Me lo dice tu mirada Epílogo
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Epílogo

Nada más dejar atrás la fiesta, Jon me secuestró.

Lo llamo secuestro porque fue exactamente eso: un rapto con todas las letras.

Me llevó directamente al parking donde tenía aparcado su coche para coger rumbo a un lugar misterioso.

No me dejó ni pasar por mi casa a por ropa.

Decía que no necesitaba nada, que lo único imprescindible ya lo tenía con él y que el resto podía esperar.

Yo protesté, claro —porque una mujer siempre necesita al menos su cepillo de dientes—, pero me miró con esa sonrisa medio culpable, medio irresistible, y no tuve fuerzas para seguir discutiendo.

Aquel hombre sabía perfectamente cómo desactivar mi carácter con solo una mirada pícara de las suyas.

Cuando el coche se detuvo de nuevo ante la playa de la Concha, miles de ideas pasaron por mi mente.

No sabía si pretendía que paseásemos por la orilla, nos bañásemos desnudos en el mar, si quería hacer castillos de arena…

Lo miré interrogante y pareció leerme la mente porque enseguida se echó a reír.

—Nuestro destino está a tu espalda.

—¿En este edificio?

—En el ático de este edificio, más concretamente.

—¿En serio? —no me lo podía creer. Un ático frente a la bahía de La Concha era un sueño y un auténtico privilegio de vistas.

—Quiero empezar de nuevo contigo —me respondió sin apartar la vista—. Y necesitábamos un lugar limpio de recuerdos. Ni hoteles ni playas que huelan a pasado. Solo tú, yo y el mar.

Y así, como si nada, me robó el corazón por segunda vez.

El ático parecía sacado de una película; amplio, luminoso, con unas vistas a la bahía que quitaban el aliento y una terraza que parecía creada para cenas eternas al atardecer.

Después supe que lo había comprado hacía poco, con la idea —según sus palabras— de «tener un refugio donde volver a empezar si yo decía que sí».

Durante ese fin de semana tuvimos tiempo de todo: de hablar, de reír, discutir alguna que otra cuestión hasta quedarnos sin argumentos, de llorar y, sobre todo, de poner las cartas sobre la mesa.

Jon me confesó absolutamente todo. Desde la creación de los posavasos, hasta los bonsáis, pasando por la conversación tan agradable que tuvo con Peter para conseguir las fotografías que misteriosamente habían aparecido en mi redacción.

Según me contó, Peter es más romántico todavía que él y no dudó un segundo en echarle un cable con lo que le había pedido.

También me explicó cada detalle, cada cómplice y cada pequeño paso del plan que había urdido para reconquistarme.

Yo escuchaba entre fascinada y horrorizada, porque de repente me sentí como una concursante que no sabe que está participando en un reality, donde tiene gente alrededor maquinando y votando por las pruebas que tiene que superar.

Aunque en mi caso en vez de pruebas, eran detalles, regalos y mensajes.

—Así que Arantxa también lo sabía… —le dije con las cejas arqueadas.

—Sí —admitió con una mueca de culpa adorable—. Bueno, fue más bien mi cómplice involuntaria. Le conté parte de la historia, y ella… digamos que me dio permiso para «hacer algo bonito».

—¿Algo bonito? —me reí—. ¿Te refieres a llenar mi vida de mensajes ocultos, plantas simbólicas y canciones estratégicas?

—Exacto —respondió sin inmutarse—. Tenía que hacerlo. No podía dejarte ir sin que supieras todo lo que sentía.

Y luego llegaron los demás cómplices. Porque claro, Jon no podía haber hecho todo eso solo. Fue entonces cuando empezó a hablar de su «banda de celestinos», como él mismo los llamó: Bruno, Víctor, Luis y Lorenzo, estos dos últimos siendo los presidentes de la banda. Yo no sabía si reírme o matarlo.

—¿Así que todos, absolutamente todos, sabían lo que tramabas? —pregunté alzando la voz.

Jon asintió.

—Sí, bueno…, todos menos Lorena y tú.

—¡Menuda panda de traidores! —exclamé indignada, aunque por dentro me moría de risa—. Me siento como la protagonista de una película romántica manipulada por media plantilla de guionistas.

—Pero el resultado final ha merecido la pena, ¿no? —me dijo con esa sonrisa canalla que, desgraciadamente, seguía funcionando igual de bien que antes.

No tuve más remedio que rendirme. Esa era la verdad: me había ganado de nuevo. No con flores ni con palabras vacías, sino con gestos, paciencia y una vulnerabilidad que no le había visto antes.

—En defensa de Víctor, he de admitir que reclutarlo para el bando enemigo no fue fácil. Es muy leal.

—Es el mejor. Pero no se lo digas, bastante tenemos con sufrir su ego habitual.

Aquella noche, después de hablar durante horas, salimos a la terraza. El mar estaba en calma, el aire olía a sal y libertad. Jon se acercó por detrás, rodeándome con los brazos, apoyando la barbilla en mi hombro.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —me susurró al oído.

—¿Qué? —pregunté sin girarme.

—Que al final he conseguido a la princesa. Quien espero que en un futuro sea mi reina.

Y me besó. Lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

El resto del fin de semana lo recuerdo como un sueño; desayunos eternos en la terraza, paseos por la orilla, cenas improvisadas con vino y risas.

Jon, que había prometido cocinar, terminó sirviendo una tortilla sospechosamente carbonizada que se ganó el título de «La catástrofe culinaria del año».

Yo lloraba de la risa mientras él, desesperado, decía que en el fondo el toque ahumado era «una decisión artística».

A veces, cuando lo pienso, creo que ese fin de semana fue nuestra verdadera reconciliación.

Sin guiones, sin testigos, sin excusas. Solo él y yo, volviendo a aprender a estar juntos.

Al volver a mi casa el lunes, sentí que algo dentro de mí había cambiado.

Había dejado atrás el rencor, las dudas, las heridas; y en su lugar, había espacio para empezar de nuevo, con el corazón reparado y la mente en paz.

Todo parecía distinto. No porque el mundo hubiera cambiado, sino porque nosotros lo habíamos hecho.

Jon había dejado de ser mi ex, esa herida mal cerrada que dolía con solo pronunciar su nombre, para convertirse en mi compañero de caos, como lo llamaba Arantxa. Y sí, caos era una buena palabra.

A los pocos meses decidimos dar el gran paso: ir a vivir juntos al ático que dejó de ser nuestro refugio, para convertirse en nuestro hogar.

No fue una decisión impulsiva —aunque viniendo de nosotros, podría haberlo sido—, sino el resultado de muchas conversaciones, planes, listas compartidas en el móvil y hasta una tabla de Excel para organizar la mudanza (obra de Jon, por supuesto).

Yo, que era más de improvisar, terminé cediendo cuando me enseñó una pestaña titulada «Muebles que no son horribles».

Entonces entró en juego Arane. Desde el primer día dejó claro que estaba encantada de que me fuese a vivir con ellos, siempre y cuando su habitación fuese el de una princesa.

Pasamos un fin de semana entero buscando tonos de rosa que no hicieran daño a la retina, y al final ella ganó —cómo no— con una pared en un tono rosa muy suave, cubierta de estrellitas plateadas y una lámpara en forma de nube que cada noche se iluminaba con una tenue luz azul.

Jon decía que la niña me tenía absolutamente dominada, porque jamás habría dejado que nadie pintase una pared rosa en mi casa.

Y tenía razón. Arane y yo nos convertimos en un tándem invencible, una alianza secreta contra las manías domésticas de Jon.

Si él quería ver un documental de viajes, nosotras votábamos por una comedia romántica.

Si proponía cena saludable, aparecíamos con pizza.

Y cuando intentaba imponer la norma de no comer en el sofá, Arane se me adelantaba, me pasaba una manta, intentaba guiñarme un ojo y yo le susurraba:

—Shhh, operación camuflaje.

A veces nos miraba desde la cocina, resignado, pero con una sonrisa, mientras nos veía a las dos compartiendo helado y carcajadas. Decía que había perdido toda autoridad, pero se notaba que le encantaba.

Eso sí, la convivencia también trajo sus momentos caóticos.

Jon tenía la costumbre de dejar post-its por todas partes; en la nevera, en el espejo del baño, dentro de mis libros…

Al principio pensé que eran recordatorios prácticos, pero pronto descubrí que eran mensajes camuflados de amor.

«Hoy te haré café, pero mañana cocinas tú».

«Eres mi caos favorito». «Si me pierdo, búscame en tus ojos».

Era imposible enfadarse con él más de diez minutos.

Nuestra vida se fue llenando de rutinas pequeñas, de esas que no parecen gran cosa, pero que te construyen los días.

Los desayunos con música, las guerras de cojines, los domingos de manta y peli, los planes de última hora que siempre terminaban en desastre, pero nos hacían reír hasta doler la barriga.

Todos los viernes quedábamos para cenar en casa con Lorena y Víctor.

Bruno, como buen trabajador que era, se ganó a pulso el puesto de director del hotel de Menorca y no podía venir tantas veces como a él le gustaría.

Por si te lo estás preguntando, las cosas entre Lorena y Bruno, no van.

Consiguieron hacer las paces más o menos, y podría decirse que se soportan.

Aunque si he de ser sincera, si las miradas hablasen…

Jon insistía en demostrar sus dotes culinarias, lo que nos regaló una serie de momentos dignos de un programa de humor.

Recuerdo una cena en la que decidió preparar pasta a su manera.

Aquello significaba sin seguir ninguna receta, fiándose del instinto y de un bote de salsa misteriosa que llevaba meses en la despensa.

El resultado fue un mejunje tan incomestible que Arane lo bautizó como: «Pasta papi no buena».

Ella y yo nos miramos en silencio, dimos un primer bocado, y terminamos pidiendo pizza a los cinco minutos.

Jon fingió ofenderse, pero se unió encantado al banquete improvisado.

Aquella noche, entre risas y migas de pizza por el suelo, Arane soltó una de esas frases suyas que te dejan desarmada:

—Yo sabía que papi podía se un buen pinsipe para ti.

Jon me miró entonces con una mezcla de ternura y asombro que se me clavó en el alma. Y entendí que aquella niña veía las cosas con más claridad que cualquiera de nosotros.

Poco a poco, la casa se llenó de recuerdos nuevos; fotos enmarcadas, viajes improvisados, dibujos de Arane pegados en la nevera… Y también de silencios cómodos, de esos que solo existen cuando estás justo donde debes estar.

***

Cuando se cumplió un año de aquella fiesta improvisada y del karaoke más surrealista y emocionante de mi vida, un año desde que Jon, micrófono en mano y corazón en la garganta, me cantó delante de todo el mundo.

Esa noche, me quedé mirándolos a los dos desde la puerta del salón —él en el sofá, con Arane dormida sobre su pecho— y me preguntaba cómo habíamos llegado hasta allí después de tanto.

Y la respuesta siempre era la misma: porque, pese a todo, nos habíamos elegido.

Jon llevó a la pequeña a su cama, volvió al salón y me tendió la mano.

—Ven aquí, princesa.

No lo dijo en tono solemne, sino con esa mezcla entre picardía y ternura que me volvía loca.

—¿Sabes? —dijo, mientras me rodeaba con los brazos por detrás—. Hace un año, justo por estas fechas, estaba tan nervioso que casi no podía respirar.

—¿Cuando cantaste delante de toda la redacción? —pregunté sonriendo, mientras daba media vuelta para tenerlo de frente.

—Ajá. Pensé que me temblaba la voz, pero cuando te vi allí, supe que, si no lo hacía entonces, no lo haría nunca.

—Y menos mal que lo hiciste —le dije, apoyando la frente en su pecho—. Si no, quién sabe, quizá seguirías mandándome bonsáis por mensajero.

Jon soltó una carcajada.

—Eh, los bonsáis eran un gesto muy simbólico.

—Sí, simbólico de que la paciencia no era tu fuerte —bromeé.

Nos quedamos así, abrazados, escuchando el sonido del mar a lo lejos. En algún momento, sin saber cómo, la conversación se fue diluyendo entre besos lentos y promesas sin palabras.

No sabría decir exactamente cuándo pasamos del salón al dormitorio, pero lo recuerdo todo con esa claridad borrosa de las cosas que importan.

Su piel tibia, sus manos deslizándose por mi espalda, mi camisa favorita cayendo al suelo.

Fue un momento sin prisas, de esos que no buscan demostraciones, sino reconocimiento.

A la mañana siguiente, me levanté sin hacer ruido.

Busqué a tientas la primera prenda que encontré —una de sus camisas blancas— y la abotoné a medias sobre mi sujetador negro.

Miré hacia la cama: Jon dormía boca arriba, con el pelo revuelto, la sábana enredada en la cintura y una mano extendida hacia el lado donde yo había estado.

Tenía esa expresión tranquila que solo le había visto cuando estaba realmente en paz.

No pude evitar sonreír. Cogí el móvil de la mesilla, enfoqué y clic.

La foto quedó perfecta: él dormido, su pecho desnudo, la sábana cubriéndolo lo justo, la luz suave filtrándose por la ventana.

—Vas a matarme cuando veas esto —susurré, riéndome para mí misma.

Fui hasta la terraza con una taza de café recién hecho y la cámara de fotos.

Fuera, el cielo estaba despejado, y San Sebastián se veía precioso.

Pensé en todo lo que habíamos pasado en un año: los miedos, las segundas oportunidades, las risas compartidas con Arane, los domingos de sofá, las discusiones por la compra, los silencios reconciliadores.

Pensé en mí, en quién había sido y en quién era ahora.

Jon apareció unos minutos después, con esa sonrisa somnolienta y el cuerpo aún tibio del sueño.

—¿Otra vez madrugando? —murmuró, abrazándome por detrás.

—No podía dormir más —le respondí, apoyándome en su pecho.

—¿Y eso?

—Estaba repasando las imágenes de la sesión de ayer.

—No te haces una idea de lo que me gusta verte así: con el pelo a medio recoger, con la cámara de fotos que tantas instantáneas buenas ha captado, pero, sobre todo, con mi camisa.

Nos quedamos un rato así, mirándonos sin decir nada, mientras la brisa jugaba con mi pelo y la camisa se me escapaba del hombro. Jon me colocó un mechón detrás de la oreja y sus dedos se quedaron allí, rozándome la piel.

Nos besamos despacio, sin prisa. No había música, ni público ni un karaoke esperando; solo nosotros, el mar al fondo y esa sensación serena de estar en casa. Cuando nos separamos, me miró con esa mirada suya de siempre, la que me desmonta cualquier defensa.

Levanté la cámara, apunté hacia él y volví a hacer una foto.

—¿También es para el reportaje? —protestó divertido.

—No. Esta es para mí.

—Ah, ¿sí? —preguntó curioso.

—Para mi colección personal.

—Estás coladita por mí, eh.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Fácil, porque ME LO DICE TU MIRADA.

FIN