Me lo dice tu mirada Capítulo 40
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Capítulo 40

Desperté mucho antes de que sonara el despertador.

El cielo, aún oscuro, se filtraba tímido por las rendijas de la persiana.

Había dormido a trompicones, dando vueltas entre las sábanas como si buscara una posición donde las palabras no me persiguieran.

Pero no hubo escapatoria: «Mara, recuerda lo mucho que TE QUIERO».

Las cuatro líneas del cuaderno habían estado conmigo toda la noche, como un murmullo obstinado.

Me levanté despacio, casi de puntillas dentro de mi propia casa, como si no quisiera despertarme del todo.

El café burbujeó en la cafetera emanando su aroma familiar, pero ni siquiera ese ritual me trajo la calma.

Miraba el reloj con impaciencia, deseando llegar al bar y, al mismo tiempo, temiendo que mis amigos notaran en mis ojos el desorden que cargaba.

El aire de la mañana estaba fresco, con ese olor a pan recién horneado de la panadería de la esquina.

Crucé la calle hacia el bar, intentando poner en mi rostro una expresión neutra.

Desde fuera, los vi ya en nuestra mesa: Víctor gesticulando como siempre, Lorena escuchándolo con una mezcla de paciencia y sorna.

Al entrar, el camarero apenas necesitó una seña para traernos los cafés. Y, como ya parecía un ritual secreto, cada taza venía acompañada de un nuevo posavasos.

Los tres los miramos al mismo tiempo.

El mío decía: «Ten el coraje de hacer lo que dice tu corazón». El aire se me atascó en la garganta. Era como si alguien hubiera hurgado directamente en mi dilema, en esa batalla muda entre lo que sentía y lo que me obligaba a callar.

El de Lorena rezaba: «Atrévete a empezar, lo difícil ya es continuar». Ella sonrió con satisfacción.

—Pues mira, esto sí que me lo voy a tomar en serio. Llevaba semanas pensando en inscribirme en un curso de fotografía nocturna y nunca daba el paso.

—Primero se empieza con la diurna —le dije con guasa. Me sorprendió que quisiera adentrarse en el mundo de la fotografía.

—Fotografía nocturna —repitió Víctor, levantando las cejas—. Prepárate, que pronto tendremos a Lorena cazando estrellas como si fueran mariposas.

Ella le lanzó una servilleta al rostro, y los tres reímos.

El suyo decía: «Hazlo sencillo, hazlo divertido».

—¿Veis? —dijo, levantando el posavasos como si fuera un brindis—. El universo confirma que mi misión en esta vida es entreteneros.

—No, tu misión es hacer el payaso —lo corrigió Lorena, pero con cariño.

Yo sonreí con ellos, aunque por dentro la frase de mi posavasos seguía clavada. «Ten el coraje de hacer lo que dice tu corazón». ¿Y si no tenía ese coraje? ¿Y si lo que me dictaba el corazón era precisamente lo que más temía?

Removí el café con lentitud, refugiándome en el vaivén de la cucharilla. Lorena me observó de reojo, sin decir nada. Esa era su forma de dejar la puerta abierta: no me presionaba, pero me hacía sentir que podía hablar cuando quisiera.

Víctor, mientras tanto, seguía inventando teorías absurdas:

—Seguro que el dueño del bar es un coach motivacional infiltrado. O peor, que están grabando un reality secreto con nuestras reacciones.

Yo bajé la vista hacia mi taza. Intenté convencerme de que todo era coincidencia, pero en el fondo, sabía que no.

Cruzamos la calle hacia la redacción con el aroma del café todavía impregnado en la ropa.

Víctor seguía haciendo bromas sobre su posavasos asegurando que, a partir de ese día, cada momento sería «un momento instagrameable» y que deberíamos contratarle un fotógrafo personal para documentar su grandeza cotidiana.

Lorena lo pinchaba con comentarios irónicos, y yo asentía de tanto en tanto, agradecida de que su ligereza sirviera de ruido de fondo contra mis pensamientos.

En el ascensor, el silencio se impuso por un momento. Sentí el pulso acelerado, como si algo estuviera a punto de suceder. Y no me equivocaba.

Cuando llegamos a nuestra planta, lo primero que vimos fue un paquete rectangular, envuelto en papel marrón y con un lazo discreto, colocado justo en la mesa de entrada, donde todos los envíos quedaban a la vista.

—¿Otra sorpresa? —preguntó Lorena, arqueando las cejas.

Arantxa apareció en ese momento, móvil en mano, y al ver el paquete frunció el ceño.

—No estaba en la lista de entregas de hoy, pero lleva nuestra planta como destino.

Lo levantó con esfuerzo, lo colocó sobre una mesa y retiró el papel marrón. Debajo, una caja negra con una caligrafía dorada en la tapa: «Para inspirar nuevas miradas».

Un murmullo recorrió la redacción. Clara se acercó de inmediato, intrigada. Víctor, como siempre, fue el primero en romper el precinto y abrir la caja.

Dentro, cuidadosamente alineadas sobre una tela de terciopelo, había varias fotografías impresas en gran formato.

Paisajes costeros, retratos de viajeros, calles empedradas con juegos de luces y sombras.

Imágenes potentes, profesionales, de esas que parecen capaces de contar una historia sin necesidad de palabras.

—¡Guau! —dijo Lorena, tomando una en sus manos—. Estas son increíbles.

Víctor silbó, impresionado.

—Quién fuera el fotógrafo…

Yo me quedé paralizada. Reconocí al instante el estilo.

Esa manera de capturar el instante, ese enfoque que parecía acariciar la realidad en lugar de imponerla.

Entre las imágenes, descubrí una más pequeña, casi escondida entre los bordes de cartón que las protegían.

La saqué con cuidado. No era un paisaje ni un retrato.

Era una fotografía de un bonsái, iluminado por un rayo de luz que entraba desde una ventana.

El mismo bonsái que Jon tenía en su casa.

El corazón me dio un vuelco tan fuerte que tuve que apartar la vista.

Lo reconocí al instante por la forma peculiar de las ramas, por la maceta rectangular con una pequeña astilla en un lateral, incluso por la luz que entraba de la ventana. Y porque esa foto la había hecho yo.

—¿Quién habrá mandado esto? —preguntó Arantxa, examinando la caja con gesto serio pero satisfecho—. Sea quien sea, es un material espectacular.

—Quizá el mismo cliente de los bonsáis —sugirió alguien.

—Son de Peter —susurré, casi sin darme cuenta.

—¿Peter? —repitió Clara, curiosa.

—Es un fotógrafo de Guadalajara. Muy reconocido. Tuve el placer de hacer un curso con él hace unos años.

Los demás me miraron con sorpresa.

—¿Y no nos habías contado nada? —preguntó Víctor, con una sonrisa burlona—. Vaya, vaya, nuestra Mara codeándose con celebridades y sin avisar.

Me encogí de hombros, sintiendo un calor suave en las mejillas.

—Fue un curso corto, muy especial, en el que aprendí mucho.

Arantxa asintió, impresionada.

—Pues parece que alguien se ha tomado la molestia de compartir parte de su trabajo con nosotros. Es material de altísimo nivel.

Lo recordé claramente: era una de las prácticas del curso con Peter. Nos pidió buscar un objeto cercano que tuviera valor personal y trabajar la composición, la luz, el enfoque. Yo había elegido aquel bonsái en casa de Jon, una tarde en la que aún me creía capaz de atrapar su calma con la cámara.

Sentí un escalofrío recorrerme los brazos. La foto había acabado en manos de Peter, como parte del material del taller, y ahora había regresado, años después, a esta redacción. Como si el tiempo hubiera cerrado un círculo a mis espaldas.

Guardé silencio, aferrando la fotografía con fuerza, hasta que Lorena se asomó por encima de mi hombro.

—Es preciosa —dijo, sin saber lo que significaba para mí.

Tragué saliva.

—Fue una práctica del curso —respondí con voz queda.

Ella me miró con sorpresa y sonrió.

—¿Tú la hiciste? ¡Mara, está genial!

Me forcé a sonreír, aunque por dentro estaba hecha un torbellino. No era solo una foto. Era un recuerdo congelado en papel. Y ahora estaba allí, frente a todos, como una puerta abierta a lo que tanto me esforzaba por mantener cerrada.

Lo único que escuchaba en mi interior era el eco de esa tarde en la que había tomado la foto. La voz de Jon, riendo mientras yo buscaba el ángulo perfecto. Y esa sensación amarga de que, aunque quisiera esconderlo, siempre encontraba la forma de volver a mí.

Tomé entre mis manos una fotografía de una calle empedrada iluminada por faroles antiguos. La composición era impecable, pero lo que más me conmovió fue la sensación de calma que transmitía. Recordé a Peter, con esa voz pausada, explicando que una buena foto no debía gritar, sino susurrar.

«Una foto bien hecha se queda contigo, aunque cierres los ojos.» Me vino a la mente una de sus frases.

Víctor, ajeno a la solemnidad del momento, levantó una foto de un acantilado y la sostuvo en alto.

—Pues si este hombre me hace parecer tan guapo como este paisaje, que me retrate cuando quiera.

Las carcajadas aliviaron mi tensión interna. Aunque me quedé unos segundos más mirando la foto en mis manos, había algo reconfortante en reencontrarme con el trabajo de Peter, como si el universo me hubiera tendido un puente hacia un recuerdo luminoso en medio de tantos fantasmas recientes.

Algo dentro de mí sabía que no era casualidad. No era solo un envío anónimo. Era otro movimiento de Jon. Otro detalle silencioso que solo yo podía descifrar.

Guardé la foto del bonsái contra mi pecho unos segundos antes de devolverla con disimulo a la caja.

Nadie pareció notar mi temblor. Y así, con una mezcla de vértigo y desasosiego, me senté frente a mi escritorio, consciente de que la redacción entera podía estar llena de pistas destinadas solo a mí.