Capítulo 30
Todavía llevaba en los labios el sabor del último vino cuando subimos al coche de regreso al hotel.
Me acomodé en el asiento, recostándome contra la ventanilla, y dejé que la conversación de mis amigos flotara en el ambiente mientras sonreía sin poder evitarlo.
Había sido una tarde perfecta. El paseo entre las vides, el frescor de la bodega subterránea, el atardecer tan bonito que contemplábamos desde la terraza…
y, por encima de todo, la compañía. Hacía días que no me sentía así de ligera, tan despreocupada, como si el mundo entero se hubiese detenido para regalarnos un paréntesis de felicidad y desconexión.
Miré de reojo a Lorena y a Víctor, que por lo visto se habían aburrido de meterse el uno con la otra, y ahora me tocaba a mí.
Yo, lejos de ofenderme, pensé en lo afortunada que era de tenerlos a mi lado.
No eran amigos con los que solo podía reír, llorar, trabajar, viajar, o sentirme yo misma.
Eran familia. Y, sin embargo, debajo de esa capa de plenitud, había un pensamiento constante que regresaba una y otra vez: Jon.
¿Quería que entrase de nuevo en mi vida?
De alguna manera ya lo había hecho. ¿Estaba dispuesta a dejar que accediese a mi corazón?
No podía negar que nunca salió del todo.
Me mordí el labio, perdida en la imagen de sus ojos buscándome horas antes en la piscina.
Su forma de sonreírme a pesar del nerviosismo, como si en nuestro cruce de miradas hubiese algo que ambos reconocíamos sin palabras.
Aquella certeza de que aún había tanto por decir y tanto por resolver.
Suspiré suavemente, consciente de que una vez regresase al hotel, necesitaba buscarlo, ansiaba buscarlo.
El coche se detuvo frente a la entrada iluminada del hotel. Bajamos entre comentarios aún relacionados con la visita al viñedo, como si quisiéramos alargar un poco más la magia de la tarde.
—Yo lo que necesito ahora es un vaso de agua —dijo Lorena, abanicándose con la mano—. O dos. No sé cómo voy a aguantar el espectáculo de esta noche si no me hidrato.
—Yo creo que tú lo que necesitas es un ventilador portátil colgado al cuello —bromeó Víctor, mientras estiraba los brazos hacia el cielo como si acabara de terminar una maratón.
Los tres reímos, y en lugar de subir a las habitaciones, decidimos encaminarnos directamente hacia la terraza. El aire de la noche era más fresco que por la tarde, y la iluminación tenue del lugar lo convertía en un rincón perfecto para relajarse.
Elegimos una mesa desde donde teníamos una vista perfecta del pequeño escenario entarimado, que los monitores de animación habían decorado con telas de colores, farolillos de papel y una pancarta que rezaba «Noche de Talentos».
Al poco rato, Lorena se quedó acomodada en la mesa, entretenida con el móvil, y Víctor me convenció para que lo acompañara a la barra a pedir unas bebidas.
El camarero, un chico joven con el que Víctor llevaba todo el día lanzando miradas y sonrisas, se acercó con aire desenfadado.
—¿Te pongo? —preguntó, con la carta en la mano.
Víctor apoyó un codo en la barra y con esa sonrisa suya tan descarada contestó sin pestañear:
—Caliente…, me pones caliente.
El camarero se quedó un segundo inmóvil, como si las palabras lo hubieran pillado completamente desprevenido. El rubor le subió de golpe a las mejillas y, buscando refugio, desvió la mirada hacia mí.
— Un refresco de limón, un cóctel sin alcohol y una cerveza, por favor —dije yo, rescatándolo de la incomodidad con una sonrisa tranquila.
El chico asintió rápido y se dio media vuelta para buscar lo que había pedido. Fue entonces cuando giré hacia Víctor y, sin poder evitarlo, le di un codazo suave en las costillas.
—¿De verdad esto te funciona? —le susurré, arqueando una ceja.
Él soltó una carcajada contenida y me guiñó un ojo, como si aquella fuese su jugada maestra.
—Funciona más de lo que imaginas. El secreto está en el atrevimiento y en mostrar seguridad.
—Un día te van a contestar algo que no te guste y no sabrás dónde meterte.
—Querida, yo siempre sé dónde meterme —replicó, con su humor descarado de siempre.
Rodé los ojos, aunque con una sonrisa inevitable, mientras veía cómo el camarero volvía con los vasos, todavía algo sonrojado.
Cogí mi refresco y el cóctel de Lorena, y me marché de la barra camino a nuestra mesa para que mi amigo terminase de culminar su juego y pagase la ronda.
Lorena no hizo preguntas al verme llegar a mí sola.
No sabía si porque las dos conocíamos de primera mano las triquiñuelas de Víctor para ligar o porque seguía ensimismada en lo que su pantalla del móvil le reflejaba.
Nuestro amigo volvió a los pocos minutos y no tardó en brindar por la excursión.
—Lo de hoy debería repetirse cada semana —comentó, levantando el vaso—. Aunque claro, si seguimos así, vamos a terminar todos expertos en vinos… y con más fotos ridículas de las que Mara quiere editar.
Le lancé una mirada divertida mientras sorbía de mi vaso, sintiendo cómo poco a poco la calma me invadía de nuevo.
El murmullo de las conversaciones de otros huéspedes nos envolvía suavemente, y desde el lateral del escenario, se percibía el movimiento de los monitores preparando la función que, por lo que habían anunciado, esa noche ofrecerían los niños.
La expectación iba en aumento a medida que los niños empezaban a llegar en fila, acompañados de los monitores. Algunos llevaban disfraces improvisados: pañuelos en la cabeza, espadas de juguete, parches en los ojos… Evidentemente, la tarde de búsqueda del tesoro había dejado huella en todos.
Cuando pasaban junto a las mesas, saludaban a los adultos con el típico «¡arrr!
» de los piratas, haciendo que los huéspedes aplaudieran o les respondieran con el mismo grito.
No pude evitar reírme, recordando la energía y la emoción con que habían corrido aquella tarde por la piscina y los jardines de alrededor buscando pistas.
De repente, una vocecita alegre me sacó de mis pensamientos.
—¡Mara!
Giré la cabeza y vi a Arane acercarse corriendo, con el cabello un poco alborotado y la cara iluminada por una sonrisa enorme. Me levanté de la silla para recibirla, agachándome un poco para quedar a su altura.
—¡Arane! Pero qué guapa estás esta noche —le dije, notando que llevaba una camiseta brillante y una falda de tul que seguramente había elegido para la ocasión.
Ella se acercó aún más y, poniéndose de puntillas para susurrar, me preguntó:
—¿Has encontado a tu píncipe?
Sonreí para disimular la mezcla de nervios y ternura que me recorrió. La pregunta me hizo recordar que no había encontrado a Jon y eso me hizo pensar en la asociación de mi pensamiento con su pregunta.
—Todavía no —le respondí en voz baja, como si compartiéramos un secreto—, pero estoy segura de que pronto lo haré.
Arane asintió, como si esa respuesta fuera suficiente para ella, y volvió a sonreír de oreja a oreja.
—¿Vas a ver la función? —preguntó con entusiasmo—. Poque yo voy a bailar.
—Por supuesto —le dije, tocándole suavemente la nariz—. No me perdería tu baile por nada del mundo.
Ella me abrazó rápidamente, con esa espontaneidad de los niños que derrite cualquier defensa, y salió corriendo de nuevo para reunirse con los demás. La seguí con la mirada, sintiendo un calor extraño en el pecho, una mezcla de ternura y de algo que no quería analizar demasiado en ese momento.
—Creo que te ha adoptado oficialmente —comentó Víctor con una sonrisa divertida.
—Pues yo encantada —respondí, intentando sonar natural, aunque por dentro me sentía removida.
El bullicio de la terraza crecía por momentos.
Las luces sobre el escenario se encendieron y uno de los monitores, micrófono en mano, empezó a animar al público, explicando que esa noche los pequeños huéspedes serían los protagonistas con sus actuaciones.
El ambiente se llenó de expectación y aplausos.
Fue en ese momento cuando los vi llegar. Primero apareció Bruno, con su paso tranquilo y esa sonrisa fácil que parecía iluminarle la cara. Y detrás de él, Jon.
No pude evitar que mi corazón diera un vuelco.
Jon vestía con sencillez, una camisa blanca arremangada y unos pantalones cortos oscuros, pero había algo en su porte que atraía mi atención como un imán.
Sus ojos barrieron la terraza hasta encontrarse con los míos, y durante un segundo tuve la sensación de que el resto del mundo se desdibujaba.
—Mira quiénes vienen por ahí —comentó Lorena, enderezándose en la silla y sonriendo hacia ellos.
Víctor levantó la mano en un saludo exagerado, llamando la atención de medio local.
—¡Por fin! Pensábamos que os habíais perdido en el camino.
Bruno soltó una carcajada mientras se acercaba.
—Nos hemos entretenido hablando con el equipo de animación. Está todo preparado para el show de esta noche.
Jon saludó con un gesto de cabeza, educado, pero pude notar en su mirada algo más: una especie de calma tensa, como si estuviera midiendo cada paso que daba.
—¿Os importa si nos sentamos? —preguntó Bruno.
—Por supuesto que no —respondió Lorena enseguida, moviendo su silla para hacerles sitio.
Bruno se acomodó al lado de Lorena, como cabía esperar y Jon tomó asiento a mi lado, lo que me obligó a controlar la respiración para que no se notara el efecto que su cercanía me provocaba.
Podía oler el leve aroma de su colonia, esa mezcla de cítricos y madera que siempre me resultaba reconfortante.
—¿Cómo ha ido la excursión? —preguntó Bruno mientras se servía un poco de agua de nuestra botella.
—Fantástica —contestó Víctor—. Hemos aprendido de vinos, hemos reído y hemos comprobado que yo soy el más creativo a la hora de describir sabores.
—Eso último nadie lo pondría en duda —añadió Lorena, riendo—. Las caras del guía cada vez que hablabas eran un poema.