Me lo dice tu mirada Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

Me quedé en silencio, con la garganta hecha un nudo. Luis me dio una palmada fuerte en el hombro, como para remarcar lo que acababa de decir.

—Ahora, elige: ¿te vas a quedar quieto esperando un milagro o vas a hacer lo que hace un hombre cuando de verdad quiere recuperar a alguien?

Sentí cómo esas palabras me golpeaban con toda la fuerza de la verdad. No respondí enseguida. Solo pude asentir, con la certeza de que, esta vez, no podía volver a fallar.

—¿Y si fallo otra vez? —susurré.

Luis me sostuvo la mirada y respondió sin titubear:

—Entonces, no eres digno de ella.

Sentí ese golpe directo en el pecho, como un puñetazo. Y al mismo tiempo, fue el empujón que necesitaba. Porque debajo del dolor, de la culpa y del miedo, solo quedaba una certeza: no quería volver a fallarle.

Mi tío me sostuvo la mirada unos segundos y, como si quisiera suavizar el peso de la conversación, esbozó una sonrisa de medio lado.

—Anda, ven. Vamos a despejar esa cabeza que parece una olla a presión. —Se incorporó con energía y añadió con un guiño—. Vamos, acompáñame a levantar de la cama a la bella durmiente… —Señaló hacia arriba con el pulgar—. Y al abuelito de Up . Que ya es hora de empezar el día con energía.

Esa última frase no sabía muy bien si iba dirigida a ellos o a mí. Pero preferí no preguntar.

No pude evitar soltar una risa ronca, amarga pero necesaria. La primera en toda la mañana. Luis me rodeó con el brazo, dándome un leve empujón para que caminara con él hacia los ascensores.

—No te preocupes, chaval —me dijo con un tono más cálido, casi paternal—. A veces la vida nos pone a prueba con las cosas que más queremos. Y tú ya sabes cuál es tu prueba.

Mientras lo seguía, sentí que, aunque el miedo y la culpa seguían ahí, el peso sobre mis hombros se aliviaba un poco. Quizá porque Luis tenía razón: había llegado el momento de reparar.

No sé ni cómo llegué hasta la habitación.

Caminé por los pasillos del hotel como un fantasma, sin tener claro si quería encontrarme con alguien o seguir en mi silencio.

Pero cuando me detuve frente a la puerta de la habitación donde estaban Arane y mi abuelo, supe que ahí dentro estaba la personita más importante de mi vida.

Golpeé suavemente la puerta, tres toques casi tímidos. Tardaron apenas unos segundos en abrir, pero a mí se me hicieron eternos.

La puerta se abrió y antes de que pudiera decir una palabra, vi un destello de rizos despeinados y un par de ojitos brillantes que me miraban con ilusión.

—¡Papi! —chilló Arane, y en un segundo ya estaba corriendo hacia mí con los brazos abiertos.

No tuve tiempo de agacharme, se me lanzó encima con tanta fuerza que casi me eché para atrás, pero logré atraparla al vuelo. El abrazo de mi hija me golpeó directo al alma, borrando de golpe las sombras de la noche anterior.

—¡Sabía que vendías! —dijo apretando su cara contra mi cuello.

Me quedé quieto, respirando el olor dulce de su pelo, el calorcito de su cuerpo pequeño y fuerte. Esas eran las cosas que me recordaban que, a pesar de todo lo demás, había hecho al menos algo bien en la vida.

—Claro que sí, princesa. ¿Cómo no iba a venir? —le respondí acariciándole la espalda.

Arane se apartó un poco para mirarme con sus ojos llenos de expectación.

—¿Vite la funció de aye? ¿Me vite baila?

La pregunta me dolió, porque justo en ese momento Mara estaba en mi cabeza. Pero la sonrisa de Arane me devolvió al presente, donde solo existía ella.

—Lo vi todo —le aseguré, sonriendo con sinceridad—. Bailaste como una estrella. Me dejaste con la boca abierta.

—¿Sí? —dijo con un brillo de orgullo en la mirada.

—De verdad, lo hiciste de maravilla. Estoy muy orgulloso de ti.

Ella rio bajito y me apretó más fuerte. Entonces, con la misma naturalidad con la que se respira, me soltó:

—Papi, bájame, me toy hasiendo pis.

Me eché a reír, negando con la cabeza. Era tan ella, tan espontánea.

—Vale, vale, te bajo.

Pero antes de soltarla, me rodeó el cuello con sus bracitos y me plantó un abrazo largo, fuerte, con la inocencia de quien no mide el tiempo ni las palabras.

—Ere el mejo papi del mundo. Y el ma guapo —susurró contra mi oído, como si me contara un secreto importantísimo.

Sentí que los ojos se me humedecían. No me merecía esas palabras, no con todo lo que había hecho mal, no con lo que había perdido la noche anterior. Pero también supe que esa niña me veía sin juicios ni reproches, solo con amor.

La dejé en el suelo y salió disparada hacia el baño, descalza, dejando tras de sí un eco de risitas.

Me quedé mirándola, con el corazón encogido, preguntándome qué haría yo sin ella.

Fue entonces cuando sentí la mano de Luis en mi hombro.

Me giré y vi a mi tío acercarse, con esa calma suya que siempre parecía poner las cosas en perspectiva.

Se inclinó un poco hacia mí y en un susurro me dijo:

—No todo es malo, Jon. Si alguna vez dudas, mira a esa niña. Mira con orgullo la hija tan buena, preciosa y zalamera que tienes.

Me quedé callado, tragando saliva, porque tenía razón. Todo podía estar cayéndose a pedazos, pero mientras Arane siguiera sonriendo así al verme, había algo que merecía la pena defender hasta el final.

Arane seguía encerrada en el baño, canturreando como si el mundo fuera un lugar hecho solo para jugar.

Yo me dejé caer en una de las sillas junto a la mesa donde el abuelo había desplegado el periódico, las gafas apoyadas en la punta de la nariz.

Parecía estar leyendo, pero en cuanto me miró de reojo supe que llevaba un buen rato observándome.

—¿Y a ti qué demonios te pasa, muchacho? —me soltó sin rodeos, doblando el periódico con parsimonia—. Tienes una cara que asusta.

Intenté recomponerme, enderezar la espalda y fingir normalidad, pero no me salía. Mi tío, que todavía estaba de pie, cruzó los brazos y me miró con media sonrisa cansada, como quien sabe que no voy a poder escaparme de esa conversación.

—Nada, abuelo, estoy bien. Solo he dormido mal.

—Ja —bufó, acomodándose en la silla—, llevo ochenta y seis años viendo caras, Jon, y la tuya me grita a kilómetros que algo va muy mal.

Me removí, incómodo, buscando las palabras, pero Luis se adelantó.

—Déjalo, abuelo. Si seguimos esperando a que él suelte prenda, nos van a dar las uvas. Te lo resumo: anoche Jon y Mara tuvieron una conversación dura. Se descubrió el pastelito. Esta mañana, Mara se ha marchado.

El abuelo entrecerró los ojos y me apuntó con el dedo como si me hubiera cazado robando galletas de la despensa.

—Ya me lo imaginaba. —Se inclinó hacia adelante—. Y supongo que no fue ella la que metió la pata.

—No, abuelo… —murmuré, bajando la cabeza.

—¡Pues claro que no! Mira que eres cenutrio —me interrumpió, golpeando la mesa con la palma—. Siempre huyendo, siempre callándote las cosas hasta que revientan. ¿Es que no aprendiste nada de tu padre? ¿Nada de lo que tanto le reprochabas?

Sentí cómo me ardían las orejas. Sus palabras eran como cuchilladas, pero no podía rebatirlas porque tenían razón.

Luis se sentó a mi lado, más tranquilo, intentando suavizar la tensión.

—Abuelo, Jon ya sabe que no lo ha hecho del todo bien. No necesita que le hagamos un inventario de culpas, sino que piense qué hacer ahora para arreglarlo.

El abuelo lo miró un segundo, pero enseguida volvió a fijarse en mí, como si quisiera atravesarme con los ojos.

—¡Pues que empiece ya! —replicó—. Que no se quede mirando el techo como un alma en pena. Si esa muchacha le importa de verdad, que lo demuestre.

Yo respiré hondo, intentando no venirme abajo.

—No es tan fácil, abuelo. Mara está dolida, mucho. Y no la culpo. La decepcioné de la peor manera.

—Lo fácil es para los cobardes, Jon. Y tú no lo eres. —Su voz se volvió más grave, más lenta—. Eres mi nieto, y mi nieto no se queda tirado en la cuneta cuando la vida le pone un obstáculo.

El silencio se instaló un momento entre los tres.

Arane salió del baño a toda prisa y saltó a la cama con su muñeca, ajena a todo, llenando la habitación con risas.

Cogió el mando de la televisión y me la cedió para que le pusiera sus dibujos preferidos.

Esa inocencia contrastaba con el peso que yo sentía en el pecho.

Luis fue el primero en romper el silencio, con tono más conciliador:

—Abuelo, lo que dice Jon también es cierto. No puede forzar las cosas. Bruno le dijo anoche que le diera espacio, y yo creo que es un buen consejo.

—Espacio, sí. Pero espacio no significa esconderse, ¿me entiendes, muchacho? —me replicó Lorenzo, clavándome la mirada—. No cometas el error de pensar que el tiempo lo arregla todo. El tiempo solo hace más grandes las distancias.

Me quedé callado, mordiéndome el labio, con la sensación de estar atrapado entre dos fuerzas: mi miedo a acercarme demasiado pronto y el pánico a perderla para siempre.

El abuelo volvió a desplegar el periódico, pero antes de sumergirse de nuevo en él me lanzó una última frase que me dejó clavado en la silla:

—Si de verdad quieres que te escuche, tendrás que ganártelo. Las palabras bonitas sirven de poco, Jon. Demuéstrale quién eres, no quién fuiste.

Me quedé mirando el suelo, con un nudo en la garganta, sabiendo que tenía razón, pero sin tener ni idea de cómo hacerlo.

Miré suplicante a mi abuelo y antes de que yo pudiese decirle nada, se me adelantó.

—Con lo que nos ha costado…

Me quedé mirándolo, con el ceño fruncido sin entender el significado de esas palabras y con el corazón encogido. Luis también dirigió la mirada enseguida a mi abuelo abriendo mucho los ojos, como si supiera lo que venía después.

—¿A qué te refieres, abuelo? —pregunté, intrigado.

El mayor de los tres respiró hondo, dejó el periódico en su regazo y luego me miró con esa seriedad que nunca admite evasivas.

—A que vuestro reencuentro, Jon, no fue fruto de la casualidad —dijo, despacio, como quien mide cada palabra.

Fruncí el ceño, confundido.

—¿Cómo que no? ¿Qué quieres decir? —Miré a mi tío abrumado por toda la situación y buscando una respuesta.