Capítulo 29
—¡Mara! —escuché de repente la voz de Lorena a mi espalda. Me giré y la vi venir acompañada de Víctor.
—Pero, ¿dónde te habías metido? —añadió Víctor, alzando las cejas con fingida severidad y señalándose el reloj de su muñeca—. El coche ya está en la puerta esperándonos hace al menos quince minutos.
Sonreí, intentando borrar de mi cara los signos de emoción que aún me tenían afectada tras la charla mantenida con Lorenzo.
—Ya voy —respondí acercándome a ellos con naturalidad. Si habían notado algo en mi lenguaje corporal, no dijeron nada ni preguntaron tampoco.
Los tres nos dirigimos hacia la entrada del hotel, mientras en mi interior me prometía atesorar bien aquella conversación junto a la fuente piano.
Ya no solo por lo que dijimos o no dijimos, sino por el conjunto de la mirada, admiración y sentimentalismo que percibí en él.
Ojalá algún día yo fuese tan importante para alguien, y viceversa.
El trayecto hasta el viñedo apenas duró poco más de media hora, pero fue suficiente para que la emoción empezara a palpitarme en el pecho.
Mientras mis amigos iban parloteando a mi lado de si Víctor tenía opciones con el socorrista o con el camarero del bar de la piscina, yo, desde la ventanilla del coche, observaba cómo la carretera se abría paso entre campos que se teñían de un verde intenso e hileras interminables de vides perfectamente alineadas, como si cada planta hubiese sido colocada de manera estratégica y con un mimo especial.
A medida que avanzábamos, el paisaje parecía transformarse en un cuadro: las pequeñas colinas se extendían hacia el horizonte con el mar de fondo, salpicadas aquí y allá por casitas de piedra blanca con tejados rojizos, y podíamos observar unos pájaros sobrevolando el cielo a sus anchas.
Un olor dulce y apetitoso comenzó a colarse dentro del coche, proveniente de las uvas maduras que teníamos alrededor.
Cuando finalmente giramos hacia el camino de grava que conducía a la finca, la vista se abrió ante nosotros: una masía majestuosa, con una construcción de piedra clara que dominaba la entrada, rodeada de buganvillas y rosales que trepaban por las columnas que formaban un patio exterior empedrado.
Al fondo, una terraza de piedra clara con una pérgola cubierta de tela de lino dejaba entrever largas mesas preparadas, y un grupo de barricas apiladas recordaba que ese lugar no solo era bello, sino que también guardaba la esencia de un trabajo artesanal transmitido de generación en generación.
Me quedé fascinada. Todo respiraba calma, tradición y esa elegancia natural que solo poseen los lugares donde se ha aprendido el oficio con pasión, calma, dedicación y escuchando el ritmo de la tierra.
El coche se detuvo frente a la entrada principal del viñedo.
Uno a uno fuimos bajando. El crujir de la grava bajo nuestros pasos parecía marcar una banda sonora de una película con un paraje tan bello como en Mucho ruido y pocas nueces .
El aire era más aromático allí, impregnado del perfume de la vid y de las flores que trepaban por las paredes de piedra.
Un chico alto, de complexión atlética y una sonrisa amplia, salió a recibirnos. Vestía de manera sencilla, con unos pantalones claros y una camisa de lino remangada, lo que le daba un aire cercano, natural y campechano.
—Bienvenidos al Binirquet. Es un placer teneros aquí.
Avanzó un par de pasos y fijó su mirada en Víctor, a quien estrechó la mano con complicidad, después, se acercó a nosotras para darnos dos besos.
—Encantados —dijimos los tres al unísono.
—Me llamo Keren. Bruno me llamó diciendo que no podía dejar que sus amigos se marcharan de aquí sin conocer este lugar —nos dijo complacido y, con un gesto amable, nos invitó a seguirlo—Será un verdadero placer guiaros por el viñedo y enseñaros cómo trabajamos la tierra con mimo y dedicación.
También os confiaré, solo por ser amigos de Bruno, algunos de los secretos mejor guardados que hacen de nuestros vinos una experiencia especial en el paladar.
Sus palabras despertaron cierta curiosidad en nosotros tres, ya que nos miramos sonrientes y asentimos antes de seguirlo.
Caminamos tras él, cruzando un arco cubierto de buganvillas que parecía la entrada a otro paraje, hacia un laberinto repleto de vides que te podría llevar al corazón de un cuento en la toscana.
Seguimos a Keren por un sendero que se abría paso entre las hileras de vides.
El sol de la tarde impactaba en las hojas y las hacía brillar en distintos matices de verde.
El aire venía a ratos con un frescor especial que se agradecía para la temperatura que hacía.
—Comenzaremos la visita aquí —dijo Keren, deteniéndose frente a una de las hileras y acariciando con cuidado una hoja como si tuviese entre manos un frágil tesoro.
Su voz transmitía respeto y orgullo—. Estas vides tienen décadas de historia, algunas incluso han pasado de generación en generación.
La tierra es generosa, pero exige paciencia, constancia y mucho cariño.
Nos contó los inicios del viñedo. Estábamos ante la zona cero, como lo llamaban, por ser donde plantaron la primera planta.
Esas tierras las empezaron a trabajar sus bisabuelos cuando emigraron desde Italia en 1976.
Buscaban ampliar la tradición en otro lugar, seguir con su cultura y aprender de otras para lograr la perfección.
Siendo conscientes de que la perfección no existe y, teniendo claro, que solo se llega a la excelencia a través de esfuerzo y dedicación. Ese era su lema en la bodega.
Lorena observaba fascinada, inclinándose para tocar una de las uvas, mientras Víctor hacía alguna broma sobre si podía probar ya el vino en lugar de esperar a que le contaran el proceso, alegando que con el calor que hacía, le vendría bien hidratarse un poco.
—Aún no —respondió Keren con una sonrisa cómplice—. Primero hay que entender la raíz de todo. Sin esto, no existiría la magia en la copa.
Yo, en silencio, dejaba que mis ojos recorrieran aquel mar de vides que se extendía hasta perderse en el horizonte.
Había algo hipnótico en ese orden perfecto, en la manera en que la naturaleza y la mano del hombre se entrelazaban en un equilibrio tan hermoso.
Keren nos explicó cómo cada hilera estaba orientada estratégicamente para aprovechar al máximo el sol, cómo cuidaban de la tierra sin sobreexplotarla, y cómo cada decisión —desde la poda hasta la cosecha— marcaba la diferencia en el sabor final del vino.
—Al fin y al cabo —concluyó—, lo que veis aquí no son solo plantas: son años de trabajo, de paciencia y de fe en que el esfuerzo dará su fruto.
Sus palabras me calaron hondo. Había en ellas una verdad simple y poderosa, que inevitablemente me hizo pensar en Jon y en todo lo que parecía estar guardando para sí, como esas vides que escondían dentro el fruto a punto de madurar.
Tras recorrer varias hileras, Keren nos condujo hacia una construcción de piedra clara situada al final del sendero. Una gran puerta de madera maciza se abrió con un chirrido grave y, al cruzarla, un aire fresco y húmedo nos envolvió de inmediato.
—Bienvenidos a la bodega subterránea —anunció Keren, encendiendo unas luces cálidas que iluminaron el interior.
Descendimos por una escalera de piedra y, al llegar abajo, me quedé sin palabras. El espacio se abría en una red de galerías abovedadas, donde largas hileras de barricas de roble se alineaban. El aroma era embriagador: una mezcla de madera, vino joven y tiempo detenido.
—Aquí, el silencio es tan importante como la paciencia —continuó Keren, con la voz más baja, como si estuviera contándonos una confidencia en un templo—.
Cada una de estas barricas guarda un vino distinto, y cada vino tiene su propia historia.
Algunos dormirán aquí meses, otros años, hasta que alcancen la madurez idónea.
Lorena caminaba despacio, observando las vetas de la madera como si fueran obras de arte. Víctor, en cambio, no pudo resistirse a preguntar:
—¿Y si alguien se queda aquí abajo solo, no acaba mareado con tanto aroma?
Keren soltó una carcajada breve.
—Créeme, a veces es difícil resistirse. Pero al final, lo que huele aquí no es embriaguez…, es artesanía.
Me detuve un instante frente a una barrica en particular, apoyando la mano sobre la madera fría.
El silencio, roto apenas por nuestras pisadas y la suave voz de Keren, me hizo sentir que aquel lugar era una cápsula del tiempo de secretos.
Un espacio lleno de paciencia, de espera, y con la esperanza de que, llegado el momento, lo que se ha guardado en silencio salga a la luz con toda su fuerza.
—Cada vino que aquí reposa, es como un mensaje al futuro. Nunca sabemos exactamente cómo evolucionará, pero confiamos en que lo hará de la mejor manera —añadió Keren.
Al salir de la bodega, una brisa fresca nos recibió en la terraza que se extendía justo encima del viñedo.
El sol ya comenzaba a descender en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos dorados y anaranjados que parecían incendiar las nubes.
Las hileras de vides brillaban con una luz suave y mágica.
Era una delicia contemplar aquel paisaje.
Unas mesas de madera rústica, adornadas con un mantel de lino, sobre el que reposaban varios platos con porciones de queso, unas anchoas en aceite, pan y unas copas relucientes con varias botellas nos esperaban. Keren, con gesto amable nos invitó a ocupar las sillas que rodeaban una de las mesas.
—Ahora que ya conocéis la importancia de nuestro trabajo, ha llegado el momento de probar el resultado. Pero lo haremos de una manera especial.
Sacó de una cesta unas vendas de tela suave y continuó:
—Os propongo un juego. Haréis la cata… a ciegas.
Víctor fue el primero en reaccionar, levantando las cejas con un gesto teatral.
—¿Quieres decir que vamos a beber sin ver lo que tenemos delante? Eso puede ser peligroso.
Las risas estallaron alrededor de la mesa, y yo le di un ligero empujón en el hombro.
—No seas exagerado.
—Precisamente —comenzó a explicar Keren—, la idea es dejar que vuestros otros sentidos trabajen. El olfato, el gusto, incluso el oído cuando la copa se acerca a los labios. Sin los ojos, descubriréis matices que normalmente se pasan por alto.
—Vaya por Dios, y yo que disfruto más con el tacto…, tendré que aguantarme y reprimir mis impulsos —soltó Víctor en mi oreja para que nadie más lo escuchase.
—Eres imposible —le contesté de la misma manera. Me guiñó un ojo en respuesta.
Keren nos entregó una venda a cada uno. Yo dudé un instante antes de ponérmela, sintiendo una mezcla de curiosidad y emoción.
Al cubrirme los ojos, el mundo se redujo a sonidos: las risas de mis amigos, el chocar de las copas al ser colocadas sobre la mesa y la voz pausada de Keren guiándonos paso a paso.
—El primer vino es joven. Prestad atención a la frescura de su aroma, a las notas frutales que se despliegan en la boca.
Al llevar la copa a mis labios, percibí un estallido de sensaciones: frescura, dulzura ligera y un matiz ácido que me hizo sonreír. La ausencia de visión lo hacía más intenso, más real.
—¿A qué os sabe? —quiso saber.
Víctor no tardó en hablar:
—A verano. A una primera cita en la que uno todavía no sabe si se va a besar o no.
Las risas volvieron a brotar en el ambiente.
Yo me limité a negar con la cabeza, aunque en mi mente esa frase me llevó, sin quererlo, a recordar mis propios besos con Jon.
Keren nos hizo repetir la dinámica con un segundo vino, más complejo, y luego con un tercero, que dejó un regusto largo, profundo, que parecía querer quedarse un rato más con nosotros.
Cada uno de nosotros daba sus impresiones, unas serias, otras divertidas, y el ambiente se llenó de complicidad, risas y confidencias, mientras el sol seguía su curso descendiendo en el horizonte.
Nos quitamos las vendas y, al mirarnos entre nosotros, todos teníamos una amplia sonrisa en la cara.
Habíamos pasado una tarde tranquila y la experiencia había sido maravillosa.
Se hizo un silencio especial mientras aterrizábamos de nuevo en el lugar en el que estábamos y comenzamos a picar de los platos que nos habían preparado para acompañar a la cata.
Víctor, sin embargo, no pudo contenerse y alzó una de las copas, aún con una media sonrisa en el rostro.
—Bueno…, si después de esto no encuentro pareja, creo que la culpa será del vino por haber puesto el listón demasiado alto.
Las risas estallaron de nuevo, rompiendo el silencio y envolviendo la terraza en un ambiente familiar y cercano, como si el viñedo entero hubiese decidido brindar con nosotros.