Me lo dice tu mirada Capítulo 37
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Capítulo 37

El despertador sonó a las seis, pero llevaba un buen rato despierta.

No recordaba haber dormido más de un par de horas seguidas desde que llegué a casa.

La cama, que tantas veces había sido mi refugio, se me hizo enorme, demasiado silenciosa.

Ni las respiraciones acompasadas de Lorena y Víctor a mi lado, como la noche anterior en el hotel, ni el murmullo lejano de pasillos repletos de gente.

Solo yo, el vacío y la certeza de que, aunque había vuelto, nada estaba en orden dentro de mí.

Me quedé mirando el techo unos minutos, intentando juntar fuerzas para empezar el día.

Al final, me obligué a poner los pies en el suelo frío y a caminar hasta el baño.

Me encontré con mi reflejo en el espejo: ojeras marcadas, piel apagada, ojos hinchados de tanto llorar en silencio la noche anterior.

Bufé con resignación. No podía presentarme así en la redacción.

Saqué la base de maquillaje y el corrector como si fueran armas de guerra.

Pinté sobre mi piel un disfraz que ocultara el cansancio, intentando convencerme de que podía engañar a los demás, aunque yo supiera la verdad.

El rímel temblaba en mis manos. «No pasa nada, es solo un día más en la oficina», me repetí como un mantra.

Abrí el armario y elegí ropa sin pensar demasiado: unos vaqueros oscuros, una blusa blanca y chaqueta negra. Neutro, invisible, no estaba para florituras ni para llamar la atención. Quería pasar desapercibida y fundirme en la rutina.

Mientras preparaba un café rápido en la cocina, repasé mentalmente lo que me esperaba: sonrisas de compañeros, el ruido familiar de la redacción y la inevitable charla con Arantxa.

Tragué un sorbo amargo de mi café, tan amargo como mis pensamientos.

Tenía que ser fuerte, fingir que todo seguía como antes, que aquel viaje solo había sido trabajo.

Cogí la cámara, la metí en su funda y luego en la mochila. El simple gesto me devolvió un recuerdo inmediato: Jon, con su sonrisa torcida, preguntándome si había captado el ángulo bueno. Cerré los ojos con fuerza, intentando borrar la imagen. No podía empezar el día con él en la cabeza.

Respiré hondo, cogí el bolso y las llaves, y salí de casa. El aire fresco de la mañana me golpeó en la cara. Un nuevo día, una nueva fachada que levantar.

El bullicio de la redacción me recibió como una bofetada de realidad.

Teléfonos sonando, teclados repiqueteando, voces que iban y venían con la energía de siempre.

Ese caos que, en circunstancias normales, me resultaba casi reconfortante.

Aquel día, sin embargo, me costaba respirar en medio de todo aquello.

Me colgué la mochila al hombro y avancé entre las mesas, saludando con una sonrisa automática a quienes me reconocían al pasar.

«¿Qué tal el viaje?», «¿Mucho trabajo?», «Ya nos contarás».

Asentía, repartía respuestas cortas y me aferraba a la idea de que nadie se detuviera demasiado en mis ojos.

Tenía miedo de que alguien viera más de lo que yo quería mostrar.

Apenas había dejado la mochila en mi mesa cuando escuché la voz de Arantxa a mi espalda.

—¡Mara! —exclamó con ese entusiasmo suyo que parecía siempre genuino—. No esperaba verte tan pronto por aquí.

Me giré, dibujando una sonrisa forzada que esperaba fuera convincente.

—Ya sabes cómo soy… —improvisé, encogiéndome de hombros —. Prefiero volver a la rutina cuanto antes.

Arantxa me observó con esos ojos vivaces que parecían capaces de leer más allá de las palabras. Era de esas personas que no necesitaban muchas pistas para adivinar cómo estabas. Y eso me ponía nerviosa.

—¿Qué tal la experiencia? —preguntó mientras me hacía un gesto para que me sentara en mi lado de la mesa mientras ella ocupaba el opuesto—. Cuéntamelo todo, que estoy deseando saber cómo ha ido.

Intenté ordenar mentalmente las frases que podía decir sin dejar que la verdad se escapara entre ellas.

—Bueno… —dije mientras me sentaba frente a ella—, intenso. Mucho trabajo, jornadas largas, ya sabes. Pero creo que hemos conseguido buenas cosas. Víctor y Lorena siguen allí, rematando algunos detalles.

—Eso ya me lo han contado —dijo con una sonrisa orgullosa—. Y también que diste el callo, como siempre.

Sentí que la garganta se me cerraba un poco. «Dar el callo». Sí, lo había hecho. Pero no solo en el trabajo. Tragué saliva y forcé una risa.

—Hice lo que pude.

—Mara, ¿estás bien? —preguntó con suavidad—. Tienes otra cara…, no sé, distinta.

Me revolví en el asiento, apartando la mirada hacia el ventanal. Sentía que, si mantenía el contacto visual, iba a desmoronarme.

—Solo estoy cansada —mentí, con un hilo de voz—. Los viajes son agotadores, ya sabes.

Ella asintió despacio, como si no terminara de creérselo. Pero decidió respetar mi espacio en cierto modo.

—Vale, pero recuerda que puedes contar conmigo para lo que sea —dijo, apoyando una mano sobre la mesa, cerca de la mía—. No solo como tu jefa, también como tu amiga.

—Lo sé, gracias. —Sonreí con un nudo en la garganta.

Me preguntó después por algunos detalles técnicos del trabajo: las fotos, la coordinación, cómo habían funcionado los escenarios. Eso me dio algo de oxígeno, porque hablar de cámaras, luces y composiciones era un terreno seguro, un refugio donde podía esconderme.

Arantxa me miró en silencio durante unos segundos. Un silencio tan cargado, que te obligaba a sentirte desnuda. Puede que apreciase algo en mí, en mi lenguaje corporal. Si así fue, no dijo nada más. Me dijo que estaba deseando ver las fotos y poder ver toda la composición del artículo.

Cuando se marchó, volví a la realidad de mi despacho y encendí el ordenador, dispuesta a abrir la carpeta de fotos y empezar a revisar el material, como si esa rutina mecánica pudiera anestesiar mi cabeza.

Pero apenas conseguía fijar la vista en la pantalla.

Las imágenes desfilaban una tras otra, perfectas en su encuadre, impecables en la técnica y, sin embargo, cada una de ellas me devolvía a esos días que me había jurado enterrar en cuanto subí al avión de vuelta a casa.

Era como si el viaje aún siguiera pegado a mi piel.

Cada rincón del hotel, cada gesto, cada palabra, regresaban sin piedad.

Me mordí el labio intentando ignorar la punzada en el pecho cuando, de repente, la pantalla me mostró a Jon en un segundo plano, casi de casualidad, captado por mi cámara en mitad de una de las sesiones.

No estaba posando, ni mucho menos, pero ahí estaba: sus ojos, su perfil, esa sonrisa que conocía tan bien y que ahora sentía lejana, inaccesible.

Apagué la pantalla de golpe. Me apoyé en el respaldo de la silla y cerré los ojos, intentando ordenar el caos en mi cabeza.

¿Por qué todo era tan difícil? ¿Por qué no podía simplemente odiarlo, pasar página y seguir como si nada?

Al fin y al cabo, había motivos de sobra para hacerlo.

Me había dejado sola en el peor momento y, ahora…

ahora había vuelto a remover todo. Y lo más grave era que, en el fondo, aún lo quería.

—No, basta —murmuré para mí misma, casi como si al decirlo en voz alta pudiera imponerme un límite.

Un par de compañeros pasaron por delante de mi puerta, charlando animados sobre otro proyecto, y yo me esforcé en esbozar una sonrisa cuando uno de ellos me saludó. Nadie podía notar lo rota que estaba por dentro. Era mi batalla, mi herida, y la cargaría en silencio.

Abrí de nuevo la pantalla, esta vez forzándome a fijar la atención en las fotos más neutras: paisajes, detalles arquitectónicos, la luz del atardecer filtrándose entre palmeras.

Eso sí podía manejarlo. Respiré hondo y traté de convencerme de que lo único que debía importar era mi trabajo, que esa era la vida que había elegido y que nada ni nadie podía hacerme perder el norte.

Pero en cuanto dejaba de mirar la pantalla, la imagen de Jon volvía, una y otra vez.

Su voz, su mirada pidiéndome algo que yo no estaba segura de querer darle.

Y entonces recordé las palabras de Lorena la noche anterior a mi partida: «Tú tienes que decidir qué quieres, no lo que él quiera ni lo que esperen los demás.

Tú, Mara. Solo tú». Quizá ese era el verdadero problema: que todavía no tenía la respuesta.

Me pasé una mano por el cabello, despeinándome, como si ese gesto pudiera sacudir de mi cabeza el torbellino de pensamientos.

Apreté los labios, volví a ponerme recta y forcé mis dedos a moverse sobre el teclado, a clasificar imágenes y escribir pequeñas notas.

Fingir normalidad trabajando. Esa era mi única defensa en ese momento.

Sabía que, tarde o temprano, la coraza se rompería.

Pero no podía permitirme que fuera allí, en la oficina, delante de todos.

El día se me hizo eterno. Entre las fotos, las reuniones rápidas y las preguntas de mis compañeros, sentí que caminaba sobre una cuerda floja, fingiendo equilibrio mientras por dentro me temblaban las piernas.

Cuando por fin llegó la hora de recoger, me apresuré a salir de la redacción.

Sonreí a Arantxa al despedirme, como si nada pasara y hasta bromeé con la recepcionista antes de cruzar la puerta.

Nadie sospechó. Nadie vio lo cansada que estaba de sostener ese disfraz.

El camino hasta mi casa fue un murmullo constante de voces y ruidos que apenas escuchaba. Llegar a mi edificio, subir las escaleras y abrir la puerta de mi refugio me supo a salvación. El olor familiar, la penumbra del salón, mis cosas en su sitio…, todo me envolvió como un abrazo silencioso.

Dejé el bolso en el sofá y las llaves sobre la mesa, avancé hasta mi habitación para dejarme caer en la cama, aún con la ropa de la calle puesta.

Cerré los ojos y, por primera vez en todo el día, no tuve que fingir.

El nudo en la garganta se aflojó y las lágrimas que había reprimido brotaron sin permiso.

Lloré por lo perdido, por lo que aún dolía, por lo que todavía me ataba a él, aunque me negara a admitirlo.

Lloré por esa Mara que había querido tanto y que había sido abandonada, y también por la que ahora, pese a todo, seguía esperando una señal, un gesto, algo que le devolviera la esperanza.

Cuando por fin el llanto se calmó, me quedé tumbada mirando al techo, con los ojos hinchados y la mente hecha un torbellino. Tenía que decidir qué hacer con todo esto. No podía seguir esquivando la realidad.

Me levanté, fui a la cocina y me serví un vaso de agua.

Mientras bebía, mi mirada se posó en el móvil que había dejado sobre la encimera.

Lo cogí, lo desbloqueé y, sin pensarlo demasiado, abrí la conversación con Jon.

El cursor parpadeaba, como desafiándome.

Mis dedos temblaban sobre la pantalla. ¿Qué podía decirle?

¿Qué debía decirle? Cualquier palabra mal puesta podría abrir aún más la herida.

Escribí una frase: «Jon, tenemos que hablar.

No sé cuándo ni cómo, pero necesito entender, necesito que me expliques todo de verdad.

No me busques aún, yo te avisaré». La borré.

Escribí otra y también la borré. Respiré hondo y, tras varios intentos fallidos, me obligué a ser honesta conmigo misma.

No podía escribirle. Si lo hacía, dejaba un resquicio para que él pudiera colarse. Y no podía permitírselo.