Capítulo 28
—¿Le gusta?
Giré la cabeza, sorprendida. Junto a mí, un señor mayor, de mirada clara y gesto amable, esperaba mi respuesta con una sonrisa suave.
—Mucho —contesté sincera, sin poder evitar que mi propia voz sonara un tanto reverente ante aquel rincón tan especial—. Me parece un lugar maravilloso, transmite paz, como si todo a su alrededor se detuviera.
El hombre asintió despacio, como si estuviera de acuerdo no solo con mis palabras, sino con algo más profundo que en ellas se escondía.
—Sí…, es uno de esos rincones que hacen al hotel distinto. Y también uno de mis favoritos.
No sabía exactamente por qué, pero aquel desconocido tenía una presencia que imponía respeto y ternura al mismo tiempo.
Lo miré a los ojos, esa mirada limpia y penetrante que a pesar de los años mantenía una fuerza serena.
Y, en ese preciso instante, lo supe. Esa mirada la conocía bien.
Tuve la certeza de que era el abuelo de Jon.
Me giré del todo hacia él, con una mezcla de curiosidad y convicción en mi interior.
—Usted es el abuelo de Jon —afirmé más que realizar una pregunta de la que me esperaba cuál sería la respuesta.
El hombre arqueó las cejas y luego dejó escapar una pequeña risa, de esas que nacen de la sorpresa agradable.
—Vaya, menudo ojo. No me esperaba una deducción tan rápida —comentó con tono admirado—. Tienes buena intuición y aún mejor deducción.
—Como diría mi amigo Víctor: ojo de loca, no se equivoca.
Mi comentario le hizo gracia y extendió su mano con elegancia.
—Sí, soy el abuelo de Jon. Pero por favor, tuteémonos. Y llámame Lorenzo.
Acepté su mano, sonriendo con naturalidad.
—Encantada, Lorenzo. Soy Mara.
Él sostuvo un momento mi mirada, con esa calidez que solo los mayores saben transmitir, y asintió despacio.
—Mara… —repitió mi nombre, como degustándolo—, estoy encantado de conocerte. Ese nombre ya lo he oído hace relativamente poco, y… juraría que… tiempo atrás también.
Sus palabras me hicieron contener el aliento un segundo.
No quise preguntar más, pero en mi interior la sospecha de que Jon había hablado de mí se encendió como una llama difícil de apagar.
Aunque no pasó desapercibido el hecho de que hace unos años que había oído mencionar mi nombre.
¿Se lo habría oído también a Jon? Admito que no tengo un nombre muy común, pero puede que fuese por otra persona.
La sola idea de que su abuelo supiera de mi existencia bien fuese en el pasado, en el presente o ambas, me calentaba un poco el corazón y se instalaba una buena sensación dentro de mí de cara a un posible futuro.
Lorenzo se acomodó ligeramente sobre su bastón, mirándome con una mezcla de interés genuino y ternura.
—¿Y tú? —me preguntó con suavidad, como quien abre una ventana para dejar pasar la brisa—. ¿De qué conoces a mi nieto?
—Ah, pues…, verás, soy la fotógrafa de la revista que se encarga del artículo sobre el hotel.
—Oh, es maravilloso que hayan encargado un artículo de este alojamiento tan especial. —Sonrió agradecido. —Y dime, ¿hace mucho que conoces a Jon?
Me quedé en silencio un instante, lo justo para ordenar en mi mente lo que debía o no decir.
No era fácil. Un torbellino de recuerdos me asaltó de golpe: sonrisas, miradas, aquel masaje que había despertado de nuevo tantas cosas en mí…
y, sobre todo, la certeza de que lo que había entre Jon y yo empezaba a ser más que una simple coincidencia.
No podía, sin embargo, soltar todo eso de golpe. No era el momento.
—Hace algún tiempo ya —respondí finalmente, midiendo cada palabra—. Nuestras vidas se cruzaron de nuevo tras algunos años, de una manera inesperada. Y desde entonces hemos coincidido en distintas ocasiones.
Lorenzo asintió despacio, con la serenidad de quien no necesita grandes explicaciones para intuir lo esencial. Sus labios se curvaron en una sonrisa sabia.
—La vida siempre tiene esas formas curiosas de entrelazar caminos…
—dijo, y después bajó la voz, como si confiara en mí un secreto—.
Jon siempre ha sido reservado, incluso de niño.
Pero cuando alguien le importa de verdad, se le nota, aunque intente ocultarlo.
Además, estoy muy orgulloso de él por cómo ha afrontado las responsabilidades que se le presentaban delante.
—Fruncí un poco el ceño porque no sabía si había un trasfondo en esas palabras o se refería a su responsabilidad hacía la empresa, o qué era lo que quería decirme.
—Perdona, ¿estás seguro que hablamos del mismo Jon?
—Yo creo que sí. Conozco a mi nieto y sé que no es perfecto. Pero, acaso, ¿alguien puede asegurar serlo?
—No, claro que no. Pero yo conocí a un Jon hace unos años y… podría decir que no fue muy claro en ciertos momentos.
—Me gusta tu chispa. Me recuerdas a mi difunta esposa. Si el destino ha querido reuniros de nuevo, será bueno para los dos. Estoy seguro de ello.
Sentí que mi corazón se aceleraba con esa observación. Quise preguntar más, saber hasta qué punto Jon había dejado entrever algo sobre mí, pero decidí guardar silencio, disfrutando de aquel instante y de la calidez con la que aquel hombre me hablaba.
—¿Sabes? Jon me confesó lo importante y especial que es este rincón —dije, señalando la fuente piano.
—Mi nieto… —continuó Lorenzo, con voz grave pero cálida—, se parece mucho a mí. Somos hombres más de hechos que de palabras. Pero en el fondo… —su mirada se humedeció un instante, sin perder firmeza—, somos unos románticos, aunque a veces nos cueste admitirlo.
—Ya lo creo, que le cuesta admitir ciertas cosas…
Lorenzo me miró con cara divertida.
—Este lugar es en honor a mi difunta esposa.
Cuando enfermó, tuvo que recibir varias sesiones de quimio que la dejaban totalmente agotada.
En nuestra casa teníamos un mirador con ventanales grandes de techo a suelo.
Enfrente, había un piano y un sofá individual que se reclinaba justo al lado.
Yo le tocaba el piano tarde tras tarde, porque le relajaba mucho y siempre se quedaba dormida a la hora de la siesta con una sonrisa angelical en la cara.
—Se me empezaron a agolpar varias lágrimas en los ojos—.
A mi mujer le encantaban las flores. Todas las semanas le regalaba un ramo nuevo y ella las ponía en agua sobre el piano.
Ahora podrás entender un poco más el significado de todo el conjunto de este lugar.
Su porte distinguido, su manera pausada de hablar, lo convertían en alguien al que uno quería escuchar.
—Madre mía, Lorenzo, antes ya me parecía un rincón precioso, pero ahora, me parece aún más maravilloso.
—Todo lo que ves delante fue cosa de mi nieto.
Él ordenó construirlo justo en el lugar donde mi mujer me dijo en nuestra luna de miel que estaba embarazada de nuestro primer hijo.
Fue ahí, hace ya unos cuantos años —dijo sonriendo y cerrando ligeramente los ojos, suponía que para detener alguna que otra lágrima que amenazaba con salir—.
En este mismo hotel que la compañía de mi familia decidió comprar hace más o menos un año.
Ya no pude contenerme más, una lágrima rebelde decidió que era hora de hacer acto de presencia ante este relato tan sentimental.
—Jon me contó algo, pero no me detalló toda la historia que tiene este sitio. Tiende a dejarse cosas en el tintero.
Lorenzo asintió despacio, con la serenidad de quien no necesita grandes explicaciones para intuir lo esencial. Sus labios se curvaron en una sonrisa sabia.
—Puede que estuviera esperando el momento adecuado para contarlo.
—Sí…, digamos que se toma su tiempo.
Guardó silencio unos segundos, como si buscara dentro de sí la fuerza para seguir.
—Solo espero que algún día, cuando encuentre a la adecuada, sepa crear un espacio tan bonito para los dos y que ambos cuiden de cada detalle importante del día a día para ser felices.
Yo lo fui con mi mujer. La quise con todo lo que soy.
Y aún la quiero. Porque, aunque ya no está conmigo…
, la tengo presente todos los días. —Su voz se quebró un poco, pero enseguida la enderezó con dignidad—.
La echo de menos, claro que sí, pero ¿sabes?
Esa ausencia también me recuerda lo afortunado que fui de haberla tenido a mi lado.
Me conmovió profundamente escucharle. Había en sus palabras un amor tan auténtico, tan eterno, que me sentí pequeña frente a la grandeza de su recuerdo.
Y, al mismo tiempo, no pude evitar pensar en Jon y en lo mucho que me estremecía la idea de que él, con su silencio y su aparente reserva, también pudiera sentir de esa manera tan intensa.
Me quedé callada, observando la fuente piano y el agua que caía suavemente en sus escalones de piedra, como si cada gota marcara un compás secreto en la melodía de aquel lugar.
Las palabras de Lorenzo seguían resonando dentro de mí, cargadas de verdad, de amor, de una lealtad que traspasaba el tiempo y la ausencia.
Me conmovía imaginar a Jon con ese mismo corazón, capaz de amar de manera tan profunda y duradera, aunque escondiera su sensibilidad detrás de silencios o sonrisas contenidas.
Me pregunté en silencio si conmigo podría llegar a sentir algo así, si sería posible que yo me convirtiera en alguien tan importante para él, como lo había sido la mujer de Lorenzo en su vida.
Un rubor suave me recorrió las mejillas, mezcla de emoción y de miedo.
Porque desearlo era inevitable, pero también lo era el temor de que teníamos una conversación pendiente de lo sucedido en el pasado, que a él le estaba costando abrirse, a mí me daba miedo que lo hiciese y tener que enfrentarme a un dolor difícil de superar.
Respiré hondo, intentando disimular el nudo que me había dejado en la garganta esa conversación.
Pero dentro de mí ya no quedaban dudas: Jon tenía algo especial, algo que lo hacía diferente a cualquier otro hombre que hubiera conocido.
Y si era verdad que se parecía tanto a su abuelo, entonces quizá, también él estuviera hecho para amar de una forma que rozaba lo eterno.
Lorenzo me miró de reojo, como si hubiera adivinado en mi silencio la tormenta de pensamientos que me agitaban. Sonrió con ternura y apoyó ambas manos sobre el pomo de su bastón.
—Mara… —dijo con voz pausada, cargada de experiencia—, cuando encuentres a alguien que haga que el mundo a tu alrededor se detenga, aunque sea solo por un instante, no lo dejes escapar. La vida no da segundas oportunidades tan a menudo como creemos.
Sentí que esas palabras me atravesaban, dejándome sin respuesta. Apenas pude devolverle una sonrisa emocionada.
—Ha sido un placer conocerte, muchacha —añadió con un guiño cómplice—. Espero volver a verte pronto.
Y, con paso lento pero firme, se alejó hacia la entrada del hotel.
Yo permanecí allí, frente a la fuente piano, abrazando en silencio la certeza de que aquel hombre había visto mucho más de mí de lo que yo misma estaba dispuesta a mostrar.