Capítulo 41
El día siguiente amaneció más luminoso que los anteriores.
Una claridad dorada se colaba por las cortinas y me obligaba a entrecerrar los ojos incluso antes de salir de la cama.
Sin embargo, mi ánimo no acompañaba a la luz.
Había dormido mal, inquieta, soñando con hojas verdes y troncos retorcidos, como si aquel bonsái escondido en mi mesa hubiera echado raíces en mis pensamientos.
Me vestí sin pensar demasiado y salí rumbo al bar. Desde la esquina ya los vi: Víctor con su chaqueta abierta, haciendo aspavientos mientras hablaba, y Lorena, con la barbilla apoyada en la mano, escuchándolo con paciencia resignada.
—Buenos días, dormilona —saludó Víctor al verme—. Hoy traigo material para el artículo: el camarero me ha contado que cada día nos ponen los posavasos con frases distintas a propósito, ¡como si nos conociera!
—O como si fuera brujo —añadió Lorena, divertida.
Dicho y hecho. Enseguida llegó con nuestras tazas. Y, cómo no, debajo de cada una había un nuevo mensaje.
El mío decía: « Confía en lo que sientes, aunque no sepas explicarlo ».
Lo leí en silencio, tragando saliva. Otra vez esa punzada directa, como si alguien hubiera metido la mano en mi pecho.
El de Lorena rezaba: « La disciplina es el puente entre metas y logros ».
—Perfecto —dijo ella, sonriendo—. Justo lo que necesito para terminar el dichoso artículo sin procrastinar.
El de Víctor, en cambio, era más ligero: « Sonríe, y el mundo sonreirá contigo ».
—¿Lo veis? —dijo, alzando la taza como si hiciera un brindis—. ¡El universo reconoce mi vocación natural!
Lorena y yo reímos, agradeciendo que él siempre encontrara el lado cómico de todo.
Yo, mientras tanto, no podía apartar la vista de mi posavasos.
« Confía en lo que sientes, aunque no sepas explicarlo » .
¿Acaso no era justo eso lo que me estaba atormentando?
Ese cúmulo de sensaciones para las que no encontraba palabras para compartir, ni siquiera con mis amigos.
Terminamos los cafés y cruzamos la calle. El ascensor estaba lleno, así que subimos por las escaleras entre bromas y comentarios sobre la jornada que nos esperaba.
Al llegar a la redacción, nos encontramos con un ambiente distinto: en la mesa de entrada había una cesta de mimbre llena de sobres blancos, todos con nuestros nombres escritos a mano.
—¿Pero esto qué es ahora? —preguntó Lorena, intrigada.
Arantxa apareció desde su despacho, sonriendo.
—Un detalle del equipo de marketing de una editorial con la que vamos a colaborar. Quieren motivarnos: cartas personalizadas.
Víctor ya había abierto la suya y la leía en voz alta con tono melodramático:
—«Estimado Víctor: el mundo necesita tu mirada para descubrir su belleza». ¡Ja! ¡Por supuesto que sí!
Las risas se extendieron por la sala.
Yo abrí la mía en silencio. El papel era sencillo, la caligrafía limpia.
El texto no parecía distinto al de los demás: una frase inspiradora, genérica, sobre creatividad y pasión.
Pero al final de la página, en la esquina inferior derecha, apenas perceptible, había una palabra escrita con trazo distinto, más íntimo, como añadida después: «Recuerda».
Un escalofrío me recorrió. Guardé la carta en mi carpeta con gesto rápido, antes de que Lorena o Víctor pudieran curiosear. Me forcé a sonreír y a fingir normalidad, pero el nudo en mi estómago crecía. No era casualidad. Otra vez, esa palabra.
El bullicio de la redacción me resultaba insoportable. Cada clic de teclado, cada carcajada de fondo, cada llamada que sonaba en otro escritorio se me clavaba como un martillo en la sien. No podía concentrarme.
Aproveché un momento en que mis amigos estaban entretenidos en la sala de reuniones para escabullirme a mi pequeño despacho. Cerré la puerta con suavidad y apoyé la espalda en ella. El silencio, por fin.
Me senté frente al escritorio. Abrí el cajón y saqué la libreta verde turquesa. Pasé las páginas hasta esas marcas invisibles que ya conocía de memoria: Mara, recuerda lo mucho que TE QUIERO. Cerré los ojos. Sentí un nudo en la garganta.
Tras unos minutos, dirigí la vista hacia un lado específico de mi mesa.
Allí estaba el bonsái real, no el que yo retraté hace años para el curso con Peter, sino el que Arantxa nos había entregado como regalo de un cliente.
Tan vivo, tan parecido al de Jon, que parecía observarme, exigiéndome una respuesta.
Por último, saqué la carta que esa mañana había llegado en la cesta de mimbre. La desplegué sobre la mesa, y mis ojos se fueron directos a la palabra escrita a mano en la esquina inferior: Recuerda.
Me quedé mirándolo todo: la libreta, la foto, el bonsái, la carta. Era como si cada pieza se hubiera colocado estratégicamente delante de mí, como si el universo entero me gritara lo que yo llevaba semanas intentando callar.
No podía seguir fingiendo. No podía seguir escondiéndome detrás de sonrisas automáticas con Lorena y Víctor ni refugiándome en excusas.
Sentí un calor repentino en el pecho, mezcla de miedo y de decisión.
De un impulso, guardé la libreta y la carta en el bolso.
Tomé el móvil con la mano derecha y la foto del bonsái con la izquierda.
Respiré hondo. Me levanté, recogí el abrigo del respaldo de la silla y salí del despacho sin mirar atrás.
Atravesé la redacción con paso firme. Víctor me saludó desde la sala de reuniones levantando la mano, y yo apenas logré devolverle una sonrisa.
Lorena me lanzó una mirada interrogante, pero tampoco me detuvo.
En cuanto crucé la puerta giratoria del edificio y el aire frío de la calle me golpeó la cara, supe que no había vuelta atrás.
Saqué el móvil del bolso. La pantalla brilló con los nombres de mis contactos. Mi pulgar temblaba al recorrerlos, pero se detuvo donde sabía que iba a hacerlo: Jon.
Me quedé unos segundos mirando su nombre en la pantalla. El corazón me golpeaba fuerte, como si quisiera escaparse de mi pecho.
Inspiré hondo, apreté los dientes y marqué el número. El timbre empezó a sonar al otro lado de la línea. Y yo, de pie en mitad de la acera, con el bolso colgado del hombro y las manos temblando, me sentí suspendida en ese instante donde todo podía cambiar.
El timbre sonó una vez. Dos. Tres. Por un momento pensé que no iba a responder, que iba a quedar en el buzón de voz y podría engañarme diciendo que al menos lo intenté. Pero en el cuarto tono escuché un clic, y después su voz.
—¿Mara?
Me quedé muda. Su nombre en mis labios se negó a salir, pero su voz atravesó la distancia como una descarga eléctrica. No la recordaba tan cercana, tan inmediata.
—Soy yo —logré decir, con un hilo de voz.
Hubo un silencio breve, espeso, donde solo se escuchaba el murmullo de la ciudad a mi alrededor y su respiración al otro lado de la línea.
—Pensé que no volverías a llamarme nunca —dijo al fin, con una mezcla de alivio y cautela.
Tragué saliva.
—Yo también lo pensé.
Otro silencio. Esta vez, yo no lo esquivé. Me sostuve en él, como si fuera un puente que debíamos cruzar los dos.
—He visto… —mi voz tembló, pero continué—, he visto las cosas que han llegado: la libreta, las fotos, la carta de hoy.
No lo negaba. No intentaba disimular. Él respiró hondo antes de responder.
—No quería asustarte. Solo recordarte.
Cerré los ojos. La palabra me golpeó de nuevo: recuerda .
—¿Por qué ahora, Jon? —pregunté con un tono que salió más dolido de lo que pretendía.
—Porque el silencio se me estaba haciendo insoportable —confesó—. Y porque sé que he perdido mucho tiempo, Mara. Tiempo que no sé si puedo recuperar, pero tenía que intentarlo.
Me apoyé en la pared fría de un edificio, buscando sostén. La calle bullía a mi alrededor, pero yo estaba en otro lugar, atrapada en esa voz que seguía teniendo el poder de descolocarme.
—No puedes aparecer de esta manera —susurré—. Con mensajes, con símbolos, con objetos que me persiguen.
—No sabía cómo acercarme sin herirte —dijo—. Pero tampoco podía quedarme quieto.
Quise responder con rabia, pero lo que salió fue un suspiro quebrado.
—Jon…, estoy cansada. Muy cansada.
—Lo sé —dijo suavemente—. Y si me dejas, quiero que al menos no cargues con ese cansancio sola.
Las lágrimas me ardieron en los ojos. Me quedé callada, respirando al compás de su silencio.
—El verde siempre te favorecía —dijo de pronto Jon, con una calma inquietante—. Hacía que tu cara se iluminara más.
Me quedé inmóvil, paralizada.
—¿Cómo dices? —pregunté, con la voz entrecortada.
Él no dudó ni un segundo.
—Me encantaba cuando te hacías esos recogidos en el pelo, con el moño atrás. Te daban un aire tan tuyo…, tan imposible de olvidar.
Sentí que las piernas me temblaban. Me llevé una mano instintivamente a la nuca, como si pudiera comprobar que, en efecto, llevaba el pelo recogido en un moño apresurado esa mañana. Un escalofrío me recorrió la espalda.
Miré a mi alrededor, con el corazón golpeando fuerte. La calle bullía de gente, coches que pasaban, motos que zumbaban. Pero en ese instante, cada sombra, cada esquina, cada reflejo en los escaparates me parecía sospechoso.
—¿Dónde estás, Jon? —susurré, girando sobre mí misma, buscando su silueta entre la multitud.
El silencio en la línea me pareció aún más atronador que cualquier palabra. El silencio se alargó unos segundos que me parecieron eternos. Yo seguía girando, con la respiración entrecortada, el corazón golpeando como si quisiera escaparse del pecho.
Y entonces lo escuché, ya no solo en el auricular, sino a mi espalda, tan cerca que la piel se me erizó.
—Estoy aquí, esperándote, el tiempo que haga falta.
Me quedé helada. Bajé despacio el teléfono y lo aparté de la oreja, sin atreverme todavía a girarme.
La gente pasaba a mi lado, ajena a todo, como si el mundo no se hubiera detenido.
Inspiré hondo, reuní valor, y poco a poco giré sobre mis talones.
Allí estaba, de pie, a pocos metros, con las manos en los bolsillos y esa mirada que me conocía mejor que yo misma.
Su sola presencia me desarmó, como si los meses de silencio se hubieran desvanecido de golpe.
El murmullo de la ciudad se volvió un ruido lejano, irrelevante. Todo mi cuerpo temblaba, dividido entre las ganas de salir corriendo y el impulso de acortar la distancia que nos separaba.
No pude pronunciar palabra. Solo lo miré, con el móvil aún en la mano, como si fuera la única prueba de que lo que estaba ocurriendo era real.
Él dio un paso hacia mí, sin apartar los ojos de los míos.
—Hola, Mara —dijo, con esa voz que me hacía arder y enfriar al mismo tiempo.