Me lo dice tu mirada Capítulo 45
85%

Capítulo 45

Había pasado una semana desde que Jon me confesó todo lo que había hecho para llegar a mí sin estar presente físicamente y desde que le fui totalmente sincera y le dije lo que realmente necesitaba de él.

Siete días exactos sin señales, sin sobres, sin regalos escondidos, sin notas misteriosas ni coincidencias sospechosamente bien orquestadas.

Por primera vez en días, el silencio parecía haberse instalado en mi vida, y aunque al principio me resultó extraño, terminé agradeciendo aquella tregua emocional.

La redacción había recuperado su ritmo habitual, o al menos eso intentaba aparentar, porque en realidad se había convertido en un auténtico caos.

Arantxa, de pronto y por sorpresa para todos, nos había enviado un e-mail con una invitación a una fiesta en un local cercano a las oficinas para celebrar el balance positivo del primer semestre de la revista y, desde ese momento, el edificio se transformó en un pequeño hervidero de entusiasmo, estrés y ruido.

Los pasillos, que normalmente olían a café y sonaban a teclados y murmullos, ahora eran un desfile constante de risas, corrillos improvisados y discusiones sobre decoración, música y temática.

La energía era tan contagiosa que, a ratos, incluso yo me dejaba arrastrar por ella…

, aunque la mayor parte del tiempo prefería observar desde fuera, como quien mira una película ajena.

No era que no quisiera divertirme, simplemente, estaba cansada.

Las últimas semanas habían sido un caos.

Emocionalmente hablando, estaba exhausta.

Había pasado por múltiples etapas; de la sorpresa al enfado, del reproche al desconcierto, del querer entender al querer olvidar.

Y justo cuando empezaba a acostumbrarme a esa montaña rusa, Jon aparece de nuevo para revolverme.

Tras todo lo que me confesó lo lógico habría sido sentir emoción, pero no fue del todo así.

Me sentí abrumada. Una vez llegué a mi casa, me permití poder sentarme en el sofá y, con algo más de calma, analizar todo lo que me había dicho y lo que implicaban esos días atrás con esos regalos, detalles y mensajes.

En silencio me admití a mí misma que había estado trabajando en no desaparecer y dándome espacio a la vez.

Lo hizo bien, pero no podía admitírselo todavía.

Era como si mi mente aún esperara el siguiente movimiento, la siguiente prueba de que seguía ahí, insistiendo, intentando acercarse.

Pero no llegó. Lo que me decepcionó un poco, si era honesta conmigo misma.

El silencio, que al principio me pareció un descanso, poco a poco empezó a sonar como un eco incómodo.

Sabía que tenía que aprovechar esa calma para analizar bien todos los pasos que él había dado sin yo ser del todo consciente.

Pero también necesitaba volver a centrarme en mí, en mi trabajo, en mi vida.

Así que decidí esperar, ser paciente a su siguiente movimiento y mientras tanto, me concentré en la redacción, en mis fotos, en cumplir plazos, en no pensar demasiado.

Víctor, como era de esperar, se había autoproclamado presidente del comité de organización de la fiesta. Lo veía recorrer los pasillos con una libreta en la mano y un bolígrafo en la boca, dando instrucciones a todo el mundo con la autoridad de un general en campaña.

Cuando entró en mi despacho, no pude evitar sonreír.

—No me digas nada —dijo antes de que pudiera abrir la boca—. Ya sé que prometí mantenerme al margen, pero tú sabes cómo es Arantxa. Le dices que no y te suelta esa sonrisa suya de «ah, qué gracioso, si crees que tienes elección».

Me eché a reír.

—No te preocupes. Ya me imaginaba que ibas a caer. Eres incapaz de resistirte a un buen evento. Ya me encargo yo si eso de todo el trabajo por el que nos pagan lo mismo a los dos, ¿eh?, no te preocupes.

Víctor alzó una ceja y me señaló con el boli.

—Te recuerdo que tú también tienes que venir, ¿eh? Que no me vale eso de «me duele la cabeza» o «tengo que editar fotos».

—No te prometo nada —le contesté, aunque por dentro sabía que probablemente acabaría yendo.

—Hazlo por mí —añadió él con su mejor cara de súplica—. Necesito a alguien cuerdo entre tanto loco.

—Si yo soy tu opción más cuerda, estamos apañados…

—De normal no lo eres, pero ahora mismo creo que podrías estar acercándote un poco.

Rodé los ojos y asentí.

—Vale, vale. Pero solo porque sé que me vas a dar la lata si no lo hago.

Mi amigo sonrió victorioso y se fue de allí bailando un paso improvisado, como si acabara de ganar una batalla.

Me quedé mirando por la ventana unos segundos. Fuera, el cielo estaba encapotado, con esa luz gris que parecía esconder algo. Me gustaban los días así, porque podía fantasear con lo que estarían haciendo los ángeles detrás de esas nubes.

Arantxa apareció poco después por la puerta, tan radiante como siempre.

—¿Todo bien con las fotos del número de octubre? —preguntó, apoyándose en el marco.

—Casi listas —respondí, sin apartar la vista del monitor.

—Perfecto. Y espero verte el viernes, ¿eh? Que no se admiten excusas.

Le sonreí con esa sonrisa profesional que se me daba tan bien.

—Ahí estaré.

—Sabía que podía contar contigo, cielo —dijo, guiñándome un ojo antes de desaparecer de nuevo en el pasillo.

Cuando se fue, solté un suspiro largo. No podía negarlo: parte de mí temía ese evento.

Las fiestas eran territorio peligroso. Demasiada gente, demasiadas conversaciones forzadas, demasiados recuerdos a los que prefería no darles espacio.

Pero al mismo tiempo, una vocecita dentro de mí me decía que tal vez lo necesitaba.

Que tal vez era momento de volver a respirar un poco, de dejar que la vida siguiera su curso.

Abrí el correo y vi la invitación oficial al evento. El asunto decía:

«¡Gran fiesta de la revista! Karaoke, risas y sorpresas».

Fruncí el ceño al leer la palabra sorpresas. Conociendo a Víctor, eso podía significar cualquier cosa.

Suspiré y cerré el correo. Había tenido suficientes sorpresas últimamente como para confiarme.

Aquel día trabajé hasta tarde, editando fotografías hasta que mis ojos empezaron a escocerme.

Cuando por fin me levanté de la silla, me quedé mirando mi reflejo en el cristal de la ventana.

No me reconocía del todo. Había algo distinto en mi mirada, algo cansado, pero también más sereno.

Quizá, después de todo, el silencio también servía para eso: para poner las cosas en su sitio.

Esa noche, mientras me desmaquillaba, tarareé una canción sin darme cuenta. Cuando reconocí cuál era, solté una carcajada. Rock DJ.

—Qué ironía… —murmuré antes de apagar la luz.

Y me fui a dormir pensando que, tal vez, aquella fiesta no sería tan mala después de todo.