Capítulo 26 #2
Lorena enseguida accedió, porque era una gran fan de las películas de Piratas del Caribe .
Se puso el pañuelo a la cabeza, llamó la atención de varios niños y comenzó a gritar cosas como: ¡Bucaneros!
, ¡Colchoneta a la vista!, ¡Coged los globos de agua y prepararos!
y ¡fuego! Víctor se puso otro de los pañuelos y el parche, se alió con unos siete niños y les dijo que tenían la misión de saquear lo que pudiesen encontrar.
—¡Ojo tuerto! Se dice: ¡arrasa con lo que veas y generoso no seas! —le corrigió Lorena, totalmente metida en su papel.
Yo me quedé en el lado de las escaleras para entrar o salir de la piscina, donde habían simulado una isla con una palmera.
Me encontraba mejor del tobillo, pero no quería arriesgarme.
Allí tenía a los más pequeños recopilando las pruebas o pistas que los otros equipos conseguían.
Nos traían trozos de papel con dibujos y los teníamos que ordenar para poder mostrar el mapa del tesoro.
—¿Alguien sabe alguna canción de piratas? —los animé.
Mientras revolvían los cachos de mapa que teníamos, entonaban el clásico: «Yoho yoho un gran pirata soy». Estaban entregados a la causa y cada vez gritaban más alto.
Una niña de pelo largo se acercó a nosotros junto con otra monitora, con un rollo de celo en la mano. Se puso a mi lado y me lo tendió.
—¡Hola capitana! Soy la titulante Arane. Taigo ayua.
—Bienvenida, tripulante Arane. Soy la capitana Mara. Muchas gracias por traernos este artilugio. ¿Sabes cómo se usa?
—Mi papi no me deja usalo poque se me pega en las manos y luego lo pego en cosas. Solo me deja usa gomets o pegatinas. Me gutan las de pincesas, ¿a ti?
Me acerqué a ella y le susurré al oído:
—No se lo digas a nadie, pero yo soy una princesa. —La niña abrió los ojos y la boca sorprendida—. Pero me hago pasar por pirata, porque mi príncipe ha desaparecido. Se ha perdido y lo estoy buscando. Sssshhhh, ¿me guardas el secreto?
La niña se tapó la boca sonriendo y asintiendo enérgicamente con la cabeza.
—Yo te ayudo a enconta a tu pincipe. —Me sonrió y abrazó. La pequeña me pareció tremendamente dulce y entrañable. Tenía cara de pilla, pero sabía sacarle partido poniendo cara de angelito.
Finalmente, media hora después, los niños habían completado el mapa y consiguieron su deseado tesoro: un cofre lleno de monedas de chocolate, pulseras de caramelo y bolsas de chuches.
Le entregaron un diploma a cada uno por conseguir encontrar el tesoro y otro a cada uno de nosotros tres por ayudarles en la misión.
Todos los niños nos dieron las gracias y se marcharon con los monitores hacia el interior del hotel.
El resto de la tarde en la piscina se había convertido en un descanso merecido.
El sol nos acariciaba la piel sin ser molesto, el aire llevaba ese olor a cloro mezclado con crema solar, y nosotros tres —Lorena, Víctor y yo— estábamos tumbados en las tumbonas, exhaustos, con los vasos de refresco marcados por las gotas de condensación.
Qué mérito tenían los monitores: jugar con tantos niños, tenerlos entretenidos y no morir en el intento, era toda una hazaña.
Las risas venían fáciles. Lorena hacía comentarios sarcásticos sobre los bañadores imposibles de algunos turistas y Víctor se defendía con ocurrencias todavía más ridículas, logrando que cada tanto tuviéramos que taparnos la cara de tanto reír.
En medio de todo, sentí una punzada cálida: qué bonito era estar así con ellos.
Habíamos vivido tantos momentos buenos durante los últimos dos años: las caminatas interminables por el monte cuando a Lorena le entraba la obsesión de mantenerse en forma, las sobremesas que se alargaban con historias improvisadas cada vez que cenábamos en casa de alguno de nosotros, las confidencias nocturnas cuando cada vez que bebíamos de más nos entraba la tontera cariñosa, la lealtad que nos profesábamos en todo momento…
Pensé en la suerte que era haber coincidido allí, en ese tiempo, con esas personas.
Había complicidad, confianza, éramos la familia que uno elige tener a su lado cada día.
Y aunque en el fondo de mi pecho había un peso —el nombre de Jon latiendo en silencio—, en ese instante quise quedarme solo con esa sensación de amistad plena.
Lorena me dio un codazo, sacándome de mis pensamientos.
—Mira, otra vez el socorrista —susurró divertida.
—¡Lo digo en serio! —replicó Víctor, quitándose las gafas de sol y dándonos esa mirada teatral que siempre funcionaba—. Ese chico todavía no sabe que va a pasar la mejor noche de su vida.
La carcajada fue inmediata, como siempre. Yo me doblé hacia un lado, Lorena casi se atragantó con su bebida, y varias personas de las tumbonas cercanas nos miraron con cara de «yo también quiero escuchar el chiste».
Estábamos justo en medio de esa risa compartida cuando lo sentí.
Esa presencia. Ese cambio sutil en el aire, como si alguien hubiera abierto una puerta invisible.
No fue un ruido concreto ni una sombra, sino esa sensación extraña de que algo —o alguien— estaba ahí, a unos metros, alterando el aire.
Miré hacia el borde de la terraza del bar de la piscina…
, y ahí estaba. Jon, de pie en la zona de acceso, con una camiseta clara y gafas de sol, una mano en el bolsillo, la otra sosteniendo una botella de agua.
Parecía relajado, pero yo sabía leer esos pequeños gestos: el peso cambiado de un pie a otro, la mandíbula un poco más tensa de lo habitual.
Observaba la escena. Nos observaba a nosotros.
Claro que no era de extrañar. Entre tanta carcajada, estábamos dando un poco de espectáculo. Pero nos daba igual.
Sentí un pequeño nudo en el estómago mientras lo veía acercarse. Estaba tan guapo, que me empezó a entrar calor. Lorena siguió mi línea de mirada y levantó una ceja.
—Vaya… —murmuró, con esa entonación que usaba cuando notaba tensión no verbalizada.
Víctor no se dio cuenta de nada, estaba demasiado ocupado comentando su teoría sobre cómo impresionar al socorrista.
Yo, en cambio, no podía apartar los ojos de Jon.
Aunque nos habíamos visto esa mañana a primera hora, no verlo o estar a su lado durante el resto del día, se me había hecho largo.
Él bajó la vista hacia la piscina, como si estuviera evaluando el estado del agua, y luego volvió a mirarnos.
O a mirarme. No podía asegurarlo, pero lo sentí.
Me sentía la protagonista de su campo visual, y eso me gustaba.
El vaso en mi mano estaba frío. Mis pensamientos, no.
Enseguida comenzó a caminar hacia nosotros. No tenía prisa, pero tampoco se detenía a hablar con nadie por el camino. Cada paso parecía calculado, como si ya supiera exactamente cuál era su destino y lo de alrededor careciese de importancia.
—Buenas tardes —saludó, con esa media sonrisa que sabía usar cuando quería ser simpático sin sobreactuar demasiado.
—¡Hombre! —dijo Víctor, incorporándose un poco—. Justo hablábamos de ti… Bueno, no exactamente, pero seguro que en algún momento saldrías en la conversación.
Jon sonrió ladeando la cabeza, y saludó con un gesto breve a Lorena y a mí.
—¿Cómo va todo? —preguntó él, mirando alrededor como si estuviera repasando nuestro entorno.
—Pues aquí, siendo espectadoras de cómo Víctor está a la caza de su próxima víctima amorosa —dije algo acalorada porque tenía en mente que él siguiese ejerciendo ese mismo papel para mí.
—¿Y tu familia? ¿Qué tal el viaje? —Lorena no tardó ni tres segundos en lanzar su pregunta.
Vi cómo, por un instante, el gesto de Jon se tensaba. Fue mínimo, apenas un parpadeo más largo de lo normal, pero yo lo noté enseguida. Él también supo que lo noté por mi gesto de curiosidad.
—Bien… —respondió, acompañando la palabra de una sonrisa demasiado ensayada—, todos bien. Se han instalado ya.
Lorena asintió, sin darle ninguna importancia aparentemente.
Víctor bebía un sorbo de su refresco, ajeno a todo.
Pero yo…, yo sentí el inicio de una grieta bajo la superficie.
Su respuesta no era una mentira, pero tampoco una verdad en su totalidad.
Nuestros ojos se encontraron. Y ahí estuvo: ese cruce de miradas que decía mucho más de lo que podíamos permitirnos frente a los demás.
Él sabía que yo había percibido su nerviosismo.
Yo sabía que él lo sabía, pero ninguno de los dos dijimos nada delante de mis amigos.
No era ni el lugar ni el momento adecuado.
Fue Jon quien rompió el contacto primero, dándose un toque en el bolsillo, como si recordara algo.
—Bueno, tengo que pasar un momento por el despacho donde está mi tío y luego con el equipo de animación —dijo, sin perder el tono cordial.
—Sí, claro, no te preocupes. Nosotros enseguida nos tenemos que marchar. Tenemos una excursión a un viñedo que nos ha recomendado Bruno.
—Prometo que, en cuanto termine, te busco —me susurró al oído cuando se agachó para darme un beso inocente en la mejilla.
Aproveché para agarrarlo del cuello de la camiseta, para retenerlo y susurrarle al oído.
—¿Todo bien?
—Si, tengo que ejercer de empresario bueno y dedicado delante de mi tío.
—Está bien. Pero, ¿cuándo termina tu jornada laboral hoy?
—Después de cenar seré todo tuyo. Además, hay algo que no puede esperar.
—Mmmhhh, esperaré entonces.
Y se marchó. Lo seguí con la mirada mientras se alejaba, con esa sensación de hormigueo de quien ansía un nuevo reencuentro y, por otro lado, las dudas le revuelven un poco las tripas.