Me lo dice tu mirada Capítulo 46 #2
88%

Capítulo 46 #2

Cuando salí de su despacho, sentí que algo se había deshecho dentro de mí. No era perdón, todavía no. Pero sí una grieta por donde empezaba a entrar la luz.

Tenía una sensación extraña, como si acabara de atravesar una tormenta que me había dejado empapada, pero no destrozada.

Caminé por el pasillo sin saber muy bien hacia dónde iba, solo dejándome llevar por el sonido de los tacones sobre el suelo encerado y las voces de mis compañeros, que cada vez se oían más excitadas con los preparativos de la fiesta.

El aire olía a café recién hecho y a perfume caro, ese aroma inconfundible de los días en los que la redacción parecía un hormiguero con música de fondo.

Pero yo seguía atascada en la conversación que acababa de tener.

«Sabía quién estaba detrás». Esa frase de Arantxa resonaba una y otra vez, como un eco persistente.

Apoyé la espalda en la pared, junto a la máquina de agua, y me pasé una mano por el cabello.

No sabía si sentirme traicionada o agradecida.

Por un lado, me dolía pensar que incluso mi jefa, la mujer a la que más admiraba profesionalmente, había sido parte de la conspiración silenciosa de Jon.

Pero, por otro, había algo en su voz, en la serenidad con la que había hablado de él, que me removía en lo más profundo.

Era como si todos hubiesen sabido algo que yo me negaba a aceptar: que él, de alguna manera, seguía presente en mí.

Suspiré, intentando no derrumbarme ahí mismo.

Me fui hasta mi mesa y me senté frente al ordenador, fingiendo revisar correos mientras el cursor parpadeaba sobre la pantalla vacía.

Todo me parecía fuera de lugar. Las fotos del último reportaje, las notas para la próxima entrevista, incluso la taza de café con el logo de la revista.

Todo me gritaba rutina, pero dentro de mí nada era rutinario.

Me quedé mirando la maceta del bonsái que aún conservaba en la esquina del escritorio.

Había intentado ignorarlo, incluso había pensado dejarlo en la terraza o regalárselo a alguien, pero algo dentro de mí me lo impedía.

Lo había cambiado de sitio tantas veces que ya parecía un mueble más de mi vida, testigo silencioso de mis contradicciones.

Pasé la yema de los dedos por una de sus pequeñas ramas, y no pude evitar pensar en lo que Jon había dicho aquella vez: «Lo importante no es crecer deprisa, sino echar raíces fuertes». Cuánto me dolía recordarlo.

Escuché risas cerca del área de diseño y miré hacia allí.

Víctor y Lorena estaban discutiendo sobre qué canciones llevarían al karaoke.

Verlos tan animados me arrancó una sonrisa breve, aunque por dentro me sentía fuera de sintonía con el resto del mundo.

Aun así, no podía negar que la idea de una fiesta me atraía.

Necesitaba distraerme, vaciar la mente, intentar —aunque fuera por unas horas— no pensar en él.

Me levanté para ayudar con la decoración. El ambiente era un caos alegre: globos sin hinchar, guirnaldas de colores, música a todo volumen… Alguien había traído luces de neón y otros habían conseguido un proyector para pasar fotos del equipo durante el evento.

Intenté sumarme a la conversación general, pero la cabeza me daba vueltas.

Era absurdo, lo sabía. Había pasado una semana desde el último mensaje de Jon.

Una semana de silencio, como él había prometido.

Una semana sin flores, sin posavasos, sin señales encubiertas.

Y, aun así, su presencia seguía instalada en cada rincón de mi vida, como si el eco de sus gestos no se borrara del todo.

—Mara, ¿puedes sujetar esto un momento? —me dijo Lorena, pasándome un rollo de cinta adhesiva.

—Claro —respondí, sonriente.

Ella me observó un segundo con esa mirada de amiga que no se deja engañar.

—¿Estás bien? —preguntó, bajando un poco la voz.

—Sí…, bueno, lo intento.

—¿Ha pasado algo con el innombrable? —ironizó, arqueando una ceja.

Reí.

—Digamos que el universo sigue empeñado en recordármelo.

—Pues dile al universo que se relaje —dijo Lorena, colocando la cinta en una de las columnas—. Esta noche es para divertirnos, no para lamentarnos.

Asentí, agradecida por su naturalidad. Lorena siempre sabía cómo poner las cosas en perspectiva, incluso cuando todo parecía derrumbarse.

—Vamos, Víctor y otros compañeros nos esperan en el local donde se va a celebrar la fiesta. Tenemos la ropa allí para poder cambiarnos —me animó a que la siguiera.

Pasaron las horas, y poco a poco todo se fue transformando en un escenario improvisado. Las luces bajaron de intensidad, los equipos de sonido ya estaban probados, y las mesas se reubicaron para dejar espacio al pequeño escenario del karaoke.

Me quedé un momento mirando el reflejo de las luces en los cristales del ventanal.

Era curioso: aquella fiesta, aparentemente inocente, parecía marcar un punto de inflexión.

No sabía por qué lo sentía así, pero mi interior se preparaba para algo más grande, algo que no alcanzaba a nombrar todavía.

Quizá era intuición o, tal vez, simplemente miedo.

Respiré hondo, dejándome envolver por el murmullo de voces, las risas y el sonido de los vasos entrechocando. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía permitirme disfrutar sin culpa, sin pensar demasiado. No sabía que esa misma noche, todo volvería a ponerse patas arriba.