Capítulo 27
Todavía llevaba grabada en la retina la imagen de Mara tumbada en la hamaca, riéndose con Lorena y Víctor.
Había muchas personas en aquella zona de la piscina, voces mezcladas, chapoteos, camareros entrando y saliendo con bandejas, pero a ella…
, a ella la vi enseguida. No me costó nada.
Como si todo lo demás se difuminara y su presencia desprendiera una especie de luz que guiaba mi mirada.
No podía evitarlo, la buscaba y enseguida la encontraba.
Necesitaba verla. La despedida de esa mañana había sido muy rápida y el resto del tiempo sin poder estar a su lado, observándola, provocándola, analizándola, se me había hecho insoportable.
Ansiaba acercarme, oler de nuevo su piel, besarla, tenerla entre mis brazos como tantas veces había soñado en silencio estos últimos años y que había conseguido recuperar los últimos días.
Me dolía la distancia, esa separación invisible que manteníamos para no levantar sospechas delante de los demás.
Aunque estaba seguro de que al igual que Bruno sabía todo lo que había pasado entre nosotros, sus amigos también lo sabrían, pero no quería ponerla en una tesitura incómoda delante de los demás.
Nos habíamos acercado de manera íntima de nuevo, pero no habíamos hablado del camino que tomaríamos en adelante.
Yo tenía claro que quería recuperarla. Pero junto a ese deseo, había una sombra que me encogía el pecho.
La verdad que debía contarle pronto, aunque me aterraba pensar en su reacción.
¿Me reprocharía el silencio? ¿Se apartaría de mí?
¿O entendería que mi miedo era a causa de una ansiedad anticipatoria, y que todo lo que estaba en juego me sobrepasaba?
Inspiré hondo. Tenía que mantener la calma. Había muchas piezas en movimiento: mi tío, mi abuelo, el equipo del hotel y, sobre todo, mi hija Arane. No podía permitirme flaquear ahora.
Con esos pensamientos aún retumbando en mi cabeza, llegué al despacho donde me esperaban Bruno y mi tío Luis.
La puerta estaba entreabierta y, al entrar, me envolvió de golpe el ambiente serio del lugar.
El contraste con el bullicio alegre de la piscina era brutal.
Allí dentro no había risas ni bromas, solo papeles sobre la mesa, un ventilador que hacía las veces de lámpara de techo también girando lentamente sobre nuestras cabezas y dos pares de ojos expectantes sobre mí.
—Ya era hora —dijo Bruno, levantándose apenas de la silla, siempre tan directo.
—Tenía que asegurarme de que estaba todo en orden y de que todos estuvieran acomodados —respondí, dejándome caer en el asiento frente a ellos. Mi amigo sabía que no me refería solo a Arane o a mi abuelo.
Luis me observaba con esa mezcla de autoridad y afecto que siempre proyectaba. Su mirada no era inquisitiva, pero sí profunda, como si intentara leer más allá de mis palabras.
—¿Y? —preguntó con calma—. ¿Todo en orden con tu abuelo y con la niña?
Asentí, aunque una parte de mí sabía que había fisuras en ese todo y más todavía en el orden que debería de haber. Estaba convencido de que a Mara no le había pasado desapercibida esa mínima tensión que se había instalado en mí cuando me preguntaron por mi familia.
—Sí —respondí, con un tono seguro—. Todo está bajo control — mentí.
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.
Era hora de hablar de trabajo y tenía que intentar despejar mi mente y centrarme en lo que tenía delante, que eran mi amigo, mi tío y la reunión que íbamos a tener los tres.
Pero no podía evitarlo, en el fondo de mi mente, no dejaba de repetirse un solo pensamiento: tenía que encontrar el momento para hablar con Mara, decírselo todo, hablar con el corazón y no con la mente y los miedos que nos creamos nosotros mismos, confiar en hacerlo bien y que nos perjudicase lo menos posible.
—Veamos, he estado revisando el e-mail con las notas de la recepción.
Tenemos varias quejas que coinciden en lo mismo: el tiempo de espera en el check-in .
Ayer hubo huéspedes que tardaron unos cuarenta minutos en tener su llave.
Eso es inaceptable. —Luis fue el primero en hablar.
Se inclinó hacia nosotros, bajando la voz como si quisiera subrayar aún más su preocupación—.
Y no solo es cuestión de colas y esperas, hay comentarios específicos sobre una de las recepcionistas.
Los clientes reconocen que entienden y valoran que el hotel quiera dar una bienvenida cálida, una sonrisa amable al llegar, pero lo de esta chica, dicen ser otro nivel.
Los comentarios van desde que se tarda demasiado con cada cliente, hasta que se entretienen más de lo razonable.
Al final, mientras unos disfrutan de su charla, otros se desesperan esperando su turno.
En ese momento, Bruno y yo nos miramos con una chispa cómplice en los ojos. Y casi al unísono, sin poder contenernos, dijimos:
—Tifany.
Luis arqueó las cejas, sorprendido.
—¿Tifany? ¿Y quién es esa?
Bruno apoyó los codos en la mesa y sonrió de medio lado.
—Una chica que parece salida de una película romántica.
Rubia, uñas larguísimas siempre de un color distinto cada semana, sonrisa de anuncio y conversación infinita.
Te pregunta de dónde vienes, a qué te dedicas, qué clima hay en tu ciudad, si tu abuela cocina bien, vamos, que cuando por fin te da la tarjeta de la habitación, ya casi es la hora de cenar.
—Es cierto que pone entusiasmo, pero el problema es que convierte cada check-in en un interrogatorio amistoso —aporté intentando contener una risa, pensando en cómo la habría descrito Mara.
Luis negó con la cabeza, aunque con una media sonrisa que delataba que se lo estaba imaginando perfectamente.
—Pues habrá que hablar con ella. Que conserve la simpatía, pero que acelere el proceso. No podemos permitir que las colas se hagan eternas.
Bruno levantó la mano como si jurara solemnemente.
—Prometo intentarlo, aunque convencer a Tifany de que no hable tanto es como pedirle al mar que no tenga olas.
Hizo una pausa, giró la cabeza hacia mí y, con esa sorna que le caracterizaba, añadió:
—Aunque quizá el más indicado para hablar con ella seas tú, Jon. Ya sabes…, parece que cuando te escucha, no aparta la vista ni un segundo. Lo que sale de tu boca debe ser más que sonidos, porque se queda hipnotizada cuando hablas.
Luis se rio por lo bajo, mirándome con curiosidad. Yo, en cambio, me acomodé en la silla, fingiendo indiferencia mientras notaba cómo me subía un calor incómodo al cuello.
—Muy gracioso —respondí, dándole un sorbo al agua para disimular.
—¿Y bien, Jon? ¿Hay algo que debas contarme? —me miró mi tío divertido, ladeando la cabeza.
Casi me atraganté con el agua. Tosí un par de veces, intentando recomponerme.
—¿Qué? ¡No, claro que no! —respondí rápido, demasiado rápido.
Luis entrecerró los ojos con picardía, como quien lanza un anzuelo sin prisa.
—Curioso, porque yo siempre pensé que a ti te gustaban más las castañas.
El comentario, lanzado con tono inocente, cayó sobre mí como un ladrillo. Bruno sonrió con malicia, disfrutando del espectáculo. Solo le faltaba un bol de palomitas.
Mi tío se acomodó en la silla, fingiendo indiferencia mientras continuaba:
—Ya sabes, de esas que tienen carácter, que saben dialogar, que no se quedan calladas a la primera; con una mirada intensa para captar bien lo que tiene ante ella, firme y a la vez con esa dulzura que se nota hasta en el modo de sonreír.
Yo noté cómo el calor se me subía al rostro.
Reconocía perfectamente cada rasgo, cada palabra que mi tío había usado.
Había descrito a Mara a la perfección. Pero, ¿cómo era posible que se hubiera dado cuenta de lo que sentía por ella?
Intenté recomponerme, bajando la vista hacia los papeles de la mesa.
—Son imaginaciones tuyas, tío.
—Ya veo. Solo he tenido que describir ciertos rasgos y aspectos al azar de una mujer hipotética, sin mencionar ningún nombre, para que me confirmes lo que sospechaba. —Luis sonrió, satisfecho.
Bruno alzó las cejas con gesto triunfal. Había caído de lleno en una trampa que ni siquiera vi venir.
—Volviendo a lo de Tif, solo digo que si alguien puede hacer que se concentre en trabajar… eres tú —Bruno estuvo rápido. Me había echado un capote y con la mirada le di las gracias.
—Vamos a intentar primero agilizar los discursos de bienvenida.
No se trata de cortar la cercanía, pero sí de equilibrar la atención.
Y si vemos que el personal se queda corto cuando coinciden dos o tres grupos grandes, y el sistema colapsa, necesitaremos refuerzo en horas pico o al menos reestructurar los turnos —añadí para seguir desviando el foco de interés de nuestra conversación hacia el trabajo.
—Hablaremos con Recursos Humanos esta semana. Si no podemos ampliar plantilla, quizá debamos optimizar el sistema. Digitalizar algunos procesos, que la gente pueda adelantar datos desde su móvil antes de llegar.
El tema saltó después a las peticiones recurrentes de los clientes: más variedad en el menú del bufé, ampliar el horario del gimnasio y actividades nuevas en la piscina.
—Ya tenemos asignados días especiales de gastronomías de otros países: la noche italiana, la mexicana, la japonesa…, y todos resultan un éxito, la gente repite y lo valora muchísimo. No podemos estar inventando temáticas cada semana —bufó Bruno, él siempre tan pragmático.
—Es verdad, esas jornadas funcionan muy bien y ya son un sello de la casa.
Pero quizá deberíamos plantearnos dejar un hueco fijo y ponerle el cartel de Healthy .
Algo pensado para quienes buscan una alternativa más saludable, baja en grasas y calorías.
No se trata de cambiar el bufé entero, sino de dar opciones claras —intervine, dándole otra vuelta.
—Sí, puede ser un buen movimiento. Cada vez hay más clientes que buscan ese equilibrio: disfrutar de las vacaciones sin sentirse culpables por los kilos de más que puedan coger —Luis asintió, acariciándose la barbilla.
—Hablaré con el proveedor para ver qué opciones nos ofrece y con el jefe de cocina —apuntó Bruno en su agenda.
—Eso enlaza con otro punto. Hemos recibido un e-mail de un comercial de cosméticos naturales. Están interesados en colaborar con la zona de spa y wellness . Quieren que probemos su línea de aceites y cremas, con ingredientes ecológicos. —Luis rebuscó entre sus papeles y nos pasó el correo impreso.
—Eso podría darnos un plus de imagen. Wellness sostenible, más atractivo para el perfil que busca experiencias exclusivas — añadí.
—Dicen que están dispuestos a dejar una remesa de prueba, sin compromiso. Podríamos empezar con algo sencillo: una carta de masajes con estos productos, evaluar la respuesta de los clientes y ver si compensa —analizaba Bruno el correo.
Me quedé unos segundos en silencio, imaginando sin querer la sala 5 del spa. La recordaba demasiado bien. El lugar donde había sentido a Mara de otra forma, íntima, cercana, imposible de olvidar. Tragué saliva y volví al presente.
—Probemos —dije finalmente—. Si funciona, será un argumento fuerte para reposicionarnos.
Bruno y Luis asintieron. La conversación siguió con otros detalles: el mantenimiento de la piscina cubierta, la falta de hamacas en la terraza principal, las quejas por la conexión Wifi. Todo se iba apilando en la mesa como un puzle complejo que nunca acababa de completarse.
Para aligerar el ambiente, Bruno retomó el tema de las reseñas.
—También hay que reconocer lo bueno. El equipo de animación está arrasando. Los padres están encantados; dicen que dejan a los niños en buenas manos y que los pequeños se lo pasan en grande.
—He leído varios comentarios en esa línea. Parece que hemos dado con un equipo sólido —afirmó Luis.
—La encargada del equipo es excelente. Siempre está buscando actividades nuevas, se toma la molestia de adaptarlas a todas las edades. Tiene iniciativa, paciencia y una energía que contagia hasta al más reacio.
—Eso es lo que necesitamos: gente comprometida y con ideas —dijo mi tío satisfecho.
—Con el equipo de animación hemos dado en el clavo. No solo entretienen, es que hasta los padres los adoran. Hacen partícipes a todos los huéspedes que siempre se van con una sonrisa en la cara —aportó Bruno.
Luis sonrió satisfecho, dejando escapar un suspiro como quien tacha algo de la lista mental de preocupaciones.
—Más nos vale cuidarlo.
—Esta misma tarde tienen una actividad especial en la sala reservada para ellos.
Están preparando una función con los niños, que presentarán después de la cena.
Van a dividirlos por edades y cada grupo ofrecerá un pequeño show de actuaciones y talentos para los huéspedes.
La encargada lleva días organizándolo y sé que será un éxito —al pronunciar esas palabras, no pude evitar sentir cierto alivio.
Esa función era la excusa perfecta: podría dejar a Arane en buenas manos y aprovechar para buscar un momento a solas con Mara. Lo necesitaba más que nada.
Mi tío y Bruno siguieron hablando de otros detalles, pero yo apenas los escuchaba. Mi mente ya estaba en otro lugar, en la piscina, en las hamacas, en la sonrisa de Mara. Y en lo que debía decirle, algo que podría cambiarlo todo.
Mientras Luis y Bruno repasaban un par de correos pendientes y hablaban de reorganizar ciertos turnos, mi atención se fue disipando.
Mi mente estaba en otro lugar. Sabía que esa tarde, en la sala de animación, Arane estaría ilusionada preparando su actuación con el resto de niños.
Allí estaría bien cuidada, entretenida y feliz.
Entonces yo…, yo tendría por fin la oportunidad que llevaba días buscando.
No podía seguir postergándolo. No podía dejar que el miedo o la duda me atenazaran por más tiempo.
Esa misma noche, mientras Arane estuviera ensayando con su grupo, buscaría a Mara, la encontraría y le contaría toda la verdad.
El corazón me dio un vuelco solo de pensarlo.
Imaginaba su mirada, su reacción, la posibilidad de que todo lo que había entre nosotros se tambaleara y se fuera al traste.
Pero también sabía que, si no lo hacía, jamás podría avanzar.
Ni con ella ni conmigo mismo, ahora que la había vuelto a ver.
Respiré hondo, cerrando los ojos un instante.
—Esta noche —me repetí en silencio—. Pase lo que pase.
Y con esa certeza, la reunión continuó…, pero para mí, todo lo demás ya era ruido de fondo.