Capítulo 38
Los dos días siguientes transcurrieron como si alguien hubiera pulsado en mí un botón automático.
Me levantaba, me duchaba, desayunaba lo justo y me lanzaba al trabajo con la cabeza en modo piloto.
Sin preguntas, sin adornos, mecánica pura y dura de la rutina.
Sonreía lo justo a mis compañeros, cumplía con las entregas, respondía correos y, cuando alguien me preguntaba cómo estaba, mi respuesta era siempre la misma: «Bien».
Breve, escueta y convincente en apariencia.
Pero era una pequeña mentira que se repetía como un mantra.
La realidad era que me sentía agotada. No físicamente —aunque también—, sino en un punto mucho más profundo, en esa zona del pecho donde la angustia se acumulaba y apretaba.
Sabía que no podía seguir así durante demasiado tiempo, porque mi cuerpo era como un altavoz indiscreto: tarde o temprano, lo que intentaba esconder por dentro, me traicionaría por fuera.
El segundo de esos días, sentí la necesidad de refugiarme en el único lugar que siempre ha sido sinónimo de paz: la casa de mis padres.
No lo pensé demasiado. Cogí el coche al mediodía y conduje hasta el barrio donde crecí.
En cuanto abrí la puerta y me envolvió el olor a canelones de mi madre, sentí que algo se descomprimía dentro de mí.
Ese aroma era un lenguaje secreto que me indicaba: «Aquí puedes bajar la guardia».
—¡Mara! —exclamó mi madre desde la cocina, secándose las manos en el delantal—. ¡Esto ya casi está!
Mi padre apareció al instante, con ese gesto serio que en realidad esconde ternura. Nunca ha sido muy expresivo, pero cuando me abrazó, lo hizo con una firmeza que sentí como, «estás a salvo».
Al sentarme a la mesa, mientras ellos hablaban de cosas triviales —vecinos que viajaban, obras en la calle, el tiempo que parecía enloquecer—, yo me limité a escuchar.
No necesitaba ser el centro de atención, ni dar explicaciones de mi día a día ni fingir.
Solo quería estar allí, absorbiendo cada detalle: el sonido de los cubiertos contra los platos, el murmullo de la calle de fondo, la luz cálida que se colaba por la ventana del comedor.
Era como volver a un lugar donde el tiempo se detenía y nada malo podía alcanzarte.
No les conté nada de Jon ni de la tensión que me atravesaba desde que reapareció en mi vida.
No era el momento, y tampoco quería ver esa sombra de preocupación en sus rostros.
Prefería guardarme mi batalla interna y regalarles, al menos por unas horas, la ilusión de que su hija estaba con ellos disfrutando de una comida tranquila en familia.
Cuando me despedí de ellos, con las manos todavía impregnadas del olor del café recién hecho, supe que había hecho lo correcto. Había recargado baterías, aunque fuera solo un poco.
Al tercer día, mientras volvía a mi rutina en la redacción, recibí un mensaje de Lorena:
Lorena
Mañana volvemos. ¿Café en el bar de enfrente antes de entrar?
Por supuesto. Que ganas tengo de que volváis.
No lo dudé. Lo necesitaba. Los necesitaba a ellos. La sola idea de reencontrarme con mis dos pilares, después de mi huida de Menorca, me llenó de un entusiasmo que no sentía desde hacía días.
Lorena, con su capacidad infinita para leerme como si fuera un libro abierto. Víctor, con esa chispa de humor que sabe arrancarme una carcajada incluso en los peores días. Son mi red de seguridad, los que me sostienen cuando siento que el suelo se resquebraja.
La noche antes del encuentro casi no pude dormir, como si esperara un viaje largo o un evento especial.
Repasé mentalmente lo que quería contarles de todo lo que había pasado por mi cabeza —y lo que no—.
Sabía que en cuanto me miraran, detectarían la grieta en mi fachada.
Y, aun así, tenía ganas de verlos, aunque significara enfrentar sus preguntas y sus silencios cargados de significado.
El bar de enfrente siempre había sido nuestro punto de encuentro improvisado.
No tenía nada especial en apariencia: mesas de madera algo desgastadas, un camarero que nos conocía de memoria y ese olor a café que se mezclaba con el humo de la plancha y pan recién tostado.
Pero para nosotros era como un anexo de la redacción, un espacio neutral donde podíamos hablar sin prisa, reírnos de los dramas laborales y planear escapadas imposibles.
Esa mañana llegué unos minutos antes, como si temiera perderme el instante en que ellos aparecieran por la puerta. Me pedí un vaso de agua y me senté junto a la ventana. Observaba a la gente pasar por la acera, cada uno con su propio ritmo, cuando los vi cruzar la calle.
Víctor, con esa manera despreocupada de caminar, siempre a punto de soltar un comentario subido de tono. Lorena, con su melena recogida de cualquier manera y los ojos tapados por sus gafas de sol, porque decía que, hasta las diez de la mañana, no conseguía despertarse del todo.
Cuando entraron y me abrazaron, sentí un nudo en la garganta. No hacía falta que dijeran nada: ese gesto bastaba para recordarme que no estaba sola, que los tenía ahí.
Nos sentamos y el camarero nos trajo los cafés sin preguntar, como quien conoce un ritual de memoria.
Siempre pedíamos lo mismo y después de tantos años, teníamos adjudicadas hasta las tazas.
Cuando el camarero nos trajo nuestros cafés, en esa ocasión había algo nuevo en la mesa.
Nuevos posavasos. Nos dijo que una empresa les había hecho una oferta con nueva vajilla de tazas para servir el café con esos posavasos que contenían frases motivadoras para que los clientes pudiesen empezar el día con una sonrisa.
Fue entonces cuando reparé en ellos. El de Víctor decía: «No dejes de brillar solo porque a otros les moleste tu luz», el de Lorena: «El trabajo en equipo hace que los sueños se hagan realidad» y el mío, justo bajo mi taza, rezaba: «El tiempo lo cura todo».
Me quedé mirando esas palabras sin poder apartar la mirada de la mía concretamente.
¿Se trataba de una broma del destino? Justo en ese momento, me tenían que poner delante esa frase que tanto significado tenía para mí.
Mis amigos enseguida se dieron cuenta y cada uno me puso su mano encima de mi brazo para darme ánimos y apoyo, como siempre hacían.
En ese momento, mi móvil empezó a sonar.
Si ya de por si el destino había tenido la poca decencia de recordarme el mal momento que estaba atravesando con ese posavasos, el nombre que aparecía en la pantalla de mi móvil era ya para caerse de culo y buscar la cámara oculta.
Lorena se adelantó para cogerlo y atender la llamada, ante mi mirada de pánico.
—Lo siento, Mara no se encuentra disponible en este momento.
Deja tu mensaje después de oír la señal y seguiremos ignorándote.
Piiiiiiiiiiiiii. —Como era de esperar, no dejó que Jon hablase al otro lado de la línea, colgó enseguida, dejó mi móvil de nuevo sobre la mesa, pero en esta ocasión boca abajo, y sonrió satisfecha.
—Y luego el dramas aquí soy yo —susurró Víctor mientras se llevaba su café a los labios.
—Bueno —dije, acariciando con la yema de los dedos el borde de mi taza, intentando desviar la atención a otro tema—, contadme. ¿Qué tal han ido los últimos días en el hotel?
Lorena y Víctor se miraron con complicidad, como siempre. Esa mirada era la que resume años de amistad y que a veces me hace sentir que yo llegué tarde a un club secreto.
—Pues… —empezó Víctor, estirándose en la silla como quien se prepara para soltar un discurso—, la verdad es que nos ha ido bastante bien. Teníamos margen de sobra y conseguimos cerrar el trabajo antes de lo previsto. Eso sí, mi cámara se hizo de rogar.
Rodé los ojos.
—Ya me imaginaba. Esa cámara es como yo: necesita tiempo para coger confianza.
—O como cuando te ponen un desconocido enfrente —replicó Lorena, divertida, dándome un codazo.
Me reí y agradecí, en silencio, que ninguno de los dos sacara a relucir ese nombre que llevaba clavado en la nuca. El simple hecho de que respetaran mi silencio era un regalo.
—Y cuando terminamos lo gordo —continuó Víctor—, nos dio tiempo a hacer un par de excursiones. Queríamos ver algo más allá de los salones del hotel y los pasillos interminables.
—¿Os dio tiempo? —pregunté, sorprendida—. Pensaba que ibais a estar encerrados hasta el último minuto.
—¡Qué va! —intervino Lorena—. Tuvimos suerte con la planificación y, además, el personal del hotel se portó de diez. Nos ayudaron un montón. Así que, cuando vimos que teníamos margen, dijimos: «Venga, escapada rápida antes de volver a casa».
Me incliné hacia ellos, curiosa.
—¿Y qué hicisteis?
Los dos se echaron a reír a la vez, con esa risa contagiosa que anuncia que viene algo bueno.
—Te lo voy a contar yo, porque si lo cuenta Víctor va a edulcorarlo —dijo Lorena, acomodándose.
—¡Qué mentira más gorda! —protestó él—. Yo solo tengo talento narrativo.
—Sí, claro, lo que tú digas… —replicó ella, girando los ojos—. Bueno, escucha, Mara. Resulta que alquilamos unas bicis para recorrer un sendero costero que nos habían recomendado. Era precioso: acantilados, calas escondidas, el mar golpeando abajo. Hasta ahí todo perfecto.
Yo asentí, visualizando la escena.
—Lo gracioso vino cuando nos metimos por un camino equivocado —prosiguió Lorena—. En teoría era un atajo. En la práctica, bueno, era un desvío que acababa en una especie de finca privada.
—No era tan privado —intentó defenderse Víctor.
—¡Claro que lo era! —rio ella—. El caso es que, de repente, aparece un rebaño de cabras, pero no esas cabras tranquilas que te ignoran, no. Estas nos miraban como si hubiéramos invadido su territorio sagrado.
Empecé a reírme ya con la imagen.
—No…, no me digas que…
—Exacto —dijo Víctor, levantando la mano como si hiciera un juramento—. Nos persiguieron. Un rebaño entero.
Lorena casi se atragantó de la risa al recordarlo.
—Imagínate: yo pedaleando como una loca, gritando, y Víctor detrás chillando: «¡no mires atrás, no mires atrás!». Y claro, ¿qué hice? Mirar atrás.
—Y casi se cae —añadió él, riéndose tanto que golpeó la mesa con la palma de la mano—. Una cabra negra, con los cuernos enormes, parecía que tenía fijación conmigo. ¡Te juro que me embestía!
Yo ya lloraba de la risa. Me tuve que sujetar el estómago.
—¡No puedo! ¡Cabras persiguiéndoos en Menorca!
—Lo peor —dijo Lorena, secándose una lágrima—.
Es que, cuando por fin logramos salir del camino y alcanzar de nuevo la civilización, resulta que llegamos a un mirador donde había un grupo de turistas grabándolo todo con sus móviles.
¡Todo, Mara! Seguro que ahora somos virales en algún rincón de internet.
—Titulados: «Turistas atacados por cabras menorquinas» —añadió Víctor, teatralizando con voz de documental.
Nos reímos los tres a carcajadas, esa risa que libera tensiones, que barre la tristeza acumulada y la convierte en algo soportable.
Durante unos minutos, el recuerdo de Jon se diluyó en un fondo lejano, y solo existía ese presente con mis amigos, el café humeante y la certeza de que, pasase lo que pasase, ellos siempre encontrarían la forma de hacerme sonreír.
Me quedé mirando sus rostros, iluminados por la complicidad.
Lorena gesticulaba mucho, como siempre, al contar la historia, y Víctor no paraba de interrumpirla para añadir detalles absurdos que la hacían aún más cómica.
Yo me sentía ligera, casi feliz, como si acabara de abrir una ventana en una habitación cerrada demasiado tiempo.
Y mientras reíamos, los tres posavasos seguían allí, discretos bajo nuestras tazas, como un recordatorio silencioso de que cada uno cargaba con su propio mensaje.
Apuramos los últimos sorbos del café entre risas. Yo todavía tenía la mandíbula dolorida de tanto reírme con lo de las cabras y Víctor seguía haciendo sonidos guturales imitando a una cabra en celo, lo que nos hacía volver a estallar en carcajadas una y otra vez.
—Ya, basta, por favor —le pedí con lágrimas en los ojos de tanto reírme—. Como sigas, voy a entrar al trabajo con los ojos rojos y la gente va a pensar que me he fumado algo.
—Pues mejor, así igual inspiras confianza —replicó él con seriedad fingida.
Lorena y yo nos levantamos casi a la vez, recogiendo los abrigos del respaldo de las sillas. Cruzamos la calle con paso lento, como si quisiéramos prolongar un poco más ese rato de desconexión, aunque sabíamos que la jornada nos esperaba al otro lado de la puerta giratoria.
En el ascensor, ninguno habló demasiado.
Ese silencio cómodo, lleno de complicidad, era casi tan valioso como las risas.
Cada uno estaba sumido en sus pensamientos: Lorena repasaba en su móvil la lista de tareas pendientes, Víctor se miraba en el espejo pequeño y retocaba su pelo con una coquetería nada disimulada, y yo…
, bueno, yo intentaba guardar en un bolsillo invisible la sensación ligera que me había regalado el café con ellos, porque intuía que en cualquier momento la realidad vendría a reclamar su sitio.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron en nuestra planta, lo primero que hizo Víctor fue agarrarme del brazo y llevarme a su despacho para que pudiéramos empezar a retocar y organizar las fotos que teníamos.
Tenía que admitir que estaba deseando terminar con ese proyecto, porque todo me recordaba a Jon.
Para poder pensar con claridad y en calma, había decidido que lo mejor era distanciarme de todo lo que tuviese que ver con él.
Agradecí que mi amigo y compañero no me preguntase en ningún momento qué tal me encontraba, porque era evidente que no estaba del todo bien.
Cuando llegamos a su despacho y cogimos asiento, vi que dejaba sobre su escritorio los posavasos que nos habían puesto en el bar. Lo miré con expresión interrogante porque no entendía el motivo por el que los había cogido y guardado.
—¿Qué? —me preguntó ante mi cara de asombro—. Me han gustado y nos pueden servir en alguna ocasión.
—Si tú lo dices…
Nos pusimos manos a la obra delante de su ordenador.
Se nos daba muy bien procrastinar, pero realmente teníamos que ponernos a trabajar lo antes posible, para recuperar mi paz mental.
Víctor fue muy cuidadoso a la hora de seleccionar las instantáneas que nos repartimos para su tratamiento.
Era muy afortunada de poder trabajar codo con codo con uno de mis mejores amigos.