Capítulo 24
Mientras llegábamos al hotel justo antes de que el sol alcanzara su punto más alto, yo iba en modo automático.
Mi tío iba de copiloto, como siempre, y en el asiento trasero, mi abuelo, con su bastón entre las rodillas y el gesto de quien prefiere observar más que hablar, ya teníamos a Arane que no paraba de parlotear.
Los minutos se me hacían horas, demasiado tiempo pensando en cómo manejar todo a la vez: la logística, las habitaciones, los malditos horarios, las maletas, los silencios tensos entre las generaciones que nos encontrábamos en ese pequeño espacio y, sí, también mi propio corazón, que parecía jugar en otra liga desde hacía unos días.
—¿Nos esperan en recepción? —preguntó Luis mientras yo aparcaba.
—No —respondí con rapidez—. Ya está todo preparado.
Y lo estaba, o al menos eso había intentado. No podía dejar todo a la improvisación y a la suerte. Había hecho llamadas, enviado mensajes, revisado listas. Todo para que, al llegar, nadie tuviera que esperar ni un segundo. Quería tener todo bajo control.
Entramos por el acceso lateral para evitar la zona de la piscina y la entrada principal.
No quería cruzarme con nadie aún. La recepción estaba tranquila, como lo había calculado.
Entré rápidamente en mi despacho, donde había dado orden de que tuvieran todo preparado, alegando que mis familiares llegarían cansados, teniendo en cuenta que mi abuelo era una persona mayor.
Recogí dos sobres con llaves: uno para Luis y otro para el abuelo.
Arane se quedaría conmigo en mi habitación.
—¿Podo lleva yo a tajeta? —preguntó ella, con esa sonrisa pillina que me desarmaba cada vez.
—Solo si prometes no perderla —le dije mientras me sacaba la tarjeta del pantalón.
—Pometido. —Me la arrebató de las manos.
Me volví hacia mi tío y mi abuelo, organizando el siguiente movimiento como si fuera un guía turístico:
—Tío, tienes la habitación 1211, segundo piso, al fondo a la izquierda. Abuelo, tú estás en la 1004, planta baja, junto al ascensor. Y nosotros en la 2002.
—Si tienes mucho trabajo que hacer, a mí no me importa que la canija se quede conmigo —se ofreció mi tío.
—No pienso perderla de vista ni medio minuto —dije, señalando a mi hija.
El abuelo no dijo nada, pero su mirada fue clara: «Este se trae algo».
Mientras Arane y yo nos dirigíamos a mi habitación, revisaba mentalmente los posibles huecos del plan: que no faltase agua en las habitaciones, buscar a la encargada del equipo de animación para que Arane pudiese ir, que el abuelo tuviese a mano el bastón y la tele para que estuviera entretenido y lo más importante, evitar que Mara se cruzase con mi hija, por lo menos hasta que pudiese hablar con ella.
Además, hasta no tener todo controlado, no podía encontrarme con ella aún.
Porque sí, estaba evitando verla. No porque no quisiera, al contrario, pero tenía la sensación de que una mirada suya bastaría para leer todo lo que estaba sintiendo.
Y eso ahora mismo, era una debilidad que no podía permitirme.
No con mi hija al lado ni con mi abuelo juzgándome en silencio, tampoco con las miradas escrutadoras de Luis, quien observaba en silencio. Había demasiado en juego.
Una vez entramos en la habitación, llamé a Bruno para confirmar con él dónde se encontraban Mara, Víctor y Lorena. Contestó al segundo tono.
—¿Todo bien? —preguntó con su habitual tono calmado.
—¿Sabes dónde están Mara, Víctor y Lorena ahora mismo?
Hubo un breve silencio al otro lado. Bruno sabía perfectamente que esa pregunta no era casual. Además, él odiaba hacer de espía secreto.
—Mara se encuentra sentada en la terraza de al lado de la piscina con el portátil, Víctor está en el spa sacando fotos y Lorena entrevistando a las masajistas y las esteticistas —me contestó en tono plano.
—¿Está alguien más con ellos?
—No. ¿Quieres que les diga que vas?
—No, todavía no —respondí rápido—. Solo quería saber. Gracias.
—¿Jon?
—Dime.
—¿Todo bien?
Miré a Arane, estaba concentrada en un episodio de dibujos animados de una cerdita insolente y su familia. Salí por la ventana a la terraza y miré hacia el jardín, como si pudiera ver a Mara, entre la gente.
—Todavía no, pero lo estará. Tengo que hablar con ella hoy, sin falta. Se me ha agotado el tiempo.
—Lo suponía. ¿Qué vas a hacer? ¿Cómo piensas decírselo?
—Primero necesito que Arane esté atendida y ocupada. Tengo que llamar a Lucía.
—Claro. ¿La llevas tú o paso a por ella?
—La llevaré después de la siesta. ¿Vas a ir a comer con Mara, Víctor y Lorena?
—Si, no te preocupes. Escribiré a Lorena y te cubro por última vez. Se me acaban las excusas.
—Entendido. Gracias, amigo. Te debo una grande. —Colgué suspirando apoyado en el muro de la terraza mientras miraba el móvil inquieto.
Volví a la habitación junto a Arane y me senté a su lado acariciándole la cabecita.
—¿Todo bien mi niña? —le pregunté, dejando mi móvil sobre la mesilla y las zapatillas al lado de la cama.
—Sí. ¿Vamo a baja a la picina?
—Primero tengo que ocuparme de varios temas del trabajo y, mientras tanto, te dejaré con Lucía en el kids club . ¿Te apetece?
—¡Si! Lucía e mi amiga, jugamo y pintamo un montón. ¿Queres un dibujo nuevo?
—Me encantan tus dibujos. Ahora mismo le escribo y después de la siesta bajamos con ella, ¿De acuerdo?
Asintió, sin prestarme demasiada atención. Envidié esa capacidad de desconectar, de vivir solo en el momento presente. Yo, en cambio, tenía el presente resonando en las sienes, el pasado…, justo a unos metros de distancia y el futuro incierto.
Encendí el móvil para escribir a Lucía, pero primero entré al chat de Mara.
Ni un mensaje. Tampoco esperaba uno, pero eso no evitó que me pesara.
Me senté en el borde de la cama. Fuera, el mundo parecía seguir girando a su ritmo habitual.
Pero para mí, el hotel era un campo minado.
Cada esquina podía convertirse en campo de batalla.
A veces el silencio de alguien duele más que cualquier palabra, eso le estaba haciendo yo a ella, otra vez.
Esa mañana me había ido a recoger a mi familia al aeropuerto y llevaba un rato en el mismo espacio que ella y la estaba evitando a toda costa.
Ella no se merecía eso, no después de empezar a confiar en mí de nuevo.
Me apoyé hacia atrás, sin deshacer la cama. Cerré los ojos por un instante. Me vendría bien una ducha. Me vendría bien pensar menos. Pero, sobre todo, me vendría bien verla y saber si todo eso que pasó entre nosotros fue solo un momento o el principio de algo real.