Capítulo 39
La mañana siguiente amaneció con un cielo gris perlado, de esos que parecen no decidirse entre la lluvia y la calma.
Me desperté con la cabeza algo más ligera que otros días.
Tal vez fuera por las risas de la víspera o porque, a pesar de todo, tener a Lorena y a Víctor de vuelta me daba una especie de equilibrio que creía perdido.
Me vestí sin demasiadas vueltas, recogí el pelo en una coleta alta y salí de casa con tiempo suficiente para no llegar corriendo. Ya en la calle, respiré hondo: el aire tenía ese frescor de la humedad que deja la madrugada, como si el mundo entero se hubiera lavado la cara.
Al cruzar la acera y empujar la puerta del bar de enfrente me recibió el tintineo familiar de las tazas y el aroma de café recién hecho. Lorena y Víctor ya estaban allí, sentados en nuestra mesa de siempre junto a la ventana. Me saludaron con las manos alzadas, sonrientes.
—¡Buenos días, bella durmiente! —dijo Víctor con exageración—. Te has perdido mi actuación estelar pidiendo el desayuno.
—Lo de siempre, con aspavientos —añadió Lorena, negando con la cabeza.
Me reí y dejé mi bolso sobre la silla. El camarero llegó enseguida con los cafés. Y entonces lo vi: tres nuevos posavasos, distintos a los del día anterior.
Me detuve a leer el mío, justo debajo de la taza. Decía: «Lo importante no es lo que uno dice, sino lo que calla».
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Sentí como si esas palabras se hubieran escrito solo para mí, como si alguien supiera la cantidad de cosas que me guardaba bajo llave.
Lorena cogió su taza y sonrió al ver el mensaje en su posavasos: «Limpia tu mente del no puedo».
—Mira qué bien —comentó, alzando las cejas—. Es justo lo que necesito para cuando me ponga a escribir ese artículo imposible.
Víctor, por su parte, soltó una carcajada al leer el suyo: «Disfruta de cada momento».
—¡Ja! Esto sí que es un lema hecho a mi medida. Me lo voy a tatuar en el brazo.
Lorena le dio un manotazo en el hombro.
—Lo que te faltaba, un tatuaje hortera.
Yo giré la taza entre mis manos, incapaz de apartar la vista del mensaje que me había tocado . «Lo que calla». Pensé en todo lo que no había dicho, en las preguntas que me ardían en la garganta y que seguía reprimiendo.
Víctor, ajeno a mis pensamientos, levantó su taza en alto como si brindara.
—Bueno, pues brindemos por nuestros posavasos de la suerte. ¡Que nos iluminen el día!
Chocamos las tazas suavemente y bebimos el primer sorbo de café. Fuera, el cielo seguía dudando entre llorar o abrirse y yo, por dentro, me descubrí en la misma indecisión.
Salimos del bar todavía con el calor del café en el cuerpo. Víctor caminaba con un aire triunfal, como si su posavasos fuera un diploma en reconocimiento a su filosofía de vida.
—Disfruta de cada momento —repetía en voz alta, con una sonrisa socarrona—. Pues yo empiezo disfrutando de este trayecto hacia el trabajo como si fuera un desfile.
Se adelantó un par de pasos y comenzó a saludar a los viandantes con exageración, como si fuera una estrella en plena alfombra roja. Lorena y yo no podíamos parar de reír.
—Un día nos van a encerrar por tu culpa —le dijo ella, tirándole suavemente de la chaqueta.
—Bah, que aprendan a disfrutar del espectáculo —respondió él, sin inmutarse.
Al llegar al edificio, atravesamos el vestíbulo entre los buenos días del recepcionista y el ruido de los ascensores. Subimos juntos, todavía comentando anécdotas de los días anteriores, hasta que las puertas se abrieron en nuestra planta.
El bullicio de la redacción nos envolvió al instante: teléfonos sonando, teclados golpeando, voces que iban y venían. Había esa energía especial de los días de cierre de proyectos, cuando todavía costaba arrancar, pero la máquina ya estaba en marcha.
Clara, nuestra compañera de moda, desde su mesa, nos saludó con la mano al vernos entrar juntos.
—¡Vaya trío inseparable! ¿Dónde habéis estado?
—Preparándonos espiritualmente con café y frases motivacionales —contestó Lorena, dejando el abrigo en su silla.
—Pues a ver si os funcionan conmigo —rio Clara—, que tengo la cabeza como un bombo con este cierre.
Me dirigí a mi mesa con paso tranquilo, aunque por dentro aún me acompañaban las palabras de mi posavasos.
«Lo importante no es lo que uno dice, sino lo que calla».
Sentí un pequeño nudo en el estómago. Yo tenía demasiado callado, demasiado tragado.
Quizá por eso esa frase me había golpeado con tanta fuerza.
Arantxa apareció entonces desde su despacho, cargada con una carpeta y hablando rápido por el móvil.
Al vernos, nos dedicó una sonrisa breve antes de seguir su camino hacia la entrada.
No tardó en aparecer de nuevo, haciéndonos un gesto con la mano para que la acompañáramos a la entrada.
Al llegar, la vimos salir del ascensor empujando un carro lleno de pequeñas macetas.
No pude evitar fruncir el ceño ante lo que veían mis ojos.
—Pero, ¿qué es esto? —preguntó Lorena, adelantándose.
Arantxa levantó la vista y nos sonrió, con esa mezcla de eficiencia y entusiasmo que siempre la caracterizaba.
—Justo a tiempo. Venid, venid. Coged cada uno un bonsái. Es un regalo de un cliente que nos ha contratado para un artículo en el próximo número sobre su empresa. Quería tener un detalle con el equipo.
Nos acercamos al carro y descubrimos decenas de pequeños bonsáis, perfectamente alineados, cada uno en su maceta rectangular, con la tierra cubierta de gravilla blanca. Sus troncos retorcidos y sus hojitas diminutas brillaban bajo la luz del fluorescente.
Arantxa añadió:
—Son Portulacaria afra . Una especie muy agradecida, según me han dicho. Casi indestructible, incluso si no tenéis mucha mano con las plantas.
Yo me quedé clavada. No podía apartar la mirada.
Reconocí la especie al instante, porque era exactamente la misma que Jon tenía en su casa.
Aquel bonsái de hojas carnosas, de un verde vivo, al que solía acercarse casi con devoción para pulverizarle agua en las tardes de verano.
Recuerdo perfectamente cómo me lo enseñó, orgulloso, explicándome que era símbolo de prosperidad y de fortaleza.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Sentí que el suelo se movía ligeramente bajo mis pies. ¿Era posible que incluso un simple bonsái me lo trajera de vuelta a la memoria? Intenté disimular, escondiendo el temblor de mis manos en los bolsillos del abrigo, pero mi corazón se aceleró.
—¿Por… porcula qué? —escuché de pronto a Lorena.
Me giré hacia Víctor, que ya tenía un bonsái en la mano y miraba la etiqueta con cara de niño desconcertado.
—Por-tu-la-ca-ria —repitió despacio, arrastrando las sílabas como si fueran un trabalenguas—. ¿Pero quién pone estos nombres? Ya os lo voy a decir yo, un porculero en toda regla. Mira que complicarnos la vida con estos nombres, no quiero ni pensar cómo se llamarían sus hijos.
—Es su nombre científico. —Arantxa soltó una risita.
—Pues yo solo sé que suena a conjuro de Harry Potter —replicó él, levantando el arbolito como si fuera una varita mágica—. «¡ Porculacaria afra, explóticus !».
Lorena se dobló de la risa. Yo también me reí, aunque por dentro seguía desubicada, atrapada entre la ternura y el vértigo que me provocaba ese recuerdo silencioso.
Víctor, teatral como siempre, continuó:
—Oye, se agradecen los detallitos y los regalos, de verdad. Pero, ¿no podían mandarnos una caja de bombones? ¿O una botella de vino? ¡No! Tenían que darnos un ser vivo al que cuidar. Ahora resulta que soy padre adoptivo de un bonsái. ¡Un marrón más en mi vida!
—No exageres —lo cortó Lorena—. Si hasta Arantxa ha dicho que es casi indestructible.
—Eso ya lo veremos. Si sobrevive en mi mesa, merece un premio a la resiliencia.
Arantxa le dio un golpecito en el brazo.
—Solo tienes que regarlo un poquito de vez en cuando y darle algo de luz. No es tan complicado.
—Claro, claro —murmuró Víctor, acariciando con dramatismo una de las ramitas—. Pobrecito, no sabe en qué manos ha caído.
Yo seguía observando los bonsáis en silencio.
El mío parecía idéntico al de Jon. La misma forma compacta, las mismas hojitas redondas como monedas en miniatura.
Una parte de mí quería rechazarlo, dejarlo en el carro y salir corriendo.
Otra, en cambio, sentía una punzada extraña de nostalgia, como si ese árbol diminuto fuera un puente invisible hacia un pasado que aún dolía demasiado.
Lorena, que me conoce demasiado bien, me rozó el codo suavemente, como un recordatorio de que estaba ahí. No dijo nada, pero ese gesto me ancló de nuevo en la oficina, en el presente, lejos de cualquier otro lugar.
—Venga, cada uno elige el suyo y a trabajar —nos animó Arantxa, empujando de nuevo el carro hacia el pasillo.
Nos repartimos los arbolitos como quien recibe un amuleto inesperado. Y mientras caminaba con mi bonsái en la mano, no pude evitar pensar que, por mucho que intentara huir, había cosas que siempre encontraban la manera de alcanzarme.
Entramos de nuevo en la redacción como quien regresa de un mercado improvisado. Cada uno con su macetita en brazos, avanzamos entre mesas y pasillos atrayendo miradas curiosas de los compañeros.
—¿Qué es eso? —preguntó Clara, asomando la cabeza desde detrás de su pantalla.
—Mascotas de oficina —respondió Víctor muy serio—. A partir de ahora, cada mesa con su bonsái. Es obligatorio.
Las carcajadas se extendieron por la sala y más de uno se acercó a curiosear.
Yo caminé en silencio hasta mi mesa. Coloqué con cuidado el bonsái junto a la pantalla del ordenador, en el rincón donde suele entrar la luz de la ventana.
Me quedé unos segundos observando el contraste: la delicadeza del arbolito frente al caos de mis carpetas, los bolígrafos desperdigados y los cables enredados.
Parecía un intruso diminuto en medio de mi desorden, y al mismo tiempo, una presencia serena que imponía calma.
A mi lado, Víctor había decidido que su bonsái merecía una ceremonia de bautizo.