Capítulo 43 #2
—Sin artificios, sin símbolos que necesiten interpretación. Gesto claro, sincero, que le diga: «Estoy aquí, y no me iré hasta que lo hablemos bien».
Víctor lo pensó un momento y luego añadió:
—Y además algo que la haga sonreír. Porque me da la sensación de que Mara es de las que se derrite más con la risa que con los discursos.
Tenía razón. La recordé riéndose en la piscina, con el pelo mojado cayéndole sobre los hombros, con esa luz en los ojos que hacía que todo a su alrededor pareciera más cálido.
—Vale, entonces —dije—, necesito algo sincero, sin artificios…, y que la haga sonreír.
—Y que no implique vegetación —añadió Víctor.
—Ni mensajes encriptados en objetos cotidianos —remató Bruno.
—Perfecto —dije riendo—, me estáis dejando sin recursos.
Bruno me miró con ese gesto de hermano mayor que todo lo ve.
—No necesitas recursos, Jon. Necesitas valentía. Y coherencia.
Víctor alzó su vaso.
—Y sentido del humor. No te olvides de eso.
Asentí.
—Entonces, ¿qué proponéis?
Bruno se cruzó de brazos, pensativo.
—Tenemos que definir el plan definitivo.
—Plan definitivo —repitió Víctor, cruzándose de brazos—. Suena a película de acción, pero vale. A ver, Jon, ¿qué vas a hacer?
Suspiré.
—No lo sé. Solo sé que esta vez no quiero forzar nada. Si la busco en el trabajo o la arrincono, lo único que haré será empujarla más lejos.
Víctor asintió enseguida.
—Ahí estoy contigo. Lo del trabajo, descartado. Eso sería como meterte en su casa sin permiso. Ya dejaste claro que querías darle espacio, así que ahora no puedes aparecer por su redacción como si fueras el mensajero del amor.
—Sí, y además —añadió Bruno—, seamos sinceros: si apareces allí de improviso, delante de todos, puede sentirse incómoda o incluso traicionada. No, eso sería un error.
Me quedé pensativo, mirando la espuma del café que aún quedaba en la taza.
—Entonces, ¿qué hago?
Víctor levantó un dedo, con su típica expresión de «tengo una idea que probablemente sea mala, pero voy a decirla igual».
—Podrías…, no sé…, ofrecerte como jardinero para cuidar de los bonsáis que le regalaste.
Bruno soltó una carcajada sonora.
—Sí, claro, y de paso le haces poda emocional, ¿no?
Yo negué riendo.
—No se lo tragaría ni de broma.
Víctor se encogió de hombros.
—Ya, bueno, era una idea. Si me preguntas, creo que lo de los bonsáis fue demasiado simbólico. O sea…, bonito, sí, pero demasiado.
—¿Demasiado? —pregunté.
—Sí —dijo con tono dramático—. Un arbolito, Jon. Un árbol en miniatura. ¿De verdad? Bastante tengo yo con regar mis cactus una vez al mes como para andar alimentando una metáfora viva de tus sentimientos.
Bruno seguía riendo.
—Tiene razón, aunque me duela admitirlo. Tienes que ir por otro lado, algo que no huela a mensaje oculto ni a botánica.
—Vale, entonces descartamos trabajo y jardinería —dije alzando las manos—. Me estáis dejando sin opciones.
Bruno se quedó callado un instante, pensativo. Le conocía bien: esa mirada suya, fija en un punto invisible, siempre anunciaba que su cerebro estaba conectando piezas. De pronto, chasqueó los dedos.
—¡Eso es!
Víctor y yo lo miramos a la vez.
—¿Qué? —pregunté.
—La redacción.
—Acabas de decir que no me presente en el trabajo —recordé.
—No como intruso —aclaró, con una sonrisa traviesa—. Sino como invitado.
Víctor entrecerró los ojos.
—¿Invitado a qué?
—A una fiesta. —Bruno se incorporó, entusiasmado—. ¿Recuerdas la última que organizaron? Aquella del karaoke en la que tú y yo destrozamos Rock DJ.
Víctor soltó una carcajada.
—¿Cómo olvidarlo? Todavía me pitan los oídos.
—Eso fue una locura —añadí, sonriendo al recordarlo—. Mara no podía parar de reír.
—Exacto —respondió Bruno, señalándome con el dedo—. Esa noche se relajó, se rio, disfrutó. Ese tipo de energía es la que necesitas recuperar.
Víctor lo miró de reojo.
—Vamos a ver, ¿quieres que organicemos una fiesta en su trabajo para que Jon tenga una oportunidad de acercarse sin parecer un acosador?
—Básicamente, sí —dijo Bruno sin dudar.
—Estás loco.
—Un poco —reconoció—, pero dime que no es brillante.
Yo los miré, intentando visualizarlo: una fiesta, gente, risas y música. Un entorno donde Mara no sintiera la presión de una conversación a solas, sino la libertad de elegir si quería acercarse o no. Empezaba a tener sentido.
—No suena mal —admití finalmente—, pero… ¿cómo demonios vamos a organizar una fiesta en su redacción sin que se note que es una trampa?
Bruno sonrió.
—Ahí es donde entra nuestro querido Luis.
—¿Mi tío?
—Exacto. —Bruno asintió con aire conspirativo—. Él tiene hilo directo con Arantxa, ¿recuerdas? La jefa de Mara. Fue quien la ayudó con los primeros detalles de tus mensajes. Si alguien puede organizar algo sin levantar sospechas, es ella.
Víctor se inclinó hacia delante.
—Vale, vale, espera. ¿Me estás diciendo que vamos a reclutar a su tío y a nuestra jefa para montar una fiesta con karaoke solo para que Jon tenga una oportunidad?
—Exactamente eso.
Víctor soltó un silbido.
—Esto ya no es una operación de reconquista. Es una misión encubierta internacional.
—Y tú —le dijo Bruno—, serás el encargado de la logística.
—¿Yo? ¿Por qué yo?
—Porque conoces a medio mundo, Víctor —dije riendo—. Además, tienes el don de convencer a la gente para hacer cosas absurdas.
Él alzó su vaso.
—Touchè. Pero aviso: si acabáis otra vez cantando Robbie Williams, me retiro del equipo.
—Tranquilo, esta vez te dejo elegir canción —contestó Bruno.
El ambiente se relajó entre risas. Por primera vez desde que todo se derrumbó con Mara, me sentía animado, casi esperanzado.
—Vale, supongamos que Arantxa acepta —dije—. ¿Qué papel tengo yo en todo esto?
Bruno lo pensó un momento.
—Tu papel será estar allí, pero sin protagonismo. No la busques, no la fuerces. Deja que sea el ambiente el que os acerque. Si surge un momento, hablas con ella. Si no, esperas.
Víctor se encogió de hombros.
—Y si puedes, evita el drama. No queremos que la noche acabe en un monólogo tuyo con el micro llorando por amor.
—Lo tendré en cuenta —dije con una sonrisa ladeada.
Bruno me observó en silencio unos segundos.
—Jon, escúchame bien —dijo finalmente—. Esta no es solo una estrategia para recuperar a Mara. Es una forma de demostrarle que respetas sus tiempos, que entiendes que el amor no es insistencia, sino presencia tranquila.
Víctor asintió.
—Y si las cosas no salen como esperas, al menos sabrás que diste la cara sin atropellar su espacio.
Asentí lentamente.
—De acuerdo. Lo haremos así.
Bruno sonrió, satisfecho.
—Entonces, mañana hablaré con Luis. Él se encargará de contactar con Arantxa. En cuanto tengamos luz verde, tú y Víctor os encargáis de los preparativos. Música, decoración y el karaoke.
—¿Yo del karaoke? —preguntó Víctor.
—Claro —respondí—. Tú eres el alma de las fiestas.
—Soy el alma y el desastre —dijo riendo—, pero venga, me apunto.
Bruno levantó su vaso, aún con un fondo de cerveza.
—Por la misión imposible que vamos a convertir en posible.
Víctor lo chocó con el suyo.
—Por el amor, las segundas oportunidades y los karaokes desafinados.
Yo levanté el mío.
—Y por la esperanza —dije—. Por no rendirse.
Los tres brindamos. El sonido de los vasos se mezcló con la música del bar, con las risas de fondo, con el rumor de una noche que ya olía a cambio.
Sabía que no sería fácil, pero por primera vez en mucho tiempo, tenía un plan que no dependía de la suerte ni del miedo.
Mientras salíamos del bar, Bruno metió las manos en los bolsillos y dijo:
—¿Te das cuenta, Jon? Esta fiesta podría ser el punto de inflexión.
Víctor lo miró divertido.
—O el mayor desastre social desde el karaoke de Rock DJ.
—En cualquiera de los dos casos —contesté sonriendo—, valdrá la pena intentarlo.
Y al caminar hacia el coche, con el eco de sus risas detrás de mí, supe que esa noche, por primera vez, el miedo ya no me acompañaba, solo la determinación de ganarme el derecho a empezar de nuevo.