Me lo dice tu mirada Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

El calor en mi pecho se mezcló con el dolor. Por primera vez en toda la noche, sentí que no estaba sola en este caos.

Cuando las risas se apagaron y el silencio volvió a colarse en la habitación, sentí cómo la herida volvía a abrirse. Mi pecho ardía y el nudo en la garganta me impedía respirar con normalidad.

—No sé qué hacer —admití finalmente, dejando que las palabras se deslizaran al aire como una confesión.

Lorena fue la primera en reaccionar. Me apretó la mano con firmeza, como si quisiera transmitirme un poco de su fuerza.

—Mara, lo primero que tienes que hacer es pensar en ti.

No en Jon, no en lo que espera o deja de esperar, ni tampoco en sus explicaciones.

Tú, cómo te sientes, qué necesitas, qué te hace bien.

—Sus ojos brillaban con una mezcla de ternura y protección—.

Porque llevas tres años con una herida abierta y ahora te viene con una verdad que te revuelve todo. Es normal que estés hecha polvo.

Asentí, aunque la angustia no cedía.

—Pero… —mi voz tembló—, ¿cómo se puede asimilar algo así?, ¿cómo se digiere que la persona a la que amabas desapareciera y ahora reaparezca con una hija de la nada?

—No se digiere en un día —respondió Lorena, segura—. Ni en dos. Es un proceso. Y te va a doler, porque el amor no desaparece por decreto, pero tampoco lo hace el dolor.

Víctor, que hasta entonces había estado escuchando en silencio, levantó una ceja y habló con ese tono suyo tan particular, mitad socarrón, mitad sensato.

—Vale, yo voy a hacer de abogado del diablo un segundo.

—Nos miró a las dos, con cierto temor, alzando las manos—.

El tío se equivocó, y mucho. Lo gestionó de la peor manera posible, sin duda, pero también hay que reconocer que ahora ha dado la cara, ha admitido su error y te ha mostrado su arrepentimiento por haberte abandonado, ¿no? No todos lo harían.

—¿Estás defendiendo a Jon? ¿Crees que está justificado todo el daño que le ha hecho? ¿Te has vuelto loco? —Lo fulminó Lorena con la mirada.

—No, tranquila, aún no me he vuelto loco —replicó, encogiéndose de hombros—. Solo digo que, aunque tarde, está aquí. Eso no borra lo que hizo, pero sí dice algo de él.

—Hombre, claro que está aquí. Su tío nos contrató para que le hiciésemos un reportaje…

—justo al acabar esa frase, un pensamiento se instaló dentro de mi cabeza—.

Ahora que lo pienso…, ¿qué habría pasado si este trabajo no nos hubiera hecho reencontrarnos de nuevo? ¡Que no me habría enterado nunca! Será…

—A ver, a ver, cálmate. —Víctor me apretó la mano—. No vamos a ponernos a divagar en los «y sis». No te va a ayudar en nada pensar en posibles casuísticas. Centrémonos en el aquí y el ahora.

—No es tan fácil. Llevo conviviendo con un dolor de abandono tres años.

—No digo que sea sencillo —contestó él, con calma—. Solo digo que, si seguimos poniéndolo todo en blanco o negro, no vamos a ver nada. Y aquí hay muchos matices.

Me quedé en silencio, observándolos preocupados por mí, por mi dolor, como si fuese un tablero en el que ambos aportaban piezas diferentes.

Y en cierto modo, necesitaba escuchar a los dos: a Lorena, que hablaba con el corazón de amiga y mujer; y a Víctor, que siempre lograba ponerme los pies en la tierra.

—Lo peor es que todavía le quiero —confesé, y sentí un escalofrío al decirlo en voz alta.

Lorena me miró con infinita ternura.

—Es normal, Mara. El amor no se apaga de un día para otro, aunque duela.

—Ya, pero… —tragué saliva—, ¿cómo se ama a alguien que te dejó rota?, ¿cómo se confía otra vez?

Víctor suspiró y se pasó una mano por el pelo.

—Eso, amiga mía, solo lo vas a saber tú con el tiempo. Nadie puede decidirlo por ti, ni yo con mis chistes baratos ni Lorena con su sensatez de enciclopedia. Solo tú.

—Pero lo que sí sabemos —añadió Lorena—, es que no tienes que decidir nada hoy. No te presiones.

—Las dificultades aparecen, se consideran y se superan. —Me abrazó Víctor.

Me dejé caer contra el cuerpo de mi amigo, agotada, sintiendo cómo las lágrimas volvían a acumularse en mis ojos.

—Me siento partida en dos. Una parte de mí quiere abrazarlo y creer que todo puede arreglarse. Y la otra…, la otra no puede dejar de recordar cómo me dejó tirada.

—Las dos partes son válidas —dijo Lorena con firmeza—. No te castigues por sentir las dos cosas.

Víctor me miró con una seriedad poco habitual en él.

—Mara, si me permites un consejo… —hizo una pausa, bajando un poco la voz—. No tomes ninguna decisión desde el dolor. Ni para echarlo de tu vida ni para darle otra oportunidad. Respira, date tiempo. Solo sabiendo lo que sientes, podrás saber lo que quieres.

Aquellas palabras se quedaron flotando en el aire, pesadas, como una manta que me cubría entera. Tiempo. Eso era lo que necesitaba, aunque temía que el tiempo también me robara algo: la ilusión de que Jon y yo pudiéramos tener una segunda oportunidad.

—¿Y, si al darme tiempo…, perdemos la oportunidad de volver a estar juntos para siempre? —pregunté, casi en un susurro.

—Entonces, no era para ti —respondió Lorena, sin dudar.

No dije nada más. Solo me quedé ahí, en silencio, entre ellos dos, con el corazón roto y la mente hecha un caos, pero también con un extraño alivio: el de saber que, aunque no tenía respuestas, no estaba sola en medio de la crisis.

Me quedé en silencio, masticando cada palabra de Lorena y Víctor, pero la batalla interna con la que luchaba, no cesaba. Sentía que todo se me venía encima, como si tuviera que elegir en ese mismo instante qué hacer con mi vida.

Lorena me miró con ternura, ladeando la cabeza.

—Mara, te lo voy a preguntar de la manera más simple posible: ¿qué necesitas ahora?

Tragué saliva. La respuesta no me salía.

Víctor, como siempre, le dio su toque.

—Exacto. No lo que se supone que deberías sentir, ni lo que Jon espera ni lo que tu yo de hace tres años querría. ¿Qué necesitas tú, aquí y ahora?

Me mordí el labio, sintiendo cómo se me encogía el pecho.

—No lo sé… —susurré, con lágrimas amenazando en los ojos—. No sé si puedo seguir aquí, con el miedo constante de cruzármelo al doblar una esquina, en el bufé, en la piscina… No sé si puedo con todo esto, sabiendo que lo tengo a pocos metros de mí. Temo precipitarme con la decisión.

Lorena frunció el ceño.

—¿Estás pensando en irte?

—Sí —la palabra salió como un soplo—, coger el primer avión mañana, volver a casa y curar mis heridas allí, tranquila, sin esta presión. Necesito silencio, calma, espacio para pensar.

Víctor levantó las cejas.

—Bueno, opción válida, pero entonces también te estás quitando la oportunidad de resolverlo cara a cara.

—Lo sé —me abracé las rodillas, como si buscara protegerme de mis propios pensamientos—, y eso me parte en dos. Porque una parte de mí quiere quedarse, pelear, enfrentar esto… y la otra solo quiere escapar y respirar en paz.

Lorena me acarició la espalda.

—No tienes que decidir ahora, pero sí tienes que ser honesta contigo misma: ¿qué es lo que de verdad quieres?

Sentí un nudo en la garganta, incapaz de responder. Me quedé mirando la nada, atrapada en ese dilema que me desgarraba: quedarme y enfrentarme al dolor o marcharme y ganar tiempo para sanar.

La habitación quedó en silencio, rota solo por nuestra respiración. Yo, en medio de mis dos mejores amigos, con el corazón dividido y sin una respuesta clara.

Víctor carraspeó de pronto, rompiendo la tensión.

—Pues mira, yo propongo algo —se quitó las zapatillas y las lanzó a un rincón— esta noche no decides nada. Esta noche dormimos aquí los tres y ya mañana, con la mente más fresca, lo hablamos.

Abrí los ojos sorprendida.

—¿Los tres?

—Claro —dijo Lorena, como si fuera lo más obvio del mundo, mientras se acomodaba a mi lado en la cama—. No vamos a dejarte sola después de todo lo que has pasado.

Víctor se tumbó del otro lado, con gesto teatral.

—Exacto. Piensa que somos como tu ancla, para que no te hundas a la deriva. Además, siempre quise probar lo de una pijamada de crisis emocional como en Sexo en Nueva York .

No pude evitar reír entre lágrimas. Ese gesto suyo, esa forma de convertirme en el centro de un círculo que no me iba a soltar, me encogió el corazón.

—Gracias —susurré, sintiéndome arropada como hacía tiempo no me sentía—. Gracias a los dos por ser mi ancla.

Ellos me abrazaron desde cada lado y, por primera vez en toda la noche sentí que, aunque estuviera rota, no iba a hundirme del todo.

—Oye, ahora que Víctor no nos oye, ¿tú también crees que el vino que ha probado esta tarde contenía algo sospechoso? Porque ha estado muy sensato y centrado —me susurro Lorena en el oído con la clara intención de que nuestro amigo la escuchase.

—Yo también me he preocupado por momentos de su estado mental, pero, ssshhh, no se lo digas —le contesté de la misma manera.

—Ja, ja, ja. Sois muy graciosas vosotras dos, cuánto han perdido los del club de la comedia sin vosotras. Uno intenta ponerse serio y recibe este ataque gratuito —nos contestó a las dos, con fingido victimismo.

—No te ofendas. Es que no nos tienes acostumbradas a esta sensatez —bromeó Lorena.

—Menos mal que os he cogido cariño, porque si no…

Y con esa confesión volvimos a abrazarnos los tres, me dejé caer entre ellos, agradecida de que, en medio de tanto dolor, todavía tuviera dónde sostenerme.

La habitación quedó en silencio, con la sintonía solo de nuestra respiración. Yo, en medio de mis dos mejores amigos, con el corazón dividido y sin una respuesta clara.

Y así, entre la duda y el miedo, comprendí que esa era mi verdadera batalla: elegir si huir para recomponerme o quedarme para enfrentar, de una vez por todas, lo que sentía por Jon.