Capítulo 32 #2
—Que Arane existe. —Su tono se suavizó—. Y esa niña es la prueba viviente de que no todo en tu historia está manchado. La vida te dio una hija, y ahora tienes la oportunidad de ser un padre de verdad. Eso, créeme, Mara lo verá. Puede que ni hoy ni mañana, pero lo verá.
Me quedé callado, masticando sus palabras. Pensar en Arane me animaba. Su risa, su manera de agarrarme la mano, cómo me había llamado «papi» delante de Mara. Sentí un nudo en la garganta.
—Tenía tanto miedo, Bruno. —Mi voz salió baja, temblorosa—. Tenía miedo de que ella me odiara, de que odiara a la niña por asociación.
Bruno negó con la cabeza, con una sonrisa casi tierna.
—Eres idiota, Jon. Y con todas las letras. ¿De verdad creías que Mara, con el corazón que tiene, iba a odiar a una niña inocente? Lo único que odia ahora mismo es tu silencio. Y con razón.
Me recliné en la silla, agotado.
—Entonces, ¿qué hago?, ¿espero a que venga?, ¿le escribo?, ¿la busco?
—¿Es que no has oído nada de lo que te acabo de decir?
Ninguna de las tres. —Bruno se inclinó hacia mí, serio—.
Lo que vas a hacer es estar presente, sin agobiar.
Va a necesitar ver que no eres el mismo que hace tres años salió corriendo.
Si Mara se cruza contigo, muéstrale respeto y calma.
Y cuando llegue el momento, pídele hablar otra vez.
Pero no hoy. No mañana. Déjala respirar.
Me mordí el labio, nervioso.
—¿Y si mientras respira decide que no quiere volver a verme nunca más?
Bruno levantó una ceja.
—Entonces, me haré cargo yo y la conquistaré. Siempre tuve debilidad por las morenas con carácter.
Lo miré horrorizado y él estalló en carcajadas.
—¡Es broma, imbécil! —dijo, dándome un manotazo en el hombro—. Bastante tengo con Lorena que me trae loco. Aunque, si no te mueves, puede llegar otro y quién sabe…
No pude evitar reír, aunque fuera con amargura. Ese era Bruno: capaz de arrancarme una sonrisa incluso en medio del desastre. Pero esa última advertencia suya me puso más en alerta todavía.
—Escucha —añadió, recuperando el tono serio—. Esta es la realidad: tienes dos caminos. Uno, rendirte, asumir que la perdiste y vivir el resto de tu vida arrepentido. O dos, pelear. Y pelear de verdad, con paciencia, con honestidad, con todo lo que tienes. ¿Cuál eliges?
Me quedé mirándolo, el corazón latiéndome con fuerza.
No supe qué responder, porque la verdad era que quería pelear…
, pero me sentía demasiado roto. Me quedé mudo, con la pregunta de Bruno retumbándome en la cabeza: ¿Cuál eliges?
El silencio pesaba como una losa, solo roto por el bullicio lejano de la terraza, donde la gente seguía riendo, ajena a mi tormenta.
—Quiero pelear —susurré al fin, casi sin voz.
Bruno asintió, satisfecho.
—Entonces ya tienes tu respuesta. Solo sabiendo lo que sientes, podrás saber lo que quieres.
—Pero no sé cómo hacerlo… —Me pasé las manos por la cara, desesperado—. Cada vez que la miro siento que la pierdo un poco más.
—Pues tendrás que aprender. —Se inclinó hacia mí con esa firmeza suya que no admitía réplica—. Nadie te está pidiendo que tengas todas las respuestas ahora mismo. Lo único que tienes que hacer es empezar. Paso a paso.
Sentí un temblor recorrerme el cuerpo.
—No quiero volver a fallarle, Bruno. No a ella.
Él me sostuvo la mirada.
—Entonces, no lo hagas. Sé honesto, sé constante, sé valiente. Eso es todo lo que puedes ofrecer.
Me quedé en silencio, tragando saliva. Una parte de mí quería salir corriendo otra vez, esconderme de todo. Pero otra, más fuerte, me pedía dar la cara de una vez.
Bruno se levantó, dándome una palmada en la espalda.
—Vamos, que si te sigo viendo con esa cara me vas a deprimir hasta a mí.
Me levanté también, pero mis piernas pesaban como plomo. Caminamos juntos hacia la salida de la terraza y, en el umbral, Bruno se detuvo y me miró con seriedad.
—Jon, te voy a decir algo que quizá no quieras oír.
—Su voz bajó un tono—. No eres la víctima de esta historia.
La víctima es Mara. Tú tienes la suerte de haber ganado una hija increíble.
Pero, en cambio, Mara salió herida. Y lo único que puedes hacer ahora es reparar ese daño, con paciencia y con hechos. ¿Entiendes?
Tragué saliva, asintiendo con un nudo en la garganta.
—Sí.
—Bien. Porque si la amas de verdad, no se trata solo de querer recuperarla. Se trata de demostrarle que puede confiar en ti. Que ya no eres el mismo que la dejó sin una explicación.
Sus palabras me atravesaron como cuchillos, pero eran la verdad que necesitaba escuchar. Me pasé una mano por el pelo, sintiendo cómo la tensión me quemaba los músculos.
—No sé si ella podrá perdonarme.
—Eso no lo decides tú —respondió Bruno con calma—. Tú decides si vale la pena intentarlo.
Me quedé mirando el suelo, luchando con las lágrimas que me ardían en los ojos. Nunca me había sentido tan vulnerable, tan desnudo. Y, aun así, había algo liberador en admitirlo todo frente a Bruno.
Él me dio un empujón ligero hacia el pasillo.
—Anda, vete a descansar. Mañana será otro día. Y, Jon… —me giré, esperando una última pulla—, no la dejes ir sin pelear, ¿me oyes? Porque si lo haces, no volveré a mirarte igual.
No supe qué responder. Solo asentí, sintiendo que las palabras me calaban hasta los huesos.
Bruno se marchó en dirección a la barra, silbando como si nada, mientras yo me quedé quieto en el pasillo. La gente entraba y salía, riendo, conversando, pero yo no oía nada. Solo tenía en mi cabeza la imagen de Mara alejándose, con lágrimas en los ojos.
Me apoyé contra la pared, cerrando los ojos con fuerza. La rabia, la culpa, el miedo…, todo se mezclaba dentro de mí. Pero debajo de esa maraña de emociones, una certeza empezaba a asomar: no podía rendirme. No esta vez.
Respiré hondo, dejando que el aire llenara mis pulmones como si intentara darme un poco de coraje.
Quizá había perdido la primera batalla, quizá Mara no quisiera ni verme por un tiempo.
Pero Bruno tenía razón: la única forma de honrar lo que sentía por ella era quedarme, pelear, demostrarle que podía confiar en mí.
Abrí los ojos, con la mirada fija en el pasillo vacío. El eco de mis pasos resonó mientras caminaba hacia mi habitación. Y con cada paso, aunque me doliera el alma, sentí cómo una determinación silenciosa se encendía dentro de mí.
No iba a huir otra vez.