Capítulo 35
No había cerrado los ojos en toda la noche.
Daba igual cuántas veces cambiara de postura en la cama, el sueño se me escapaba en cada vuelta y vuelta que daba desesperado.
Cada vez que cerraba los párpados aparecía la imagen de Mara alejándose de mí, con esa mirada llena de rabia y dolor.
Me revolvía entre las sábanas, sintiendo cómo la ansiedad me encogía el estómago.
Necesitaba verla. Tenía un impulso casi visceral de buscarla, de agarrarla y suplicarle que me escuchara de nuevo, que me dejara explicarme mejor lo que sentía por ella.
Pero al mismo tiempo sabía que debía respetar su espacio.
Ella misma me lo dijo anoche: que necesitaba pensar, asimilar y llorar.
Y yo no podía ser tan egoísta de irrumpir ese proceso solo porque yo me sentía perdido.
Quería darle su tiempo, aunque por dentro me estuviera consumiendo.
Cuando el sol apenas comenzaba a asomar, me rendí.
Me duché rápido, intentando despejarme, y bajé al hall del hotel.
El ambiente todavía estaba tranquilo a la espera de que empezara a cobrar vida con los primeros huéspedes del día.
Una familia arrastraba maletas hacia la recepción, una pareja de extranjeros pedía indicaciones al conserje y el aroma del café recién hecho se colaba desde la cafetería.
Todo parecía tan normal, tan cotidiano y, sin embargo yo sentía que mi mundo entero se había ido al traste.
Allí, en medio del movimiento, vi a mi tío Luis. Estaba apoyado en el mostrador, hojeando unos papeles con la calma de siempre, como si el tiempo tuviera otro ritmo para él. Al verme, alzó la vista y me dedicó una sonrisa cordial.
—Buenos días. —Me estrechó la mano y me dio una palmada en el hombro—. ¿Has descansado?
Tragué saliva, disimulando como pude.
—Lo justo. —Forcé una sonrisa—. ¿Y Arane?
—Sigue dormida, pero no te preocupes, está con el abuelo. —Su tono fue tranquilo, casi tranquilizador—. Esa niña duerme como un lirón.
Me alivié un poco al escuchar aquello. Saber que mi pequeña estaba bien era el aire que necesitaba para poder llenar mis pulmones entre todo el caos que me rondaba.
Mi tío me observó con esos ojos que parecían leer más de lo que uno quería mostrar.
—Y tú, ¿qué tal estás? —preguntó con naturalidad, aunque había algo en su voz que me hizo sentir como un niño al que le cuesta confesar que le han roto su balón preferido y él lo sabía, pero estaba esperando a que se lo contase—. ¿Va todo bien?
En un primer momento, no supe qué contestar.
Tenía la tentación de vaciarme ahí mismo, de confesarle lo destrozado que estaba, pero me mordí la lengua.
No era el momento. No quería abrir esa herida delante de todo el hall , con gente pasando de un lado a otro.
Así que tiré de mi máscara, esa que llevaba años perfeccionando.
—Sí, todo perfecto. —Me encogí de hombros, como si fuera lo más obvio—. ¿Qué tendría que ir mal?
Mi tío arqueó una ceja, como si no terminara de creérselo.
Me hizo un gesto con la mano, suave pero firme, invitándome a apartarnos un poco hacia un lateral del hall .
Caminamos hasta una de las columnas de mármol que nos daba cierta privacidad, donde podríamos mantener una conversación más íntima.
Su rostro se mantenía sereno, pero sus ojos tenían esa chispa inquisitiva que siempre me había puesto nervioso.
—No sé… —dijo bajando el tono—. Tal vez porque esta mañana, a primera hora, Mara ha bajado con las maletas y se ha marchado.
Sentí cómo mi corazón se saltaba un latido, o puede que fuesen dos.
—¿Qué? —apenas pude articular.
—Sí —continuó con calma—. Se despidió de mí diciendo que tenía que volver a casa en el primer vuelo. Me dio las gracias por la oportunidad de trabajar aquí, comentó que Víctor se quedaría con Lorena para terminar de ultimar los escenarios y que esperaba que quedáramos satisfechos con el resultado.
Las palabras me golpeaban en la cabeza como martillazos. Visualizar a Mara cruzando ese mismo hall con las maletas fue un dolor directo al centro del pecho, insoportable.
Me apoyé en la columna, para recuperar el ritmo cardiaco. Sentía que me faltaba el aire.
—No puede ser… —murmuré.
Luis me miraba fijo, esperando.
—¿Vas a contarme qué ha pasado, Jon?
Me pasé la mano por el rostro, intentando ganar tiempo.
Mi cabeza iba a mil por hora. Una vez más yo era el culpable de su dolor.
Era evidente que lo de anoche había sido demasiado, que mis errores nos habían destrozado.
Inspiré hondo, tratando de reunir valor.
—Mara y yo… ya nos conocíamos de antes. Fuimos pareja.
Y cuando me enteré de la inminente existencia de Arane, entré en pánico.
Me bloqueé. Y cometí uno de los mayores errores de mi vida: marcharme sin darle a Mara ninguna explicación.
Tragué saliva, la vergüenza me quemaba la garganta. Mi tío me miraba atento, sin perder detalle de lo que le contaba.
—Anoche, le conté todo. Le expliqué cómo sucedió todo, lo de Nora, de qué manera me enteré de su embarazo… Y Mara se derrumbó delante de mí. Fue como verla romperse en pedazos, y no supe cómo sostenerla.
Levanté la vista, esperando encontrar en mi tío la sorpresa o el desconcierto que yo mismo sentía. Pero no vi nada de eso. Su expresión se mantenía serena, casi resignada.
—No te sorprendes, ¿por qué no te sorprende nada de lo que te acabo de contar? —dije, frunciendo el ceño.
Luis dejó escapar un suspiro y me sostuvo la mirada.
—Porque algo de lo que me acabas de contar ya lo sabía, y otras cosas las intuía.
Me quedé helado. Lo miré con la boca entreabierta, incapaz de procesar sus palabras.
—¿Cómo que ya lo sabías? —pregunté al fin, con la voz más áspera de lo que pretendía.
Luis se cruzó de brazos, imponente en su calma.
—Exactamente como lo has oído. ¿De verdad pensabas que podrías esconderme algo así?
Cuando empezaste a salir con Mara, el abuelo y yo lo sabíamos.
Como tú no contaste nada de que estabas con una chica y no nos la presentaste, no te dijimos nada.
Guardamos el secreto. Con la llegada de Arane algo cambió.
Tenías cambios de humor. Por un lado, estabas feliz con tu niña en brazos, y en otras ocasiones, tenías la mirada triste y perdida, Jon. Y no soy precisamente ciego.
Me pasé la mano por el pelo, nervioso.
—Entonces, ¿por qué no me dijiste nada? ¿Por qué no me sacaste el tema?
—Porque no era mi guerra —respondió con esa dureza que siempre usaba cuando me ponía a la defensiva—. Era la tuya. Yo no podía obligarte a enfrentarte a lo que habías hecho. Podía esperarte, eso sí. Y créeme, he esperado mucho.
Sentí un nudo en la garganta, mezcla de vergüenza y rabia contra mí mismo.
—Joder, tío, la vi romperse. Vi cómo me miraba como si yo fuera un desconocido. Como si todo lo nuestro hubiera sido una mentira.
Luis me clavó los ojos, firmes, sin pestañear.
—¿Y qué esperabas?, ¿un abrazo?, ¿que te dijera: «tranquilo, cariño, lo entiendo todo»? Jon, le ocultaste algo que le cambió su vida. Se lo escondiste, y desapareciste de golpe. Lo que hizo anoche Mara fue lo natural: explotar.
Yo me encogí de hombros, derrotado.
—No sé si va a poder perdonarme, ni si querrá volver a verme.
—Eso no lo decides tú —replicó enseguida—. Tú decides si vas a pelear por demostrarle que puede confiar en ti otra vez. El resto está en sus manos.
Guardé silencio. Mis ojos se desviaron hacia el suelo, como si allí pudiera encontrar respuestas. Luis, en cambio, se inclinó un poco hacia mí para que lo mirase a los ojos.
—Mira, sobrino, tienes una hija preciosa, eso no es un castigo, es un regalo. Y Mara lo sabe, lo que no soporta es tu cobardía. No la culpes por necesitar aire. Si realmente la quieres, tendrás que demostrarle, con paciencia y con hechos, que ya no eres el hombre que huyó.
Noté que la voz me temblaba.
—¿Y si mientras tanto decide irse para siempre?
Luis esbozó una media sonrisa.
—Entonces, al menos sabrás que peleaste. Que diste la cara. Que no corriste otra vez como un crío asustado.
Respiré hondo, pasándome las manos por la cara.
—Bruno me dijo que le dé su espacio, que no la agobie, que la deje respirar.
Luis asintió lentamente, con esa calma que siempre me desesperaba porque parecía que él ya tenía todas las respuestas.
—Bruno no anda desencaminado. Es un buen consejo —dijo, apoyándose en la pared con los brazos cruzados—. Pero escucha bien lo que voy a decirte, Jon.
Alzó un dedo, como si estuviera a punto de dictar sentencia.
—Darle su espacio no significa desaparecer. No confundas paciencia con pasividad. Si quieres recuperarla, no puedes dormirte en los laureles.
Me quedé callado, tragando saliva, mientras él se acomodaba el reloj en la muñeca. Tenía esa forma suya de hablar como si cada palabra pesara.
—¿Sabes lo que pasa con el tiempo, sobrino? —continuó—. Que se escapa. Como la arena entre los dedos. Si no haces nada, Mara puede convencer a su propio corazón de que lo mejor para ella es olvidarte. Y cuando eso ocurra, ahí sí que no habrá vuelta atrás.
Sentí un escalofrío. Luis bajó la voz, más íntimo:
—Así que, sí, respétala. Déjala respirar. Pero al mismo tiempo, muéstrale con hechos que estás aquí. Presente. Constante. Que el hombre que salió corriendo hace tres años ya no existe.
Sus palabras me atravesaron como cuchillos, pero en el fondo tenían razón. Luis se inclinó un poco hacia mí, con esa mezcla de dureza y ternura que solo los viejos lobos saben manejar.
—Te voy a dar un consejo de señor mayor, Jon: cuando un hombre comete un error grande, como el tuyo, no basta con pedir perdón, hay que arreglarlo.
Y eso lleva tiempo, paciencia y humildad.
No esperes que ella vuelva a confiar de la noche a la mañana.
Cada día tendrás que demostrarle que estás ahí.
Y cada día será una batalla. Si no estás dispuesto a eso, mejor déjala ir ya y no la lastimes más.