Me lo dice tu mirada Capítulo 33
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Capítulo 33

Cuando crucé la puerta de mi habitación, todo mi cuerpo se desplomó como si hubiera estado sosteniéndome a la fuerza durante horas.

Cerré con brusquedad y apoyé mi espalda en la madera fría, intentando que me contuviera, que absorbiera la rabia y el dolor que me rebosaban.

Pero ni la puerta ni las paredes podían salvarme de lo que sentía: un nudo en la garganta que me asfixiaba y una presión en el pecho que me recordaba, segundo a segundo, que Jon había logrado destrozarme otra vez.

Avancé tambaleante hasta la cama y me dejé caer boca abajo, hundiendo el rostro en la colcha. Olía a detergente industrial, a todo menos a hogar, y quizá era lo que necesitaba: algo que me recordara que estaba en un lugar ajeno, lejos de todo lo que me hacía sentir segura, a salvo.

Las lágrimas me ardían, pero apenas pude llorar. Era como si hubiera llorado lo necesario para descargar la ira y el rencor acumulado durante tanto tiempo, que en ese momento no quedaban reservas. Lo único que me quedaba era un cansancio extremo y una tristeza que pesaba más que mi propio cuerpo.

Cerré los ojos con fuerza. Me repetí mentalmente que debía mantenerme fuerte, que no podía volver a permitir que Jon me destrozara. Y, sin embargo, lo había vuelto a conseguir en apenas unos minutos.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que escuché los golpes suaves en la puerta. Como si la persona al otro lado estuviese siendo cauteloso, sabiendo el estado en el que me encontraba.

Toc, toc, toc.

Rodé sobre la cama, con los ojos enrojecidos, y mi primera reacción fue la furia. Mi voz salió ronca, rota, pero cargada de una firmeza que apenas me creía capaz de tener.

—No he pedido nada al servicio de habitaciones —dije con dureza—. Y si eres Jon, ya puedes darte media vuelta y largarte. Lo hiciste muy bien hace tres años, no te resultará complicado ahora.

El silencio al otro lado duró apenas unos segundos, pero para mí fueron eternos. Esperaba escuchar algo, no sabía el qué exactamente. Tal vez la voz del camarero de habitaciones pidiendo disculpas o unos pasos alejarse. Lo que llegó fue otra cosa.

—Pues vaya recibimiento para tus mejores amigos —dijo una voz femenina, llena de ironía contenida.

—Y para colmo, no hemos traído bandejas con comida ni uniformes de camareros —añadió una voz masculina, con un deje divertido—. Pero prometemos compañía gratuita y sin límite de horas.

Un suspiro de alivio se me escapó sin permiso.

Reconocí sus voces al instante: Lorena y Víctor.

La parte más destructiva de mí quiso pedirles que se fueran, que me dejaran en paz con mi miseria.

Pero la parte más frágil, la que se sentía como una niña abandonada, ganó la batalla interior y se aferró a la idea de no estar sola.

Rodé de nuevo sobre la cama, mirando hacia la puerta. El corazón me golpeaba con fuerza, ya no de rabia, sino de vulnerabilidad.

—¿De verdad sois vosotros? —pregunté, con un hilo de voz incrédula.

—En carne, hueso y ojeras —contestó Víctor, con ese humor que siempre sacaba incluso en los peores momentos—. Y traemos, además, un par de orejas disponibles y un corazón a prueba de dramas.

—Y yo —añadió Lorena— traigo la paciencia de un santo, por si decides gritarnos también a nosotros.

Pese al dolor, una leve sonrisa se me escapó, muy leve, casi imperceptible, pero estaba ahí.

—Abrid —susurré, resignada.

La puerta se abrió despacio y, al verlos aparecer, mi coraza empezó a resquebrajarse de nuevo. Lorena entró la primera, con los brazos abiertos y una mirada que era todo ternura. Víctor la seguía, más serio, pero con esa calma suya que siempre me daba seguridad.

La habitación, que hasta hace un instante había sido un sepulcro de soledad, empezó a sentirse menos hostil.

Yo seguía rota, sí, pero ya no estaba sola en mis pedazos.

No sabía ni por dónde empezar. Cuando Lorena y Víctor se sentaron a mi lado en la cama, yo estaba hecha un mar de nervios, con los ojos hinchados y las manos temblando. Bastó la mirada de Lorena, esa que me conoce demasiado bien, para que todo lo que había estado conteniendo se derrumbara.

—Me lo ha dicho… —murmuré, con un hilo de voz, mirando al suelo.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó Lorena, suavemente.

—Todo. Me lo ha contado todo. —Sentí la garganta cerrarse de nuevo, pero obligué a las palabras a salir—.

Arane, la niña pequeña con la que he estado en la búsqueda del tesoro y la que me ha saludado de manera efusiva antes de la función, es su hija.

Por lo visto la madre nunca le dijo nada del embarazo, hasta que por una llamada de un conocido la misma mañana en la que se marchó, se lo contó y… y que por eso se fue.

Me tapé la cara con las manos. El aire me faltaba, pero al mismo tiempo era un alivio soltarlo, poner en voz alta lo que llevaba ardiendo dentro de mí desde que Jon me lo confesó.

—¿Y cómo te lo ha dicho? —preguntó Víctor con cautela.

Solté una carcajada amarga.

—Con nervios, con excusas, con silencios que me dolían más que sus palabras…

Y yo…, yo estaba como una imbécil, sin poder creer nada de lo que escuchaba.

Porque no es solo que se marchara, es que lo hizo sin mirarme a los ojos, sin darme una explicación.

Me robó el derecho a decidir si podía o no aceptar lo que estaba por llegar.

¡Me dejó con un silencio que me mató durante tres años!

—Me incorporé de golpe, incapaz de seguir conteniéndome—.

Y ahora aparece, me suelta todo eso como si le hubiese entrado la cordura y la madurez necesaria para afrontar la situación, y pretende que lo entienda, que lo perdone…

El temblor en mi voz terminó quebrándose. No podía más. Me dejé caer de nuevo sobre la cama y cerré los ojos, sintiendo cómo Lorena me cogía la mano y me la apretaba con fuerza.

—Mara… —me dijo ella en un susurro—, tenías que saberlo, aunque doliera.

—¡Pero no así! —exploté, abriendo los ojos y clavándolos en ella—. No después de tres años, no después de dejarme rota y sin una palabra. No después de… —Me mordí el labio, tragándome el resto.

—Estoy de acuerdo en que no lo ha hecho de la mejor manera posible. Ha sido un cobarde y un inmaduro emocional. Ahora mismo no es una de mis personas favoritas en este hotel. De hecho, ocupa el puesto número uno en cuanto a la categoría de persona non grata —continuó mi amiga.

El silencio se instaló unos segundos, hasta que escuché a Víctor aclararse la garganta. Su tono fue más ligero, casi con la intención de sacarnos del pozo en el que yo acababa de hundirnos a todos.

—Bueno, mientras tú estabas en tu batalla emocional — empezó, mirándome con cautela—, nosotros también tuvimos nuestra dosis de espectáculo.

Lo miré con gesto interrogante sin entender lo que decía.

—¿Qué quieres decir?

Víctor se recostó contra el cabecero y levantó una ceja, como quien se prepara para relatar una buena historia.

—Bruno desapareció un rato, sin explicación alguna, con esa facilidad que tiene para escabullirse.

Y, de repente, lo vemos aparecer en la barra, tan tranquilo y con una niña en brazos a la que le hacía cosquillas y con la que los dos se reían sin parar.

Vamos, como si fuese lo más normal del mundo. Y claro, ahí estaba Lorena…

—¡Eh! —interrumpió ella, apretándole el brazo—. ¿Qué pasa conmigo?

Víctor la señaló con un gesto dramático.

—Pues que estuviste analizando la escena como si fueses una detective encubierta siguiendo al sospechoso del caso. Hija, los ángeles de Charlie a tu lado, son unas principiantes.

—Quiero pensar que me acerco más a Mata Hari, que a una de las tres secretarias de un hombre al que no se lo conoce y le tienen que hacer todo el trabajo sucio —le contestó Lorena con la cabeza bien alta y mirada retadora. Lo que provocó una sonora carcajada por parte de mi amigo.

—Claro que sí, mi pequeña femme fatale —le contestó, guiñándole un ojo—.

Bueno, a lo que iba, que me lías. En cuanto volvió, aquí nuestra inspectora, empezó con el interrogatorio nivel FBI.

«¿De dónde ha salido esa niña?, ¿por qué estaba contigo?

, ¿cómo que la hija de un amigo?, ¿de qué amigo estamos hablando?

Porque los dos hombres que se han llevado a la niña son el tío y el abuelo de Jon, ¿algo que confesar?

» Y yo, mientras tanto, ahí sentado, mirando a uno y a otro como si estuviera viendo un partido de tenis.

No pude evitar sonreír un poco al imaginarme la escena, pese a mi estado. La imitación de Víctor era todo un show de comedia.

—¿Un partido de tenis? —pregunté.

—Exacto —respondió Víctor con una mueca divertida—. Ella disparando preguntas sin parar, Bruno esquivándolas con respuestas cortas, y yo… yo girando la cabeza de un lado a otro, esperando a ver quién de los dos daba el golpe final. Te juro que me faltaba un cubo de palomitas.

Lorena puso los ojos en blanco, aunque no pudo disimular una sonrisa.

—Exagerado —dijo ella.

—¿Exagerado? —replicó él—. Si llega a durar un minuto más, habría empezado a aplaudir cada vez que uno respondía.

Pese a lo hundida que estaba, solté una pequeña carcajada. Me sentí culpable por reír en medio de tanto dolor, pero también lo agradecí. Ellos dos estaban ahí, como siempre, sacándome de la tristeza y la pena, aunque mi corazón seguía herido.

Víctor se encogió de hombros.

—Total, que al final apareció el camarero con las bebidas y Bruno se quedó con cara de alivio, aunque poco le duró porque Lorena volvió a la carga otra vez —terminó de relatar Víctor.

—¡Porque era sospechoso! —insistió ella, con gesto ofendido—. A ver, dime tú, ¿cuándo has visto a Bruno con un niño en brazos con esa familiaridad?

—Nunca —respondió él, dándole la razón con un gesto solemne—. También es verdad que lo conocemos desde hace poco tiempo.

—Ese dato es irrelevante ahora mismo para nuestro caso —contestó Lorena con rabia.

Sacudí la cabeza, medio divertida y medio agotada.

—Sois un caso perdido los dos —les dije agradecida.

—Puede —dijo Víctor con un guiño—, pero somos tu caso perdido.