Capítulo 31
—Mara… —empezó él, y la forma en que dijo mi nombre fue más una súplica que una explicación.
—No, no empieces con rodeos. —Alcé la mano, conteniendo la furia que me subía por dentro—. ¿Esa niña… es tu hija?
—Sí, es mi hija. —Jon asintió despacio.
Las palabras resonaron en el aire como un golpe seco.
—¿Me estás diciendo que tienes una hija? ¿De tres años? ¿Que… todo este tiempo… me lo has ocultado?
—Escúchame, Mara, por favor. Todo empezó antes de que tú y yo, antes de lo nuestro. Un mes antes de que empezáramos a salir, yo… me acosté con la madre de Arane en una fiesta de disfraces —dijo Jon atropellado.
—¿Y me lo cuentas así, sin más? —mi voz subió varios tonos, quebrándose al final—. ¿Me estás diciendo que cuando me jurabas que te importaba, que te quedabas a mi lado, que no me soltarías…, ya había una mujer embarazada de ti?
—¡No lo sabía! —replicó Jon, alzando la voz por primera vez, desesperado—. No lo supe hasta meses después. Ella no me dijo nada, no me buscó… Me enteré cuando ya estaba bastante avanzado el embarazo. Hice lo que tenía que hacer.
—¿Lo que tenías que hacer? —pregunté con la rabia recorriéndome por el cuerpo como electricidad.
Jon bajó la mirada un segundo, respirando hondo.
—Ser responsable. Estar ahí. Esa niña no tiene la culpa de nada.
—¿Y yo? ¿Yo qué era, Jon?, ¿un pasatiempo?, ¿un error en tu agenda de responsabilidades?, ¿n daño colateral?
Él negó rápido, dando un paso hacia mí, pero retrocedí dos más. Necesitaba poner distancia entre nosotros. Sentía que, si me tocaba, me rompía.
—No, no digas eso. Nunca fuiste un pasatiempo, Mara. Nunca. Lo que yo sentí por ti…, lo que sigo sintiendo, es real. Pero cuando me enteré de que iba a ser padre, no supe cómo manejarlo. Me asusté. Me vino de golpe algo que no esperaba, que no había planeado.
—¡No te asustaste, me abandonaste! —grité, notando los ojos brillantes de lágrimas contenidas—. Te marchaste sin una maldita explicación. ¿Sabes lo que fue eso para mí? ¿Despertarme un día y no encontrarte?, ¿buscarte y no tener respuesta? ¿Tres años, Jon? ¡Tres años de silencio absoluto!
Él cerró los ojos, visiblemente afectado y recibiendo cada una de mis palabras como un golpe en la cara de lo roja que la tenía.
—No había forma fácil de decírtelo. No sabía cómo ibas a reaccionar. Tenía miedo.
—¿Y qué creías que iba a pasar, eh? —Lo fulminé con la mirada, temblando de la rabia—. ¿Que me ibas a dejar plantada, desaparecer como un cobarde, y cuando te diera la gana ibas a volver y yo te recibiría con los brazos abiertos?
—Mara… —dijo él, con la voz rota, intentando acercarse de nuevo—. Yo… yo nunca he dejado de pensar en ti. Ni un solo día.
—Pues lo has disimulado muy bien —lo corté en seco, mientras las lágrimas empezaban a resbalarme por las mejillas—. Porque mientras yo me moría por dentro, tú me apartabas de tu lado y de tu vida.
Jon me miró con el rostro desencajado, sintiéndose cada vez más arrinconado, como si el aire le faltara.
—No lo entiendes…
—¡Claro que no lo entiendo! —exploté, sin poder aguantar el llanto y desgarrándome por dentro—. No entiendo por qué no confiaste en mí. No entiendo por qué decidiste que era mejor dejarme destrozada que decirme la verdad. Me abandonaste, Jon.
Él se pasó la mano por el cabello, desesperado, incapaz de sostener mi mirada por más de un segundo.
—Tenía miedo, Mara —su voz salió débil, como si cada palabra le costara—. No era solo que fueras a enfadarte, era que me odiaras, que me apartaras para siempre.
Solté una risa amarga, como si me hubiese contado un chiste sin una pizca de gracia.
—¿Y qué demonios crees que hiciste, Jon? ¿Acaso desaparecer sin dar una sola explicación no era la forma más rápida de conseguir que te odiara?
Él se estremeció con la crudeza de mis palabras, pero no se defendió. Se quedó quieto, tragando saliva, como si estuviera dispuesto a recibir cada golpe.
—Mara, lo que pasó fue un error…
—¿Qué, exactamente? —Lo miré sorprendida ante su confesión.
—Lo que ocurrió aquella noche antes de conocerte, fue un error del que no supe las consecuencias hasta que ya no había vuelta atrás. —Jon alzó la vista, y esta vez no la apartó—. Pero Arane no es un error. Es lo mejor que me ha pasado.
—No pongas a la niña en medio. —Lo interrumpí con dureza, temblando de rabia—. Claro que no es un error, Jon. Es una niña, y no tiene culpa de nada. Pero yo… —me lleve una mano al pecho, como si pudiese calmar el dolor que sentía—, yo sí tenía derecho a la verdad.
Jon dio un paso hacia mí, pero yo levanté la mano con un gesto cortante.
—No. Ni un paso más.
El silencio se cargó de tensión. A lo lejos, los niños reían en el escenario, las luces brillaban, y la vida parecía seguir adelante, ajena al terremoto que se desataba entre nosotros.
—Me pasé meses preguntándome qué había hecho mal. —Mi voz se quebró de nuevo, aunque sentía los ojos arder de furia—. Si te había agobiado, si no era suficiente, si solo habías jugado conmigo. Y ahora resulta que no. Que no era yo, que eras tú, con tu silencio cobarde.
—No fue cobardía —susurró Jon, aunque sonaba más a disculpa que a convicción.
—¿Ah, no? Venga ya, no me jodas. —Lo miré con los ojos anegados de lágrimas, pero con la barbilla alta—. ¿Entonces qué fue, Jon?, ¿madurez?, ¿responsabilidad? Porque lo único que veo es que me dejaste sola, rota y llena de preguntas.
Jon respiró hondo, como si quisiera reunir fuerzas.
—No sabía cómo dividirme, Mara. Tenía que aprender a ser padre de golpe y estar ahí para cuando naciese mi hija. Y pensé que tú no…, que no podrías entenderlo.
—¡No me diste ni la oportunidad de decidir si podía o no! —lo interrumpí, alzando la voz—. Tú decidiste por mí. Tú me arrancaste la posibilidad de entenderlo y de estar o no a tu lado. ¡Tú me condenaste a no saber nada!
Jon cerró los ojos, visiblemente dolido, y los abrió con un brillo húmedo que luchaba por contener.
—Me equivoqué —lo dijo con una claridad que resonó entre los dos—. Me equivoqué en todo. Pero te juro que cada día me pesó haberte dejado así.
Negué lentamente, incrédula.
—¿Y crees que con jurármelo ahora basta? ¿Que después de tres años de silencio, de vacío, me basta con un «me equivoqué»?
Jon no respondió de inmediato. Me miró como si quisiera grabar en su memoria cada rasgo de mi rostro, como si temiera que se desvaneciera frente a él.
—No, Mara —admitió, con la voz rota—. No basta. Pero no tengo otra verdad que darte.
Bajé la mirada, y una lágrima rodó por mi mejilla antes de que pudiese detenerla. El silencio entre ambos era tan denso que ni las risas de los niños lograban romperlo.
Me pasé las manos por el rostro, respirando hondo, como si necesitara oxígeno para no derrumbarme ahí mismo. No me moví, no podía dar ni medio paso atrás. Lo que Jon pudo interpretar como una invitación a rebajar la tensión.
—¿Quieres saber cómo me enteré? —me preguntó entonces, bajando la voz.
No dije nada, solo lo miré. Sí, quería saberlo, aunque al mismo tiempo deseaba taparme los oídos, dar media vuelta, subir a mi habitación, meterme en la cama y romperme del todo en soledad.
—La mañana que me marché recibí una llamada —empezó, con la mirada perdida en el suelo—.
Cuando vi en la pantalla un número desconocido pensé que sería cualquier llamada comercial, y lo cogí con desgana.
Era un conocido con el que apenas tenía ya demasiado contacto, pero que resultaba ser muy amigo de Nora, la madre de Arane.
Jon tragó saliva, y yo noté cómo sus manos temblaban ligeramente.
—La sorpresa vino cuando escuché su voz.
Estaba entre enfadado y muy alterado, casi reprochándome…
, y me dijo de golpe que, después de aquella noche de conquista, Nora se había quedado embarazada de mí.
—Me miró entonces, buscando mi reacción, pero yo permanecí en silencio, helada—.
Me dijo que llevaba tres meses cuidando de ella, que en su opinión era yo el que tenía que estar a su lado.
Que no estaba de acuerdo con la decisión de Nora de no contármelo, y que no podía seguir callado.
Sentí que me faltaba el aire. Tres meses. Tres malditos meses en los que Jon y yo…
—Me contó que Nora llevaba ya un mes ingresada —su voz se quebró—. Que era un embarazo de riesgo. Me dejó claro que yo no era santo de su devoción y que, aunque seguramente ella se enfadase con él por traicionarla, me lo tenía que decir.
Jon levantó la vista hacia mí en ese momento, con un brillo en los ojos que no supe si era culpa, miedo o las dos cosas a la vez.
—Ese fue el momento en el que todo cambió, Mara. En el que entendí que mi vida ya no era solo mía.
Lo escuché con el estómago encogido. Me mordí el labio para contener la avalancha de palabras que me subía por dentro. Dolía, ardía y, aun así no podía apartar la vista de él.
—¿Y en vez de venir a mí, contármelo, pedirme ayuda…, decidiste desaparecer?
—No sabía cómo hacerlo. —Se pasó la mano por la nuca, agobiado—. ¿Cómo iba a mirarte a los ojos y decirte que había una mujer esperando un hijo mío?
Lo observé con los ojos vidriosos, dolida hasta el alma.
—Con la verdad, Jon. Así. Como me lo estás diciendo ahora. Yo habría sufrido, sí, pero al menos sabría lo que estaba por venir. Habría tenido la oportunidad de lidiar con ello y decidir libremente el papel que desempeñaría yo en toda esa situación. Lo que me destrozó fue tu silencio.
Jon bajó la cabeza, como si mis palabras lo hundieran aún más.
—Tenía miedo de que me odiaras. Y lo que es peor…, tenía miedo de que odiaras a la niña sin conocerla.
Me quedé helada. Abrí los ojos de par en par, ofendida, porque esas palabras me atravesaron como un golpe bajo.
—¿Cómo puedes pensar eso de mí? —le solté, con la voz cargada de rabia contenida—. Si pensabas que yo podía odiar a una niña por nacer…, es que nunca supiste realmente quién era yo.
Él negó con la cabeza, rápido, levantando las manos en un gesto de defensa.
—No, Mara…, no me malinterpretes —su tono era desesperado, suplicante—.
Lo pensaba porque… porque alguna vez hablamos del tema de la familia, ¿recuerdas?
Y me dejaste clarísimo que para ti formar una familia era la decisión más importante de tu vida.
Que no lo tomarías a la ligera, porque querías que fuera algo sólido, lleno de respeto y de amor.
Sentí que me faltaba el aire. Me quedé mirándolo, intentando procesar cada palabra, cada maldito detalle que me estaba lanzando como si fueran cuchillos. Sentía el corazón golpeándome en el pecho, pero no de amor, sino de rabia y dolor.
—¿Y en todo este tiempo, Jon? —escupí las palabras, temblando—. ¿Ni una llamada? ¿Ni un mensaje? ¿Tan poco significaba yo para ti como para que me dejaras sola, inventando excusas para justificar tu desaparición?
Él bajó la cabeza, incapaz de sostenerme la mirada.
—No era eso… —murmuró—. Dios, Mara, eras todo para mí. Pero tenía miedo de destrozarte, de que me odiaras, de que odiaras a Arane sin querer. Y pensé que, si me alejaba, si cargaba con todo yo solo…
—¡Pues lo lograste! —le interrumpí, la voz quebrada, al borde del llanto—. Me destrozaste. No tienes ni idea de lo que fue para mí levantarme cada mañana sin saber por qué te habías ido. No tienes ni idea de lo que me costó volver a confiar en alguien en la vida.
Las lágrimas ya me nublaban los ojos de nuevo, pero me negaba a derrumbarme delante de él.
—No puedo, Jon. No puedo seguir con esta conversación ahora mismo. No tengo fuerzas. Necesito salir de aquí, pensar, asimilar… y llorar. Sobre todo, llorar.
Lo vi dar un paso hacia mí, con esa expresión desesperada que me rompía más de lo que quería admitir.
—Haz todo eso…, pero conmigo, por favor. Llora conmigo, piénsalo conmigo. No me dejes ahora, Mara. Te lo ruego. He tenido la inmensa suerte de volver a tenerte entre mis brazos, no puedo perderte otra vez.
Sentí que me ardía la piel, que me faltaba el aire. Lo fulminé con la mirada, furiosa, hecha pedazos.
—¿De verdad tienes la cara de pedirme eso? —le solté, clavando cada palabra como un dardo—. Tú me dejaste una vez sin explicación, y ahora pretendes que lo entienda todo en un segundo, como si nada. ¡No!
Me giré sin darle opción a seguir. Noté cómo me llamaba, cómo su voz se quebraba tras de mí, pero no me detuve.
Caminé con pasos firmes, casi corriendo, hasta desaparecer entre la gente.
Lo único que quería era encerrar mi dolor entre cuatro paredes.
Llegar a mi habitación, cerrar la puerta… y llorar hasta no poder más.
Jon se quedó atrás. Abatido. Hundido. Y yo sentía que el corazón se me partía en dos.