Me lo dice tu mirada Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

—Víctor, a veces creo que tienes vocación de juez de paz, pero se te da fatal.

—Al menos lo intento —respondió él encogiéndose de hombros.

Yo me quedé ahí, frente a los dos, con la garganta seca y el corazón encogido. No sabía si agradecerles la sinceridad o maldecirlos por ponerme frente al espejo. Lo único que tenía claro era que cada palabra, incluso la más dura, me recordaba que ya no tenía margen de error.

Me quedé unos segundos más de pie, frente a Lorena y Víctor, sintiendo que había sido arrastrado a un tribunal improvisado del que salía culpable sin posibilidad de apelación. No los culpaba: todo lo que me habían dicho era cierto, incluso lo que más dolía.

Con el estómago cerrado, di media vuelta y regresé hacia la mesa donde me esperaban Luis, el abuelo y Arane, que seguía feliz con su montaña de cereales. Caminé despacio, con la sensación de que cada paso pesaba una tonelada.

Luis me recibió con una ceja arqueada y esa media sonrisa de quien ya se imagina lo que ha pasado.

—Bueno… —dijo mientras cortaba su tortilla con total tranquilidad—, por la cara que traes, diría que has tenido una conversación estimulante.

El abuelo, en cambio, fue más directo.

—Te han dado un repaso, ¿verdad? —preguntó, clavándome esos ojos que parecían ver más allá de lo evidente.

No respondí. Me dejé caer en la silla y suspiré, pasándome la mano por la cara.

—Digamos que… no ha sido mi mejor desayuno.

Luis soltó una carcajada corta, sin pizca de compasión.

—Jon, ¿de verdad esperabas que los amigos de Mara te recibieran con los brazos abiertos y un ramo de flores?

El abuelo bufó, removiendo el café.

—Lo que has recibido es lo mínimo. Y da gracias que no te tiraron el zumo de naranja por la cabeza.

—Gracias por el apoyo… —murmuré, con un deje de ironía.

Luis se inclinó un poco hacia mí, bajando la voz.

—Míralo de esta manera: si Lorena y Víctor reaccionan así, es porque quieren a Mara, porque la cuidan. Y eso es bueno. Una mujer como ella merece tener alrededor a gente que no permita que nadie la hiera. Ni siquiera tú.

Asentí despacio, con un nudo en la garganta.

—Lo sé… —susurré.

El abuelo me dio un manotazo en el brazo, seco, pero sin violencia.

—Entonces, demuéstrales que no eres el mismo crío que salió corriendo hace tres años. Demuéstrales que tu lugar está aquí, que no eres solo palabras.

Me quedé en silencio, masticando esas palabras.

De pronto, Arane levantó la vista de su bol y me miró con la boca manchada de leche.

—¿Po qué pones esa cara, papi? —preguntó, ladeando la cabeza—. Pareces un oso tiste.

Luis estalló en carcajadas, y el abuelo soltó un resoplido divertido.

—Escucha a la niña —dijo el abuelo—. Tiene más razón que un santo.

La inocencia de Arane me desarmó. Le sonreí como pude y le acaricié la mejilla.

—Tienes razón, cariño. Hoy estoy un poco… oso triste.

—Yo te pongo contento —dijo ella, dándome un beso ruidoso en la mejilla.

Y aunque el dolor seguía ahí, lo cierto es que ese beso fue como un pequeño rayo de sol atravesando la tormenta.

Luis aprovechó para dar el remate final:

—¿Ves? —dijo señalando a Arane con el tenedor—. No todo el mundo te mira como si fueras el villano de la película. Empieza por aquí. Agárrate a lo que tienes y ya verás que poco a poco lo demás se puede arreglar.

El abuelo asintió, serio.

—Pero no te duermas en los laureles. El tiempo no espera, Jon.

Sentí que ambos, con estilos distintos, me estaban empujando en la misma dirección: no rendirme. Y, aunque la charla con Lorena y Víctor me había dejado tocado, las palabras de mi familia eran como un recordatorio de que aún había algo por lo que luchar

Miré a mi tío y luego a mi abuelo. Sus rostros, tan distintos y a la vez tan parecidos, estaban fijos en mí. Era como si supieran que estaba a punto de decir algo importante. Y entonces lo solté.

—Voy a necesitar mucha ayuda.

—Pensaba que no lo pedirías nunca, chaval —soltó el abuelo con desesperación, mientras untaba mermelada de albaricoque en su tostada.

Luis arqueó una ceja, pero enseguida sonrió con una satisfacción evidente.

—Eso está hecho.

Lorenzo, tras terminarse su tostada, se inclinó hacia adelante, clavando en mí esa mirada que tantas veces me había enderezado de niño. Se acomodó en la silla, como quien se prepara para relatar una historia antigua.

—Seré viejo, y ya sé que los jóvenes de hoy en día vais a otro ritmo, con vuestras prisas y vuestras modernidades.

Pero una cosa te digo: conquisté a tu abuela a la antigua usanza.

Y no fue fácil, no. Era dura, peleona… Tenía un carácter que tiraba para atrás.

Pero ¿sabes qué? —hizo una pausa, con una sonrisa nostálgica—, ni un solo día la dejé irse a dormir sin recordarle que era la mujer de mi vida.

La más hermosa, la más puñetera y la que más loco me volvía.

Me quedé en silencio, escuchando aquellas palabras cargadas de verdad. Y, por primera vez desde que Mara salió de mi lado, sentí una chispa de claridad. Si quería recuperarla, tendría que ser honesto, constante y valiente. No había otra manera.

Miré de nuevo a mi abuelo y a mi tío, y noté que la decisión ya estaba tomada dentro de mí.

El resto…, sería cuestión de luchar.