Me lo dice tu mirada Capítulo 47 #2
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Capítulo 47 #2

El aire empezaba a cargarse dentro del salón.

Entre la música, los gritos y las risas, sentí que necesitaba un respiro.

Le di un último sorbo a la copa y me levanté, buscando un rincón más tranquilo.

Pasé junto a varios grupos que charlaban animadamente, esquivando una lluvia de confeti improvisado y alguna que otra coreografía grupal.

Fue entonces cuando, a unos metros, junto a la barra, vi a Luis.

Su presencia me tomó por sorpresa. Llevaba una chaqueta clara y una sonrisa serena que parecía inmutable, incluso entre el ruido y el caos.

Cuando me vio, levantó la mano para saludarme, con la calma de quien ya sabe que será recibido con una mezcla de sorpresa y duda.

—Vaya, vaya… si es la fotógrafa estrella —dijo cuando me acerqué, con una ternura que solo él podía manejar.

—Luis —respondí, intentando sonreír, aunque noté que mi voz sonaba un poco más seca de lo que pretendía—, no esperaba verte aquí.

—Ni yo tampoco —contestó, riendo con suavidad—. Pero ya sabes…, las buenas fiestas no se desaprovechan.

—¿Y tú en qué parte de esta fiesta encajas? —pregunté, cruzándome de brazos.

—En la de los invitados silenciosos —dijo, mirando a su alrededor—. Los que observan, escuchan y se alegran cuando las cosas empiezan a ir por el camino correcto.

Lo miré con atención. Tenía ese brillo travieso en los ojos, el mismo que recordaba de cuando lo conocí más durante el reportaje. Pero también había algo más. Una especie de serenidad que contrastaba con la agitación del lugar.

—¿El camino correcto? —repetí, arqueando una ceja.

—Eso mismo —asintió—. El del aquí, ahora y con la gente que quiero a mi lado.

—Vale…, supongo que estás al corriente de todo, ¿verdad?

—Supones bien.

—No pensaba que tú fueras del tipo que se mete en medio de tormentas ajenas.

—No suelo hacerlo —dijo—, pero cuando las tormentas implican a personas que quiero…, bueno, me reservo el derecho de abrir algún paraguas.

No pude evitar sonreír. Era encantador, incluso cuando lanzaba frases que me desarmaban.

—Si has venido a convencerme de algo, te aviso de que estoy agotada.

—No, no he venido a convencerte —dijo, negando con la cabeza—. Solo a hablar. A escucharte, si quieres.

Por un momento dudé, pero la verdad era que necesitaba hablar, aunque no lo hubiera admitido ni bajo tortura. Así que asentí.

—¿Sabes? —empecé—. Durante semanas he intentado entender cómo se puede querer tanto a alguien y a la vez sentir tanta rabia. —Luis no dijo nada. Me dejó continuar—. Y no hablo solo de lo que pasó hace tres años, sino de ahora, de cómo se las ha ingeniado para volver a meterse en mi vida.

—Ah —sonrió con suavidad—, así que te has dado cuenta.

Lo miré con cierta sorpresa.

—¿Sabías algo?

—Digamos que he estado… al corriente de algunas iniciativas —admitió, jugando con el borde de su copa.

—Iniciativas. Qué palabra más elegante para querer decir intromisiones.

—Mara —dijo, bajando un poco la voz—, Jon ha cometido errores, sí, pero también ha intentado reparar lo que rompió.

—¿Y crees que con unos posavasos y un bonsái puede hacerlo?

—No.

Su respuesta fue inmediata, firme.

—No creo que con eso baste, pero sí creo que cada gesto suyo tiene un significado que tú aún no has querido mirar de frente.

No supe qué decir. Luis aprovechó mi silencio para continuar.

—He visto a muchos hombres arrepentidos en mi vida y, créeme, la mayoría solo lo están por perder algo, no por el daño que causaron; pero Jon…, él no ha querido reemplazar su culpa con olvido, se ha quedado ahí, enfrentándola, esperando a que tú decidas si lo dejas entrar otra vez o no.

Sus palabras me tocaron una fibra que no quería reconocer. Me crucé de brazos, intentando mantenerme firme.

—Y tú estás de su parte, claro.

—Estoy de parte de los dos —dijo con tranquilidad—. Porque sé lo que pasa cuando uno deja pasar la oportunidad de arreglar lo que ama.

Me dedicó una mirada que traspasaba cualquier intento de coraza.

—¿Sabes quién me enseñó eso?

Negué con la cabeza.

—Arantxa —dijo, con una sonrisa melancólica—. Hace muchos años, fui tan idiota como Jon. Me asusté, no supe valorar lo que tenía, y cuando quise volver, ella ya había aprendido a vivir sin mí.

Lo dijo sin drama, pero con la serenidad de quien se ha reconciliado con su pasado.

—Debió de ser duro.

—A veces el tiempo enseña, otras, castiga —continuó—. Y si Jon ha tenido la suerte de cruzarse contigo otra vez, sería un desperdicio no intentarlo.

Me quedé en silencio. Por un momento, el bullicio del local se desvaneció. Solo escuchaba mi respiración, el eco de esas palabras y la música de fondo, lejana, como si viniera de otro lugar.

—Luis —dije finalmente, con un hilo de voz—, no puedo volver a pasar por lo mismo.

—Y nadie te lo está pidiendo —contestó él—. A veces el perdón no es para el otro, sino para uno mismo.

Sentí un nudo en la garganta. Quise responder, pero no pude.

Él me dio un golpecito en el brazo, como si supiera que ya no hacía falta decir más.

—Por cierto —añadió, antes de marcharse—, no te vayas todavía. Creo que dentro de poco vas a querer quedarte.

—¿Y por qué dices eso?

—Llámalo intuición de veterano. —Sonrió, guiñándome un ojo antes de perderse entre la multitud.