Capítulo 44
La mañana siguiente me encontré más despierto que nunca. No había dormido apenas, aunque no por culpa del insomnio, sino por ese tipo de inquietud que te eriza la piel y te deja el corazón al borde de la taquicardia. Habíamos dejado todo preparado con Bruno y Víctor. El «gran plan de reconquista».
Mientras me afeitaba, repasaba en mi mente cada detalle: la llamada a Arantxa, el correo con el diseño del cartel de la fiesta, los mensajes cruzados para confirmar la reserva del catering y el maldito karaoke.
Bruno, emocionado, había dicho que esa era la clave.
Víctor, más escéptico, me había advertido: «No la acorrales, tío.
Ni un paso más de lo que ella te deje dar. Si te ve ansioso, la pierdes».
Yo lo sabía. Y, aun así, cada parte de mi cuerpo estaba desesperada por verla. Por escuchar su voz sin el muro del orgullo, sin la distancia, sin los silencios que nos habían separado tanto tiempo.
Salí de casa con el mismo perfume que usaba cuando estábamos juntos. Una costumbre que había intentado dejar atrás, pero que esa mañana me resultó inevitable. El olor era una especie de escudo, o tal vez una forma torpe de invocar el pasado.
De camino a la redacción, repasaba mentalmente cómo podrían desarrollarse las cosas. ¿Y si ella no aparecía? ¿Y si decidía irse antes de empezar? La sola idea me destrozaba.
El móvil vibró con un mensaje de Bruno.
Bruno:
Todo en marcha. Arantxa confirmada. Equipo animado. Ahora solo falta que no te pongas en modo drama.
Sonreí en modo drama. Qué fácil lo decía él. Si supiera cómo era sentir que tenía la sensación de estar a un paso de perderlo todo otra vez.
Pasé el resto del día intentando distraerme, sin conseguirlo. La fiesta sería al día siguiente y, aunque el ambiente prometía ser relajado, yo sentía que iba a saltar al vacío sin paracaídas.
Por la tarde fui a dar un paseo. Necesitaba aire. El otoño había empezado a teñir las calles de tonos cálidos, y cada hoja que caía me recordaba el paso del tiempo que había dejado escapar entre Mara y yo.
Me detuve frente a un escaparate. Dentro, una pequeña tienda de antigüedades exhibía una cajita de música. Giré la llave y escuché la melodía. Era «La Bella y la Bestia». Sonreí inevitablemente.
—Siempre fuiste Bella, Mara. Y está claro que yo he sido un poco la Bestia —susurré, apenas audible.
Y en ese instante entendí que todo lo que había hecho —los posavasos, el bonsái, las fotos, la carta— no eran simples gestos. Era mi manera de hablar cuando el miedo me paralizaba. Cuando lo único que sabía era que la amaba.
Volví a casa con la melodía todavía sonando en la cabeza.
Encendí el portátil y revisé los últimos detalles de la presentación que Bruno iba a proyectar antes del karaoke.
Un pase de fotos con momentos del equipo, de los viajes, de las sesiones fotográficas…
y, al final, la imagen del bonsái de Mara, la que había hecho para el curso con Peter.
Esa sería mi señal. El pequeño punto de unión entre lo que fuimos y lo que todavía, en algún rincón, quería que siguiéramos siendo.
Suspiré. Sabía que el riesgo era enorme. Que podía salir mal, muy mal, pero también sabía que había llegado al límite de su paciencia, y que, si no lo intentaba, me pasaría la vida preguntándome qué habría pasado si no lo hubiese hecho.
Me serví una copa de vino, la alcé hacia la ventana y murmuré:
—Por mañana. Por ella. Y por mí, si es que todavía queda algo que merezca la pena salvar.
Apagué la luz del salón y me quedé mirando la oscuridad, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, el miedo y la esperanza caminaban de la mano.