Me lo dice tu mirada Capítulo 47
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Capítulo 47

El karaoke había comenzado y, con él, la locura habitual que se desataba cada vez que en mi empresa alguien mencionaba la palabra micrófono.

Parecía que todos llevasen meses esperando aquel momento para liberar la tensión acumulada, el cansancio de las entregas, los cierres, los reportajes imposibles y las madrugadas frente al ordenador.

Las luces de colores giraban sobre el techo, bañando las paredes con reflejos azulados y rosados, mientras una bola de espejos lanzaba destellos que hacían que el ambiente pareciera casi mágico.

Arantxa no había escatimado en nada. Había contratado un equipo de sonido profesional, un DJ y hasta un presentador que hacía juegos entre canción y canción. Las mesas estaban repletas de copas, risas y tapas que desaparecían a la velocidad de la luz.

Yo observaba todo desde mi rincón, con una copa en la mano que apenas había probado.

No me sentía incómoda, pero tampoco del todo presente.

Era como si mi cuerpo estuviera allí, pero mi cabeza siguiera flotando en algún lugar entre los recuerdos y las heridas recientes.

Había prometido dejar de pensar en él, en Jon, en todo lo que significaba su nombre.

Y durante unos días lo había conseguido.

Hasta que el anuncio de la fiesta llegó a mis oídos.

Quizá por eso había decidido venir. Por demostrarme que podía estar en el mismo ambiente donde había empezado todo —nuestra historia, nuestro caos, nuestras miradas cruzadas entre pasillos— y mantenerme firme, sin temblar, sin rehuir.

No sabía si lo estaba consiguiendo, pero al menos estaba allí.

La música subió un poco más. Un compañero del departamento de diseño, Rubén, fue el primero en romper el hielo con una versión sorprendentemente decente de Vivir así es morir de amor. Todos aplaudieron y corearon los estribillos con entusiasmo, y pronto otros se animaron a apuntarse en la lista.

Yo sonreía con ternura al verlos. A pesar de todo, aquel equipo tenía algo especial: podían discutir hasta el agotamiento por una portada o una entrevista, pero cuando llegaban estas fiestas, todos se volvían cómplices, como si compartieran un secreto que solo ellos entendían.

Lorena, que estaba sentada a mi lado, hacía vídeos con el móvil, riendo a carcajadas cada vez que alguien desafinaba.

—Esto promete —dijo, girándose hacia mí—. ¿Te imaginas a Víctor subiendo a cantar otra vez Livin la vida loca?

—Si lo hace, salgo corriendo —bromeé, riendo con ella—. Creo que mis oídos aún no se han recuperado del último intento.

—Tienes que animarte tú también, Mara —insistió Lorena—. Hace tiempo que no te oigo cantar.

—Y así seguirá siendo —respondí, alzando mi copa en un brindis silencioso—. No pienso exponerme si no estoy al cien por cien delante de toda la redacción.

—Bah, no sería exponerte. Sería demostrar que aún sabes divertirte pase lo que pase.

Me quedé un instante en silencio, observando a mi alrededor.

La verdad era que el ambiente era contagioso.

Los aplausos, las risas, la música que resonaba en las paredes…

, todo tenía un aire de despreocupación que me hacía bien, que me ayudaba a respirar un poco más ligero.

Quizá eso era justo lo que necesitaba: dejarme llevar, aunque fuera por una noche.

El presentador subió al escenario y anunció la siguiente canción.

Un grupo de redactores de cultura se subió entre risas, gritando que eran «la banda oficial de la revista».

Cantaron una versión delirante de Zapatillas, de El canto del loco, que hizo que todos terminaran con las manos en alto, marcando el ritmo.

Yo me reí de verdad por primera vez en mucho tiempo. Una risa limpia, sin peso. Lorena me miró con complicidad y chocó su copa con la mía.

—Ahí está. La sonrisa más sincera que tanto echaba de menos.

—No prometo que dure —dije, medio en broma.

—Entonces aprovéchala mientras dure.

Miré hacia la pista de baile, donde algunos ya se animaban a moverse al ritmo de la música.

El DJ había decidido que entre actuación y actuación pondría hits noventeros, así que sonaba Wannabe de las Spice Girls, y un grupo de chicas del equipo de redes sociales se subió a bailar la coreografía como si fueran ellas.

El ambiente era tan fabuloso que, por momentos, olvidé por qué me costaba tanto respirar.

Pero solo por momentos. Porque, a pesar de todo, seguía faltando algo. O mejor dicho, alguien.

Bruno no había tardado en aparecer por allí.

Lo vi a lo lejos, cerca de la mesa de los directores, sonriente, saludando a medio mundo.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, me saludó con un gesto de cabeza, casi imperceptible, pero lo bastante claro como para que mi estómago se encogiera.

Le devolví el gesto, tensa, sin saber exactamente por qué.

Respiré hondo por enésima vez. «Disfruta la noche», me repetí mentalmente. «Por una vez, deja de analizarlo todo».

Otro grupo empezó a cantar Rayando el sol y todo el salón se vino abajo.

La gente se levantaba de sus sillas, coreando los estribillos, algunos abrazados, otros riendo sin parar.

El ruido, la euforia, las luces parpadeando en mil colores…

, todo se mezclaba en una sensación cálida que me envolvía sin querer.

Arantxa pasó a mi lado, elegante como siempre, con una copa en la mano.

—Veo que empiezas a relajarte, señorita —me dijo con una sonrisa socarrona.

—Digamos que estoy en proceso —respondí.

—Eso ya es un gran paso. A veces solo hay que dejar que la música haga el resto.

Me guiñó un ojo y siguió su camino, saludando a otros compañeros.

Volví a mirar hacia el escenario. Una nueva actuación comenzaba, esta vez un dúo improvisado que no parecía tener mucha idea de ritmo, pero compensaba su falta de talento con entusiasmo.

Llevé la copa a los labios, fingí interés por la actuación del escenario y giré un poco la silla, buscando distraerme con Lorena, que se reía grabando vídeos.

—¿Qué tal si te unes a ellos? —le dije, intentando sonar ligera.

—¿Yo? Ni loca. Bastante tuve con nuestra actuación estelar la vez anterior.

—Te recuerdo que nos ovacionaron a las dos.

—Porque estaban borrachos. No confundas entusiasmo con talento.

Sonreí. Me encantaba cómo era capaz de reírse incluso de sí misma.

Lorena era de esas personas que decían exactamente lo que pensaban, sin filtros, sin miedo.

Por eso, cuando algo la molestaba, se notaba enseguida.

Y entonces lo noté. Había pasado de reírse a tensar la mandíbula, sin previo aviso.

Su mirada se había endurecido. La seguí con la vista, buscando lo que había provocado ese cambio, y lo comprendí. Miraba hacia Bruno.

—¿Todo bien? —le pregunté, bajando la voz.

—Perfectamente —contestó, sin apartar la mirada, con ese tono digno que usaba cuando intentaba convencerse de algo.

—No lo parece —insistí.

Giró la cabeza hacia mí, arqueando una ceja.

—¿Desde cuándo te has vuelto tan observadora?

—Desde que te conozco. Te cambia hasta la forma de respirar cuando algo te molesta.

Lorena bufó, dio un trago largo a su copa y dijo:

—No tengo por costumbre mezclarme con traidores.

La frase me cayó encima como un cubo de agua fría. La miré en silencio unos segundos, intentando procesar lo que decía.

—¿Traidores?

—Sí, traidores —repitió, sin vacilar—. No me mires así. Sabes perfectamente a qué me refiero.

Enseguida lo entendí. Era lógico. Lorena siempre había sido leal hasta el extremo. Y en su cabeza, Bruno había cruzado una línea. Pero yo no podía quedarme callada.

—Lorena… —empecé, despacio, eligiendo bien las palabras.

—No me digas que lo vas a defender —me interrumpió, mirándome incrédula.

—No lo defiendo —respondí con calma—. Solo digo que… no fue un traidor.

Ella frunció el ceño, como si no entendiera.

—¿Perdona?

—Bruno hizo lo que creyó correcto. Y puede que tú o yo no lo compartamos, pero… también fue un buen amigo para Jon. No sé si eso lo convierte en traidor.

Lorena chasqueó la lengua.

—¿Ahora lo justificas?

—No —dije con firmeza—. No lo justifico. Pero tú, si hubieras estado en su lugar, si hubieras tenido que elegir entre protegerme o intentar arreglar las cosas entre Jon y yo…, admítelo, habrías hecho lo mismo.

Se quedó callada. La miré, esperando. Su expresión se suavizó poco a poco. Bajó la mirada, removió el hielo de su copa y suspiró.

—Quizá —murmuró—. Pero eso no significa que me caiga bien.

Solté una risa breve, sincera.

—Entiendo. Pero, ¿no crees que tal vez merece el beneficio de la duda? Tal vez, si le dejases explicarse, puede que cambiaras un poquito de opinión.

—Tampoco es que haya hecho muchos méritos para cambiar eso —replicó ella, pero ya con una media sonrisa en los labios.

Me relajé un poco. A pesar del comentario, el tono ya no era tan ácido. Y eso me bastó para saber que la tormenta había pasado.

La música seguía sonando, la pista estaba llena, y el ambiente era cada vez más eufórico. Un grupo de fotógrafos cantaba La Flaca a grito pelado, y un par de becarios bailaban sobre una silla mientras la gente los animaba. Todo era caótico, alegre, vital.

Me recosté en la silla, intentando dejar que esa energía me contagiara. Lorena notó mi distracción y me miró de reojo.

—¿Qué pasa?

—Nada —mentí.

—Claro, nada —repitió, rodando los ojos—. Pues menos mal, porque después de darme la charlita referente al amigo del innombrable, tienes una cara que…

No la deje terminar la frase. Le lancé una mirada de advertencia, pero ella solo sonrió.

—Tranquila, no pienso arruinarte la noche. Pero si aparece… —hizo una pausa teatral, levantando la copa—, prométeme que no se lo vas a poner fácil.

—¿Y si me da por hacerlo? —Me gustaba provocar a mi amiga.

—Entonces te digo que pido oficialmente nuestro divorcio.

Las dos rompimos en carcajadas. Era tan ella, tan ferozmente leal, que me dolía no poder contarle todo lo que sentía realmente. Más que nada porque no era el momento ni el lugar. Podría oírnos cualquiera. Incluido el enemigo, como Lorena tenía catalogado a Bruno.