Capítulo 35 #3
Gracias a que leyó mi súplica, intervino, levantando la mano como si quisiera calmarme.
—A ver, sobrino, mejor te lo contamos ya, porque tarde o temprano ibas a enterarte.
—¿Más secretos? Joder, hasta el espía más famoso presentaría su dimisión por demasiado trabajo con nuestra familia.
El estómago se me encogió. No entendía nada, pero intuía que lo que venía podía sacudirme más todavía.
Luis se reclinó en la silla y empezó a hablar:
—Hace un tiempo, yo me crucé con Arantxa —al ver mi cara de desconcierto, aclaró—: sí, la directora de la revista para la que trabaja Mara.
Resulta que nos conocíamos de cuando éramos más jóvenes.
Empezamos a charlar, a ponernos al día, algo totalmente inocente.
Pero en medio de la conversación, me habló de parte de su equipo, de la gente en la que más confiaba. Y soltó un nombre: Mara.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Y? —pregunté con impaciencia.
—Pues que a mí se me encendió la bombilla, Jon. —Mi tío se apuntó con el dedo la cabeza y sonrió de lado—. ¿Cuántas Maras conoces tú? Yo solo había oído ese nombre una vez y estaba relacionada contigo ¿qué probabilidades había de que justo esa Mara trabajara con ella?
Estaba estupefacto con lo que estaba escuchando. Suponía que estaban esperando una respuesta por mi parte.
—Pero…, pero, ¿cómo…?
—Así que, con toda la confianza del mundo, le pregunté más.
El abuelo Lorenzo se rio entre dientes, pareciendo saber más de lo que decía o admitía.
—Y tu tío, que es muy cuco, le contó a Arantxa una vieja historia… —añadió el abuelo—. La de una amiga muy especial que tenía su sobrino, a quien echaba mucho de menos y se llamaba Mara.
—Tu amiga especial, Jon —continuó Luis, mirándome fijo—.
Esa que te dejó marcado y de la que nunca lograste pasar página.
Cuando Arantxa escuchó atentamente lo que le estaba contando, cayó en la cuenta, me enseñó una foto de ella y…
, ¡zas! las piezas encajaron. Las casualidades y causalidades existen.
Porque los dos hablábamos de la misma mujer.
Me llevé las manos a la cabeza.
—No me lo creo… No puede ser… Esto es de locos.
—Créetelo —intervino el abuelo, serio—. Desde ese día empezamos a pensar en cómo propiciar un reencuentro.
Me eché hacia atrás en la silla, totalmente descolocado.
—¿Me estáis diciendo que manipulasteis todo esto para que…, para que me reencontrara con ella?
Luis levantó las cejas.
—Manipular es una palabra muy fea. Digamos que le dimos un empujoncito al destino.
El abuelo golpeó la mesa con el puño, aunque no con fuerza.
—¡Qué empujón ni qué ocho cuartos! Nos dejamos el alma para que tuvieras esta oportunidad.
Me llevé las manos al pelo, incrédulo.
—No puede ser…
—Lo preparamos, Jon. Con Arantxa de cómplice. Ella me confirmó que Mara estaba soltera. La idea era simple: darte la oportunidad de volver a verla, de arreglar lo que quedó roto.
El corazón me latía tan fuerte que sentía que iba a salírseme por la boca.
—Pero, ¿cómo… cómo pudisteis…? —Me levanté de golpe, incapaz de quedarme quieto—. ¿Llevabais tanto tiempo planeándolo y no me dijisteis nada?
El abuelo clavó su bastón en el suelo con un golpe seco.
—Porque si te lo decíamos, harías lo posible por no ser parte del proyecto —su voz resonó en la habitación con autoridad—. Te conocemos, Jon. Sabíamos que inventarías cualquier excusa para no enfrentarte a tus fantasmas del pasado.
Luis se encogió de hombros, pero su mirada fue más suave.
—No lo hicimos para herirte. Lo hicimos porque sabíamos que si no aprovechábamos esta ocasión, te estarías perdiendo la oportunidad de tu vida para recuperar a la mujer que más has querido.
Yo respiraba agitadamente, con la cabeza hecha un caos. La rabia, la sorpresa y…, sí, también un destello de gratitud se mezclaba en mí como un cóctel imposible de digerir.
—No puedo creer que me lo ocultarais… —murmuré, con un nudo en la garganta.
—Lo hicimos porque te queremos, muchacho —dijo el abuelo, bajando la voz, más paternal—.
Y porque vimos lo feliz que eras cuando estabas con ella.
Tenías una luz especial en los ojos, siempre ibas con una espléndida sonrisa en la cara, tu humor era muy alegre y tenías una actitud muy positiva.
De repente, cambiaste. Años sin avanzar en cuanto al amor, sin pareja, con la mirada fija en tu hija, pero no sonreías igual.
Tenías todo menos lo que realmente necesitabas.
Luis añadió con una media sonrisa:
—Y, mira, puede que la cosa no haya empezado de la mejor manera…, pero al menos ya no tienes esa espina clavada de no volver a verla. Ahora está en tus manos qué hacer con ello.
Me dejé caer de nuevo en la silla, derrotado. Cerré los ojos un instante, intentando procesar.
Ellos lo habían planeado todo. Y yo, que había pasado la noche castigándome por lo ocurrido, descubría ahora que el destino no había sido tan casual como pensaba.
Abrí los ojos y los miré a los dos.
—Sois unas alcahuetas —dije, con un hilo de voz, pero sin enfado real.
Luis se rio.
—Sí, pero de las que te quieren bien.
El abuelo me observaba en silencio, y sentí que esa verdad pesada que me habían soltado no era una condena, sino un recordatorio: ellos creían que todavía había algo por salvar.
Me pasé una mano por la cara y miré hacia Arane, que me sonrió mientras hacía volar su muñeca otra vez.
Y pensé que quizá tenían razón. Arane, como si hubiera oído su nombre en mitad del barullo, levantó la vista de su muñeca y vino corriendo hacia mí.
Me abrazó fuerte por la cintura y me miró con esos ojazos suyos, llenos de luz.
—¿Papi, eta tiste?
Ese nudo en la garganta casi me impidió hablar, pero forcé una sonrisa y acaricié su pelo.
—No, mi vida. Estoy pensando en lo mucho que te quiero.
Ella sonrió satisfecha, como si esa respuesta le bastara, y volvió a su muñeca.
El abuelo y Luis me miraban en silencio, pero no necesitaban palabras: yo ya había entendido lo que querían decirme. Luis se levantó, se sacudió las manos y dijo con voz enérgica:
—Bueno, caballeros, y canija —miró a Arane con un guiño—, propongo que bajemos al bufé a desayunar. Falta nos hace. Y tú, Jon, más que nadie. Vas a necesitar fuerzas para la tarea más importante de los últimos tiempos.
Lo miré con extrañeza, y él levantó el dedo índice como si estuviera declamando un mandamiento:
—Recuperar a Mara. De manera sincera, correcta, sin secretos. Y esta vez…, para siempre.
El abuelo asintió lentamente, aprobando cada palabra. Sentí un peso en el pecho, pero también una determinación nueva. Era verdad: necesitaba fuerzas, porque esta batalla no sería sencilla.
Nos pusimos en marcha. Arane se adelantó con su energía inagotable, mientras yo caminaba entre Luis y el abuelo. Cuando llegamos al ascensor, los tres intercambiamos una mirada silenciosa, como un pacto tácito de que ese día marcaría el inicio de algo distinto.