Capítulo 26
Para la hora de comer, habíamos quedado en el restaurante exterior, La piazzoleta , un italiano con la decoración exterior muy cuidada.
Atravesabas la puerta y el interior se parecía mucho a una Piazza típica italiana; las paredes estaban pintadas simulando las fachadas de los edificios de la plaza, con todo lujo de detalles, los balcones llenos de flores, las ventanas blancas abiertas con las cortinas al vuelo; en otra de las paredes, había unas escaleras de piedra muy bien dibujadas, y parecía que te llevaban a los secretos que escondían los arcos de la iglesia que se encontraba en la parte superior.
Las mesas, todas tenían de centro un jarrón redondo con margaritas de distintos colores por cada mesa.
Olía a romero, pan recién horneado y un aroma dulce muy sutil.
Era un sitio muy agradable, donde el ambiente estaba animado.
Llegué un poco antes de la hora acordada. Lorena ya estaba allí, sentada con sus gafas de sol puestas sobre la cabeza y el móvil en la mano. Me saludó con la mano libre.
—¡Por fin! Pensé que te habías evaporado.
—Pero si llego antes de la hora —dije mientras tomaba asiento frente a ella.
—Tú sabias que yo ya llevaría aquí un rato esperando. —Era verdad. Lorena siempre llega una media hora antes.
—Me entretuve con Víctor. Estábamos viendo sus fotos de esta mañana.
Lorena ladeó la cabeza y levantó las cejas con gesto curioso.
—¿Solo las fotos?
—Sí. —La miré de lado, medio divertida—. ¿Estás insinuando algo?
—Yo no insinúo —dijo con una sonrisa maliciosa—. Solo observo.
Rodé los ojos justo cuando Víctor apareció con su estilo habitual: despreocupado, riéndose de algo que uno de los camareros del restaurante le había dicho. Se dejó caer en la silla junto a la mía, soltando su mochila a un lado.
—Espero no llegar tarde, me crucé con medio hotel en el camino.
—¿No me habías dicho que ibas a ir en busca de los socorristas?
—Y lo he hecho. Querida, soy un chico muy eficiente. Además de conseguir mi objetivo con los socorristas, he conseguido el teléfono del camarero tan simpático que me ha recibido en la entrada. Nunca se sabe.
—No tienes remedio —dije—. ¿Has subido ya las fotos?
—En proceso. Pero algunas salas requieren de más dedicación para retocarlas —añadió con una mirada en la que había algo de picardía contenida.
Sentí cómo el calor me subía por el cuello otra vez, aunque esta vez lo disimulé mejor.
—¿Pedimos una botella de Moscato? —pregunté para desviar el tema mientras ojeaba la carta. Mis amigos asintieron al unísono y se miraron sonriendo.
Estábamos eligiendo platos cuando alguien más se acercó a la mesa. Un silencio sutil se hizo entre nosotros, ese que aparece cuando alguien inesperado entra en escena.
—¿Interrumpo?
Bruno se encontraba de pie, con su porte sereno y su eterna camisa blanca arremangada, como si acabara de salir de una reunión, pero sin perder ni una pizca de calma y elegancia natural.
Tenía esa energía discreta, como si siempre estuviera observando atento a todo lo que ocurría a su alrededor, aunque no lo pareciese.
—¡Para nada! —dijo Lorena rápidamente, sonriendo más de lo habitual—. Siéntate, justo estábamos por pedir.
Bruno me miró fugazmente al tomar asiento. Asentí con una sonrisa amable, sin saber muy bien cómo interpretar su actitud. No hablábamos mucho, pero había algo en su manera de estar que imponía. No como Jon, que era intensidad contenida. Bruno era otra cosa: control.
—¿Cómo va la jornada? —preguntó mientras hojeaba el menú.
Víctor contestó rápido, hablando de su sesión de fotos, mientras Lorena bromeaba sobre lo mucho que había comido en el desayuno y que, probablemente, solo pediría una ensalada.
Yo, en cambio, permanecía más callada y, sin quererlo, seguía preguntándome dónde estaba Jon.
No aparecía, ni un mensaje, ni siquiera cuando su tío apareció lo acompañaba.
Era como si hubiese cogido el vuelo de vuelta a la península.
Este último pensamiento, me dio un pequeño pinchazo en la mitad del pecho.
—¿Has visto a Jon hoy? —pregunté de pronto, dirigiéndome a Bruno sin pensarlo demasiado.
A Víctor se le atragantó el agua y le salió por la nariz mientras tosía, Lorena le daba palmadas en la espalda, Bruno no sabía dónde mirar, si a Víctor que parecía estar recuperándose o a mí que seguía esperando su respuesta e ignorando completamente a la posibilidad de que mi amigo pudiese morir.
Una vez superada la crisis, todos se giraron hacia él con curiosidad.
Bruno bajó lentamente el menú que tenía entre las manos.
—No, la verdad es que no. Aunque a media mañana lo vi entrar en el despacho de administración. Parecía tener algo de prisa.
—¿Y no ha salido en el resto de la mañana? ¿Ni para comer? — preguntó Lorena, confundida.
—No, que yo sepa —añadió Bruno.
Intenté no mostrar la punzada que sentí. ¿Administración? ¿Prisa? ¿Acaso estaba evitándonos a todos? No entendía nada. Cómo era posible que el ambiente entre nosotros hubiese cambiado tanto en tan pocas horas.
Bruno me miró de reojo, como si captara algo en mi expresión, pero no dijo nada más. Se limitó a tomar el vaso de agua que tenía frente a él y a dar un sorbo tranquilo, como si todo le pareciera completamente normal. Pero para mí, no lo era.
Mientras el camarero llegaba para tomar nota de los pedidos, forcé una sonrisa.
El grupo volvió a las bromas y a discutir si la pasta con marisco del menú del día era o no una buena idea.
También debatíamos sobre qué hacer esa tarde.
Nos lo queríamos tomar libre de nuevo para relajarnos, ya que teníamos el trabajo bastante avanzado; las opciones eran pasar el rato en la piscina del hotel, hacer alguna excursión o bajar a la cala.
Yo asentía, hablaba, reía cuando tocaba, pero el silencio de Jon se volvía cada vez más ruidoso en mi cabeza.
Bruno nos recomendó ir a un viñedo que quedaba a una media hora del hotel, visitar sus bodegas y hacer una cata de sus vinos acompañados de algunos productos locales, mientras contemplábamos el atardecer.
Nos explicó que se trataba de un negocio familiar, con años de trabajo y aprendizaje generación tras generación.
El plan nos resultó de lo más atrayente.
Fue él mismo el que llamó y nos hizo la reserva para esa misma tarde, junto con un taxi para que nos llevase y nos trajese al hotel.
Después de la comilona y antes de que llegase la hora de irnos, cogimos un sitio estratégico, según Víctor, frente a la piscina.
Las tumbonas se situaban justo en la mitad, teníamos tres sombrillas puestas en forma triangular para poder soportar mejor los rayos del sol que caían sin piedad y reflejaba destellos en el agua que brillaba de una manera que hipnotizaba.
El murmullo de chapuzones era tranquilo y las risas se mezclaban con el ruido del agua cuando los niños jugaban.
Estábamos todos tirados en las hamacas, bajo las sombrillas blancas.
Lorena, a mi derecha, estirando las piernas y poniéndose crema; Víctor, frente a mi izquierda, con sus gafas de sol y una bebida con limón.
Tras nosotros, el resto de tumbonas ocupadas por turistas medio dormidos.
Yo había pedido un refresco frío, y el vaso sudaba sobre la mesa baja.
Era uno de esos momentos en que no hacía falta hablar demasiado, hasta que Lorena se inclinó hacia mí con una sonrisa cómplice.
—Oye, ¿te has fijado en el socorrista? —susurró, sin apartar la vista de la caseta de vigilancia.
—¿Cuál? —pregunté, aunque ya sabía perfectamente a quién se refería.
—Ese de ahí, el moreno, con los hombros como un armario. —Se contuvo una risa—. Lleva mirando… digo, mirándonos, desde que hemos llegado.
—Mirándome —intervino Víctor, quitándose las gafas de golpe—. Corregid esa frase, por favor.
Lorena y yo nos miramos y estallamos en carcajadas.
—¿A ti? —dije, fingiendo incredulidad.
—Sí, a mí —afirmó con absoluta seriedad, aunque le bailaba la sonrisa en la cara—. Y lo entiendo. No todos los días tiene la suerte de cruzarse con alguien como yo.
—Claro… —replicó Lorena—. Y seguro que está ahí, repasando mentalmente cómo declararte su amor eterno.
—No, no —la interrumpió, alzando un dedo para dar más solemnidad a lo que venía—. Ese chico todavía no sabe que va a pasar la mejor noche de su vida.
Hubo un segundo de silencio. Y después, las carcajadas. Lorena se dobló hacia adelante, yo tuve que llevarme la mano a la cara, y hasta un par de personas de las hamacas cercanas nos miraron con curiosidad.
—Eres un peligro —le dije, tratando de recuperar la respiración.
—No, soy un visionario —respondió, recostándose con una sonrisa triunfal.
El socorrista, ajeno al diálogo que manteníamos, pero sin dejar de mirar de vez en cuando en nuestra dirección, se inclinó para ajustar algo en su silla. Lorena y yo lo notamos al mismo tiempo, y eso solo provocó una nueva oleada de risas.
Era de esos momentos tontos, ligeros, que se guardan sin querer. Entre el sol, el agua y las bromas, casi podía olvidar que había cosas mucho más serias esperándome.
Un grupo de niños de distintas edades comenzaron a llenar el espacio de la piscina y las tumbonas.
Venían de la mano del equipo de animación.
Nos quedamos mirando cómo corrían de un lado a otro, como si estuviesen buscando algo importante.
Entonces dedujimos que estaban en una búsqueda del tesoro.
Pau logró escapar de los niños, se acercó a nosotros y nos pidió si podíamos ejercer de figurantes en la actividad.
No pudimos negarnos, éramos como niños. Nos ofreció unos pañuelos piratas, un sombrero y un parche.
La tarea que nos había encomendado era entretener a los niños para dificultarles la búsqueda de las pistas, darles pistas falsas y sobre todo, pasárnoslo bien.