Me lo dice tu mirada Capítulo 43
80%

Capítulo 43

Sus palabras se quedaron suspendidas en el aire, como si el tiempo se hubiera detenido para que solo resonaran aquellas. No fueron gritos, no fue rabia ni siquiera reproche. Fue peor: fue verdad. Una verdad tan clara y limpia que me atravesó sin anestesia.

Me quedé ahí, frente a ella, intentando sostener su mirada y al mismo tiempo deseando huir de ella.

Porque en esos ojos, los mismos que durante años fueron mi refugio, ahora solo había cansancio.

Un cansancio profundo, que venía del alma.

Y, sin embargo, aún detrás del dolor, seguía brillando algo…

, no sé si era amor, o simplemente el recuerdo de él.

No dije nada. No podía. No había palabras que sirvieran, no después de todo lo que había hecho. Solo la miré. Y esa mirada fue una súplica muda. «Dime qué tengo que hacer. Dime cómo arreglo esto».

Pero ella ya lo había hecho. Me lo había dicho.

Y lo que me pidió no fue fácil. No era algo que se pudiera comprar, ni improvisar ni prometer.

Lo que me estaba pidiendo era que me reconstruyera.

Que fuera alguien en quien ella pudiera volver a creer, no porque se lo dijera, sino porque lo demostrara.

Y eso dolía. Dolía porque me hizo darme cuenta de que, en el fondo, por mucho que hubiera cambiado en los últimos años, todavía seguía siendo el mismo hombre que un día huyó.

Respiré hondo, o lo intenté. El aire me quemaba los pulmones.

Ella seguía ahí, a pocos pasos y, sin embargo sentía que estaba a kilómetros de distancia.

Su cuerpo tenso, su expresión contenida, esa forma de abrazarse a sí misma como si temiera romperse…

Todo en ella gritaba que aún le dolía, que aún la afectaba.

Y eso, de un modo retorcido, fue mi único alivio: que todavía no le era indiferente.

—Mara… —susurré, apenas un hilo de voz.

Pero ella bajó la mirada, cerrando los ojos como si necesitara fuerza para no derrumbarse.

El silencio que se formó entre nosotros era tan espeso que podía oír mi propio corazón latir.

Intenté acercarme, solo un paso. No más. Ella no se movió, pero tampoco retrocedió. Y eso fue suficiente para mí.

—Te prometo… —empecé, pero me detuve, porque ya no quería prometer. Ya no quería usar palabras vacías.

Las promesas son fáciles. Lo difícil es sostenerlas. Así que simplemente la miré, con todo lo que no me atrevía a decir. «Lo haré, aunque no me creas todavía. Aunque no me esperes».

Ella inspiró profundamente, como si quisiera dar por terminada la conversación. Y su voz, cuando habló, fue firme pero quebrada:

—No me digas nada más, Jon. Ahora no. No quiero escucharte.

Y se dio media vuelta, caminando hacia la puerta. La vi alejarse otra vez. Otra maldita vez. Pero esta vez no me alejaría como hace tres años. No la seguí. Solo la observé marcharse con el alma hecha un nudo, sabiendo que no podía forzar lo que debía nacer de nuevo.

Cuando la puerta giró dejándola a ella dentro, todo el ruido del mundo se apagó. Sentí el eco de su dolor resonar dentro de mí, como si acabara de sellarse un juramento: no volver a perderla.

Me quedé un rato allí, quieto, sin saber si llorar o gritar.

Mis manos temblaban, la garganta se me cerraba y lo único que pude hacer fue hundir la cara entre ellas, intentando respirar.

Tenía miedo y esperanza a partes iguales.

Tenía de todo menos certezas. Y, aun así, entre toda esa confusión, lo supe con claridad absoluta: si lo que ella necesitaba de mí era verdad, constancia y valor, entonces eso le iba a dar. Aunque me costara el alma.

Salí de allí sin saber muy bien cómo. No recuerdo si le dije adiós.

Solo sé que, cuando mis pies comenzaron a andar, caminé sin rumbo durante un buen rato.

No quería pensar, pero a cada paso que daba, mi mente me devolvía su voz, sus ojos, sus palabras como un eco implacable: «Necesito poder confiar.

Necesito que tus actos hablen por ti». Actos, no palabras.

Y yo había vivido de palabras toda mi vida.

Promesas, disculpas, justificaciones. Pero los actos… esos me habían condenado.

Me metí las manos en los bolsillos. La ciudad bullía a mi alrededor, pero yo me sentía como si caminara dentro de una pecera: viendo todo desde fuera, sin poder participar.

Pasé junto a un escaparate y vi reflejado a un tipo ojeroso, con los hombros caídos y la mirada perdida. Tardé un segundo en reconocerme.

Saqué el móvil y abrí el chat de Bruno.

¿Tienes un rato para tomar algo? Necesito aire.

La respuesta no tardó en llegar.

Bruno:

Estoy con Víctor. Vente. Te hace falta.

Sonreí con cierta ironía. Por lo visto, mi desastre emocional se notaba a distancia.

Me dirigí hacia el bar donde habíamos quedado. Caminé despacio, intentando ordenar las ideas. Mara tenía razón: había huido cuando más debía quedarme. Y ahora quería que confiara en mí, cuando yo había sido el primero en romper esa confianza. ¿Cómo se reconstruye algo así? No tenía ni idea.

A medio camino, el móvil vibró otra vez. Era un mensaje de Luis.

Luis:

¿Cómo ha ido?

Lo miré un momento antes de responder.

Duro, pero necesario.

Luis:

Eso significa que aún hay algo que salvar.

Eso espero.

Guardé el teléfono. No tenía fuerzas para seguir hablando. Necesitaba desconectar, aunque fuera un poco, y si alguien sabía hacerme bajar de la nube de mi propio drama, ese era Bruno… o Víctor con su sarcasmo bien apuntado.

Cuando llegué al bar, los vi a través del ventanal. Estaban en una mesa del fondo. Bruno con su pose de tipo tranquilo, brazos cruzados, y Víctor moviendo las manos al hablar, seguramente contando alguna anécdota absurda.

Por un momento dudé en entrar. Parte de mí quería seguir caminando hasta desaparecer. Pero la otra —la que aún creía en que se puede reparar lo roto— empujó la puerta.

El murmullo del local me envolvió. El olor a café y madera, la música suave de fondo. Bruno fue el primero en verme. Asintió sin decir nada, como si ya supiera que traía el alma hecha trizas.

Víctor me miró y levantó las cejas:

—Menuda cara, macho. Si eso es el reflejo del amor, que no cuenten conmigo.

Solté una risa cansada, sin ganas, pero agradecí el intento. Me senté frente a ellos.

—Necesitaba veros —admití—. Ha sido…

—Una conversación intensa, imagino —añadió Bruno, con esa calma que siempre usaba cuando intuía que estaba a punto de derrumbarme.

Asentí.

—Me ha dicho que necesita poder confiar en mí… y tiene razón. Le fallé, una y otra vez. No supe quedarme cuando debía ni explicarle nada cuando me fui. Y ahora…, ahora no sé cómo hacerlo bien.

Víctor se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa.

—Bueno, lo primero es no hacer más daño intentando arreglarlo. Ya tienes bastantes puntos negativos en tu marcador.

—Gracias, siempre tan alentador —ironicé.

Bruno sonrió de lado.

—Lo que Víctor quiere decir —intervino mi amigo, buscando suavizar la conversación—, es que, si de verdad quieres recuperarla, tendrás que hacerlo con paciencia. No puedes pretender que una herida de tres años se cure con un par de disculpas y una carta.

Me quedé en silencio, girando el vaso entre las manos. Tenían razón. Ambos. Y, aunque las palabras de Mara seguían doliéndome, también entendí que, por primera vez, tenía un propósito claro: reparar. No solo recuperar su amor, sino devolverle la paz que yo le quité.

Bruno me observó con esa mirada que parecía leerme por dentro.

—¿Sabes qué es lo bueno de todo esto, Jon? —dijo, con tono reflexivo—. Que por fin la estás escuchando. No solo oyendo, escuchando de verdad. Y eso, créeme, ya es un paso enorme.

Levanté la vista hacia ellos y sonreí, con esa mezcla de cansancio y esperanza que se me había instalado en el pecho.

—Gracias por no mandarme a la mierda todavía.

—Tranquilo —replicó Víctor—, si sigues haciendo méritos, siempre estamos a tiempo.

Reímos los tres y, por primera vez en horas, sentí que podía respirar.

—Bueno —dijo Bruno, dejando el vaso sobre la mesa con un golpe seco—, después de este brindis, toca lo importante. Vamos a elaborar el plan definitivo.

Víctor se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa como si estuviéramos en una junta de emergencia.

—Así que, Jon, ¿qué vas a hacer?

Me quedé mirándolos un segundo. Víctor, con una ceja arqueada y esa sonrisa medio burlona; Bruno, serio, atento, como si de verdad creyera que estábamos a punto de iniciar una misión especial.

—No lo sé —confesé al fin—. Mejor dicho, sé lo que quiero, pero no cómo hacerlo.

—Bien —intervino Bruno con tono pragmático—, empecemos por ahí. ¿Qué quieres exactamente?

Suspiré.

—Quiero que me perdone. Que me escuche sin que la rabia la bloquee. Quiero demostrarle que esta vez no pienso desaparecer, que estoy dispuesto a hacer las cosas bien.

Víctor levantó un dedo.

—Vale, suena bonito, pero muy general. Vamos a concretar, Romeo. Porque el universo no premia las buenas intenciones si no hay acción.

—Gracias, coach —ironizó Bruno.

—Eh, tú me has traído para esto —replicó Víctor encogiéndose de hombros—. Soy el toque de realidad.

Yo negué con la cabeza, sonriendo apenas.

—Mara no quiere verme. Me dejó claro que necesitaba espacio y, cuando lo intenté, la cagué.

Bruno asintió lentamente.

—Entonces, hay que encontrar una forma de estar presente sin presionar. Que sienta que sigues ahí, pero sin que parezca que la persigues.

—Exacto —añadió Víctor—, lo tuyo no puede parecer acoso romántico. Tiene que ser más… sutil.

—¿Sutil? —arqueé una ceja.

—Sí, algo así como una estrategia ninja del amor —respondió, totalmente serio—. Sigue dejando señales, pequeños recordatorios de que existes, pero sin invadir su espacio vital.

Bruno bufó.

—Por favor, no le digas ninja del amor. Bastante tiene ya con sus bonsáis.

Víctor se rio con ganas, mientras yo escondía la cara entre las manos.

—Vale, vale. Pero escuchad —dije, recomponiéndome—, no quiero juegos. Quiero verdad. Si hago algo, tiene que ser desde la honestidad.

Bruno asintió, satisfecho.