Capítulo 25
La terraza del bar de la piscina estaba tranquila a esa hora de la mañana.
Algunos niños jugaban animados en el agua con gritos que llegaban apagados por la música suave que sonaba en ese momento.
El sol caía sin prisa, templando el día, pero lo suficiente como para obligarme a resguardarme bajo una sombrilla.
Tenía el portátil sobre la mesa y una botella de agua a medio terminar.
Había estado repasando las fotos de los últimos días: excursiones, escenarios, sobremesas y miradas robadas entre otras.
Algunas las pasaba rápido, otras, como las de la tarde en la piscina, las ampliaba sin querer, como si buscara en ellas algo que no había sabido ver en el momento.
Ahí estaba Jon, en una de ellas, girado hacia mí, sin saber que lo estaba fotografiando.
Había una sinceridad en esa expresión suya que me costaba definir.
Su mirada me decía muchas cosas en ocasiones, pero tuve la sensación de que recurrió a las gafas de sol para que no pudiese descifrarlo.
Escuché unos pasos acercándose y, antes de que pudiera levantar la mirada, una voz grave y suave me saludó desde detrás.
—¿Te importa si me siento contigo?
Me giré. Era Luis, el tío de Jon. Llevaba una camisa clara, gafas de sol sobre la cabeza y una taza de café con hielo en la mano. Su sonrisa era tranquila, como si el día para él no tuviera ninguna prisa.
—Claro que no —respondí, cerrando ligeramente la pantalla del portátil—. Adelante.
Se acercó, me dio dos besos a modo de saludo, y se sentó frente a mí, acomodándose con esa elegancia informal de quien sabe desenvolverse en muchos terrenos. Olía a café y colonia fresca.
—Acabamos de llegar hace nada del aeropuerto. ¿Qué tal han sido estos días? —preguntó, llevándose la taza a los labios.
Me tomé un segundo, antes de contestar.
—Intensos, pero bonitos —respondí—. Ha sido una forma distinta de trabajar, además de poder desconectar en cierto modo. Creo que lo necesitaba más de lo que pensaba.
Luis asintió, dándome la sensación de que ya lo sabía.
—¿Y con los demás? ¿Te has sentido a gusto? ¿Os lo han puesto fácil los chicos?
—Sí, claro. Con todos. Y…, bueno, Lorena ha estado encantada al lado de Bruno y yo con Jon, hemos conseguido entendernos en cierta manera. —No quería cargar de significado la situación entre Jon y yo porque desconocía si era conocedor de nuestra historia. Luis sonrió apenas.
—Con Jon siempre hay más capas de lo que parece —comentó—. Aunque contigo, no sé, me da la impresión de que se permite despojarse de algunas superficiales, mostrarse más, ser más él.
Bajé la mirada, algo incómoda, pero no en el mal sentido, más bien porque yo ya había conocido lo que había debajo de muchas de ellas hace unos años y no quería que Luis pudiera notarlo en mi expresión.
—Tu sobrino es algo complicado de leer —dije al fin—. Pero no lo niega, y eso también se agradece.
Luis asintió, dejando su taza sobre la mesa.
—Tú no pareces de las que se rinden, Mara. Al menos, no ahora.
Lo miré sin saber si era un cumplido, una observación neutra o una invitación a seguir escarbando información.
—Tal vez este sitio hace que todo se ralentice y que puedas relajarte más —respondí, sin pensar demasiado.
Luis se recostó en la silla y miró hacia la piscina, donde los reflejos del sol en el agua centelleaban con el vaivén del movimiento.
—A veces uno viene a lugares así buscando perderse. Lo que puede suceder es que, en vez de perderse, termine encontrándose —dijo—. O deje que lo encuentren. ¿Puedo ver algunas de las fotos que habéis hecho?
No supe qué decir. Solo asentí, sintiendo que, de alguna forma, sus palabras escondían más de lo que aparentemente querían decir.
Le enseñé las fotos que teníamos hasta el momento y parecía satisfecho con lo que veía.
Empezamos por las fotos del hall y la recepción.
El amplio espacio lo teníamos en cuatro instantáneas que destacaban su claridad y luminosidad gracias a la cúpula del techo, por donde entraba la luz del día.
Además, la distribución de los sofás de color blanco y las mesas de centro en madera, hacían muy acogedor el lugar a primera vista.
La recepción, con su amplio mostrador en cristal reflejaba en la imagen mucho brillo y podíamos jugar con destellos para llamar más la atención.
Seguro que te preguntarás si en las fotos aparecía cierta trabajadora rubia con aires de diva.
La respuesta es no. No podía permitir que su presencia me estropease la imagen y la buena armonía que se reflejaba en ellas.
Después le enseñé las fotos de los alrededores, como el acantilado o la cala que visitamos y le pareció muy buena idea que, además de mostrar todos los rincones del hotel, ofreciéramos también lo que los huéspedes pueden encontrar a pocos metros, nada más salir.
—La idea de los alrededores fue de Jon. Quería que los lectores viesen los encantos que rodean al hotel, centrando así, la localización de manera más especial.
—Me gusta ver que mi sobrino ha heredado ese punto detallista de la familia.
La que más pareció gustarle fue la de la fuente del piano.
Tenía un brillo especial en la mirada cuando lo vio.
Yo estaba deseando conocer al abuelo de Jon y preguntarle por ese lugar tan especial.
Conocer en sus palabras todo lo que representa para él una estancia tan hermosa.
No lo mencioné, porque no quería mostrarme ansiosa.
Pero en cierto modo, conocer a su tío y a su abuelo, me acercaba a conocer más al Jon de entonces, a encajar ciertas piezas de él, y puede que a entenderlo mejor.
La terraza del bar de la piscina se iba llenando de personas poco a poco.
Las voces de alrededor y el murmullo del agua cada vez se oían más, los huéspedes iban ocupando los espacios libres que quedaban en las tumbonas.
Frente a mí, Luis bebía el último sorbo de su café.
Nuestra conversación había ido virando de lo personal a lo ligero, como si ambos hubiéramos entendido que no hacía falta decirlo todo para entendernos.
—¿Te gustaría volver algún día en calidad de turista? —me preguntó, con la mirada oculta tras sus gafas de sol.
—Creo que sí —dije sin pensarlo mucho—. Este lugar tiene algo… atrayente. Como si guardara secretos en cada esquina.
Luis asintió con una sonrisa misteriosa, como si él supiera exactamente a qué me refería. Antes de que pudiera continuar, una voz alegre interrumpió desde un lateral.
—¡Mara! ¿Tienes un momento?
Era mi amigo, con la cámara colgada al cuello, el pelo todavía algo húmedo como si hubiera pasado por la ducha hacía poco. Se acercaba con paso decidido, sujetando su portátil bajo el brazo. Sonreía como quien trae buenas noticias.
—Soy Víctor, compañero de trabajo y uno de sus mejores amigos. —Mi amigo extendió su brazo para saludar a Luis.
—Encantado de conocerte. Soy Luis, el jefe de Jon y a ratos también soy su tío. —le contestó sonriente mientras le estrechaba la mano.
—¡Anda! Pues el muchacho sí ha heredado el atractivo familiar. En cuanto al humor, algo falló por el camino. Andaba un poquito tenso tu sobrino. Pero tranquilo, que aquí mi amiga tiene muchos recursos para que se relaje, ¿verdad?
Juro que casi lo mato. Poco me faltó para estrangularlo en ese momento. Pero no lo hice. Estaba a punto de tomar un sorbo de agua cuando soltó el comentario, y ¡zas!, el líquido me salió por la boca y la nariz, provocándome una tos tremenda. ¡Casi me ahogo!
—¡Tranquila, mujer! Hace mucho calor, ya lo sabemos, pero tienes que beber más despacio. ¿Puedo sentarme? —preguntó ya casi tomando asiento a mi lado, sin esperar realmente una negativa.
—Claro —respondí con una sonrisa tensa, lanzándole rayos imaginarios con mi mirada.
Luis se levantó suavemente, como si entendiera que era su momento de dejarme en compañía de mi compañero.
—Os dejo tranquilos —dijo—. Ha sido un gusto, chicos.
—Igualmente, Luis. Gracias por el rato y la conversación. —Él me miró con una delicada sonrisa y asintió con la cabeza. Se alejó sin prisa, dejando tras de sí una estela de serenidad, mientras Víctor ya estaba desplegando su portátil, entusiasmado.
—¡Yo te mato! Juro que un día de estos, ¡te mato!
—No seas exagerada, seguro que ni me ha entendido. He sido muy sutil.
—Tú no entiendes el significado de la palabra sutileza.
—Para tu información, he sido muy delicado, exquisito, ingenioso y lo he dicho con mucha gracia.
—Madre mía…, no tienes remedio…, que sepas que algún día me vengaré, cambiarán las tornas y sacaré mi gracia, salero e ingenio a pasear.
—Bueno, vamos a lo importante. Esta mañana estuve sacando fotos en la zona del spa. Tenía buena luz y muy poca gente. ¿Quieres verlas?
—¡Sí, claro!
La pantalla se iluminó con imágenes cuidadas, encuadres perfectos, tonos suaves. Salas vacías, vapor en el aire, cristales empañados, aceites colocados como en una exposición. Todo tenía un aire casi ceremonioso.
—Mira esta, la sala de aromaterapia…, y esta es la zona de contrastes… —Pasaba las fotos con ritmo pausado, como si buscara mi reacción. Y entonces, una imagen apareció ante mí. La sala 5. Vacía, sí. Ordenada, también. Pero reconocible al instante.
Mi estómago se tensó un poco. La camilla blanca en el centro, la luz cálida, las velas encendidas, el rincón donde había dejado mis sandalias.
Todo exactamente igual que aquella vez…, cuando Jon me dio el masaje.
No era solo el masaje lo que recordaba. El calor de sus manos, su respiración cerca, mi piel despierta como nunca.
Y lo que vino después, esa tensión suspendida en el aire, ese límite tan fino que no pudimos evitar cruzar.
Sentí que el calor se iniciaba en el bajo vientre y me subía por el cuello, hacia las mejillas.
Alcé la vista del portátil para disimular, pero Víctor ya me miraba con una ceja ligeramente levantada.
—¿Te suena esa sala?
—Un poco —respondí rápido, demasiado rápido. Que bien me conocía el muy capullo.
Él sonrió sin decir nada más, y se centró de nuevo en la pantalla.
—Tiene buena luz, ¿verdad? Da una sensación como de… intimidad.
Asentí, fingiendo que me centraba en la composición de la imagen. Pero mi mente seguía atrapada en ese recuerdo. En Jon y en lo que habíamos compartido en esa sala. O en lo que habíamos empezado a compartir desde entonces.
—Voy a fingir que no me he dado cuenta de que fue aquí donde tuvisteis vuestra primera tanda de sexo.
Víctor pasó a la siguiente, seguía comentando sus fotos, pero la imagen anterior ya se había quedado grabada en mi memoria.
Mi atención se había desviado por completo.
Asentía mecánicamente, con una sonrisa amable, mientras mi mente regresaba una y otra vez al mismo punto: la sala 5, la noche en mi habitación, ese deseo que nos apremiaba y su mirada cuando entraba en mí. Me decía tanto esa mirada.
Sabía que Jon había llegado al hotel después de recoger a sus familiares del aeropuerto, sin embargo, no lo había visto.
Ni una aparición fugaz ni un cruce de miradas accidental, nada.
Era como si se hubiera evaporado dentro del complejo.
Y eso me tenía un poco inquieta. Lo que más me preocupaba no era su ausencia física, sino la emocional.
Esa mañana, cuando lo vi cruzar la puerta de mi habitación, hubo algo en su forma de moverse, en la tensión de sus hombros, que me pareció cargado de pensamientos. Casi… preocupado.
Me mordí el labio sin darme cuenta. Intenté recordar si le había dicho o hecho algo que pudiera haber provocado un cambio en su actitud, pero no. Todo había estado bien la última vez que hablamos. O al menos, eso había creído.
—¿Estás bien? —preguntó Víctor de pronto, cortando el hilo de mis pensamientos.
Parpadeé y volví al presente.
—Sí, sí… —mentí, con una sonrisa que no engañaba a nadie—, solo estaba pensando en algo del trabajo.
Víctor me observó un segundo más de la cuenta, pero no insistió. Cerró su portátil con suavidad y se recostó en la silla.
—Cari, si necesitas ayuda con algún retoque o montaje, ya sabes dónde encontrarme.
—Me acarició la mano con cariño—. Me voy a ver si algún socorrista de esos tan guapos se presta a que le saque alguna foto que otra, tú ya me entiendes.
— Me dedicó una mirada pícara cargada de intenciones y estaba convencida de que no todas serían estrictamente laborales.
—Gracias, en serio.
Se levantó poco después, dándome un beso rápido en la mejilla antes de desaparecer entre las mesas, hacia la piscina.
Me quedé sola con mis pensamientos que no paraban de un lado a otro.
Me pasé una mano por la frente. Me sentía tonta por preocuparme, pero no podía evitarlo.
Miré hacia la entrada del hall , medio deseando —medio temiendo— verlo aparecer de repente, pero nada.
La puerta seguía cerrada, y el paradero de Jon seguía siendo un misterio.