Me lo dice tu mirada Capítulo 36
65%

Capítulo 36

El ascensor acababa de cerrarse en la planta de mi abuelo con un leve clic metálico cuando sentí que el aire se me detenía en el pecho.

Arane, con sus ojos brillando de ilusión y esa sonrisa que siempre consigue arrancarme del pozo más oscuro, me agarró suavemente de la camisa y preguntó con toda la inocencia del mundo:

—Papi, ¿vamo a buca a la pincesa Mara?

El tiempo se congeló. Juro que hasta el zumbido eléctrico del ascensor dejó de oírse. Me quedé mirándola, incapaz de procesar lo que acababa de salir de su boca. ¿Princesa Mara? Las palabras se clavaron en mi cabeza con una mezcla de ternura y desgarro.

Luis fue el primero en reaccionar. Carraspeó fuerte, como si quisiera llenar el silencio incómodo, y le dio un golpecito cariñoso en la nariz a la niña.

—Princesa, ¿eh? —dijo con una sonrisa torcida—. Pues si es princesa, habrá que preparar un séquito real, ¿no?

Arane rio encantada, sin sospechar el terremoto que me estaba provocando su comentario. El abuelo Lorenzo, apoyado en su bastón dentro del ascensor, soltó un resoplido divertido.

—Las princesas… —murmuró—, siempre traen de cabeza a los caballeros, ¿verdad, Jon?

No supe qué contestar. Sentí un calor incómodo treparme por el cuello. Mi hija, mi pequeña, estaba vinculando a Mara con algo tan mágico, tan inocente… ¿Y yo qué había hecho? Había convertido esa historia en un campo minado de secretos, silencios y huidas.

Arane, ajena a mi batalla interna, me abrazó la pierna con fuerza mientras el ascensor descendía lentamente.

—Mara e mu buena, papi. Dise que soy una artita y tendré mi pinsipe asú. ¿Sabes? Yo le vo a ayuda a enconta al suyo.

Luis me lanzó una mirada fulminante, como diciendo: «¿lo ves?». El abuelo no quitaba sus ojos de mí, y yo… yo apenas podía sostenerle la mirada a mi hija.

—Cariño… —balbuceé, intentando que mi voz sonara firme—, Mara… es… especial, sí.

—¡Ves! —chilló ella, feliz de que le diera la razón—. Sí, e una pincesa.

Se abrazó a mi cuello justo cuando las puertas del ascensor se abrieron en la planta baja. Sentí su calor, su confianza absoluta, y un nudo me cerró la garganta.

Luis esperó a que saliéramos y, con un gesto apenas perceptible, me susurró mientras caminábamos hacia el bufé:

—No todo es tan malo, Jon. Escúchala. A veces los niños ven con más claridad que los adultos.

El abuelo se quedó un poco rezagado, murmurando lo suficiente como para que yo lo oyera:

—Y recuerda…, las princesas no esperan eternamente en la torre.

Las palabras me atravesaron como flechas. Caminaba con Arane en brazos, pero dentro me sentía tambaleando, como si cada paso me acercara a una verdad que ya no podía seguir esquivando.

El bufé del hotel ya estaba a medio llenar cuando llegamos.

El aroma a café recién hecho, pan tostado y fruta fresca se mezclaba en el aire, pero a mí me sabía todo a ceniza.

Arane, en cambio, parecía estar en una nube: fue directa a la mesa de los cereales, con esa emoción infantil que convierte lo más simple en un festín.

La dejé en su silla, todavía sonriendo por lo del ascensor, mientras mi tío y el abuelo se encargaban de servirle un vaso de leche. Yo me quedé quieto, con la bandeja en la mano, sintiendo que mis piernas no respondían.

—Necesitas una buena dosis de café. Tienes cara de haber dormido en un banco del parque —dijo Luis, cargando su plato de jamón y queso—. Y no me lo niegues.

—No he dormido nada —admití, dejando la bandeja en la mesa vacía más cercana.

El abuelo me estudió en silencio, con esos ojos que nunca se le escapaban detalle.

—La culpa no es del insomnio, sino de lo que llevas en el pecho —sentenció mientras cortaba un trozo de pan—. Y ese peso, hijo, no lo quita ni el mejor colchón del mundo.

No contesté. Me limité a mirar cómo Arane revolvía su bol de cereales con la cuchara, canturreando para sí misma una canción inventada. Y entonces, como si mi propia hija estuviera conspirando con el destino, levantó la vista y me dijo:

—Papi, ¿Mara vendá hoy a desayuna?

Sentí cómo se me helaba la sangre.

—No lo sé, cariño… —respondí con voz demasiado baja.

Luis dejó el cuchillo a un lado y me miró de frente, serio.

—¿Ves? Incluso la niña en poco tiempo ha conectado con esa mujer. ¿De verdad piensas quedarte quieto?

—¿Y qué quieres que haga, tío? —repliqué con más dureza de la que pretendía—. La destrocé. Hace tres años la abandoné sin una palabra, y anoche volví a clavarle el mismo cuchillo cuando le confesé lo de Arane. ¿Cómo se supone que voy a arreglar algo así?

El abuelo no pudo contenerse y se inclinó un poco hacia mí, dejando la taza de café a un lado.

—Con hechos, Jon. Siempre fuiste más de actuar que de hablar. Pero los hechos no son huir, ni callar ni esconderse. Son quedarse, dar la cara y demostrar que se puede confiar en ti.

Luis asintió con fuerza.

—Exacto. Ya probaste lo contrario, y mira dónde estamos. Si sigues esperando, mañana Mara estará en su casa, a cientos de kilómetros, y entonces sí que no habrá marcha atrás.

Me pasé una mano por el rostro, agotado.

—Es que…, tengo miedo. —La confesión salió sin filtros, como un desahogo—. Miedo de que no me perdone, miedo de que odie a mi hija por mi culpa, miedo de que todo se derrumbe.

El abuelo chasqueó la lengua, molesto.

—El miedo es para los que no tienen nada que perder. Y tú lo tienes todo: una hija que te adora y una mujer que, aunque esté herida, aún mueve tus cimientos. Si dejas que el miedo te paralice, la perderás igual.

Me quedé en silencio, mirando a Arane mientras se reía porque había pescado un cereal bailarín que flotaba en su leche. Su inocencia era mi ancla, y también mi condena.

Luis, más suave ahora, me puso una mano en el hombro.

—Escúchame, Jon. Bruno tenía razón cuando te dijo que le dieras espacio. Eso está bien, pero espacio no significa rendirse. Lo que tienes que hacer es aparecer, estar ahí sin asfixiarla, mostrarle que ya no eres el mismo cobarde que se marchó.

Levanté la vista hacia él, buscando algo de certeza en su mirada.

—¿Y si no me da una oportunidad?

—Entonces al menos sabrás que lo intentaste —respondió Luis con firmeza—. Pero si no mueves un dedo, vas a vivir arrepintiéndote toda tu vida.

El abuelo apoyó el bastón en el suelo con un golpe seco, como si sellara la conversación.

—Bien dicho. Ahora come, muchacho. No se puede pelear en una guerra con el estómago vacío.

No pude evitar soltar una risa amarga, pero obedecí. Serví un poco de fruta y pan, aunque el apetito brillaba por su ausencia. Mientras masticaba sin ganas, una certeza empezó a tomar forma dentro de mí: Luis y el abuelo tenían razón. No podía dejar que Mara se marchara de nuevo sin luchar.

Y justo entonces, como si sus palabras hubieran invocado a la tormenta, los vi.

Lorena y Víctor entraban al bufé con paso decidido.

Lorena me fulminó con la mirada en cuanto me vio, como si pudiera atravesarme con ella, mientras que Víctor tenía una expresión de decepción que me dolió aún más.

Era como si me dijera, sin hablar, que había perdido el derecho a su confianza.

Respiré hondo, me levanté de la mesa y avancé hacia ellos. Tenía mil frases ensayadas, pero todas se esfumaron en cuanto estuve frente a los dos.

—Yo… —empecé titubeando, incapaz de articular palabra—. No sé cómo…

—Pues mejor no digas nada —me cortó Lorena, seca, con un tono afilado que me dejó helado—. Ya lo dijiste todo con tus actos: reapareciste en la vida de mi amiga, le diste otra vez una ilusión y volviste a cagarla. Bravo, Jon.

Lo había resumido perfectamente en una sola frase, sin adornos, dura, directa. Su desprecio fue un golpe directo al estómago. Ni siquiera me atreví a replicar. Bajé la mirada, avergonzado.

Víctor, en cambio, se limitó a suspirar y hablar con calma, aunque sus palabras me dolieron aún más.

—Mira, Jon, yo estaba en tu team . Quería creerte, incluso llegué a pensar que todo podía tener una explicación.

Pero… —hizo una pausa, bajando la voz—, no puedo ignorar el dolor que vi en los ojos de Mara anoche.

Lo siento mucho, pero intenté buscar una buena defensa para ti y no me lo has puesto nada fácil.

Me sentí desnudo frente a ellos, como si todo mi mundo se redujera a un juicio del que ya sabían la sentencia de antemano. Tragué saliva, tratando de recomponerme.

—Tenéis razón. —Mi voz salió rota, apenas un susurro—. Lo hice mal. Muy mal. No tengo excusas, solo os debo una disculpa.

—A nosotros no —me interrumpió Lorena enseguida, cortante como una cuchilla—. A nosotros no nos debes nada. A quien le debes explicaciones, respeto y disculpas es a Mara.

Asentí, sin fuerzas para rebatir.

—Lo sé —respondí, mirándolos con la poca entereza que me quedaba—. Sé que lo arruiné, que la hice sufrir, pero la quiero. La quiero con todo lo que soy, y mi intención es hacer lo posible, lo que sea necesario, para que algún día me perdone.

Hubo un silencio denso, roto solo por el murmullo de platos y tazas alrededor. Lorena seguía con los brazos cruzados, como un muro infranqueable. Víctor, en cambio, ladeó la cabeza y me estudió un momento, hasta que se le escapó una media sonrisa torcida.

—¿Sabes qué pasa, Jon? —dijo con su tono más irónico—. Que tienes el mismo encanto que un gato mojado ahora mismo. Y mira que yo quería estar de tu lado, pero, querido, se me está haciendo cuesta arriba.

Lo miré sin saber si reírme o hundirme más.

—Gracias por el apoyo… —murmuré con amargura.

—Eh, no te equivoques —replicó Víctor, levantando un dedo—. No es que no lo quiera dar, es que, si lo hago, Lorena me mata antes de que acabe el desayuno.

Lorena lo fulminó con una mirada asesina, pero él siguió hablando, imperturbable.

—Lo que sí te digo es esto: si realmente la quieres, si de verdad vas a pelear, más te vale empezar a demostrarlo ya. Porque Mara… —me señaló con el tenedor—, Mara no es de las que se queda esperando. Y si la pierdes otra vez, esta vez será para siempre.

Sentí cómo esas palabras me calaban hondo, entre amenaza y consejo.

Lorena resopló, sacudiendo la cabeza.