Me lo dice tu mirada Capítulo 47 #3
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Capítulo 47 #3

Lo vi alejarse, y no pude evitar pensar que, efectivamente, algo estaba a punto de pasar.

El aire cambió, la música bajó un poco y el murmullo general se transformó en expectación.

El DJ anunció el siguiente número del karaoke y un murmullo de emoción recorrió la sala.

Yo todavía no sabía quién subía al escenario, pero algo dentro de mí —una mezcla de nervios y presentimiento— empezó a latir con fuerza.

La música cambió de golpe. El murmullo de la sala se transformó en aplausos y silbidos cuando Víctor apareció en el escenario con su desparpajo habitual, micrófono en mano y esa sonrisa de quien está a punto de montar un espectáculo.

A su lado, Lorena trataba de mantener la compostura, aunque no podía disimular la sonrisa traviesa que se le escapaba entre los labios.

—¡Querida redacción! —gritó Víctor, haciendo eco en el micro, mientras todos se giraban hacia ellos—. Hoy, por petición no popular y contra toda recomendación médica, esta señorita y yo vamos a destrozar una canción mítica.

El público estalló en risas y aplausos.

—Exacto —añadió Lorena, tomando la palabra—. No esperéis grandes voces, pero sí mucha pasión… y probablemente un poco de vergüenza ajena.

En la pantalla apareció el título: I’ll Be There For You de The Rembrandts. Las primeras notas de la canción empezaron a sonar y, de repente, el ambiente se volvió más cálido y más cercano.

Víctor movía la cabeza al ritmo de la música, haciendo su característico baile de codo, mientras Lorena intentaba seguirle sin romper en carcajadas. Yo no podía dejar de reír. Hasta que, en un giro inesperado, Víctor alzó el micro y gritó:

—¡Y ahora… queremos invitar a alguien muy especial!

Sentí un ligero escalofrío.

—No —susurré para mí misma, agitando la cabeza—. No, no, no…

Pero Lorena, con una sonrisa demasiado amplia para ser inocente, me señaló desde el escenario.

—¡Vamos, Mara! —gritó, y la gente empezó a aplaudir.

—Ni de broma. No me ha dado tiempo de afinar la voz —protesté, escondiéndome detrás de mi vaso.

—¡Vamos! —insistió Víctor—. ¡Sin ti no tiene sentido!

A mi alrededor empezaron los cánticos: «¡Mara! ¡Mara! ¡Mara!». Me hundí en la silla, pero el corazón me latía con fuerza. Sabía que no me dejarían tranquila hasta que subiera.

Lorena me lanzó esa mirada cómplice que conocía tan bien: la de «o subes o te subo yo». Y claro, acabé subiendo.

Entre risas y un poco de vergüenza, me abrí paso entre los compañeros hasta llegar al escenario. Víctor me ofreció el micro con un gesto teatral.

—Sabía que no podrías resistirte a la fama —bromeó.

—Estás muy equivocado —le respondí, entre risas—. Lo hago solo para que dejes de gritar mi nombre.

El público aplaudió.

La música volvió a sonar desde el principio y empezamos a cantar los tres; mal, pero con entusiasmo.

Víctor hacía los coros exagerados, Lorena gesticulaba como si estuviera en un musical de Broadway, y yo…

yo simplemente me dejé llevar. Entre una estrofa y otra, me sentía un poco más liviana.

Las luces de colores giraban sobre nosotros, los aplausos marcaban el ritmo y, por un instante, tuve la sensación de que el mundo —mi mundo— podía volver a ser sencillo otra vez.

En uno de esos segundos en los que la canción se ralentiza, busqué instintivamente con la mirada entre el público.

No sé por qué lo hice ni qué esperaba encontrar.

Pero algo en mi interior me decía que él estaba ahí.

Y entonces lo vi. Al fondo, entre la multitud, Jon me miraba de pie apoyado en una de las paredes.

El tiempo se detuvo. Las luces del escenario me cegaban, pero lo reconocí sin dudar.

No había manera de confundir esa mirada.

Ni ese gesto de ligera sonrisa triste que solo él tenía.

Seguí cantando, aunque las palabras se me hicieron un nudo en la garganta. Lorena me miró y notó el cambio en mi expresión. No dijo nada, solo apretó mi mano por un segundo, como si me anclara al suelo.

Cuando la canción terminó, los aplausos fueron atronadores.

Víctor se inclinó como si hubiera ganado un premio Grammy y Lorena reía a carcajadas.

Yo solo podía mirar al fondo, hacia donde estaba Jon.

Pero cuando intenté localizarlo de nuevo, ya no lo vi.

Quizá se había movido o quizá no había estado nunca allí y mi mente me había jugado una mala pasada. No lo sabía.

Bajé del escenario entre aplausos y, mientras volvía a mi mesa, sentí algo diferente.

Una mezcla de adrenalina, miedo y esperanza, como si algo —o alguien— estuviera a punto de cambiar el rumbo de la noche.

Víctor me abrazó con fuerza cuando me senté.

—Has estado genial, princesa —me susurró.

Sonreí, y esa palabra «princesa» me golpeó el pecho como un eco. Era imposible no pensar en Arane, en Jon, en todo lo que esa simple palabra significaba entonces. Suspiré y bebí un trago de agua para despejarme.

—¿Estás bien? —preguntó Lorena, observándome con atención.

—Sí —mentí—. Perfectamente.

Pero dentro de mí, el temblor seguía. Y aunque no lo dije en voz alta, lo supe con certeza: esa noche todavía no había terminado.