Me lo dice tu mirada Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

—Señoras y señores —dijo poniéndose de pie, sujetando la maceta como si fuera un trofeo—, os presento oficialmente a… ¡Porculio!

Las risas estallaron en toda la planta. Lorena casi se atraganta con el sorbo de agua que acababa de beber.

—¿En serio, Víctor? —le preguntó entre carcajadas—. ¿Porculio?

—Claro —respondió él con aplomo—. En honor a su ilustre linaje científico: Porculacaria afra . Aunque, si quiere ser más cercano, puede responder también a «Porky».

Algunos compañeros se acercaron para ver el espectáculo.

—Lo siento mucho —continuó Víctor con tono solemne, dirigiéndose al bonsái—. Te ha tocado un padre irresponsable. No sé cuánto tiempo sobrevivirás bajo mis cuidados, pero prometo intentarlo.

Le acarició una de las ramitas como si fuera una mascota y añadió:

—Te regaré con lágrimas de frustración y con cafés derramados. No es lo ideal, pero es lo que hay.

La oficina volvió a reírse. Yo también sonreí, aunque mi atención no estaba del todo allí.

Miré de nuevo mi propio bonsái. Tan parecido al de Jon que me costaba respirar.

Recordé una tarde en su casa, cuando me pidió que lo ayudara a buscarle un sitio nuevo.

Yo me reí de lo minucioso que se ponía con cada detalle: la cantidad justa de luz, el ángulo exacto del tronco para que destacara su silueta cada vez que lo admirase, cómo cepillaba con un pincel pequeño las hojitas para que quedaran limpias.

—Es como un ritual —me dijo entonces, concentrado—. Si lo cuidas, se convierte en un compañero.

Yo lo había mirado con una mezcla de ternura y fascinación. Nunca lo había visto tan serio y tan vulnerable como cuando cuidaba ese bonsái. Y tres años después, tenía uno idéntico frente a mí.

Sacudí la cabeza, intentando espantar el recuerdo. Me forcé a enfocarme en lo que pasaba alrededor. Lorena, desde su mesa, observaba divertida a Víctor, que seguía con su show .

—No es justo —decía él en voz alta, gesticulando—. Yo firmé un contrato como fotógrafo, no como jardinero. ¿Quién se cree este cliente para obligarme a adoptar un árbol?

—Víctor —dijo Lorena con tono paciente, como si hablara con un niño—, es un bonsái, no un rottweiler. No va a morderte ni a sacarte de paseo.

—¡Ah! ¿Y tú qué sabes? —replicó él—. Igual por las noches se despierta y camina por la oficina. Yo no pienso quedarme hasta tarde para comprobarlo.

Las carcajadas volvieron a estallar.

Yo acaricié una de las hojitas de mi bonsái.

Estaban frescas, firmes, con ese verde vivo que parece concentrar la vida en miniatura.

Sentí un nudo en la garganta. ¿Qué significaba ese regalo?

¿Era solo una casualidad, un gesto amable de un cliente?

¿O el universo tenía un extraño sentido del humor al ponerme delante justo el mismo árbol que había simbolizado tantas cosas en mi pasado?

Me descubrí susurrando en voz baja, apenas audible:

—¿También vas a recordármelo tú?

Apoyé los codos en la mesa y cerré los ojos un instante. No quería que Lorena ni Víctor me vieran desubicada. Necesitaba recomponerme.

—¡Mara! —gritó de pronto Víctor desde su mesa—. ¡Ven a conocer a Porculio!

Me giré hacia él, agradeciendo la interrupción. Fingí una sonrisa y caminé hasta donde estaba, mientras mi corazón seguía latiendo con fuerza por la mezcla de nostalgia y rabia que aquel bonsái había despertado.

Estaba respondiendo un correo cuando un murmullo comenzó a extenderse por la redacción. Ese tipo de susurro eléctrico que se propaga como una onda invisible. Alcé la vista y vi cómo varios compañeros se levantaban de sus mesas y se asomaban al pasillo, intrigados.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó Lorena, poniéndose en pie para estirar el cuello.

Víctor fue el primero en adelantarse, siempre dispuesto a saciar la curiosidad. Yo lo seguí con la mirada mientras desaparecía detrás del biombo que separaba nuestra zona del área común.

A los pocos segundos volvió, con los ojos brillando de emoción teatral.

—Chicas… —dijo bajando la voz, aunque todos lo oíamos igual—, ha llegado un envío especial para la revista. Y no, no son folletos ni material de oficina.

—¿Entonces? —pregunté, algo impaciente.

—Venid a verlo.

Nos levantamos y caminamos hacia la entrada. Allí, sobre una mesa auxiliar, había varias cajas de cartón perfectamente apiladas, con etiquetas discretas pero cuidadas. En la parte superior, un sobre cerrado con el logotipo de la cadena hotelera. Mi corazón dio un vuelco.

—Parece un regalo corporativo —comentó Clara, que también se había acercado—. Igual son más bonsáis, para llenar toda la planta.

Algunos rieron. Yo no. Tenía un presentimiento extraño, como si el aire se hubiera espesado de pronto.

Arantxa apareció entonces, recogió el sobre y lo abrió delante de todos. Dentro había una tarjeta elegante, con un mensaje escrito a mano:

«Porque los detalles construyen los recuerdos. Gracias por vuestra dedicación. Que cada uno encuentre aquí un motivo para sonreír».

No había firma, solo las iniciales: J. M.

Tragué saliva. Lo reconocí al instante. Jon.

—¿Qué será? —preguntó Lorena, abriendo una de las cajas con curiosidad.

Dentro había pequeños objetos envueltos en papel de seda: cuadernos de tapa dura con diseños exclusivos, bolígrafos grabados con nuestros nombres, y en algunas cajas, marcos de fotos minimalistas, listos para ocupar un lugar en cualquier escritorio.

La redacción se llenó de exclamaciones de sorpresa y gratitud.

—¡Qué detallazo! —dijo Víctor, sacando un bolígrafo con su nombre grabado—. Esto sí que es motivación, y no los e-mails de los lunes.

Arantxa sonrió satisfecha.

—El cliente sabe cómo ganarse a su equipo. Venga, repartid las cajas según los nombres.

Yo recibí la mía en silencio. La abrí con cuidado, temiendo lo que podía encontrar dentro. Y allí estaba: un cuaderno verde turquesa, mi color favorito. No había manera de que alguien lo supiera, salvo él.

Me quedé helada. Nadie más lo notó. Lorena estaba ocupada hojeando su cuaderno —el suyo tenía estampados de estrellas, como esos que siempre la hacían sonreír—, y Víctor ya había comenzado a bromear con que su bolígrafo grabado iba a ser «su pluma de firmar autógrafos».

Yo cerré el mío despacio. No quería que nadie leyera en mis ojos el terremoto que me provocaba un simple color.

Detalles silenciosos. Eso había escrito en la tarjeta, de forma indirecta. Y estaba claro que ese era su plan: dejar migas de pan en el camino, objetos aparentemente inocentes que me recordaban a lo que compartimos, a lo que fui incapaz de olvidar del todo.

—¡Ey, Mara! —me llamó Víctor, agitando su cuaderno—. ¿No vas a enseñar el tuyo?

Me forcé a sonreír.

—Es bonito. Muy… personal.

—Pues claro —replicó él—. Si hasta parece que nos han leído la mente.

«No solo la mente», pensé. «También la memoria de alguien que nunca se fue del todo».

Arantxa dio por zanjado el asunto con un aplauso breve.

—Bueno, regalitos abiertos, todos a trabajar. Ya tendremos tiempo de presumir.

El murmullo fue disolviéndose y cada uno regresó a su mesa con sus nuevos tesoros. Yo me senté frente a la pantalla, pero mis manos no se movían sobre el teclado. El cuaderno en el cajón pesaba como una piedra.

Lorena pasó junto a mi mesa y me miró de reojo.

No dijo nada, pero su silencio me habló más que cualquier pregunta.

Sabía que había notado algo distinto en mi expresión, aunque respetó mi espacio.

Yo, en cambio, sentí que aquel juego de detalles apenas estaba empezando.

Y que, tarde o temprano, tendría que decidir si quería seguir las migas o barrerlas para siempre.

Esperé a que la oficina entrara en su ritmo habitual. El murmullo de teclados y teléfonos fue cubriendo el eco de las exclamaciones por los regalos, hasta que cada uno volvió a estar enfrascado en su mundo.

Yo fingí concentrarme en la pantalla, aunque la verdad era que no había leído ni una línea de los correos abiertos. Tenía la cabeza fija en el cajón donde había guardado el cuaderno. Ese cuaderno verde turquesa, con tapas suaves y un elástico dorado que lo mantenía cerrado como un secreto.

No podía dejar de pensar que, viniendo de Jon, no sería un simple regalo. Nunca hacía nada porque sí. Siempre había algo más, un subtexto, un guiño que parecía inocente, pero estaba cargado de intención.

Cuando vi que Víctor estaba ocupado con su cámara y Lorena revisaba papeles con auriculares puestos, abrí el cajón despacio y saqué el cuaderno. Lo coloqué frente a mí y lo acaricié con los dedos, recorriendo la textura de la tapa. Sentí un escalofrío.

«¿Qué quieres de mí ahora?» pensé, como si pudiera responderme.

Abrí la primera página que estaba en blanco. Pasé varias hojas y todas estaban limpias, listas para ser escritas. Durante un momento, pensé que quizá estaba equivocada, que no había nada escondido. Que simplemente había tenido el descaro de elegir mi color favorito y ya.

Pero entonces recordé un detalle: Jon solía dejar mensajes en los lugares menos evidentes.

Cuando vivíamos nuestros días buenos solía escribirme notas en los márgenes de los periódicos, o dibujar una palabra diminuta en la esquina de un sobre, o garabatear un símbolo en una servilleta que luego aparecía misteriosamente en mi bolso.

Así que empecé a buscar con más cuidado. Revisé la contraportada interior, pasé los dedos por el lomo, palpando si había algo escondido en la encuadernación. Nada.