Me lo dice tu mirada Capítulo 39 #3
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Capítulo 39 #3

Suspiré, ya a punto de rendirme. Hasta que, al llegar casi al final, vi algo diferente: en una de las últimas páginas, apenas perceptible, había una leve presión en el papel.

No tinta, sino un relieve, como si alguien hubiera escrito sobre la hoja anterior con bolígrafo y la marca se hubiera quedado grabada.

En la primer, apenas se apreciaban tres letras, escritas con la presión de un bolígrafo que ya no estaba allí: Mara.

Sentí que el corazón se me detenía un instante. Seguí buscando. Unas páginas después, otro relieve, esta vez una palabra más clara: Recuerda.

La garganta se me cerró. Pasé de nuevo, con cuidado, hasta dar con la siguiente: Lo mucho que.

Y, en la última, el remate que me hizo contener el aliento: TE QUIERO.

Apoyé la espalda contra la silla, con las manos temblando sobre el cuaderno abierto. No era tinta, no era un mensaje evidente: era un susurro grabado en el papel, como si él me hablara desde un lugar secreto al que nadie más podía acceder.

No eran instrucciones ni una cita concreta. Era peor: era una declaración muda, directa al pecho, imposible de ignorar.

Tragué saliva y cerré el cuaderno de golpe, guardándolo otra vez en el cajón como si quemara. Miré alrededor, temiendo que alguien hubiera notado algo, pero todo seguía igual: Lorena repasaba documentos con una concentración férrea y Víctor jugando a dramatizar su paternidad botánica.

—Porculio, hoy tenemos buena luz.

Me cubrí la cara un segundo con las manos. Tenía la sensación de que Jon me hablaba desde cada grieta de mi corazón, desde los objetos más cotidianos, desde la memoria que me empeñaba en olvidar.

Y ahora, esas cuatro palabras seguían latiendo dentro de mí, como una bomba de tiempo: «Mara, recuerda lo mucho que TE QUIERO».

La garganta se me secó. Jon estaba detrás de aquello, sin duda. Era su manera de hablar conmigo sin verbalizar palabra alguna, de empujarme hacia una cita secreta sin pronunciarla.

Me recliné en la silla y me cubrí la cara con las manos. Sentía el corazón golpeando contra las costillas. Parte de mí quería arrancar esas páginas, tirarlas a la basura y fingir que nunca existieron. Pero otra parte, otra parte ardía de curiosidad.

¿Qué pretendía Jon con este juego de migas? ¿Por qué ahora? ¿Y por qué yo seguía temblando como aquella primera vez que me buscó la mirada?

Pasaron los minutos y yo seguía ahí, atrapada entre el miedo y la atracción de ese secreto silencioso.

El resto del día se me hizo eterno. Cada vez que alzaba la vista de la pantalla, el cajón donde estaba guardado el cuaderno parecía mirarme de reojo, como si tuviera vida propia.

Intentaba concentrarme en el trabajo: organizaba fotos, corregía la iluminación, revisaba las tomas, pero sus palabras, las que había leído a presión en las páginas mudas, seguían en mi cabeza.

Las repetía mentalmente sin querer, como un eco inevitable.

—¿Estás bien? —me preguntó Lorena a media mañana, como si intentase atravesar una fachada, que en este caso era yo.

—Sí, claro —respondí, obligándome a sonreír—. Solo estoy un poco dispersa.

Ella asintió, como si aceptara mi respuesta, aunque su silencio me dijo que no me creía del todo.

Víctor, en cambio, estaba demasiado ocupado improvisando un discurso motivacional para su bonsái como para notar nada raro.

—Escucha, Porculio, la clave es la resiliencia —lo escuché decir, provocando risas en las mesas cercanas—. Si yo sobrevivo a esta oficina, tú también puedes.

Yo solté una carcajada forzada, agradeciendo que sus ocurrencias sirvieran de cortina.

El día continuó entre rutinas, llamadas y correcciones. Fui cumpliendo con lo mío, pero con una parte de mí en otro lugar. Cada tanto, sentía la tentación de abrir el cajón y volver a repasar las páginas con los relieves. No lo hice. No podía arriesgarme a que alguien se diera cuenta.

Cuando por fin llegué a casa esa noche, dejé el bolso en el sofá y me quedé quieta en medio del salón. La soledad me envolvió como una ola, distinta al bullicio de la redacción. Allí ya no había carcajadas de Víctor ni silencios cómplices de Lorena. Allí solo estaba yo, con mis pensamientos.

Saqué el cuaderno del bolso y lo llevé conmigo al dormitorio. Encendí la lámpara de la mesilla y me senté en la cama, como si me dispusiera a leer un libro prohibido.

Abrí despacio las páginas hasta llegar a la primera marca. Mara. Ver mi nombre allí, escrito con esa presión apenas perceptible, me hizo sentir desnuda. Como si él me estuviera nombrando en un susurro que nadie más podía oír.

Pasé a la siguiente. Recuerda. Me mordí el labio. ¿Qué quería que recordara? ¿Las risas? ¿Los viajes? ¿Las promesas incumplidas? ¿O el modo en que todo se había roto?

Otra página. Lo mucho que. El corazón me latía desbocado. Me faltaban las palabras que completaran la frase, pero ya intuía cuáles eran. Y entonces llegué a la última. Te quiero.

Apoyé el cuaderno sobre las piernas y me cubrí la boca con la mano, como si así pudiera contener el aluvión de emociones. Era un «te quiero» escrito sin tinta, oculto, grabado en la fibra del papel. Invisible para cualquiera, excepto para mí.

Me tumbé en la cama con el cuaderno abierto a mi lado. Cerré los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, dejé que la memoria me arrastrara. Lo odiaba y lo necesitaba en la misma medida. Y esas cuatro palabras seguían ahí, latiendo en mi cabeza como si fueran un mantra imposible de apagar.