Me lo dice tu mirada Capítulo 48
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Capítulo 48

No recordaba la última vez que me había sentido tan nervioso.

Ni siquiera cuando tuve que dar mi primer discurso delante de toda la junta ni cuando sostuve por primera vez a Arane en brazos temiendo romperla con solo mirarla.

Esta vez era distinto. Tenía el corazón en la garganta, las manos heladas y el estómago hecho un nudo imposible de desatar. Nada se parecía a esto.

Llevaba días preparando este momento, repasando cada detalle una y otra vez con Bruno y Víctor.

Habíamos hecho listas, descartado ideas, añadido otras, planeado posibles respuestas de Mara…

Incluso ensayé frente al espejo lo que le diría si llegaba a acercarse a mí.

Pero ahora, a escasos metros de la entrada del local donde la revista celebraba su fiesta, no quedaba nada de ese hombre que aparentaba tenerlo todo bajo control.

Solo quedaba yo, con mi torpeza y el miedo tatuado en cada pensamiento.

Había llegado al edificio de la fiesta un poco antes de la hora que Arantxa me había indicado.

No quería aparecer tarde ni demasiado pronto.

Mi tío me había repetido por enésima vez en el coche que debía ir tranquilo, que no forzara las cosas, que si el destino, aunque hubiera sido un poco manipulado, había querido volver a poner a Mara frente a mí, era porque todavía quedaban palabras que decir, heridas que cerrar.

Pero yo no creía en el destino. Creía en las decisiones.

Y las mías, en el pasado, habían sido un desastre.

Me apoyé un instante contra la pared exterior del local, intentando respirar despacio, como me había aconsejado Bruno. «Tres segundos para inspirar, tres para soltar», había dicho. No funcionaba. Sentía el pulso retumbando en mis sienes como un tambor.

Cuando crucé las puertas, el sonido de la música y las voces me envolvió de inmediato.

Todo estaba decorado con luces de colores y cortinas translúcidas que reflejaban el brillo de los focos.

Había un ambiente festivo, casi eléctrico.

El tipo de energía que te empuja a sonreír incluso cuando llevas una tormenta dentro.

Y yo la llevaba. Una tan grande que apenas podía disimularla.

Bruno fue el primero en recibirme, levantando una ceja con esa expresión de «tranquilo, lo tienes controlado», aunque todos sabíamos que no tenía nada controlado.

Detrás de él, Luis charlaba con Arantxa y con un grupo de compañeros de la redacción que parecían encantados de tenerlo allí. Mi tío, con su encanto natural y su manera pausada de hablar, se ganaba a todo el mundo en cuestión de minutos.

Me ofrecieron una copa, pero la rechacé. No quería nada que me nublara los sentidos. Bastante nervioso estaba ya con el simple hecho de respirar el mismo aire que Mara.

La busqué entre la gente. Sabía que estaría allí, y que en cualquier momento mis ojos la encontrarían, aunque intentara ocultarse.

Entonces la vi. Estaba junto a la barra, hablando con Víctor.

Su cabello caía suelto, ligeramente ondulado, y la luz tenue le rozaba el rostro de una forma que hizo que el tiempo se me detuviera.

No sé si fue la nostalgia o la pura necesidad, pero sentí un impulso casi físico de ir hacia ella.

No lo hice. Apreté los puños en los bolsillos y respiré hondo. No era el momento.

Bruno, que me observaba desde cerca, vino hacia mí con una sonrisa y me palmeó el hombro.

—Tranquilo, campeón. Aún no es tu turno para el karaoke.

—No sé si voy a ser capaz —confesé, bajando la voz.

—Claro que vas a ser capaz. Y más te vale, porque me he pasado toda la semana buscando esa canción. —Su sonrisa se volvió más seria—. Es perfecta, Jon. Habla de vosotros.

—¿Y si no la escucha? —pregunté.

—La escuchará —dijo él con absoluta seguridad—. Te aseguro que, aunque intente mirar hacia otro lado, esa letra le va a llegar donde le tiene que llegar.

Luis se nos unió en ese momento, sujetando una copa de vino tinto.

—¿Listo para tu declaración musical? —preguntó con sorna.

—Listo no sé si es la palabra idónea.

—Entonces diremos preparado. —Me guiñó un ojo—. Las mujeres fuertes como ella no se conquistan con flores ni con promesas. Se conquistan con verdad. Y tú hoy vienes a cantar la tuya, ¿no?

Asentí despacio. La verdad. Esa que tanto me había costado admitir. Esa que había tardado tres años en ordenar dentro de mí.

La canción que había elegido no era casualidad. Era nuestra historia, en versos.

Había pasado noches enteras escuchándola, sintiendo que cada palabra hablaba por mí. Que cada nota tenía el peso de una disculpa.

Miré de nuevo hacia la barra. Mara reía con Víctor, pero su risa no tenía la misma luz de antes. Había una tensión en su gesto, algo contenido, como si se obligara a mantener el equilibrio. Y me dolió. Me dolió saber que yo era parte de esa sombra.

El presentador del karaoke anunció por el micrófono que en unos minutos continuarían las actuaciones, y el murmullo general se elevó un poco. Algunos compañeros se agolpaban en la mesa del DJ para apuntarse en el sorteo de canciones, mientras otros aprovechaban para servirse más bebida.

Yo no había apuntado mi nombre, claro. Bruno ya se había encargado de eso.

—Tiene que ser una sorpresa para todos —me había dicho cuando planeamos todo.

Y ahora, allí, con el corazón latiendo como si me lo arrancaran del pecho, no estaba seguro de si podría enfrentarlo.

Sentí una mezcla de vértigo y esperanza.

Había imaginado este momento de mil maneras y, en todas ellas, Mara me miraba con la misma intensidad con la que solía mirarme antes de dormirse.

Pero la realidad era otra: no sabía si podría siquiera sostenerme la mirada mientras le dedicase esas palabras que tanto significado tenían…

El presentador subió al pequeño escenario. El murmullo bajó. El aire se llenó de esa expectación densa que precede a algo importante.

Bruno se inclinó hacia mí y murmuró:

—Recuerda: no estás cantando para todos ellos. Solo para ella.

Y tenía razón.

Mientras me acercaba al escenario, con las luces deslumbrándome y las miradas siguiéndome, no veía a nadie más. Solo a ella. La mujer que había perdido por mis errores y que ahora era la única razón por la que me atrevía a subir allí.

Tomé el micrófono. El primer acorde empezó a sonar. Y, con él, el peso de todo lo que aún no había dicho.