Capítulo 46 #3
La fiesta comenzó poco a poco, como una ola que se va extendiendo hasta llenar todos los rincones.
Las luces, más bajas de lo habitual, daban al lugar un aire distinto, más cálido, más de confidencias que de trabajo.
Habían colgado guirnaldas de colores que se movían con la brisa que entraba por las ventanas entreabiertas, y en una esquina sonaba una lista de reproducción con clásicos del pop y algo de rock ochentero.
El ambiente era ligero, chispeante, con una energía que solo aparece cuando la gente necesita celebrar algo más que un logro laboral.
En este caso, se celebraba el éxito de la revista, el esfuerzo del equipo, los buenos resultados.
Pero, si me preguntaban a mí, se celebraba sobre todo el simple hecho de estar juntos y en armonía, después de semanas agotadoras.
El protocolo de aquella fiesta era simple: al llegar, te acercabas a la mesa de la entrada, escribías en un papel el título de una canción y lo dejabas en la pecera de cristal que hacía de urna para el karaoke.
La idea era que nadie supiera cuándo le tocaría cantar; el DJ elegiría al azar durante la noche.
Yo, por supuesto, no tenía cuerpo para cantar.
Ni para eso ni para mucho más. Solo pensar en subir al escenario, con todos mirando, me producía una especie de nudo en la garganta que nada tenía que ver con el miedo escénico.
Era otra cosa más profunda. Como si las palabras se hubieran atragantado en mí desde hacía semanas.
Lorena, en cambio, estaba pletórica. Ya había apuntado dos canciones —una para ella, otra para Víctor— y se paseaba con una copa de vino blanco en la mano, riendo con medio mundo.
La miré y envidié un poco su capacidad para dejarlo todo fuera, para disfrutar sin reservas.
Yo también quería hacerlo o, al menos, quería intentarlo.
Di un sorbo a mi copa y me dejé envolver por la música. Hablábamos, reíamos y algunos bailaban. Por un momento, conseguí relajarme. Hasta que vi quién entraba. No era él, sino ellos.
Primero fue Bruno, inconfundible con su sonrisa fácil, su camisa arremangada y ese aire de tipo que jamás pasa desapercibido en ninguna sala. Y, unos pasos detrás, Luis. Con su elegancia discreta, su forma de moverse pausada, saludaba con educación a todo el que se cruzaba en su camino.
El corazón se me aceleró sin remedio. La copa que tenía en la mano pareció perder peso de golpe y tuve que dejarla sobre la barra para no derramarla. Durante unos segundos, el sonido de la música y las conversaciones se desdibujaron, quedando lejano, amortiguado, como si estuviera bajo el agua.
No podía ser, pero lo era; Bruno y Luis, juntos en nuestra fiesta. Y si ellos dos estaban allí, la lógica era tan cruel como evidente: Jon no podía estar lejos.
Sentí cómo la sangre me subía a las mejillas, caliente e insistente. Una mezcla de rabia, sorpresa y algo que me costaba admitir: expectación.
Me giré hacia Lorena, buscando en su rostro una explicación, pero ella ya estaba en su propio mundo, charlando con unos compañeros de diseño.
Todo empezó a encajar, de golpe. Arantxa…, la fiesta…, el ambiente demasiado preparado. Había algo más detrás de todo aquello y ahora lo veía con absoluta claridad.
Esto no era solo una celebración de empresa. Era un escenario. Y yo, por mucho que lo hubiera intentado evitar, era una de las protagonistas.
Pasé la lengua por mis labios, secos, y traté de recuperar el control.
Bruno me vio. Lo supe porque, durante un instante, nuestras miradas se cruzaron.
Él sonrió, con una sonrisa entre nerviosa y conciliadora, la misma que había usado tantas veces para apagar incendios emocionales de Jon.
Levantó ligeramente la mano en un saludo que yo apenas correspondí. No podía.
Me giré hacia otro lado, fingiendo que buscaba algo en el móvil.
Necesitaba unos segundos para pensar, para decidir qué quería hacer antes de que la tormenta se desatara.
Porque algo dentro de mí sabía que Jon iba a aparecer.
Tarde o temprano, entre las luces, las risas y las canciones desafinadas, se abriría paso entre la gente, como lo hacía siempre. Y no sabía si estaba lista para eso.
Me pasé una mano por el cuello, notando el pulso desbocado bajo la piel.
Intenté convencerme de que no pasaba nada, de que quizá Bruno y Luis habían venido por cortesía, por trabajo, por cualquier otra razón que no tuviera que ver conmigo.
Pero las casualidades en mi vida ya no existían desde que Jon había vuelto a cruzarse en mi camino.
—¿Estás bien? —preguntó Víctor, acercándose con un plato lleno de canapés.
—Sí…, sí, solo me ha dado un golpe de calor —mentí, evitando mirarlo a los ojos.
Él ladeó la cabeza, sospechando algo, pero no insistió.
—Parece que la noche promete. ¿Tú no vas a apuntar ninguna canción?
—No, hoy prefiero escuchar.
Y vaya si iba a escuchar.
Mientras él se alejaba, volví la vista hacia el fondo del salón. Bruno y Luis estaban conversando con Arantxa. Reían, parecían cómodos, integrados, como si formaran parte natural del equipo.
Respiré hondo y pensé: «Si él aparece, le escucharé, dejaré que se exprese e intentaré ser honesta con él de un modo menos irascible».
No sabía si era valor o agotamiento, pero aquella certeza me ancló. Podía temblar por dentro, podía dolerme todo, pero no volvería a esconderme tras mis palabras.