Capítulo 30 #2
La conversación fluyó con naturalidad, entre bromas y comentarios sobre el viñedo.
Sin embargo, yo no podía evitar notar la tensión contenida en Jon.
Sonreía, sí, pero había en su expresión algo que me decía que su mente estaba en otra parte.
Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, sentía una corriente eléctrica recorrerme.
En un momento dado, el presentador anunció que en breve comenzaría la función, invitando a todos a aplaudir para animar a los pequeños artistas. El primer grupo de niños subió al escenario, disfrazados de piratas, y comenzaron a representar una pequeña escena que provocó las carcajadas de todos.
Arane salió en el segundo grupo, y al verme en la mesa me saludó con la mano antes de colocarse en su sitio. Mi corazón se enterneció de inmediato, no pude evitar sonreír y devolverle el saludo.
—Esa niña es adorable. La he conocido esta tarde en la piscina, y es un torbellino de energía —le dije en voz baja, inclinándome un poco hacia él.
Esperaba que Jon sonriera o al menos asintiera, pero lo que noté fue un cambio repentino en su expresión. Su mandíbula se tensó y, por un momento, pareció quedarse sin aire. Sus ojos se clavaron en los míos, intensos, y bajó la voz para decir:
—Mara, ¿podemos hablar un momento? Es importante. No puede esperar.
Su tono era tan serio que el estómago se me encogió. Mi mente empezó a llenarse de preguntas, pero lo único que pude hacer fue asentir en silencio.
Jon se levantó, con un gesto casi imperceptible de disculpa hacia Bruno y los demás, y yo le seguí. Podía sentir que algo crucial estaba a punto de revelarse, y el corazón me latía tan fuerte que me costaba respirar.
Nos apartamos hacia un lateral de la terraza, justo donde la luz de las farolas era más tenue y el ruido de las conversaciones llegaba amortiguado.
Desde allí todavía podía ver el escenario y escuchar de fondo la música de los niños, pero la sensación era la de haber entrado en un espacio distinto, más íntimo, como si el resto del mundo quedara en pausa.
Me crucé de brazos, intentando controlar el temblor que sentía en las manos.
—¿Qué está pasando, Jon? —fui yo quien rompió el silencio, incapaz de aguantar más la presión—. Llevas raro desde que dijiste que tenías que ir a buscar a tu familia al aeropuerto.
Él me miró en silencio, como si estuviera buscando las palabras correctas, pero esa pausa me desesperó.
—¿Por qué no me has buscado? —insistí, mi voz sonó más alta de lo que esperaba—. ¿Te pasa algo? ¿Estás enfermo?
Jon negó lentamente con la cabeza, sin apartar la vista de la madera del entarimado a nuestros pies.
—No. No estoy enfermo.
—¿Entonces es alguien de tu familia? ¿Está bien tu abuelo? ¿Tu tío? —pregunté, sintiendo que mi estómago se encogía a cada palabra.
—Están bien —respondió él y, aunque su voz era serena, noté un temblor apenas perceptible.
La impotencia me desbordó. Di un paso más cerca de él, obligándolo a mirarme a los ojos.
—Jon, me estoy poniendo muy nerviosa. —Sentí que el aire se me quedaba corto—.
Ya puedes empezar a hablar —lo apunté con el dedo—.
No estoy dispuesta a soportar otra vez tu silencio y que te marches sin siquiera haber recibido previamente una explicación.
Porque, perdóname, pero me debes ¡dos!: el de hace tres años y lo que está pasando ahora.
Mi voz se quebró en la última palabra y tuve que tragar saliva para contener las lágrimas que amenazaban con salir.
Él dio un paso hacia mí, como si quisiera estrechar la distancia. Sus ojos tenían esa mezcla de ternura y dolor que me desarmaba.
—Mara, precisamente me gustaría empezar con el silencio de hace tres años. Luego entenderás lo de ahora.
—Bien, pues cuando quieras. —Le mostré los brazos abiertos hacia adelante en señal de que ese espacio era todo suyo—. Soy toda oídos.
—No es fácil para mí —susurró—. He estado pensando en este momento mucho tiempo, incluso antes de volver a encontrarnos.
Yo lo observé, en silencio, esperando que continuara. Pero él se quedó callado de nuevo, y esa pausa fue demasiado para mí.
—Entonces, habla ya, por favor —le rogué, sintiendo cómo mi voz se rompía—. Habla de una vez porque me estás matando con este silencio.
Jon alzó la mirada y por fin la fijó en mí. Sentí su respiración, la tensión en su mandíbula, la lucha interna que parecía estar librando.
—Mara… —dijo mi nombre como si con ello pudiera calmarme—. Lo que tengo que decirte puede cambiarlo todo.
Mi corazón empezó a latir con más fuerza. Tragué saliva, incapaz de articular palabra, y esperé.
Jon respiró hondo, cerró los ojos un instante y por fin parecía que iba a empezar a hablar.
—Mara… —dijo mi nombre con un tono que me atravesó de arriba abajo.
—Me vas a desgastar el nombre —dije desesperada.
—Lo que pasó entre nosotros hace tres años fue consecuencia de algo que ocurrió casi ocho meses antes.
Mi mente se llenó de preguntas, pero antes de que pudiera formular la primera, escuché pasos pequeños acercándose.
—¡Papi!
Arane llegó corriendo hasta nosotros, radiante, con las mejillas encendidas por la emoción del baile. Se agarró a la mano de Jon y lo miró con una sonrisa que iluminaba la noche.
—¿Te ha gutado? —preguntó, casi saltando de la emoción—. Lo he hecho bien, ¿a que sí?
El tiempo pareció detenerse. Miré a la niña, luego a Jon, otra vez a la pequeña, como si tuviese enfrente un partido de tenis, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.
Los observaba buscando cierto parecido entre ellos.
De repente, lo vi. Tenía el mismo gesto alegre que Jon solía poner y esa cara de pillina era también la misma de su padre.
Jon era su padre. Arane era su hija. Pero, ¿cómo?
¿cuándo? Miles de preguntas se produjeron en mi cabeza.
—¿Papi? —repetí, con la voz apenas en un susurro, pero cargada de incredulidad—. ¿Cómo que papi? —fue lo único que conseguí articular.
Arane, ajena a mi confusión, sonrió de oreja a oreja y asintió con entusiasmo.
—¡Sí! —exclamó con su vocecita llena de orgullo—. ¡Es mi papi! Y es el mejo del mundo mundial.
Me quedé en silencio, mirando a la niña que ahora se entretenía con la mano de su padre, ajena al torbellino que acababa de desatarse en mi interior.
Todo lo que había sentido esos días, la distancia, la tensión en Jon, encajaba de repente como piezas de un puzle.
Sentí que algo me oprimía el pecho. Me faltaba aire.
Miré a Jon, que permanecía en silencio, con una mezcla de nervios cuando buscaba mi mirada y ternura cuando observaba el rostro de su hija.
La pequeña entonces giró la cabeza hacia su padre y dijo con absoluta naturalidad:
—Ella es Mara, papi. Somo amiga. Ta bucando a un pincipe, yo le voy a ayuda.
Sus palabras me dejaron sin aire. Vi cómo Jon cerraba los ojos por un instante, como si esas frases le atravesaran el corazón, y luego se agachó para acariciar el cabello de su hija.
Jon soltó un suspiro apenas audible y se agachó hasta ponerse a la altura de su hija.
—Lo has hecho genial, mi vida —le dijo con una sonrisa llena de ternura—. Eres una artista.
La niña sonrió feliz y, en ese momento, apareció Bruno, con premura, como si supiese que necesitábamos un salvavidas.
—¡Enana! —exclamó mientras se agachaba para abrirle los brazos—. ¡Qué bien lo has hecho! Vamos, ven conmigo, que te has ganado un helado de premio.
Arane corrió a abrazarlo y Bruno la tomó en brazos. Antes de incorporarse, se inclinó hacia Jon, le apretó el brazo con firmeza y le susurró:
—Tranquilo, yo me ocupo de la pequeña todo el tiempo que necesites.
Antes de marcharse con la niña en dirección a la barra, me miró y me dedicó una expresión que era a la vez disculpa y comprensión.
Jon tragó saliva y se revolvió el pelo antes de volver a dirigir su mirada hacia mí.