Me lo dice tu mirada Capítulo 32
53%

Capítulo 32

No recuerdo cuánto tiempo me quedé de pie, mirando el camino por donde Mara había desaparecido.

Solo sabía que las piernas me temblaban y que el aire se me hizo pesado, como si algo me hubiera oprimido el pecho.

La vi alejarse con esa decisión que tantas veces admiré en ella, pero que ahora se volvía en mi contra como una sentencia.

Y no giró la cabeza, ni un segundo, ni siquiera para darme la oportunidad de leer en sus ojos un atisbo de duda.

Me dejó ahí, roto, con el alma hecha jirones.

Me apoyé contra la pared más cercana abatido.

El bullicio de alrededor parecía lejano, como un murmullo que apenas rozaba mis oídos.

Los niños reían, los padres hablaban entre sí, los animadores preparaban el escenario…

Y yo, mientras tanto, estaba hundiéndome.

Todo en mí gritaba su nombre, pero mis pies no se movieron.

Había temido tanto este momento, decirle la verdad, enfrentar lo que llevaba tres años enterrando y, al hacerlo, la perdí de nuevo.

No podía quedarme quieto. Si me quedaba ahí, me iba a desmoronar en medio de todos. Empecé a caminar sin rumbo fijo.

El hotel estaba repleto de gente en continuo movimiento, y yo avanzaba como un fantasma entre todos ellos.

No me fijaba en las caras de quienes pasaban a mi lado, no atendía a las conversaciones ajenas, nada me detenía.

En mi mente solo repetía una idea: «Encuentra a Bruno, encuentra a Bruno».

El único en este maldito mundo que podía soportar verme así sin juzgarme, alguien que sabía leer entre mis silencios y sacudirme cuando me hacía falta.

Al final lo encontré. Estaba junto a un técnico de sonido, dando instrucciones sobre los micrófonos del espectáculo infantil.

Su postura era relajada, casi despreocupada, ese modo suyo de moverse por el hotel como si tuviera todo bajo control.

Al verme, su expresión cambió de inmediato.

Sabía lo que mi mirada le decía, lo notó, porque siempre lo nota.

—Jon… —dijo, interrumpiendo al técnico con un gesto rápido—, deduzco que no ha ido muy bien, ¿verdad?

No podía hablar. Tenía la garganta seca, la lengua pesada y no me salían las palabras.

Solo negué con la cabeza, y creo que mis ojos hablaron por mí.

Bruno no preguntó más. Me tomó del brazo y me guio hacia una pequeña sala apartada, un almacén donde se guardaban manteles y cajas de refrescos.

Pero, antes de entrar, me puse en modo radar a mirar a nuestro alrededor, buscando a mi pequeña.

Bruno enseguida se dio cuenta y me dijo que se había marchado con mi tío y mi abuelo porque se caía de sueño.

Pero, ¿cuánto tiempo habíamos pasado Mara y yo discutiendo?

Entramos, cerró la puerta, y el silencio me golpeó. Me derrumbé en la primera silla que encontré. Me incliné hacia adelante, con los codos sobre las rodillas y las manos cubriéndome la cara. La voz apenas me salía.

—Se lo he contado, Bruno, se lo he contado todo.

Él no dijo nada, solo se apoyó en la puerta, cruzando los brazos, esperando. Su manera de dar espacio sin abandonar, esa forma de hacerme sentir arropado, pero no presionado.

—Me odia —murmuré, sintiendo cómo las lágrimas querían escapar, aunque luchaba por contenerlas—.

Sabía que podía pasar, lo presentía; la conozco muy bien y sé el carácter que tiene.

Pero escucharla, verla mirarme como si yo fuera un extraño, como si todo lo que vivimos no hubiera valido nada. Joder, Bruno, me ha destrozado.

Me pasé las manos por el pelo, apretando fuerte.

Cerré los ojos, pero la escena no dejaba de repetirse.

Ella temblando de rabia, sus palabras como cuchillos, sus reproches, sus gritos y esa mirada que tanto me decía.

Es lo que más me dolió. Verla sufrir así por mi culpa y el vacío que se interpuso entre nosotros.

Respiré hondo, intentando ordenar lo ocurrido en mi cabeza, mientras mi amigo seguía ahí, quieto, callado y observándome.

—No sé qué esperaba… Quizá que, después de tanto tiempo, me abrazara y me dijera que lo entendía, que podía perdonarme… —Negué con la cabeza ipso facto , por pensar en voz alta—. ¡Qué iluso!

Me quedé callado un momento, tragando saliva, hasta que un recuerdo me atravesó con violencia. Ese maldito día. Esa llamada que me cambió la vida. Las palabras volvían a mí como un eco que nunca se apagaba. Ese momento exacto en el que mi mundo se partió en dos.

—Me quedé helado cuando me enteré de que iba a ser padre.

No supe qué decir. No podía creerlo… —mi voz se quebró—.

Y en lugar de correr a contárselo todo a Mara, de agarrarla de la mano y enfrentar juntos lo que viniera, me acojoné.

Pensé en cómo idealizaba la familia, en lo sagrado que era para ella… Y me entró un miedo atroz.

Levanté la mirada hacia Bruno, con los ojos vidriosos.

—¿Cómo iba a decirle que, un mes antes de empezar lo nuestro, había dejado embarazada a otra mujer? ¿Cómo, Bruno?

Él me miraba en silencio, con esa mezcla de comprensión y dureza que tanto lo caracterizaba. Me estaba dando mi espacio para desahogarme. Yo seguí, porque no podía parar.

—La imagen de Mara sonriendo, haciendo planes, hablando de sueños…

, se me pasó por delante y yo, cada segundo que corría, estaba más paralizado sin saber qué hacer ni qué decir.

Sentía que, si se lo contaba, lo nuestro se acabaría, me diría que me fuese con mi nueva y no esperada familia, que ella no podría ni querría ser parte de ella.

Y al final, hice lo peor que podía hacer: me marché sin una palabra.

Golpeé la mesa con la palma abierta, impotente. Ni sentí dolor de lo alterado que me encontraba.

—¡Y ahora la he perdido!

El silencio cayó pesado entre nosotros. Yo jadeaba, con la rabia y la tristeza enredadas en el pecho.

Y Bruno, aún callado, se acercó despacio, como esperando a que terminara de vomitar todo antes de intervenir.

Bruno se dejó caer en la silla frente a mí, se inclinó hacia adelante y me sostuvo la mirada.

No había juicio en sus ojos, pero tampoco compasión regalada.

Era esa mezcla suya de dureza y cariño, el equilibrio que siempre me había salvado.

—¿Ya has acabado de fustigarte o necesitas cinco minutos más para recrearte en lo miserable que eres? —dijo con calma, pero con esa ironía punzante que lo caracterizaba.

Lo miré, sin ganas de responder, con la rabia todavía bullendo en mi interior.

—¿Te parece gracioso? No sabes lo horrible que ha sido todo…

—Claro que lo sé. Te conozco demasiado bien, Jon.

Y si hay algo que siempre has hecho, es intentar llevarlo todo tú solo.

¿Y qué pasa cuando uno intenta cargar más de lo que puede?

Que se rompe —me dijo, cortándome enseguida—.

Y no, Jon, no me parece gracioso. —Se recostó en la silla, cruzándose de brazos—.

Me parece predecible. Llevas tres años cargando con este secreto y, en el fondo, sabías que el día que lo soltaras no iba a ser un paseo por la orilla.

Y ahora que lo has hecho, esperabas…, ¿qué?

, ¿un aplauso?, ¿un «tranquilo, cariño, lo entiendo todo»?

Cerré los ojos, con un suspiro que me quemaba la garganta.

—No esperaba eso para nada. Ha sido más bien un viaje en una montaña rusa. No sé, solo… soñaba con que pudiera mirarme y vernos a nosotros, a mí, no solo a mis errores.

Bruno me dio una palmada seca en el hombro.

—Eso pasará, pero no en cinco minutos, Jon.

Me quedé en silencio, apretando la mandíbula. Él aprovechó el hueco para seguir, con ese tono pragmático suyo que a veces odiaba, pero que siempre acababa teniendo razón.

—Vamos a poner las cartas sobre la mesa. Mara está en shock . Tú le acabas de soltar de golpe tres años de silencio, más el descubrimiento de que tienes una hija, más la explicación de por qué desapareciste. ¿De verdad esperas que lo procese en una conversación de diez minutos?

Me removí en la silla, incómodo.

—No, pero…

—No hay peros, Jon. —Bruno levantó la mano, cortándome—. Ella tiene derecho a enfadarse, a reprocharte, a llorar. Y tú tienes la obligación de aguantar. Punto.

Lo miré con impotencia.

—Vaya, como amigo eres una joyita, ¿eh?

Él sonrió, ladeando la cabeza.

—No estoy aquí para regalarte los oídos. Flaco favor te estaría haciendo.

—¿Y si nunca me perdona?

—Entonces, al menos sabrás que lo intentaste. Tarde, en mi sincera opinión, pero lo intentaste.

—¿No se dice que mejor tarde que nunca?

—Déjame decirte algo: Mara no parece de las que odian fácilmente.

Está herida, sí, y con razón, pero yo la he visto contigo, Jon.

He visto cómo te mira cuando cree que no te das cuenta.

Incluso cuando os encontrasteis en la fiesta de despedida de su compañera, cuando todavía no había acercado posturas, lo vi.

Incluso entonces, que también tenía motivos para estar enfadada contigo, lo vi.

Solo aquel que sabe mirar bien a las personas, apreciará lo que verdaderamente hay en su interior.

Su seguridad me desconcertó. Yo me sentía un desastre y él hablaba con esa convicción que casi parecía fe ciega.

—Mira —continuó—, lo que tienes que hacer ahora es sencillo. Uno: darle espacio. Si ella necesita pensar, déjala. No la persigas como un loco, porque solo vas a conseguir alejarla más. Dos: demostrarle con hechos que estás aquí, que eres un hombre que se hace cargo, no un cobarde que huye. Y tres…

Se detuvo, me miró con una chispa de humor en los ojos.

—Tres: deja de mirarme con cara de perro apaleado, porque no te pega nada.

No pude evitar soltar una risa amarga.

—Eres un cabrón.

—Y tú un drama queen , pero nos queremos igual. —Bruno se encogió de hombros, como si nada—. Además, ¿sabes qué es lo bueno?

—Ilumíname.