito.

Yo, que acababa de dar un sorbo a mi copa, casi me atraganto.

—¿Perdona? —le solté, levantando una ceja—. ¿Qué ayuda?

Los tres se miraron con esas caras de «tierra, trágame».

—Nada, nada —dijo Bruno con una sonrisa que carecía de convicción—, cosas de chicos.

—Ah, ¿cosas de chicos? —repetí, cruzándome de brazos—. Mira qué bien. Yo, aquí, pensando que las conspiraciones solo pasaban en las películas, y resulta que mi vida sentimental se ha convertido en una miniserie detectivesca.

Jon, que intentaba contener la risa, levantó las manos en gesto de rendición.

—Vale, vale, te lo explico. Pero prométeme que no vas a matarme delante de todos.

—Depende de lo que digas —respondí, acercándome un poco más, con una sonrisa tensa.